Cisma de Occidente

División que se produjo en la Iglesia católica romana entre los años 1378 y 1417, cuando dos pontífices, y posteriormente tres, se disputaron la máxima autoridad de la institución eclesial. Tras el cisma se recuperó la unidad de la Iglesia, pero el conflicto supuso un gran descrédito en un momento en el que los movimientos de reforma se empezaban a gestar.

En 1309 la sede de la Iglesia se había trasladado desde Roma a Avignon (Francia), donde los papas habían mantenido cortes fastuosas al tiempo que había crecido el poder de los cardenales. En 1377, la Santa Sede volvió a Roma y un año después se llevó a cabo la elección de un nuevo pontífice. El cónclave, reunido entre los disturbios surgidos ante la posibilidad del nombramiento de un francés, designó al napolitano Urbano VI, arzobispo de Bari.

El nuevo pontífice se mostró opuesto a los cardenales, un grupo de los cuales se enfrentó a él y declaró nula su elección por haber sido realizada bajo presión. Eligieron un nuevo papa, Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII y se trasladó con su corte a Avignon. Allí recibió el apoyo del monarca francés, lo que añadió cierta legitimidad a su elección. A su muerte, los cardenales franceses eligieron como sucesor al aragonés Pedro Martínez de Luna (Benedicto XIII), que mantuvo su corte en la ciudad francesa.

En Roma, mientras tanto, la corte papal se mantenía y, tras la muerte de Urbano VI y de sus sucesores, Gregorio XII fue elegido por el cónclave como sumo pontífice.

El tercer pontífice

Entre las soluciones propuestas para acabar con el cisma estaba la celebración de un nuevo concilio que tomara una decisión, lo cual suponía dar a este órgano un poder superior al del papa. La teoría conciliar, que años después sería declarada herética por Pío II, supuso un intento fallido de unidad, pues del Concilio de Pisa, celebrado en 1409, salió elegido un nuevo papa, Alejandro V, que fijó su residencia en Bolonia, sin que se produjera la renuncia de los otros dos. Tras su muerte, en 1410, el cónclave eligió a Juan XXIII como su sucesor.

Con la Iglesia dividida en tres papados y amenazada por herejías como la de los husitas, se acordó que el emperador del Sacro Imperio, Segismundo, presidiera un nuevo concilio. Éste se celebró en Constanza entre 1414 y 1418, con la asistencia de Juan XXIII pero no de los otros dos papas. El concilio consiguió la renuncia de Gregorio XII y depuso a Juan XXIII y a Benedicto XIII, tras lo cual nombró Sumo Pontífice al romano Martín V, en noviembre de 1417, lo que puso fin al cisma.