Escultura renacentista

Alonso de Berruguete, La Adoración de los Reyes.

La referencia clásica, al igual que ocurría con otras disciplinas artísticas, fue adoptada también por la escultura. No obstante, la ausencia de una tratadística específica para escultura provocó que los modelos de representación fueran tomados tanto de la arquitectura como de la pintura. Este hecho trajo consigo cierta ralentización a la hora de romper con el estilo gótico imperante en la escultura, por lo que en las primeras obras todavía se apreciaba la esbeltez y elegancia propias de este estilo medieval.

La vuelta la antigüedad clásica recuperó el desnudo, el uso de lujosos materiales, como el mármol y el bronce, y la concepción monumental de las representaciones. Los temas elegidos fueron tanto religiosos como mitológicos, al tiempo que se otorgó un gran protagonismo a la estatuaria y los monumentos funerarios. Los retratos individuales, ya fueran ecuestres o de busto, se pusieron muy de moda también durante este periodo.

Escultura renacentista en Italia

Durante el quattrocento, aparte de Lorenzo Ghiberti, sin duda el escultor que cambió el sistema de representación con sus relieves para la puerta del baptisterio de Florencia, y de Donatello, que creó una nueva forma de concebir la escultura a través de la perspectiva y el bulto redondo, surgieron otros talentos.

La obra de Jacopo della Quercia (1374-1438) se interpreta como una síntesis entre el estilo tardo-gótico centroeuropeo, presente sobre todo en el tratamiento de los paños, y el clasicismo renacentista, visible en la utilización del desnudo, en la concepción volumétrica de las figuras y en la ejecución de los rasgos faciales de las mismas. Como sienés, también influyeron mucho en su trabajo las obras de Nicola y Giovanni Pisano. Della Quercia fue el artista que comenzó a realizar las primeras obras de bulto redondo, como demuestra su famosa fuente Gaia para la plaza del Campo de Siena (1409). Su trabajo resultó clave para la formación de Miguel Ángel, que estudió con detenimiento los relieves del portal de San Petronio de Bolonia, que dejó inacabados.

Lucca della Robbia (1400-1482), escultor enormemente prolífico, fue quien inventó la técnica escultórica de terracota vidriada, empleada para la ejecución de tondi (obras enmarcadas en un medallón). Con esta técnica realizó, a partir de 1440, obras con la Virgen y el Niño como protagonistas, pero también otras como los tondi de los Apóstoles para la capilla Pazzi y los lunetos con la Resurrección y la Ascensión de la catedral (1451), ambas obras en Florencia. Los relieves de la Cantoría de la catedral de Florencia (1438), de gran equilibrio y donde dividió el espacio emulando a los sarcófagos romanos, es quizá su obra más reconocida.

Andrea Verrocchio (1435-1488), protegido de los Medici, y en especial de Lorenzo “el Magnífico”, fue el gran escultor, junto con Pollaiolo, de la segunda mitad del quattrocento en Florencia. Su obra se caracterizó por un mayor naturalismo y por la búsqueda de los sentimientos humanos y el aspecto psicológico de los personajes. Su David, a diferencia del de Donatello, se reveló como un arquetipo más corriente, donde predomina la pose natural y la despreocupación; más afines al estilo de Donatello fueron La Dama con ramillete o el Niño con Delfín, que influyeron mucho en Leonardo da Vinci. Suyas son también grandes esculturas ecuestres como la de El Condottiero Colleoni (1488), con la que logró reflejar el movimiento y la expresión terrible típica del guerrero.

Antonio Pollaiolo (1431-1498) optó, como Verrocchio, por partir de la experiencia y la naturaleza para la ejecución de sus obras. Su estilo se caracterizó por la sutileza y el cuidado del detalle, lo que le permitió profundizar en el estudio de la anatomía y representar a sus personajes también desde su dimensión interior, plasmando su emotividad y sentimientos; de su mano salieron obras como Hércules y Anteo.

El cinquecento estuvo dominado por la figura de Miguel Ángel, autor de las más grandes empresas escultóricas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVI. Aun así, en su círculo destacaron importantes artistas que continuaron la estela abierta por la pintura tardo-quattrocentista de Ghuirlandaio, al tiempo que, aunque más tímidamente, se hacían eco de las novedades formales creadas por el propio Miguel Ángel, Rafael Sanzio o Leonardo. Entre los escultores más importantes del entorno toscano se encuentran Andrea Contucci (1460-1529), que realizó los monumentos sepulcrales de los Sforza; Giovanni Francesco Rustici (1474-1554), que se aproximó a la envoltura atmosférica de Leonardo con obras como la Predicación de San Juan Bautista; Lorenzetto (1490-1541), que se inspiró en dibujos de Rafael para su Jonás de la capilla Chigi; y Jacopo Sansovino (1486-1570). Este último trabajó en Roma y Florencia hasta 1527; de su primera época destaca la elegancia y gracia de Baco. No obstante, al establecerse en Venecia en 1527 y recibir los influjos formales de la pintura de Tiziano, a través de obras como el relieve en bronce del Entierro de Cristo (h. 1545) o esculturas como la Virgen, el Niño y San Juanito, Sansovino quiso expresar en escultura la concepción lumínica de la pintura del momento, en lo que puede considerarse un capricho que antecedía el estilo manierista que comenzaba a aflorar.

El Manierismo, por su singularidad formal, dio pie para la aparición de grandes escultores, que supieron incorporar a la poderosa influencia de Miguel Ángel la gracia, el capricho y el dinamismo que el nuevo lenguaje traía. Quienes marcaron el devenir de la escultura a partir de 1530 fueron Baccio Bandinelli (1488-1560), que realizó, inspirado por la formas miguelangelescas, la célebre estatua de Hércules y Caco para la plaza de la Signoria de Florencia; Giambologna (1536-1608), cuyo virtuosismo técnico le permitió jugar con el equilibrio y lo caprichoso, como mostró en Mercurio, El rapto de las sabinas y su famosa Fuente de Neptuno de Bolonia; y quien posiblemente sea la figura más destacada de este periodo, Benvenuto Cellini (1500-1571). Cellini fue un revolucionario de la técnica, que puso al servicio de la imaginación y como medio para forzar las leyes de la naturaleza y conducirlas hacia el capricho manierista. Esto le permitió trabajar con materiales como el oro, con el que realizó el Salero de Francisco I; el bronce, que empleó para su Pavo o la estatua de Perseo; o el mármol, con el que realizó el exquisito Cristo crucificado del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en Madrid.

Escultura renacentista en España

España fue el otro foco europeo donde más desarrollo tuvo la escultura durante el Renacimiento. Para ello fue fundamental la influencia italiana, tanto desde el punto de vista estilístico como por el hecho de que gran número de escultores italianos trabajaron en la península. A España llegó también un grupo importante de escultores franceses que dejaron una impronta singular, pues unieron sus conocimientos de la tradición del Gótico tardío con el Renacimiento italiano, que, a su vez, mezclaron con los rasgos propios de tradición peninsular, caracterizada sobre todo por las representaciones de temática religiosa.

Entre las primeras obras renacentistas españolas se encentra el sepulcro del cardenal Mendoza en la catedral de Toledo, que posiblemente fue traída de Italia. De estilo quattrocentista italiano fueron las obras de Domenico Fancelli, que hizo los sepulcros de Diego Hurtado de Mendoza de la catedral de Sevilla y el célebre de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada.

Quien mejor representó el primer Renacimiento español fue, posiblemente, Bartolomé Ordóñez (1490-1520) que, influido por la obra de Miguel Ángel, terminó el sepulcro del Cardenal Cisneros y realizó el magnífico relieve de Santa Eulalia en la hoguera para la catedral de Barcelona.

Posteriormente, quien ejerció mayor influencia entre 1520 y 1528, fue el burgalés Diego de Siloé (1495-1561). A pesar de haber asimilado las formas italianas, supo ejercer un estilo propio en el que la expresividad y el sentimiento se superpusieron a la revisión de la antigüedad clásica típica del Renacimiento; suyo es el retrato de Isabel la Católica de la catedral de Granada. Con Siloé colaboró otro importante escultor, el borgoñón Felipe de Vigarny, que realizó el retablo de la capilla del Condestable de la catedral de Burgos, para la que esculpió también el relieve del Camino del Calvario.

En Valladolid trabajó Alonso de Berruguete (1488-1561), que se formó en Italia en el círculo de Miguel Ángel. Su obra escultórica hizo de él uno de los mejores artistas del Manierismo europeo. Realizó el retablo de Olmedo y el de San Benito de Valladolid. Al entorno vallisoletano perteneció también otro importante maestro, el francés Juan de Juni (1507-1577), que supo fusionar la escultura francesa y centroeuropea con influencias provenientes de Italia. A él pertenecen el relieve policromado de la Piedad, San Antonio Abad o el conjunto en madera del Santo Entierro.

Para la corte del emperador Carlos V trabajó el italiano Pompeyo Leoni, que llegó a España en 1556. Especialista en bronce, exportó un estilo manierista lombardo de enorme técnica. Entre sus mejores obras se encuentran El furor a los pies del Emperador, el monumento funerario de Doña Juana de Austria y los grupos funerarios de El Escorial de los reyes Carlos V y Felipe II <BIO0324>.

Esquema de la Escultura renacentista

La escultura renacentista adopta la referencia clásica. Este retorno a la antigüedad clásica recupera el desnudo, el uso de materiales como el mármol y el bronce, y la concepción monumental de las representaciones.

Los temas elegidos son tanto religiosos como mitológicos. Se otorga gran protagonismo a los monumentos funerarios así como a los retratos individuales: ecuestres y bustos.