Civilización helenística

Etapa de la antigüedad, también conocida como periodo alejandrino, que constituye una fase de transición entre la Grecia clásica y la hegemonía del Imperio romano, y se extiende aproximadamente desde la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) y la conquista de Egipto por Augusto (31 a.C.) tras la muerte de Cleopatra, última soberana de la dinastía ptolemaica.

Orígenes históricos

El ascenso al poder del hijo de Filipo II de Macedonia en el año 336 a.C. marcó un punto de inflexión en la historia de la antigüedad clásica. La persona de Alejandro Magno, educado en su infancia por el filósofo Aristóteles y por la política militarista de su padre, llegó a ser muy importante, tanto por su vida llena de acción y aventura como por sus conquistas militares, llegando incluso a traspasar el ámbito meramente heleno y convertirse en leyenda.

Su meteórico ascenso, desde la derrota infringida a las polis griegas de Tebas y Atenas (335 a.C.) hasta su conocida campaña de Persia en la que derrotó al persa Darío III Codomano (Batalla de Gránico, 334; batalla de Isso, 333; conquista de Tiro, 332; conquista y ocupación de Egipto, 332; batalla de Gaugamela, 331), pasando por su expedición a la India (327-325 a.C.), marcó unas ansias conquistadoras hasta entonces desconocidas, que pusieron la primera piedra de un proyecto de dominio mundial.

Características principales

La centralización del sistema monetario, la fundación de ciudades por todo el imperio (bautizadas Alejandría en su mayor parte), el enorme desarrollo cultural alcanzado, la universalización de la cultura griega, la política plural basada en el respeto a todas las naciones bajo su control y el férreo control militar supusieron las bases de un imperio universal. Estos proyectos, así como la conquista del Occidente mediterráneo, se vieron truncados con el repentino fallecimiento por paludismo del rey, en Babilonia, en el año 323 a.C., cuando apenas contaba 33 años.

La muerte de Alejandro Magno supuso el inicio de un periodo de luchas entre sus sucesores, conocidos como diádocos, que se alargó cerca de un siglo y que a principios del siglo III a.C. dio como resultado la consolidación de tres reinos y sus respectivas dinastías: Macedonia bajo los antigónidas, Egipto bajo los ptolomeos o lágidas y Asia mesopotámica bajo los seléucidas.

El reparto inicial a la muerte de Alejandro dejó a Pérdicas como regente y tutor del hijo y hermanastro de éste y marcó ámbitos de influencia entre los generales y colaboradores de Alejandro: Antípatro, recibió Grecia y Macedonia; Antígono, Frigia y Lidia; Ptolomeo, Egipto, y Lisímaco, Tracia. Éstos y sus sucesores, al intentar formalizar su poder o incluso aumentarlo, entraron en una dinámica de alianzas y contraalianzas que degeneró en un constante conflicto armado que asoló todo este territorio.

Organización política y económica

Desde el punto de vista político, los reinos helenísticos impusieron como sistema de gobierno la monarquía hereditaria de carácter militarista, sagrado (culto al soberano y divinización de éste) y personalista. Su poder se basó en el control de un fuerte ejército debido a las guerras constantes, muchas veces mercenario y muy bien armado. Buscaron el apoyo de la clase dominante macedonia y griega, que conformó una potente burocracia encargada de la administración central, de la justicia y de las finanzas. La política matrimonial jugó un importante papel a nivel internacional evitando o generando guerras.

La economía de la época helenística consolidó la utilización y uso de la moneda y la creación de un mercado internacional en el que se incrementaron los intercambios comerciales con China, la India, Arabia y el interior de África. Gracias a esto, se llegó a crear un sistema bancario que manejó con asiduidad los préstamos de efectivo y que mejoró el comercio. El único freno a este expansionismo económico fueron las constantes guerras y la habitual dependencia de las principales ciudades helenísticas de trigo, producto enormemente deficitario.

Influencia cultural y religiosa

El intercambio comercial influyó en el ámbito cultural y religioso del mundo helenístico: la religión, las costumbres, el idioma y la cultura griega se expandieron por gran parte del planeta, generando una civilización cosmopolita y heterogénea que mezclaba tradiciones orientales y occidentales en un interesante proceso simbiótico. La biblioteca de Alejandría o la de Pérgamo fueron centros importantes de la emergente vida cultural helenística, en la que florecieron matemáticos (Euclides o Arquímedes), médicos (Serófilo, Erasístrato), filósofos (Epicuro, Demócrito o Zenón), poetas (Calímaco) o historiadores (Timeo, Polibio).

La presencia de una potencia emergente como fue Roma entre los siglos II y I a.C. supuso el final de los reinos helenísticos. El expansionismo romano chocó con estos reinos y lenta pero progresivamente los fue ocupando por vía pacífica o por medios más violentos. Así, en 148 a.C. Macedonia pasó a ser provincia romana, a la que se incorporaron las ciudades griegas en 145 a.C.; en 133 a.C. el rey Atalos III de Pérgamo dejó su reino a Roma en herencia; en el 64 a.C. el general romano Cneo Pompeyo conquistó el reino seléucida convirtiéndolo en provincia romana y en el año 31 a.C., en el contexto de las guerras civiles romanas, Octavio Augusto, futuro emperador, derrotó a Cleopatra VII de Egipto y a su aliado, Marco Antonio, en la batalla naval de Actium. Solamente los partos, herederos de los aqueménidas, resistirían en Mesopotamia la presión romana durante los siglos siguientes.