Rocas ígneas

Aunque las rocas ígneas suelen formarse a gran profundidad (entre 50 y 200 km), la lava expulsada por un volcán a la superficie terrestre puede solidificarse dando lugar a rocas originadas en superficie. En la imagen, roca ígnea formada por la solidificación de magma en superficie.

Clase de rocas procedentes del enfriamiento y solidificación del magma en el interior de la corteza terrestre. Puede suceder que dicho magma consiga brotar a la superficie de la Tierra, donde tiene lugar su solidificación (acompañada o no de cristalización); en este caso pierde los componentes gaseosos que portaba disueltos y pasa a denominarse lava. La primera de las situaciones conduce a la formación de rocas ígneas intrusivas, atrapadas en la corteza; y la segunda, a rocas extrusivas, presentes en la superficie. De lo anterior se deduce que las rocas ígneas requieren elevadas temperaturas para su formación, que se origina a profundidades entre los 50 y los 200 km.

También puede ocurrir que el magma del que proceden las rocas ígneas se produzca a partir de la fusión parcial de rocas preexistentes en la corteza o el manto terrestres. Tal fusión viene dada por un aumento de la temperatura, un descenso de la presión, un cambio en la composición de la roca, ocasionado por ejemplo por la adición de agua, o bien por una combinación de los factores anteriores.

Las rocas ígneas componen alrededor del 95% de la corteza terrestre, si bien su abundancia queda oculta a la vista bajo una fina aunque extensa capa de rocas sedimentarias y metamórficas depositadas en la superficie. Se conocen más de 700 tipos de rocas ígneas; las preponderantes en la corteza continental son la granulita y el granito, mientras que en la corteza oceánica destacan el basalto y el gabro.

Este tipo de rocas posee una notable importancia geológica. Su composición química contribuye a dar información sobre los elementos químicos que forman el manto terrestre, donde muchas de ellas son creadas, así como de las condiciones de presión y temperatura que se dan en el mismo. La comparación de sus edades con la de estratos geológicos adyacentes permite establecer secuencias de acontecimientos geológicos. Dado que la formación de las rocas ígneas a menudo se encuentra asociada a cambios de condiciones en el terreno ocasionados por procesos tectónicos, como el desplazamiento de placas litosféricas, su estudio facilita información sobre el mecanismo de tales procesos. Por otro lado, las rocas ígneas pueden presentarse asociadas a yacimientos minerales de notable importancia económica: por ejemplo, junto al granito suelen aparecer tungsteno y uranio, mientras que asociados a los gabros se presentan cromo y platino.

Composición

Puesto que las rocas ígneas proceden del magma, su composición depende en gran medida de la de éste. El magma está formado por una combinación de silicatos, materias en suspensión, compuestos volátiles y algo de agua. Sus elementos químicos principales son el silicio y el oxígeno, que constituyen más del 75% de la composición, seguidos de aluminio, hierro, calcio, sodio, potasio, magnesio y titanio.

Los minerales que componen las rocas ígneas se dividen en primarios y secundarios. Los primarios son los formados en primer lugar, mientras que el magma se está enfriando. Se dividen a su vez en dos grupos, dependiendo de su composición: los félsicos y los máficos. Los félsicos abarcan los minerales feldespáticos (por ejemplo, el feldespato) así como los silicatos (entre ellos el cuarzo). Estos minerales félsicos son ricos en magnesio, hierro y calcio. En cuanto a los máficos, como la biotita y el olivino, son ricos en magnesio y hierro. Las rocas ígneas con preponderancia de minerales del primer tipo se conocen como félsicas; normalmente poseen colores claros y bajas densidades, como el granito. Las rocas máficas, por el contrario, son las abundantes en minerales de este tipo. Suelen ser oscuras y densas, como el basalto. En el caso particular de que el porcentaje de minerales máficos supere el 90% la roca recibe la denominación de ultramáfica, como por ejemplo la dunita.

La formación de los minerales secundarios tiene lugar tras el enfriamiento del magma, por transformación de los primarios, o bien por adición otros minerales nuevos a las rocas. La caolinita, el talco y la magnetita son ejemplos de minerales secundarios.

Rocas ígneas intrusivas y extrusivas

Las rocas ígneas se dividen en dos grandes grupos: intrusivas y extrusivas. Si el enfriamiento del magma tiene lugar antes de que éste alcance la superficie de la Tierra, las rocas ígneas resultantes quedan atrapadas en el trayecto, en huecos entre rocas preexistentes, y se conocen como intrusivas. Si los huecos a los que va a parar el magma son de gran tamaño, se generan grandes masas de roca ígnea intrusiva que reciben la denominación concreta de plutones. Las grandes dimensiones de esos huecos hacen que el enfriamiento del magma se produzca a baja velocidad, motivo por el que las rocas ígneas plutónicas son compactas y poseen una textura gruesa, lo bastante para que los granos minerales resulten apreciables a simple vista. Se puede establecer como regla general que cuanto más lento es el enfriamiento del magma, más gruesa es la textura de las rocas, así como su compacidad. Si por el contrario los huecos que ocupa el magma durante su ascenso son estrechos, las rocas intrusivas que se forman reciben la denominación particular de filonianas. El corazón de las principales cadenas montañosas está formado por rocas ígneas intrusivas; en particular, por granito. Otros ejemplos de rocas intrusivas son la sienita y la diorita.

El segundo de los grandes tipos de rocas ígneas es el de las extrusivas. En los casos en los que el magma procedente del manto logra alcanzar la superficie, a causa, por ejemplo, de la actividad de un volcán, experimenta un enfriamiento repentino, dando lugar así a rocas ígneas extrusivas. Tal ascenso se debe a la menor densidad del magma en comparación a las rocas a partir de las que se formó. La afluencia a la superficie puede ser tanto subaérea como submarina, bajo las aguas de mares y océanos. Una vez que el magma llega a la superficie pasa a conocerse como lava.

Una particularidad de las rocas ígneas extrusivas es que debido al rápido enfriamiento del magma, éste expulsa sus componentes volátiles (agua y dióxido de carbono, principalmente), que o bien escapan o bien quedan atrapados en forma de burbujas. Como consecuencia, las rocas extrusivas poseen una estructura porosa. Por otro lado, el rápido enfriamiento del magma da lugar a rocas de grano muy fino e incluso de estructura cristalina, como sucede con la obsidiana. Precisamente la finura del grano dificulta la identificación a simple vista de los diferentes tipos de rocas extrusivas, siendo necesario un análisis minucioso mediante microscopio. Este tipo de rocas ígneas puede encontrarse, formando acumulaciones, en las depresiones oceánicas. Algunos ejemplos son el basalto, la andesita y la piedra pómez.

Otras clasificaciones

Además de la clasificación de las rocas ígneas en cuanto a su composición mineral (félsicas, máficas, etc.), y su textura, que comprende el tamaño, forma, orientación y distribución de los granos, puede efectuarse además una clasificación química, a partir de la proporción de sus componentes ácidos y alcalinos.

Se conoce como rocas ígneas ácidas a las que contienen un porcentaje de sílice (SiO2) superior al 63%, como sucede, por ejemplo, con la riolita. En las rocas ígneas intermedias el porcentaje de sílice se ubica entre el 63 y el 52%, como es el caso de la andesita. En las básicas como el basalto, el porcentaje de sílice pasa a estar entre el 52 y el 45%. En las ultrabásicas el porcentaje se reduce a menos del 45%, como sucede en la komatita. A ellas hay que añadir las rocas ígneas alcalinas, en las que el porcentaje de álcali (óxido de potasio y óxido de sodio) se halla entre el 5 y el 16%, como, por ejemplo, en la fonolita.

Rocas ígneas: parte de un ciclo

Una roca ígnea intrusiva puede quedar expuesta al ataque de los elementos y demás agentes meteorizantes si los materiales que la cubren desaparecen. Este ataque resulta directo en el caso de las rocas extrusivas, formadas en la superficie. Los procesos de meteorización degradan las rocas ígneas, rompiéndolas en fragmentos o disolviéndolas en agua. Tales fragmentos son a continuación arrastrados por el viento, las corrientes de agua, los glaciares, la gravedad, etc., hasta depósitos o cuencas de sedimentación. En éstas, la progresiva acumulación de sedimentos provoca la compactación y, finalmente, la mitificación de las capas inferiores de los mismos. El resultado es que los fragmentos de rocas ígneas se transforman en un nuevo tipo de rocas llamadas sedimentarias.

El proceso no se detiene en tal punto. El enterramiento a niveles cada vez más profundos de las rocas sedimentarias, debido, por ejemplo, a la acumulación de nuevos estratos de sedimentos sobre ellas, ocasiona que aumenten la temperatura y la presión a que se hallan sometidas. Si el crecimiento de estas condiciones alcanza los niveles adecuados, se producen transformaciones en las rocas, convirtiéndose en metamórficas. Éstas, a su vez, pueden llegar a fundirse, pasando a ser magma que, si inicia un proceso de ascenso hacia la superficie, generará nuevas rocas ígneas. Tiene lugar así un lento ciclo que, aunque puede presentar variantes, abarca los principales tipos de rocas.

Piedra pómez.