Edad del hierro

Última fase cultural de la prehistoria durante la cual se difunde la metalurgia del hierro. La fabricación de objetos de hierro exige una tecnología diferente a la del bronce y el cobre, lo que determinó su lenta expansión por el viejo mundo.

Características principales

El dominio de la metalurgia del hierro se consiguió por primera vez en la región central de Anatolia (Turquía), donde se desarrolló a partir de 2000 a.C. Los hititas, pueblo indoeuropeo asentado en la zona, fueron los artífices de la invención de la nueva tecnología. En principio los yacimientos presentan hallazgos esporádicos de pequeños objetos de adorno o votivos, mientras que la mayor parte de la producción de metal sigue siendo de bronce. Sin embargo, a partir del siglo XIII a.C. se generaliza la fabricación de herramientas y armas de hierro. Para la elaboración de las piezas debieron utilizar hornos con fuelles, forjándolas luego mediante martilleado. La ventaja del hierro frente al bronce es que el primero abunda en todos los lugares, siendo más duro y flexible que éste.

Durante varios siglos el pueblo hitita controló la producción del nuevo metal, lo que contribuyó a su dominio de un vasto territorio centrado en la región anatólica. La decadencia de su imperio, a partir de 1200 a.C., marcó también el comienzo de la difusión de la tecnología del hierro. Desde aquí pasaría a Egipto y posteriormente a toda la cuenca del Egeo, donde ya en el siglo IX es habitual el uso de objetos de hierro.

Rasgos sociales y económicos

Culturalmente, esta etapa marca el debilitamiento de las grandes civilizaciones orientales y el desplazamiento de los centros de poder hacia occidente con el nacimiento de la cultura griega. Grecia, y después otras zonas del Mediterráneo, presentan una serie de cambios importantes. Desde el siglo VIII a.C. aumenta la población, se incrementa el cultivo de la tríada mediterránea (olivo, vid, cereal), se introducen la tecnología del hierro y la de la cerámica a torno, y se desarrolla el concepto político y organizativo de ciudad.

El proceso de colonización, característico de la edad del hierro, y llevado a cabo por fenicios y griegos, fue promovido en principio por la necesidad de buscar materias primas y un alivio para el excedente demográfico. En el Mediterráneo occidental los colonos se encontraron sociedades jerarquizadas, como los íberos en la península ibérica, los etruscos en Italia y los galos en Francia. Denominador común de todas ellas es la fuerte estructuración social potenciada por la minería y la metalurgia. Agricultores, artesanos y comerciantes son categorías profesionales cada vez más claramente separadas.

Junto con la metalurgia del hierro, a través de las importantes colonias griegas y fenicias del Mediterráneo occidental, tales como Gadir (Cádiz), Cartago, Massalia (Marsella) o Emporion (Ampurias), llega también un principio de organización política que es capaz de orquestar avances como la acuñación de moneda o la adopción de escritura alfabética. Así, una parte de la Europa prehistórica comienza la etapa histórica sin solución de continuidad con la fase final de la edad del hierro.

La transición al periodo histórico

En cuanto a Europa central, dos culturas van a caracterizar la última fase de la prehistoria, la de Hallstatt, entre los siglos VIII y V a.C., y la Tène desde el siglo V hasta la conquista romana. El elemento más característico de la cultura de Hallstatt (necrópolis de la localidad de Hallstatt, cerca de Salzburgo en Austria) es la existencia de una elite guerrera que domina el área gracias a las armas de hierro.

Los intensos contactos comerciales con el mundo Mediterráneo, las estepas de Europa oriental e incluso África (sal, ámbar); los poblados extremadamente fortificados, y las tumbas principescas constituyen la base cultural de Hallstatt. En el rito funerario se introduce de nuevo la inhumación en grandes túmulos en los que destacan los impresionantes ajuares formados por carros y armas, así como otros objetos de cerámica y metal.

Por otra parte, la cultura de la Tène (lago Neuchâtel, Suiza) tiene un origen celta anterior a Hallstatt. Destacan los poblados fortificados, conocidos como oppidum por los romanos, y los enterramientos con ajuares formados por carros de dos ruedas y vasos cerámicos etruscos y griegos.