Agricultura

Cultivo de maíz.

Del latín agricultura; de ager, “campo”, y cultura, “cultivo”.

La agricultura engloba el conjunto de operaciones y técnicas destinadas a la obtención de especies vegetales necesarias para el consumo humano directo, para su transformación en otros productos alimentarios, textiles, cosméticos y de perfumería, de aplicación farmacéutica o de otra naturaleza, y también para la consecución de vegetales dedicados a la alimentación animal.

En la más remota antigüedad, hace unos nueve mil años, la instauración de los cultivos, junto con la domesticación de animales y consiguientemente el pastoreo, supuso uno de los primeros grandes avances en la historia de la humanidad, la denominada revolución neolítica. El ser humano, hasta entonces dedicado a la recolección, la caza y la pesca, comenzó a cultivar vegetales, obteniendo cosechas que le permitieron pasar de un régimen de economía de depredación a uno de producción. Así pues, la agricultura se constituyó desde sus orígenes en un sector primordial del ordenamiento económico, rasgo que ha mantenido a lo largo de su evolución.

Junto a su carácter de actividad económica, las otras dos perspectivas globales desde las que se enfoca la actividad agrícola son la que la considera como ciencia, la agronomía, que agrupa el conjunto de conocimientos biológicos, geológicos, físicos o químicos relacionados con el cultivo de la tierra, y el que se ocupa de sus aspectos tecnológicos, entre los que quedan encuadrados operaciones, herramientas, equipamientos y maquinaria empleados en el cultivo.

Agronomía: la ciencia agrícola

La agronomía comprende el conjunto de conocimientos científicos sobre suelos, plantas, procesos biológicos y tipos de explotaciones que se aplican en la práctica agrícola. Dentro de esta área se diferencian numerosas disciplinas científicas subordinadas y diversos procedimientos y técnicas de investigación.

Ramas de la agronomía

El conjunto de conocimientos aplicables a la práctica agrícola se nutre de aportaciones procedentes de diversas ramas científicas, dado que la moderna concepción de la agricultura tiende a plantearse sobre bases de investigación multidisciplinar. En este marco, son varias las áreas globales del conocimiento científico que desempeñan un papel fundamental en lo que a su aplicación agrícola respecta.

Cabe citar entre ellas la botánica, dado que el conocimiento científico de las especies de cultivo es la base para la selección de subespecies y variedades de mejor resultado en las cosechas; la climatología, en tanto que los ciclos de temperaturas y precipitaciones tienen una importancia capital para el rendimiento de los cultivos; la edafología o estudio de los suelos, ya que la estructura y composición de los mismos condiciona tanto el tipo de cultivos más adecuados a cada terreno como su productividad; o la ecología, dado que la instauración de cultivos supone una profunda transformación de los entornos naturales y sus repercusiones ambientales han de ser minuciosamente analizadas, en especial en el ámbito de la moderna gestión equilibrada de los recursos naturales.

Junto a estas ciencias generales con aplicación agrícola, también se diferencian numerosas ramas específicas de la agronomía, en función del tipo de cultivos que quedan comprendidos en ellas. Se distinguen, por ejemplo, la cerealicultura, la viticultura, la horticultura, la floricultura o la silvicultura, a las que competen respectivamente los conocimientos sobre cereales, vides, hortalizas, frutas, flores o especies arbóreas de explotación forestal. Otras ramas específicas de la agronomía son la patología y la microbiología vegetales, destinadas al estudio de enfermedades infecciosas y plagas; la agrimensura, a la que compete la medición y parcelación; la agrogenética, orientada a la mejora genética de los cultivos, o la ingeniería agrícola o agronómica, que comprende el conjunto de conocimientos tecnológicos aplicables a los cultivos.

Tipos de explotaciones agrícolas

Entre las principales categorizaciones de los tipos de cultivos se cuenta la que distingue los cultivos extensivos de los intensivos. Los primeros son los que se expanden por el terreno de forma discontinua, con medios técnicos proporcionalmente reducidos y rendimientos irregulares. Por su parte los intensivos son los que cubren por completo extensiones relativamente amplias, con incorporación de recursos técnicos avanzados y con rendimientos elevados.

Otro de los factores de diferenciación de cultivos es el que distingue los de secano, que sólo se benefician del agua de lluvia (como los de vid, cereales u olivo, propios de la agricultura de clima mediterráneo), y los de regadío, que se fertilizan con riego, como los de algodón y la mayor parte de los frutales y hortalizas. Cultivos tropicales, como el café, el banano, la caña de azúcar o el cacao, no requieren riego, por lo que técnicamente son de secano, pero sólo se desarrollan en áreas en las que la pluviosidad es elevada.

Otra variante, introducida en época relativamente reciente en la práctica agrícola, es la de los cultivos intensivos en invernadero, en los que grandes extensiones se cubren con lonas plásticas que permiten aislar lo sembrado del ambiente, obteniéndose varias cosechas a lo largo del año. Este tipo de cultivo se destina fundamentalmente a la producción de hortalizas.

También merecen mención los cultivos hidropónicos, realizados en vivero sobre un sustrato poroso, por ejemplo de lana de roca o de arcilla porosa, al que se añade agua con nutrientes y del que surgen directamente las plantas. La hidroponía ha obtenido buenos resultados en hortalizas y se emplea también para el desarrollo de plantones que posteriormente se trasladan a los terrenos de cultivo.

Por su parte, los monocultivos son aquellos en los que se siembra una sola especie, generalmente de alto consumo como cereales, café, caña de azúcar o algodón, mientras que los policultivos cuentan con diversas especies en una extensión de terreno no demasiado amplia, como sucede generalmente con las explotaciones hortícolas destinadas al consumo de subsistencia, en los que en pequeños huertos pueden sembrarse frijoles, papas o patatas, tomates, coles, etc.

La extensión del cultivo, en este caso relacionada con la propiedad de la tierra, determina también la distinción entre minifundios, de extensión reducida, productividad relativamente baja y destinados en la mayor parte de los casos al autoabastecimiento familiar o comunal, y latifundios, explotaciones de grandes dimensiones cuya cosecha es realizada por obreros contratados, los jornaleros, y en las que los rendimientos son mayores. En la agricultura tecnológicamente avanzada la discriminación de estos dos tipos de explotaciones tiende a relativizarse, puesto que una cosechadora manejada por un solo operario, eventualmente el propietario del terreno, puede llegar a desarrollar las distintas tareas de labranza de extensiones considerables.

Otros cultivos que se relacionan con la modalidad de propiedad son los dados en arrendamiento, cuyo aprovechamiento se cede por una cantidad monetaria estipulada, y los de aparcería, modalidad de arrendamiento en la que el propietario acuerda cobrar en especie con una parte de la cosecha obtenida.

La tecnología agrícola

La estrecha vinculación entre avance tecnológico y el rendimiento de los cultivos ha constituido una constante desde los orígenes de la agricultura. A lo largo de su evolución se han producido infinidad de progresos, tanto en lo que se refiere a las operaciones y técnicas como a los implementos y maquinaria utilizados.

Procedimientos y técnicas agrícolas

La preparación de la tierra, la siembra, la multiplicación y desarrollo de las plantas y la recolección requieren de una amplia gama de operaciones.

En la fase de preparación de los terrenos para su siembra es necesario proceder a remover la tierra para que se airee y se desbroce con el fin de favorecer la penetración del agua, lo que se conoce como escarificado; erradicar las hierbas potencialmente nocivas para el rendimiento de la cosecha, en la operación denominada escarda; y adaptar las condiciones de la plantación a cada una de las especies que se vayan a sembrar. En general, los terrenos de cultivo continuo se someten a movimientos superficiales, a los que se denomina cavas, mientras que en los que han permanecido cierto tiempo sin sembrar se realizan los llamados desfondes, en los que la tierra se remueve hasta una mayor profundidad, variable según las especies cultivadas.

Otras operaciones de preparación son el abancado, o construcción de muretes de contención que eviten el arrastre de la tierra por acción de las lluvias torrenciales, y la apertura de zanjas y canales que faciliten el flujo del exceso de agua.

La siguiente etapa es el labrado o arado, en el que se abren surcos o acanaladuras en cuyo fondo se disponen las semillas durante la siembra. En la agricultura moderna, la selección de semillas es objeto de una minuciosa investigación genética para dotar a la planta de condiciones óptimas de resistencia y rendimiento, si bien en este contexto se diferencia también la llamada agricultura biológica, que centra su actividad precisamente en el rechazo de las semillas que han sido objeto de algún tipo de manipulación genética.

La siembra puede realizarse a mano o por medio de sembradoras y, en algunos casos, como el del arroz, va precedida del desarrollo en viveros y de pequeños plantones, que son los que se disponen en la tierra de cultivo, en este caso específico inundada hasta el crecimiento completo de la planta. Además de por germinación de la semilla, ciertas especies, como la vid, se multiplican por acodo, técnica consistente en enterrar una rama de la planta madre, o pie, hasta que ésta eche raíces, momento en el que puede desprenderse como planta individual. En la multiplicación de otras especies, como diversos frutales o numerosas plantas ornamentales, se recurre al injerto, que consiste en unir dos partes de dos plantas vivas para constituir otra capaz de desarrollarse por sí misma.

Entre las numerosas actividades destinadas al cuidado de los cultivos, como el riego o el aporcado (cubrir con tierra parte del tallo para protegerlo de las heladas), destacan especialmente las labores de abonado o fertilización, que proporcionan a la tierra los elementos químicos necesarios para que el rendimiento de los cultivos sea el requerido.

Entre los abonos de naturaleza orgánica cabe citar el estiércol y el guano, constituidos por los excrementos del ganado o de aves como la gaviota, y el compost, mezcla de restos orgánicos animales y vegetales. Por cuanto se refiere a los inorgánicos, se obtienen a partir de minerales de forma sintética y su uso masivo es objeto en algunos ámbitos de cierto rechazo, por sus potenciales efectos contaminantes, si bien aún es mayoritario, en especial en las explotaciones intensivas.

Control de enfermedades y plagas

Un sector específico de la actividad agrícola se centra en el tratamiento de los cultivos para protegerlos o tratarlos de las múltiples enfermedades y plagas que pueden afectarles.

Entre las primeras, se cuentan entre las más extendidas el mildiu y el oídio de la vid, que son sendos hongos que producen graves daños en los viñedos, y el cornezuelo del centeno, el tizón y la roya de los cereales, patologías también fúngicas que dañan gravemente las cosechas cerealistas en todo el mundo.

Por cuanto se refiere a las plagas, son reseñables las devastadoras langostas, que periódicamente arrasan los cultivos, especialmente en el norte de África; las polillas, que en su forma larvaria de orugas dañan cultivos hortícolas y frutales; escarabajos, como el de la papa; otros insectos, como pulgones y gorgojos; moluscos, como caracoles y limacos, y diversos tipos de gusanos.

Tanto los generadores de enfermedades como los de plagas son tratados mediante fumigación de agentes químicos, fundamentalmente sulfatados, en el caso de los hongos, y con insecticidas y otros agentes antiplagas, que ofrecen buenos resultados. Las modernas tendencias se dirigen no obstante a limitar el uso de este tipo de productos cuando son de origen sintético, por su alto poder contaminante de suelos y aguas. Puede optarse por recursos tales como la liberación de especies de insectos inocuos antagonistas de las que producen las plagas, la rotación de cultivos, que impide el asentamiento de las especies dañinas, o el uso de tratamientos con compuestos de origen orgánico, como las piretrinas, obtenidas de las flores del crisantemo.

Herramientas y maquinaria agrícolas

Desde el neolítico, la práctica de la agricultura ha discurrido en paralelo al desarrollo de herramientas utilizadas en las diferentes labores de cultivo, dándose el singular caso de que algunas de las más primitivas, como la azada, empleada para remover la tierra, o la hoz y la guadaña, usadas para segar la hierba o la mies, se emplean aún en la actualidad, precisamente por lo simple de su configuración y su utilidad.

La labranza de las tierras tuvo su referente en el arado, ya conocido por las culturas mesopotámicas, y cuyo principio sigue vigente en la más moderna maquinaria, mientras que las labores de removido del terreno se realizan con instrumentos como los escarificadores y/o las rastras.

En el campo de la maquinaria agrícola, uno de los grandes hitos que renovaría el planteamiento de esta actividad a finales del siglo XIX fue la invención del tractor, vehículo con ruedas u orugas adaptado al desplazamiento por los terrenos de cultivo y que está acondicionado para trasportar instrumentos de escarificado, labrado y cosecha, así como depósitos de fertilizante o insecticida. Sobre el principio del acoplamiento del tractor a otros equipos se desarrollaron con posterioridad máquinas como las ahoyadoras, las segadoras, las aventadoras, que separan el grano de la paja, o las empacadoras, que forman balas de heno en los cultivos de cereales.

Igualmente, la integración funcional de estas máquinas determinó la consecución de las cosechadoras, grandes máquinas multifuncionales que, adaptadas a los diferentes tipos de cultivo, permiten segar, recolectar la cosecha, separar los objetos del cultivo de sus residuos e incluso empacarlas o ensacarlas, en una sola operación desarrollada de forma secuencial.

Campo de trigo, un cultivo típico de secano.