Guerra de los Cien Años

Ilustración de las flotas francesa e inglesa durante un episodio de la guerra de los cien años.

Conflicto armado que enfrentó a Francia e Inglaterra de forma intermitente durante los siglos XIV y XV. Su duración, que por convención se suele fijar entre 1337 y 1453, fue superior a los cien años. Se enmarca en el largo periodo de conflictos dinásticos por el dominio del territorio de lo que hoy es Francia, que se dirimió finalmente a favor de la dinastía Valois.

Causas

La sucesión al trono en Francia en el siglo XIV era hereditaria, con primacía de los herederos varones. En 1328, cuando el rey francés Carlos IV falleció sin descendencia masculina, dos candidatos pretendían la corona. Por un lado, Eduardo III, rey de Inglaterra, era hijo de una hermana del fallecido Carlos IV, y unía a sus títulos ingleses los de duque de Guyena y conde de Ponthieu, lo que lo convertía en vasallo del rey francés y aspirante al trono. El otro aspirante, Felipe de Valois, nieto del rey Felipe III, fue el elegido por la Asamblea de Regentes y proclamado rey con el nombre de Felipe VI.

En un principio Eduardo III aceptó la decisión y rindió vasallaje al nuevo rey, pero en mayo de 1337, Felipe VI confiscó el territorio de Guyena, a lo que Eduardo respondió rompiendo su juramento de vasallo y renovando su pretensión a la corona de Francia.

Desarrollo del conflicto

Primera fase

Durante la primera etapa de la guerra, los ingleses demostraron su superioridad, con un ejército mejor preparado y más disciplinado. Francia, con su antigua caballería y unas fuerzas formadas por vasallos y milicias ciudadanas, no consiguió detener a los arqueros y cañones ingleses. Contando con la alianza de las ciudades de Flandes que, aunque vasallas del monarca francés tenían intereses económicos comunes con Inglaterra, Eduardo III dirigió su ejército hacia Francia y atacó el norte del país. Tras fracasados intentos de negociación, el ejército inglés continuó sus ataques hacia el sur, consiguiendo una importante victoria en Crécy (1346). Desde allí los ingleses se dirigieron a Calais y, tras un largo asedio, consiguieron conquistar esta plaza y controlar el canal de la Mancha. Las campañas del Eduardo, el Príncipe Negro, hijo del monarca inglés, devastaron grandes territorios en Francia. En 1356 los ingleses obtuvieron una nueva victoria en Poitiers, donde consiguieron capturar al rey francés, Juan II, hijo y sucesor de Felipe VI.

Forzados a negociar, los franceses firmaron la paz de Brétigny, que reconocía a Inglaterra amplias posesiones en suelo francés, a cambio de ceder en su pretensión al trono. Tras la muerte del rey prisionero Juan II, su hijo Carlos V reabrió las hostilidades. Utilizando una táctica de hostigamiento que evitaba el enfrentamiento en campo abierto, logró recuperar buena parte de los territorios en poder inglés. Su aliado Enrique II de Castilla, al que había apoyado en su lucha por el trono, venció a la flota inglesa en La Rochela en 1372.

Los conflictos internos que sufrieron ambos países les llevaron a firmar una nueva tregua en 1388. En 1414, el rey inglés Enrique V aprovechó la guerra civil desatada en Francia entre los duques de Borgoña y Orleans para comenzar una nueva campaña contra el monarca francés Carlos VI, quien padecía una enfermedad mental. Enrique V consiguió una importante victoria en Agincourt (1415) y conquistó Normandía y París. Aliados con Borgoña, los ingleses llegaron a ocupar toda la región al norte del Loira, además de Aquitania. En 1422, la muerte de Enrique V y el ascenso al trono francés de Carlos VII llevaron la guerra a una nueva etapa.

Segunda fase

En 1429, durante el sitio inglés de la ciudad de Orleans, se produjo un punto de inflexión en la guerra. El conflicto, que había comenzado como una guerra dinástica, contribuyó a crear cierta conciencia nacional en Francia. Cuando las tropas francesas al mando de Juana de Arco consiguieron levantar el sitio de Orleans, la resistencia ante los invasores ingleses se vio reforzada y el ejército de Carlos VI consiguió recuperar posiciones. La paz unilateral sellada por Francia y Borgoña en el Tratado de Arras (1435), facilitó a los franceses la reconquista de París en 1437 y la de Aquitania en 1453. El último reducto inglés, Calais, no fue conquistado hasta 1558.

Ningún tratado de paz puso fin a esta larga guerra, pero tras esta derrota, los monarcas ingleses abandonaron sus pretensiones territoriales en el continente.

Consecuencias de la guerra

Lo que se puede considerar como el último gran conflicto medieval en Europa occidental, a pesar de sus negativas consecuencias económicas, contribuyó a forjar la conciencia nacional en ambos países. Inglaterra, antes volcada hacia el continente, desarrolló a partir de entonces su carácter insular, mientras que en Francia, la victoria de los Valois contribuyó a sentar las bases del Estado centralizado.

La batalla de Formigny, representada en esta miniatura, fue uno de los últimos encuentros bélicos de la guerra de los Cien Años.