Ateísmo

    Desde un punto de vista general, se llama ateísmo a la postura religiosa y filosófica que niega la existencia de Dios.

    La historia del pensamiento está llena de prolijos e interesantes estudios del ateísmo, entre los que destaca por su originalidad el llevado a cabo por Platón en su obra Las leyes. Para el pensador ateniense, el ateísmo no sólo consiste en negar la existencia de Dios, sino también en poner en duda o cuestionar todas aquellas verdades y atributos que rodean su existencia.

    Así, por ejemplo, según Platón, ateo es el que cree que Dios no se ocupa de los hombres o el que afirma que la materia es lo único que existe en el mundo. Esta última afirmación ha llevado a muchos pensadores a manifestar que el materialismo es idéntico al ateísmo, ya que es imposible creer que sólo existe la materia y mantener a la vez la existencia de lo divino, que por definición va más allá de las determinaciones y las limitaciones de lo material.

    En el mismo sentido, entender que el origen de la realidad se halla sólo en una explosión de partículas o que el movimiento del universo responde sólo a la inercia es extirpar del mundo cualquier forma de divinidad. Ésta es la razón por la que abunda el tópico moderno según el cual los científicos, que estudian la realidad material, tienen dificultades para escapar del ateísmo.

    Sin embargo, como indica la obra de David Hume, es posible atenerse de manera precisa a las verdades que se obtienen del estudio de la experiencia y no caer en el ateísmo, negando sólo la posibilidad de conocer a Dios. Esto supone no tanto caer en una postura atea como mantenerse en una expectativa continua, lo que se conoce como escepticismo o, incluso, agnosticismo.

    Otra forma clásica de ateísmo es el panteísmo, que sostiene que Dios y mundo se identifican. Así, autores como Baruch de Spinoza o Johann Gottlieb Fichte consideraban que el orden de lo mundano se corresponde con el orden de lo divino, y que Dios se encuentra en todas y cada una de las cosas que se pueden encontrar en el mundo material.

    Como se puede observar, no se trata tanto de la negación del propio Dios como de la alteración de sus atributos, que conduce, para la mayor parte de los pensadores, a un ateísmo refinado.

    También es célebre el ateísmo que se deriva de la consideración pesimista de la existencia. Arthur Schopenhauer, por ejemplo, decía que la existencia del mal era la prueba más evidente contra Dios. El mundo, que es malo porque sólo proporciona sufrimiento, no puede haber sido creado por un ser que es bueno y omnipotente. Esta forma de pesimismo, que no es exclusiva del pensador de Danzig y que ha surgido cada vez que se produce alguna clase de catástrofe humanitaria, halló en el pensamiento de Leibniz a su principal enemigo.

    En su Teodicea, Leibniz afirmó que "éste es el mejor de los mundos posibles" y que lo que se considera sufrimiento y mal sólo es un mal relativo, un mal débil que se ve solventado por un bien superior que los hombres, seres finitos dotados de una inteligencia y un entendimiento limitados, no pueden comprender.

    Por último, en el siglo XX la mayor parte de los pensadores existencialistas se encargaron de profesar una nueva forma de ateísmo filosófico. Según filósofos como Jean-Paul Sartre o Albert Camus, la existencia, su radical libertad y la incertidumbre que la atraviesa de lado a lado son los mejores argumentos contra la existencia de Dios. Según el ideario existencialista, el hombre se encuentra arrojado en el mundo sin ninguna clase de esencia o plan que deba seguir. La vida no tiene instrucciones, es completa indeterminación, y, en consecuencia, carece de sentido hablar de un Dios que salva, predice y determina. Es decir: porque la existencia es el dato más relevante de la vida humana, Dios no puede existir.