Lengua latina

Lengua indoeuropea. Perteneciente a la subfamilia itálica dentro del tronco común de las lenguas indoeuropeas, el latín es el idioma del que se derivan todas las lenguas romances de origen europeo y donde encuentra su etimología buena parte del vocabulario técnico y científico que se emplea en otros idiomas de raíz distinta. Como lengua clásica, el latín se encuentra en la actualidad en desuso y sólo sigue empleándose de forma regular en algunos escritos de la Iglesia católica; sin embargo, hasta el siglo XVII fue una de las lenguas diplomáticas empleadas internacionalmente.

Desde su surgimiento se distinguieron, por razones sociales, dos tipos de latín: el clásico, de norma gramatical rígida y cuidadoso estilo, en el que se escribieron las grandes obras literarias, y el vulgar, que era el que se hablaba regularmente en la calle y del que derivaron las lenguas romances europeas. El latín fue la lengua oficial del imperio romano y gracias a la expansión territorial de éste por Europa y el norte de África se difundió por amplias regiones geográficas.

Origen y desarrollo del latín

La lengua latina no era el idioma predominante entre los pueblos primitivos que habitaban la península itálica, sino que se empleaba únicamente en una pequeña región del norte. El idioma más extendido en estos territorios durante los siglos VII y VI a.C. era el etrusco (perteneciente a la cultura que recibía el mismo nombre y cuya raíz no era indoeuropea), que acabaría desapareciendo con la imposición del latín, pero que dejó algunas huellas en la conformación de éste. Otras influencias que recibió en su origen el latín fueron las de las lenguas germanas y el griego, debido a las colonias que éstos tenían en el sur de la península.

Hacia finales del siglo IV a.C., debido a movimientos migratorios, el latín pasó a convertirse en el dialecto que se hablaba en Roma. Las primeras inscripciones que se conservan son de esta época y los primeros textos completos datan ya del siglo III a.C. El desarrollo de la cultura romana como hegemónica entre las otras culturas de la península itálica hizo que el latín pasara a ser la lengua oficial. A partir de que Roma se convirtió en imperio, se fue ampliando la difusión de esta lengua a todos aquellos territorios que cayeron bajo su dominio.

Durante el periodo de vigencia del imperio, que se extendió hasta aproximadamente el siglo VII de la era cristina, se pueden distinguir cinco etapas en el desarrollo de la lengua latina (a partir del comienzo de la edad media, el latín clásico se seguirá empleando sólo en el seno de la Iglesia católica o en los textos cultos):

1. Latín arcaico: desde la aparición de las primeras inscripciones en el siglo V a.C. hasta mitad del siglo III a.C. Se conservan fragmentos de algunos textos rituales o de tipo legal.

2. Latín preclásico: desde el año 240 al 70 a.C. Comienza a apreciarse la influencia de la lengua griega en el latín, tanto en el vocabulario como en la transformación del estilo. Se produce una homogeneización y una normalización en su uso al convertirse en la lengua oficial del imperio. Los textos más destacados de esta época son las obras de Plauto (250-184 a.C.), Ennio (239-169 a.C.), Terencio (190-159 a.C.) o del poeta Catulo (87-54 a.C.).

3. Latín clásico: desde el año 70 a.C. hasta el 14 de la era cristiana (año de la muerte del emperador César Augusto). El latín se desarrolla en toda su expresión y belleza a través de las grandes creaciones literarias de autores como Cicerón (106-43 a.C.), Virgilio (70-19 a.C.), Horacio (66 a.C.-8 d.C.) o Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.).

4. Latín posclásico: desde el año 14 hasta aproximadamente inicios del siglo III. Comienza a perderse la pureza originaria de la lengua debido a la mezcla con las lenguas de las regiones colonizadas. Se incluyen muchos neologismos y el estilo se vuelve más ampuloso. Algunos autores destacados de esta época fueron Séneca (4 a.C-65 d.C.), Quintiliano (30-96 d.C.) o Petronio (34-66 d.C.).

5. Latín tardío: desde el siglo III hasta la disolución definitiva del imperio en el siglo VII. Se incrementa la inclusión de vocablos y formas gramaticales importadas de otras lenguas y los textos escritos se van pareciendo cada vez más a la forma hablada del idioma. Las obras de San Agustín (354-430) o San Jerónimo (347-420) son un buen exponente de la evolución del latín en aquella época.

Características generales del latín

El latín es una lengua flexiva, es decir, permite cambios de género y número en los vocablos. Por regla general, el acento prosódico de las palabras recae en la penúltima sílaba, pero si la palabra es extensa puede recaer también en la antepenúltima.

El sintagma nominal está compuesto fundamentalmente por sustantivos, pronombres y adjetivos (no existen artículos), que están sujetos a declinaciones a través de las que se indica su función dentro de la oración. La lengua latina tiene cinco declinaciones para los sustantivos y tres para los adjetivos (que se corresponden con las primeras tres de los sustantivos). Cada una de ellas está dividida a su vez en seis casos (nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo y ablativo) y cuentan con formas distintas para el singular y el plural.

El género de la palabra viene determinado por la desinencia de la misma en los casos gramaticales en los que se enuncia (nominativo y genitivo) y suele ser el mismo para cada una de las declinaciones. Por ejemplo, por regla general los sustantivos de la primera declinación son todos femeninos, mientras que los de la segunda son en su mayoría masculinos. Además del femenino y el masculino, el latín también cuenta con un género neutro.

El sintagma verbal aparece organizado en torno al núcleo, que es el verbo y que suele estar situado al final de la oración (el esquema habitual de la oración es el de sujeto, objeto, verbo, aunque no es un esquema rígido y puede verse alterado). Los verbos en latín tienen las mismas flexiones que ha heredado el español: persona, número, modo, tiempo y voz, pero además cuentan con la flexión del aspecto (perfectivo e imperfectivo), que añade al verbo conjugado matices de significado no temporales. Existen cuatro conjugaciones regulares que se distinguen entre sí por la desinencia, y un número notable de verbos irregulares.

Desde el punto de vista fonético, la lengua latina está compuesta por dieciséis sonidos consonánticos y cinco sonidos vocálicos, los cuales permiten a su vez una doble pronunciación, larga o breve. La fonética latina es bastante sencilla, ya que a cada letra corresponde un sonido que generalmente es siempre el mismo. La representación gráfica de las letras (que ha sido ampliamente difundida en numerosas lenguas) procede del alfabeto jónico griego, con algunas influencias del etrusco. En un principio estaba constituido por veintiún caracteres, pero se fueron añadiendo más hasta alcanzar los veintiséis con los que contaba en el siglo VI d.C.