Conductores y aislantes

    Cuando se comunica carga eléctrica a un cuerpo, su materia constitutiva puede comportarse de dos formas diferentes. Existe un tipo de sustancias en el que la carga aportada permanece en reposo en el lugar en que se ha depositado, pero hay otra clase de materiales que reparten la carga recibida, lo que hace que ésta se desplace en su seno. Los cuerpos de la primera clase se llaman aislantes; los de la segunda, conductores.

    En general, los conductores por excelencia son los metales, a los que se denomina conductores de primera especie, porque no se ven alterados por el movimiento de las cargas a su través. Otros conductores, llamados de segunda especie, son las disoluciones de electrólitos (ácidos, bases y sales), que sí se modifican por el tráfico de cargas eléctricas en su interior.

    Por otra parte, son ejemplos de materiales aislantes el vidrio, los plásticos, la porcelana, el corcho, etc. El agua químicamente pura es mala conductora, pero el agua natural, que contiene siempre una cierta proporción de sales disueltas, es un electrólito y, por tanto, buena conductora.

    Otro aspecto reseñable es el comportamiento de conductores y aislantes ante el calor. Los primeros aumentan su capacidad de conducción de cargas con descensos de temperatura, mientras que los segundos mejoran sus propiedades como aislantes al aumentar la temperatura a la que están sometidos.

    La explicación de la existencia de conductores y aislantes se halla en la diferente estructura electrónica de sus átomos. En las sustancias conductoras, los electrones de la última capa de sus correspondientes átomos están poco ligados, con existencia incluso de electrones libres, lo que permite el tráfico de cargas. En los aislantes, esto no sucede.

    No obstante, conviene aclarar que un material es aislante dentro de ciertos límites de intensidad del campo eléctrico. Si esta intensidad aumenta para situarse fuera de esos límites, puede originar desprendimientos de los electrones de la última capa de los átomos del aislante. En consecuencia, éste se ioniza y modifica sus propiedades eléctricas.

    Así sucede, por ejemplo, en el aire, en un fenómeno que, en las tormentas, origina rayos. En los aislantes sólidos también puede darse esta circunstancia, lo que hace aparecer una descarga disruptiva capaz de perforar el material.