Música neoclásica

Período de la historia comprendido entre 1750 y 1810, aproximadamente, que tiene su principal centro neurálgico en Centroeuropa (Alemania y Austria).

En el uso general, el término “clásico” se refiere a: 1) la tradición greca-romana; 2) las características que se perciben de esa tradición, como serenidad, equilibrio, proporción, sencillez, disciplina y artesanía formales, y una expresión universal y objetiva (en vez de idiosincrásica y subjetiva); 3) un patrón o modelo de excelencia, de un valor permanente.

La primera definición se corresponde con el significado de neoclásico en las artes visuales del siglo XVIII; en música, los principales ejemplos de este tipo de clasicismo se hallan en la ópera, por ejemplo, en las últimas óperas “reformistas” de Gluck y (en menor medida) en el arcadianismo de la opera seria metastasiana. De ahí que el significado de clásico fundamental en la música sea el segundo. Debe incidirse, sin embargo, en que términos como clásico constituyen más un medio práctico de referencia que una descripción informativa o necesariamente precisa; una obra determinada de, digamos, 1775 puede que no sea más “clásica” (serena, equilibrada, etc.) de lo que una de 1675 es “barroca”.

Charles Burney, en su Historia General de la Música (1789), atribuía el comienzo de lo que hoy llamamos el estilo clásico a la generación de compositores que alcanzaron prominencia en Nápoles a partir de 1720 aproximadamente, los sucesores de la anterior generación de Alessandro Scarlatti (1660-1725). Según su opinión, el nacimiento del estilo clásico se correspondió con la aparición de la ópera metastasiana, con sus tendencias clasicizantes. Los compositores más importantes, entre los que se encuentran Leonardo Vinci (1690-1730) y Leonardo Leo (1694-1744), jugaron un papel importante en los comienzos del florecimiento de la ópera cómica de su tiempo, lo que constituyó sin duda una razón fundamental de la sencillez de las melodías y las texturas de su música. Burney consideró a Vinci un revolucionario por “simplificar y pulir la melodía, y por llamar la atención del público principalmente hacia la línea melódica, desenmarañándola de la fuga, la complicación y el retorcimiento”.

Características de la música clásica

1) Textura homofónica y empleo de melodías más sencillas y “naturales”: este estilo fue denominado por los teóricos de la época “estilo galante”.

2) Desarrollo de la estructura jerárquica de frase y período (basada generalmente en un principio en frases de dos compases, más tarde de cuatro).

3) Introducción de un mayor grado de contrastes de afectos y estilos en el seno de secciones o movimientos.

4) Utilización de dinámicas graduales como el crescendo y el decrescendo.

5) Elección de valores rítmicos más diferenciados y mejor perfilados (en contraposición a los ritmos unicelulares, que marcan constantemente cada parte en el último Barroco).

6) Simplificación del vocabulario técnico y mayor lentitud del ritmo armónico (los dos últimos aspectos se hallan relacionados con la creciente preferencia por las líneas de bajo armónicas y no lineales).

Los elementos del nuevo estilo aparecen resueltamente en la música instrumental italiana algo después que en la ópera, a partir de 1730 en adelante. Sin embargo, tendencias clásicas como el ritmo armónico lento y la profusa utilización de repeticiones literales de frase aparecen ya en numerosas obras instrumentales de las décadas precedentes, por ejemplo, en la primera colección de sonatas a solo de 1716 de Franco Maria Veracini y en los conciertos posteriores de Antonio Vivaldi.

Además de las características ya señaladas, la música orquestal fue el escenario del nacimiento de varios principios de la forma sonata, así como de una aproximación más idiomática a la orquestación. La música para solistas durante la primera parte de este período tendió a cultivar un estilo melódico muy ornamentado basado en una constante subdivisión de la parte y la media parte; figuras formadas por tresillos de semicorcheas, semicorcheas y fusas con puntillo, y otras similares eran omnipresentes. Esta tendencia hacia los ritmos intrincados alcanzó su cenit en las obras para teclado del estilo empfindsam (estilo sensible) del norte de Alemania.

Los períodos de la música clásica

El clasicismo temprano

La amplia nómina de estilos característicos del período que va de 1720 a 1765 ha provocado que algunos estudiosos lo consideren un período “preclásico” diferenciado que antecede a lo que consideran el “verdadero” clasicismo de Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart. Pero un rasgo fundamental de todos los primeros subperíodos es la diversidad, ya que los compositores insatisfechos con un estilo y una estética anteriores parten simultáneamente en numerosas nuevas direcciones. Este período en concreto muestra al menos tanta unidad orgánica con desarrollos posteriores como otros subperíodos iniciales (por ejemplo, el primer Barroco), especialmente si se examinan géneros centrales como la ópera y la sinfonía. Además, el término preclásico se aparta del uso aceptado para otros períodos, relegando a la música en cuestión al status de antecedente. Por estas razones, muchos estudiosos prefieren ahora denominar esta época a partir de 1720 (más tarde en otros países que no sean Italia) hasta la década de 1760 aproximadamente sencillamente como “Clasicismo temprano”, asumiendo el exceso de simplificación que comportan todas las etiquetas.

El clasicismo central

El período que va desde la década de 1760 aproximadamente hasta el final de siglo aportó una síntesis de los diversos lenguajes de la fase anterior en un estilo “central” más cosmopolita, que era básicamente italianizante pero que introducía cada vez más una complejidad estilística y formal, así como una profundidad expresiva. La culminación de este enfoque está representada por las obras de madurez de Haydn y Mozart.

El clasicismo tardío

La descripción “clasicismo tardío” resulta adecuada para aquellos sucesores de Haydn y Mozart que evitaron por lo general las nuevas corrientes románticas de comienzos del siglo XIX. En el caso de Ludwig van Beethoven, sin embargo, se ha producido desde siempre un desacuerdo sobre si debe considerársele mejor como un compositor clásico o como uno romántico. Debería ser obvio que participa, hasta cierto punto, de ambos estilos, pero también de ninguno. Los aspectos más abiertamente románticos de Beethoven son los biográficos: su visión de sí mismo como un artista independiente, su tendencia cada vez mayor a alejarse del público, y otros en esta misma línea. La utilización de “programas” extramusicales en muchas de sus obras puede también considerarse un rasgo romántico, aunque incluso aquí el contenido es generalmente universal e ideal más que subjetivo o autoexpresivo, como ocurre, por ejemplo, en Hector Berlioz o Robert Schumann. Desde el punto de vista musical, una gran parte del estilo de Beethoven puede considerarse fundamentalmente como una extensión y expansión de los estilos de Haydn y Mozart, contemplados en su granítico control formal, su ritmo poderoso y exento de ambigüedades, su utilización continuada de una armonía estructural y no colorista, su firme lealtad al desarrollo temático como principio y su interés por las técnicas contrapuntísticas tradicionales. Sin embargo, muchas de las últimas obras de Beethoven son demasiado personales e idiosincrásicas como para relacionarlas directamente con una tradición clásica o romántica.

Principales géneros del clasicismo musical

La sonata clásica, tal como se la encuentra en Haydn, Mozart y Beethoven, representa una composición en tres o cuatro movimientos (a veces dos) de atmósferas y tempos contrastantes. En las sonatas, los matices delica­dos del sen­timiento, los finales de frases más frecuentes y la melodía más desarrollada son signos de un deseo de expresión personal. El primer movimiento (cuyo esquema es denominado “forma sonata”) está dividido en tres secciones: 1) una exposición (casi siempre repetida) en la que se incorpora el primer tema o grupos de temas en la tónica, un segundo tema o grupo, a menudo más lírico, en la dominante o relativa mayor, y un tercero, de cierre, a menudo cadencial, también en la dominante o relativa mayor; estos temas diferentes se relacionan entre sí mediante transiciones o pasajes de puente apropiados; 2) una sección de desarrollo, en la que se presentan motivos o temas de la ex­posición con nuevos aspectos o combinaciones y en cuyo desarrollo se pueden hacer modu­laciones a las tonalidades relativas remotas, y 3) una recapitulación, en la que vuelve a exponerse el material de exposición en el orden original, aunque con todos los temas en la tónica; a continuación de la recapitu­lación puede haber una coda.

En cuanto a la sinfonía, las composiciones orquestales de comienzos del siglo XVIII estuvieron bajo la influencia de la obertura de ópera italiana (denominada “sinfonía”), que hacia 1700 asumió una estructura de tres movimientos en el orden rápido-lento-rápido. En tanto que esta clase de oberturas, por regla general, no tenían relación temática ni de ninguna otra clase con la ópera que habría de seguirlas, se las podía tocar como obras independientes en concier­tos. De ahí que resultase natural para los compositores italianos, alrededor de 1730, el comenzar a escribir sinfonías de concierto. Compositores de Alemania, Austria y Francia pronto siguieron al camino trazado por los italianos, de modo que, a partir de 1740, la sinfonía sustituyó gradualmente al concierto como forma principal de música instrumental concertada. A partir de tal fecha, los principales centros alemanes de composición sinfónica fueron Mannheim, Viena y Berlín. El fundador de la Escuela de Mannheim fue Johann Stamitz (1717-1757), bajo cuya direc­ción la orquesta de esta ciudad conquistó renombre a través de toda Europa por su virtuosismo: Burney la calificó de un ejército de generales por su extensión dinámica hasta entonces desconocida que iba desde el pp más suave hasta el ff más intenso y por el sonido estremecedor sonido de sus crescendo. El empleo cada vez mayor del crescendo y del diminuendo hacia mediados del siglo fue uno de lo síntomas de la tendencia encaminada a la obtención de variedad dentro de un mismo movimiento mediante las tran­siciones graduales. Ello significa un alejamiento del carácter uniforme, dinámico de gran parte de la música anterior y de los marcados contrastes del concerto barroco. El mismo deseo de flexibilidad de los aspec­tos musicales fue el responsable de la sustitución definitiva del clave por el pianoforte. En las sinfonías de mediados del siglo XVIII, la orquestación habitual adjudicaba todo el material mu­sical fundamental a las cuerdas, y sólo se utilizaban los vientos para duplicar, reforzar y propor­cionar las armonías. A veces podían añadirse en la ejecución maderas y metales a la orquesta, aún cuando el compositor no hubiese escrito partes para tales instrumentos. Al avanzar la centuria, comenzó a confiarse a los instrumentos de viento un material más importante e in­dependiente. La sinfonía del clasicismo alcanzará su perfección gracias a la obra de Joseph Haydn, considerado como el padre de este género orquestal, cuya concepción estaba presidida por la diversidad en la forma, en la dotación instrumental, en la textura, en la elección del ritmo y en la estructura fraseológica y temática. Al modelo instaurado por Haydn se atuvieron autores como Mozart o Beethoven, que intensificaron los contenidos de la sinfonía. Incluso en la Sinfonía nº 9 “Coral” de Beethoven se introdujo la voz humana en el último movimiento, quebrando de esta manera la tradición exclusivamente instrumental de la sinfonía.

Por lo que se refiere al concierto, el clasicismo instauró el concierto para solista, en detrimento del concierto para grupo. A ello contribuyó tanto la aparición de solistas virtuosos (Dussek y Hummel) que ejercieron auténtica fascinación sobre el público de la época como la demanda de nuevas obras por parte de los aficionados. La modalidad más popular fue el concierto para piano y orquesta. Los compositores más importantes de conciertos para piano fueron Johann Christian Bach, Wagenseil, Hofmann y, sobre todo, Mozart. La mayoría de tales conciertos estaban concebidos en tres tiempos, constituyendo uno de sus hitos los 23 conciertos para piano de Mozart. Los cinco conciertos para piano de Beethoven ampliaron el esquema formal y aumentaron el nivel de dificultad hasta extremos desconocidos.