Antiguo Egipto

Fachada del templo principal de Abu Simbel.

Egipto, el don del Nilo según el historiador griego Heródoto, tiene una historia apasionante, rica y, al igual que el propio río, de largo recorrido. Desde tiempos remotos (hacia el 3100 a.C.) la organización monárquica teocrática en cuya cúspide se sitúa el faraón, el rey divinizado, el peculiar panteón religioso politeísta, así como sus inquebrantables costumbres y tradiciones, formaron una civilización que logró perdurar a lo largo de tres milenios.

Evolución histórica

Para conocer el pasado de la civilización egipcia se recurre a fuentes arqueológicas, lingüísticas (restos de escritura en papiros, obras de arte, etc.), artísticas (estudio de tumbas y templos) o literarias. Entre estas últimas destacan los escritores griegos, como Heródoto, que viajó a Egipto a principios del siglo V a.C.; Diodoro Sículo, que escribió sobre Egipto en su Historia Universal; Eratóstenes, científico que llegó a dirigir la Biblioteca de Alejandría y dejó un listado de faraones, o Manetón, sacerdote egipcio de la época Tolemaica que elaboró una Historia de Egipto, escrita en griego, que contiene una lista bastante completa de faraones egipcios.

La egiptología, ciencia relativamente reciente que nació a principios del siglo XIX, cuando el filólogo francés Jean François Champollion descifró los jeroglíficos, estudia el Egipto faraónico y su civilización. La historia del Antiguo Egipto se puede dividir en varias etapas, que abarcan desde el IV milenio a.C. hasta el año 30 a.C., en que tras la muerte de la reina Cleopatra, desapareció el imperio y Egipto pasó a ser una provincia romana. Dichas etapas son: época Predinástica (4000-3100 a.C.); época Tinita o Protodinástica (dinastías I y II; 3100-2686 a.C.); Imperio Antiguo (dinastías III a VI; 2686-2181 a.C.); Primer Periodo Intermedio (dinastías VII a XI; 2181-2040 a.C.); Imperio Medio (dinastías XI a XII; 2133-1786 a.C.); Segundo Periodo Intermedio (dinastías XIII a XVII; 1786-1552 a.C.); Imperio Nuevo (dinastías XVIII a XX; 1552-1069 a.C.); Tercer Periodo Intermedio (dinastías XXI a XXIII; 1069-730 a.C.); Baja Época (dinastías XXIV a XXX; 730-332 a. C.) y Época Lágida o Tolemaica (332-30 a.C.).

Época predinástica (4000-3100 a.C.)

En el Eneolítico aparece por primera vez el metal en el valle del Nilo, se inicia la escritura y ya se han documentado arqueológicamente contactos comerciales (restos de cerámica y cobre) con culturas extranjeras (península del Sinaí, Nubia, Palestina…). Las influencias mesopotámicas, principalmente en el Delta, son muy importantes en arquitectura y ornamentación. Estos primitivos pobladores egipcios son agricultores, han domesticado a los animales, fabrican cerámica y tienen creencias en el más allá y la vida de ultratumba. Los pequeños asentamientos que acaban convirtiéndose en núcleos urbanos, la especialización del trabajo, las rutas comerciales preestablecidas y la religión politeísta organizada seguramente provocan la jerarquización del poder político.

Época Tinita o Protodinástica (3100-2686 a.C.)

Aparecen las primeras dinastías (I y II) en la ciudad de Tinis, en el Alto Egipto. Egipto se divide en nomos o pequeñas comunidades agrícolas autogestionadas y ya se diferencian dos partes: el Bajo Egipto, en el delta del Nilo, y el Alto Egipto, al sur. Los nomarcas (responsables del gobierno de los nomos, nombrados por el faraón) se encargan de la correcta gestión de su comunidad, así como del aprovechamiento agrícola de ésta: excavan canales, observan las crecidas del río, etc. El faraón, hijo de dios en la tierra, unifica en su persona las dos partes de Egipto y es divinizado. El faraón más conocido es Narmer o Menes de la dinastía I (hacia el 3100 a.C.).

Imperio Antiguo (2686-2181 a.C.)

La capital se traslada a Menfis y se inicia una etapa de expansionismo tanto por Nubia como por la península del Sinaí, buscando materias primas y esclavos. Son muy conocidos los faraones Keops, Kefren y Mikerinos, de la IV dinastía, autores de las tres pirámides de la llanura de Gizeh, la única maravilla del mundo antiguo que continúa en pie. El faraón, identificado con el dios Horus, nombra un visir como jefe de la administración local, y a los nomarcas locales (origen de los gobernadores comarcales). Se empieza a desarrollar una fuerte burocracia que con apenas cambios perdurará a lo largo de los siglos: visir, canciller tanto para el Alto como para el Bajo Nilo, sacerdotes, escribas y nomarcas.

En esta época la civilización egipcia ya es eminentemente urbana, principalmente en el delta, y en estas ciudades (Tanis, Menfis, Bubastis, Heracleópolis…) ya está presente una importante clase media de pequeños propietarios, funcionarios y profesionales liberales (médicos, comerciantes, etc.). En el Alto Egipto domina la población rural dedicada al cultivo de la tierra. En tan floreciente cultura la actividad económica tan abundante se basa en el trueque tanto a nivel interior como exterior. También se impone con fuerza en templos solares el culto al dios-sol Ra controlado por una fuerte casta sacerdotal.

Gran Esfinge de Gizeh.

Primer Periodo Intermedio (2181-2040 a.C.)

A lo largo de esta etapa, el Imperio se desintegra, cada nomo se independiza, son constantes los conflictos internos y se producen las primeras invasiones procedentes de Asia, principalmente en el delta. El colapso del Imperio antiguo se ve claramente en la disgregación política, la crisis económica, las frecuentes incursiones de saqueo y rapiña procedentes de Asia y la creación de ejércitos locales. A esto hay que sumar la dispersión del estamento clerical, las frecuentes guerras civiles, la ausencia de un poder central, la tiranía de los reyezuelos locales y la división de Egipto en tres partes: el Delta bajo influencia asiática, el Centro bajo la autoridad de Heracleópolis y el Sur bajo control de la ciudad de Tebas.

Desde el punto de vista cultural en este periodo se da un gran florecimiento de la literatura gracias a libros sapienciales o didácticos, como por ejemplo Enseñanzas para el rey Merikaré.

Imperio Medio (2133-1786 a.C.)

Se reunifica Egipto restaurándose la unidad, expulsando a los invasores asiáticos e imponiéndose la capital en Menfis. Se toma como modelo el Imperio Antiguo, y Egipto, gracias a la fuerza militar y al uso de la diplomacia, se extiende por Nubia, Sudán y Palestina, y se establecen relaciones comerciales con el Mediterráneo oriental (Creta, Siria y Chipre).

La estabilidad económica favorece el desarrollo de las ciudades así como de la burocracia real; también logra aumentar el comercio interno y externo, incrementa el tesoro real (fundamentalmente a base de impuestos) y financia la construcción de obras artísticas, desde hipogeos o tumbas excavadas en la roca a pectorales de oro o esculturas de faraones.

La unidad religiosa en torno a los grandes templos convierte a Osiris, Ra y Amón en los dioses más importantes. Esta época coincide con la de mayor esplendor de la literatura egipcia, El papiro de Sinuhé, Historia del Náufrago o Profecía de Neferti son claros ejemplos. El faraón más importante es Sesostris I de la dinastía XII (1970-1936 a.C.).

Representación del dios Osiris.

Segundo Periodo Intermedio (1786-1552 a.C.)

Es el periodo de mayor crisis en Egipto debido a la nueva fragmentación del reino y la invasión de un pueblo asiático, los hicsos, que reinaron en la dinastía XV (Grandes hicsos) y en la XVI (Pequeños hicsos) entre los siglos XVIII y XVI a.C.

Aunque la cultura típicamente egipcia no desapareció, puesto que el sustrato hicso fue asimilado, dejaron una huella importante en el valle del Nilo, como por ejemplo el uso del bronce, el carro de guerra o el arco compuesto. La nueva capital se establece en el Delta, en Avaris, aunque hay algunas partes de Egipto que escapan a su control y funcionan de forma independiente.

Imperio Nuevo (1552-1069 a.C.)

Los príncipes tebanos expulsan a los invasores hicsos a finales del siglo XVI a.C. y reinstauran la unidad estableciéndose la nueva capital en Tebas, de donde saldrán los nuevos faraones.

Es en la dinastía XVIII (1580-1314 a.C.) cuando se alcanza el cenit de la civilización egipcia. De nuevo el empuje de los faraones conquistadores lleva a Egipto a extenderse hasta el río Éufrates en Mesopotamia. El poder del faraón controla de forma minuciosa el gobierno civil, el ejército y la flota, los bienes religiosos, los territorios conquistados a partir del nombramiento de gobernadores y el gobierno provincial (alcaldes, consejos, etc.). El primero de estos faraones, Thutmosis I, a principios del siglo XVI a.C., se expande más allá del Sinaí e inicia la construcción de las tumbas del valle de los reyes para perpetuar su dinastía, mientras que su primogénita Hatshepsut (1505-1483 a.C.), esposa-hermana de Thutmosis II, usurpa el poder y se nombra faraón, iniciándose un periodo de paz y de intercambios comerciales como por ejemplo con el país de Punt (Somalia) y una larga hegemonía burocrática de sus favoritos-amantes, como el arquitecto Senmut o el gran sacerdote Hapuseneb.

Sus sucesores no hacen más que engrandecer territorial y económicamente Egipto; el caso más significativo es el de Thutmosis III (1483-1450 a.C.), que organizó diecisiete expediciones a Asia, se enfrentó al reino asiático de Mitanni, estableció un protectorado sobre Babilonia, Assur y Mitanni y mantuvo buenas relaciones con las islas del Egeo.

Los antiguos egipcios guerrearon con los pueblos vecinos, como los hicsos.

El breve reinado de Akhenatón

La excepción a este periodo de imperialismo y expansionismo la supone Amenofis IV, el faraón hereje, que a mediados del siglo XIV a.C. lleva a cabo una transformación radical del reino al abandonar el politeísmo por el monoteísmo del culto al disco solar Atón; se cambia de nombre (Akhenatón), levanta su nueva capital en Akhetatón (al norte de Tebas, la actual Tell el-Amarna), rompe con el militarismo imponiendo un pacifismo de corte idealista, abandona la capital Tebas y se enfrenta al poderosísimo grupo de los sacerdotes de Amón.

A partir de sus sucesores se entra en una crisis a todos los niveles que desgastará el poder egipcio. Así, Tutankatón, tras el fracaso de la reforma religiosa cambia su nombre por Tutankamón y restablece el culto a Amón (el descubrimiento de su tumba inviolada en 1923, gracias al arqueólogo H. Carter, marca uno de los hitos más significativos dentro de la Egiptología). Sus sucesores, el sacerdote Ai y el general Horemheb, ponen fin a esta dinastía inaugurando Ramsés I, a principios del siglo XIV a.C., la dinastía XIX.

Tutankamón junto a su esposa.

Ramsés I y la dinastía XIX

De nuevo los faraones guerreros monopolizan el poder y el centralismo se impone, alcanzando el país una proyección internacional muy importante. El faraón más conocido de esta dinastía es Ramsés II (1301-1235), apodado “El Grande”, que se enfrentó al rey hitita Muwatalli en la batalla de Qadesh por el control sobre la franja sirio-palestina y la supremacía mundial. Aunque el enfrentamiento se saldó con una gran derrota y tuvo que entablar negociaciones con el sucesor de Muwatalli, su hermano Hattussil III, la política ramésida nunca obvió su papel de potencia mundial y rompió con el tradicional aislacionismo egipcio. Su largo reinado se vio engrandecido por las grandes construcciones arquitectónicas, como por ejemplo el templo nubio de Abu Simbel.

Con sus sucesores se inicia un receso y una pérdida territorial constante que muestran incipientes signos de debilidad, provocados por el empuje migratorio de distintos pueblos; de esta forma se explica la sublevación en Canaán, la constante presión de los libios o la invasión de los llamados “Pueblos del Mar” (filisteos, aqueos…).

El último gran faraón del Imperio Nuevo corresponde ya a la dinastía XX, Ramsés III (1198-1166 a.C.), que vuelve a repeler una nueva invasión de los Pueblos del Mar y que como sus antecesores lleva a cabo una incipiente política imperialista en Nubia y Asiria y emprende grandes construcciones públicas con claro carácter propagandístico y político.

Ramsés III.

Tercer Periodo Intermedio (1069-730 a.C.)

De nuevo, al declinar la gloria del Imperio Nuevo se vuelve a manifestar en todo Egipto un momento de debilidad y disgregación del poder a lo largo del valle del Nilo y destacan dos capitales: Tebas y Tanis.

Durante este periodo se van a hacer fuertes distintas dinastías militares de origen libio, como por ejemplo el faraón Sheshonq I de la dinastía XXII, a mediados del siglo X a.C., que conquista Jerusalén (lo que provoca la crisis del naciente reino de Israel) y mantiene buenos contactos comerciales con Fenicia, potencia comercial de la época. Por regla general, estas dinastías de origen libio que se asientan en el Delta suponen un auge absolutamente efímero al no poder consolidad su poder.

Baja Época (730-332 a.C.)

Desde el siglo VIII a.C. Egipto empieza a establecer vínculos comerciales y/o militares con el Mediterráneo oriental, fundamentalmente con Mileto y con Lidia. De esta forma choca con el poder hegemónico del momento, el Imperio asirio, que no tarda en tener fuertes intereses en la ocupación efectiva del valle del Nilo, tras haber ocupado las grandes metrópolis fenicias de Tiro, Biblos y Sidón y haber monopolizado el poder en la zona.

Las dinastía XXIV y XXVI establecen su capital en Sais; en esta última, Psammetico I, a mediados del siglo VII a.C. y ayudado por mercenarios griegos, reunifica Egipto y expulsa momentáneamente a los asirios. La dinastía XXV, la de los faraones negros, se establece en Napata, ciudad de Sudán, pero no puede hacer frente a la invasión asiria del rey Asarhaddón y su hijo Assurbanipal. En ningún momento la debilidad y la fragmentación egipcia pueden derrotar definitivamente al poder asirio; tendrá que ser la entrada en la Historia de otro pueblo guerrero, los medos, quien cambie el rumbo del país del Nilo.

Así, la caída del poder asirio gracias a los medos y de la dinastía saíta posibilitó otra nueva invasión, en este caso la de los sucesores de los medos, los persas, al mando de Cambises II (525 a.C.), que llevó consigo una tremenda decadencia económica y convirtió Egipto en una satrapía o provincia más, al tiempo que se iniciaba la dinastía XXVII. Egipto, sin el apoyo económico-militar de Lidia y Babilonia, ya conquistados por los persas, tiene que buscar la alianza de los griegos, como por ejemplo Polícrates, tirano de Samos, pero aun así, no puede hacer frente a la supremacía persa.

Bajo el reinado de Cambises II se hacen expediciones contra Etiopía (allí funda la ciudad de Meroé), se ocupa el oasis de Siwa en el oeste y se somete a los griegos de Libia y Cirene. La ocupación persa en ningún momento llegó a ser represiva y se respetó bastante la idiosincrasia del país, tanto desde el punto de vista religioso como social.

Aunque se dio un breve periodo de independencia en las dinastías XXVIII, XXIX y XXX, de nuevo el poderío persa (en este caso de Artajerjes I) volvió a imponerse y a ocupar todo el país (455 a.C.), iniciándose la dinastía XXXI que incluye a los últimos persas aqueménidas: Darío II, Artajerjes II, Artajerjes III, Orases y Darío III entre principios del siglo V a.C. y la llegada de Alejandro Magno a principios del siglo IV a.C.

Cabeza de sacerdote, Baja Época.

Época Lágida o Tolemaica (332-30 a.C.)

La eclosión helenística gracias a Alejandro III el Magno, rey de Macedonia, supone la derrota definitiva de los Persas y la ocupación efectiva de todo su imperio. Alejandro conquista personalmente Egipto, es coronado faraón y funda la ciudad de Alejandría en el delta como nueva capital.

La coronación de Alejandro en el oasis de Siwa y su reconocimiento por los sacerdotes como el hijo de Zeus-Amón muestra esa idea universalista y sincrética que pretende imponer en su imperio. A su muerte, sus generales más influyentes, los diádocos, inician una serie de devastadores conflictos armados para repartirse tan inmenso imperio, y Ptolomeo I Soter, hijo de Lagos, (323-283 a.C.) inicia la dinastía lágida en Egipto.

Esta etapa supone la helenización obligatoria del país: idioma, religión, costumbres, moneda, administración y ejército siguen el modelo griego. El hito cultural más significativo es la construcción de la Biblioteca de Alejandría como compendio de todos los saberes de la Humanidad, convirtiendo a esta capital en el centro cultural de la época. Esta fusión entre lo heleno y lo egipcio enriquecerá en todos los sentidos al país y convertirá a Egipto en un crisol de razas y culturas aunque con una administración fuertemente centralizada que mantiene las viejas tradiciones. Se romperá definitivamente el aislacionismo típico egipcio a favor del sincretismo.

Los sucesores de Ptolomeo I lucharán constantemente con los seléucidas (dinastía fundada por Seleuco I Nicanor en Mesopotamia y Asia Menor) por el dominio de Siria y Palestina.

Hegemonía de Roma y fin del Imperio egipcio

A lo largo de esta última etapa, las disputas dinásticas y la corrupción burocrática debilitan el reino y logran que hagan acto de presencia en su territorio los intereses del nuevo poder hegemónico e imperialista: Roma.

La importancia económica que había alcanzado Egipto, principal granero de Europa, así como su influencia cultural, son objeto de interés por parte del senado y los prohombres romanos. Dentro de las guerras civiles que azotan Roma a mediados del siglo I a.C. emerge la figura de Julio César que, por intereses políticos toma parte en la lucha entre Cleopatra VII, hija del faraón Tolomeo XIII, y su hermano, apoyando a la primera. Tras el asesinato de Julio César y los conflictos que surgen entre sus herederos políticos (Marco Antonio y Octavio Augusto), la reina se alía con el primero intentando salvar la independencia egipcia a toda costa y crear un reino helenístico-romano basado en la unión entre una egipcia, Cleopatra, y un romano, Marco Antonio.

Sin embargo, tras la derrota naval de Marco Antonio en la batalla de Actium frente a Octavio Augusto (el futuro primer emperador de Roma), Cleopatra se suicida, poniendo punto final a la historia del Egipto clásico. A partir de la conquista de Alejandría por las legiones romanas, en el año 30 a.C., Egipto pasa a ser una provincia romana más.

El control político de Egipto tuvo gran importancia en la historia de Roma inmediatamente anterior al inicio de la época imperial.