Historia del Cine

La prensa cinematografica

La creación del cinematógrafo ha sido uno de los acontecimientos históricos más importantes de la humanidad. Vino a confirmar la evolución científica que se había venido produciendo desde el siglo XV y ha acabado convirtiéndose en uno de los medios de expresión artística y de entretenimiento más representativos del siglo XX.

El nacimiento del cinematógrafo

El 28 de diciembre de 1895 los hermanos Louis y Auguste Lumière ofrecieron la primera exhibición pública de su cinematógrafo en el Salon Indien del Gran Café de París. Se trataba de películas de pocos segundos de duración que mostraban escenas cotidianas, lúdicas o cómicas. A las primeras imágenes rodadas por los Lumière en 1894 como Bicycliste o Acuarium, le sucedieron otras más perfeccionadas como Salida de los obreros de la fábrica Lumière, El regador regado o Llegada del tren a la estación.

Uno de los asiduos a los espectáculos de los Lumière fue George Méliès, director del Teatro Robert Houdin, que vio en el nuevo invento el revulsivo ideal para impulsar sus eventos artísticos. En los Estados Unidos, a pesar de contar con el kinetoscopio inventado por Thomas Edison, el país que más tarde albergaría la industria cinematográfica más potente se inclinó por explorar el aparato creado por los Lumière, cuyas proyecciones no tardaron en cruzar el Atlántico. El potencial negocio que había tras la nueva industria quedó establecida muy pronto, entre los años 1895 y 1902. Las primeras películas propiamente dichas, con un hilo argumental y un sentido narrativo eran muy breves. El beso (1896), producido por Edison, Viaje a la Luna (1902), de Méliès o Asalto y robo de un tren (1903), dirigido por Edwin S. Porter fueron algunos de los título más exitosos.

Poco a poco, los norteamericanos, que cada vez invertían más dinero en la industria, fueron rentabilizando sus inversiones, lo que les permitió aumentar la oferta de entretenimiento y la variedad de sus producciones, las cuales eran rodadas mayoritariamente en el estado California. Así, en 1907, surgió Hollywood, y en 1911 el cine fue declarado Séptimo Arte en el Manifiesto de las siete artes.

Del cine mudo al cine sonoro

D. W. Griffith.

En los Estados Unidos pronto apareció un grupo de empresarios de gran capacidad visionaria como Adolph Zukor, los hermanos Warner, Samuel Goldwyn o William Fox. Adolph Zukor, en concreto, a través de la Paramount, inventó un concepto de industria cinematográfica basado en la contratación de directores y estrellas importantes con el fin de asegurarse el éxito empresarial. Uno de ellos, el director D. W. Griffith, con películas como El nacimiento de una nación (1915) o Intolerancia (1916), terminó de dar forma al lenguaje cinematográfico. Mientras, Mack Sennett impulsó el cine cómico creando la Keystone Co., de donde surgieron nombres cumbres del cine como Charles Chaplin, Harold Lloyd o Gloria Swanson, protagonistas de historias divertidas llenas de acción, golpes y guerra de tartas.

En cuanto al cine europeo, éste comenzó a desarrollarse de forma más clara en países como Alemania, Francia o la Unión Soviética.

En Alemania, gracias a la corriente artística del Expresionismo, el cine alcanzó altas cotas de originalidad y calidad. A través de mundos fantásticos, tenebrosos y angustiosos, las películas pretendieron plasmar la crisis que vivía el país. El gabinete del doctor Caligari, de R. Wiene; Nosferatu, de F. W. Murnau, o El Dr. Mabuse y Metrópolis, de Fritz Lang, fueron los títulos que dieron cuerpo a este poderoso movimiento alemán durante los primeros años veinte.

En Francia también tuvieron mucho peso las vanguardias y el intelectualismo. Junto con películas experimentales como Napoleón, de Abel Gance, convivieron trabajos de artistas que no eran en principio cineastas, como Man Ray o Fernand Léger, que realizó Ballet mecánico (1924). El surrealismo tuvo en Salvador Dalí y Luis Buñuel, que llevaron a cabo Un perro andaluz (1928), sus más claros representantes. En Francia trabajó otro de los genios europeos de la época, el danés Carl Theodor Dreyer, creador de obras maestras como La pasión de Juana de Arco (1928).

La Unión Soviética también fue enormemente prolífica en la creación cinematográfica, que comenzó como medio de propaganda de la revolución rusa. Sergei M. Eisenstein fue el gran innovador de la técnica del montaje y quien mejor supo perfeccionar el lenguaje narrativo que comenzó a instaurar Griffith; sus mejores películas fueron La huelga (1924), El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1927).

Retrato de Buster Keaton.

Mientras, en los Estados Unidos, conforme avanzaba la década de los años veinte, se realizaron las grandes y costosas producciones; películas de aventuras, westerns y de historias épicas como Los cuatro jinetes del Apocalipsis, El caballo de hierro, de John Ford; Los diez mandamientos, de Cecil B. de Mille; La quimera del oro, de Charles Chaplin; El maquinista de La General, de Buster Keaton; El gran desfile, de King Vidor o Avaricia, de Erich von Stroheim. Asimismo el cine documental dio obras maestras, como Nanuk el esquimal, de Robert Flaherty.

En 1927 la Warner Bros estrenó El cantor de jazz, en la que Al Jolson hablaba y cantaba por vez primera en una película. Nacía, con todas las deficiencias técnicas del momento, el cine sonoro. Las primeras obras del cine sonoro fueron películas como Aleluya, de King Vidor, El ángel azul, de Joseph von Sternberg y protagonizada por Marlene Dietrich, o M, el vampiro de Düsseldorf, de Fritz Lang.

En Estados Unidos, el sonido dio lugar a la aparición de géneros nuevos, como el de gángsters (Scarface, el terror del hampa, de Howard Hawks), el musical, que aportó parejas como la de Fred Astaire y Ginger Rogers, mientras que se consolidaban otros como el western o el de terror, dando títulos memorables como Frankenstein (1931), Drácula (1931) o El hombre invisible (1933). La comedia también alcanzó altas cotas de calidad, a través de nombres como Ernst Lubitsch, Frank Capra, Stan Laurel y Oliver Hardy y el humor absurdo de los hermanos Marx.

En Europa destacó el cine documental alemán de propaganda nazi llevado a cabo por Leni Riefenstahl, que realizó El triunfo de la voluntad (1936) y Olimpia (1936), al tiempo que en Francia surgían grandes nombres como los de René Clair, Jean Renoir, Marcel Carné o Jacques Feyder, director de La kermesse heroica (1935).

La guerra, la posguerra y los años cincuenta

La Segunda Guerra Mundial trajo un cierto estancamiento de nuevo a Europa. En Italia la guerra se plasmó mediante películas como Roma, ciudad abierta, de Rossellini, al tiempo que la posguerra trajo un movimiento, el Neorrealismo, que dio origen a obras como El ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica.

En Estados Unidos, aparte de Ciudadano Kane (1940), de Orson Welles, una obra maestra aislada en el panorama bélico, cierto pesimismo vital fue recogido por el nuevo género, el cine negro; El halcón maltés, de John Huston, o El abrazo de la muerte, de Robert Siodmak, son sólo algunos de los casi cien títulos que de este género se produjeron. La guerra, por su parte, sería vista en películas épicas como Casablanca, o comedias de crítica al enemigo nazi como Ser o no ser, mientras que la posguerra y sus consecuencias sobre la sociedad americana quedarían reflejadas en películas como Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler.

Los cincuenta fue una época de contrastes. Mientras aparecían los nuevos formatos panorámicos, de color y de sonido que enriquecieron las grandes superproducciones como Los diez mandamientos o Ben-Hur, se comenzó a desarrollar un cine de autor menos comercial llevado a cabo por directores formados en la televisión; es el caso de Delbert Mann, que realizó Marty, o Sydney Lumet, director de Doce hombres sin piedad. Por otra parte surgió la Escuela de Nueva York, que dio pie a un cine de bajo presupuesto que abordaba temas con crudeza, así como el más experimental y underground de Jonas Mekas o Kenneth Anger.

Retrato de John Houston.

Paralelamente, Hollywood continuó ofreciendo una variedad ingente pero de gran calidad de títulos de todos los géneros, a la vez que cierto realismo comenzó a hacerse visible a través de diferentes historias como El crepúsculo de los dioses, Rebelde sin causa o La gata sobre el tejado de cinc.

En Europa el cine italiano alcanzó un momento dulce con películas como La strada o La dolce vita, de Federico Fellini, y Senso y Le notti bianche, de Luchino Visconti. En Francia destacaron, junto con Renoir, Jacques Becker y las ácidas comedias de Jacques Tati. En Suecia surgió la figura de Ingmar Bergman, cuyo genio se consolidó enseguida a través de películas como El séptimo sello, Fresas salvajes y El manantial de la doncella (1959). Inglaterra dio nombres como el de Alfred Hitchcok, que emigró tras la guerra a los Estados Unidos para convertirse en el genio del cine de suspense.

Otro país que comenzó a despuntar cinematográficamente durante los cincuenta y que fue acogido espléndidamente por la crítica y el público mundial fue Japón. De este país salieron directores de la talla de Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi o Yasujiro Ozu, entre otros.

Los sesenta y los setenta: el cine en época de cambios

Con la llegada de los años sesenta, los cambios sociales, artísticos, culturales, literarios y políticos afectaron también al cine.

En Estados Unidos, la infinidad de propuestas derivó hacia diversas vertientes. Por un lado estaba la “generación de la televisión” de John Frankenheimer, Sidney Lumet, Martin Ritt o Robert Mulligan, que se pasaron al cine comercial; por otro, la violencia de Sam Peckinpah y Arthur Penn; nació asimismo la serie B, que buscaba entretener con un bajo presupuesto y donde Roger Corman fue el gran adalid; luego estaba el cine, herencia del europeo, de temas reales y escabrosos, de sexo, droga o amores imposibles, como Lolita, ¿Quién teme a Virginia Woolf? o El graduado; y por último, unos directores independientes que dieron origen a películas de diversos géneros; éstos fueron John Cassavetes, que venía de la escuela de Nueva York; Andy Warhol y Paul Morrisey, provenientes del mundo artístico y underground, Stanley Kubrick, que revolucionó la ciencia ficción con 2001: una odisea del espacio, John Schlessinger y su Cowboy de medianoche o Dennis Hopper, que dirigió la road movie motera Easy Rider.

Francis Ford Coppola.

La década de los setenta fue copada por una serie de directores emergentes y amigos entre sí que supieron conjugar pasado y presente; su pasión por la serie B y lo fantástico con un cine de gran carga intelectual y poética, tocando géneros que iban desde el drama a la acción, la ciencia ficción, la violencia, la ópera rock, etc.; son los años de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Brian de Palma, George Lucas o Steven Spielberg, y de películas como El Padrino, Taxi Driver, El Fantasma del Paraíso, La Guerra de las Galaxias o Tiburón.

En Europa, y en concreto Francia, la revista Cahiers du Cinéma abogaba por el llamado cine independiente de autor. Nacía así la Nouvelle Vague (nueva ola) representada por directores como François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol y Erich Rohmer; independientemente, surgió otra figura de gran importancia, la de Louis Malle. En Italia, un cine de autor nacía también de manos de directores tan poéticos en su lenguaje como dispares en su estilo; ellos fueron Michelangelo Antonioni, Pier Paolo Passolini o Bernardo Bertolucci; y en Grecia, Theo Angelopoulos y el cine comprometido políticamente de Costa-Gavras. Lejos del Mediterráneo, en Centroeuropa, apareció una generación de talentos que propusieron un tipo de cine muy personal; muchos emigrarían luego a Estados Unidos; entre ellos estaban el checo Milos Forman, los polacos Andrzej Wajda y Román Polanski; o el húngaro Miklos Jancsó. En Alemania destacaron directores tan singulares como Wim Wenders y el polémico Rainer W. Fassbinder.

Latinoamérica, por su parte, se vio determinada por las difíciles situaciones políticas que atravesaban los países víctimas de las dictaduras. En Argentina destacaron Lautaro Murúa, Leopoldo Torre Nilson y Raúl de la Torre; en Brasil, Rui Guerra, Nelson Pereira dos Santos y Galuber Rocha; y en México, directores como Felipe Cazals, Jorge Fons y Arturo Ripstein.

Los ochenta y los noventa: el cine de entretenimiento, la tecnología y los efectos especiales

Los años ochenta en los Estados Unidos, marcados por el optimismo económico, el auge de la sociedad consumo y el boom tecnológico, dieron origen a que la industria del cine invirtiera cantidades nunca vistas hasta ahora en sus películas, consecuencia de que, por una parte, apareciera un cine de ciencia ficción enormemente entretenido y, por otra, surgiera la confusa filosofía de que la calidad se medía por el éxito que las películas tenían. Al mismo tiempo, el gran número de producciones americanas y la facilidad comercial y distributiva de las mismas produjeron que fuera difícil para las películas europeas y del resto del mundo encontrar huecos en las carteleras.

La ciencia ficción de Lucas y Spielberg tuvo sus continuadores en nombres como los de Joe Dante, que dirigió Gremlins; Robert Zemeckis, con Regreso al futuro; Tobe Hooper, realizador de Poltergeist o John Landis. El cine comercial fue llevado a cabo por directores como Walter Hill, Paul Schrader, Lawrence Kasdan, John Badham o Alan J. Pakula.

Europa exportó a América un gran número de directores que posteriormente se harían cargo de superproducciones de gran éxito; es el caso de Ridley Scott, que dirigió Blade Runner; David Lynch; Louis Malle; Andrei Konchalovsky; Milos Forman, que llevó a cabo Amadeus; Wim Wenders o Alan Parker. Australia también aportó talentos al panorama americano, con figuras como Peter Weir, que dirigió El año que vivimos peligrosamente, George Miller o Bruce Beresford, director de Paseando a Miss Daisy.

En Francia, mientras seguían trabajando los directores clásicos, nuevas ideas y frescura aportaron un cine de calidad al tiempo que comercial, como Gérard Oury, que realizó As de ases, o Jean-Jacques Annaud, con películas como El oso.

El resto de Europa trataría de competir con el cine americano a través de películas como La familia, del italiano Ettore Scola; Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman; Papá está en viaje de negocios, de Emir Kusturica; No matarás, de Krysztof Kieslowski, o Francisca, del portugués Manoel de Oliveira.

En Estados Unidos los noventa fue la década en la que quizá se marcaron más los límites entre un cine estrictamente comercial y otro más ajeno a los circuitos de la industria. Por una parte, el cine de violencia ha sido irónicamente visto por directores como Robert Rodríguez, Tony Scott, Oliver Stone o Quentin Tarantino. Luego han destacado las adaptaciones de libros best-seller de escritores como Tom Clancy, Michael Crichton y John Grisham, que dieron origen a un cine meramente de entretenimiento; por último se ha desarrollado la tendencia, hoy viva, de adaptar cómics al cine, con películas como Batman, Juez Dredd, La Máscara o Dick Tracy, a lo que se ha unido el nacimiento del cine animado por ordenador con películas como Toy Story, posiblemente el rasgo más característico del cine de hoy y del cambio de siglo.

Fuera de los circuitos más comerciales, han seguido surgiendo interesantes propuestas, como las de los hermanos Cohen, Ang Lee, Spike Lee, Edward Burns, Tim Burton o Woody Allen.

El cine europeo ha combinado su habitual línea de un cine de calidad de autor con un tímido acercamiento a un tipo de producción más comercial y costosa. Se han realizado títulos que han llevado obras literarias a la pantalla, como Cyrano de Bergerac, superproducciones como El pequeño Buda o el cine de protesta social de Ken Loach. De España, las películas de Pedro Almodóvar comenzaron, tras su primera nominación al Óscar, a despuntar en el extranjero.

A finales de los noventa, el cine chino ha empezado a tener un gran peso internacional gracias a directores como de Zhang Yimou, y su auge se ha consolidado con el cambio de siglo, pues de China están viniendo, hoy día, las propuestas más interesantes del nuevo cine mundial.