Estudio del espacio

    Aparte de sus destacadas prestaciones científicas, que se prolongaron hasta los inicios del presente siglo, la estación MIR pasó a la historia por haber sido el primer centro espacial de cooperación internacional.

    El interés del hombre por todo aquello que se encontraba en el cielo, a una distancia inaccesible es tan antiguo como la propia Humanidad, tal y como lo demuestran restos procedentes de las civilizaciones siria, babilónica, china, hindú, griega, etc.

    Sin embargo, todas las observaciones que se realizaban se hacían a simple vista, por lo que, lógicamente, la profundidad y la precisión de las mismas era de muy baja calidad. El estudio del espacio experimentó un importante avance con la invención del telescopio, atribuida al holandés Hans Lppershey, hacia 1608. Un año después, Galileo, utilizando este aparato, descubrió las cuatro lunas de Júpiter, entre otros hallazgos.

    A lo largo del tiempo, los telescopios han ido evolucionando hacia una mayor perfección, permitiendo así descubrimientos cada vez más notables. Por su importancia, puede citarse el Hubble, situado en órbita, fuera de la atmósfera terrestre; el Gran Telescopio de Canarias, con un espejo de 10,4 metros de diámetro; los de Monte Palomar y Monte Wilson; el SOHO, dedicado a la observación del Sol, etc.

    El segundo pilar sobre el que se asienta el estudio del espacio es la aparición de una tecnología de fabricación de cohetes capaces de poner en órbita satélites artificiales, que enviasen datos sobre la Tierra y sobre el espacio exterior a ésta. En este campo, destaca el norteamericano Goddar, quien, en 1926, consiguió el lanzamiento de un cohete impulsado por gasolina. Simultáneamente, Tsiolkovsky, en Rusia, y Oberth, en Alemania, lograron éxitos similares

    La Segunda Guerra Mundial supuso para la cohetería un notable avance, ya que Alemania, tras prolijas investigaciones, diseñó las famosas V-1 y V-2, que, impulsadas por una mezcla de alcohol etílico y agua, fueron usadas para bombardear Londres.

    Terminado el conflicto, tanto EE.UU., como la URSS obligaron a todos los científicos alemanes que cayeron en sus manos a trabajar para ellos. Uno de los ingenieros teutones más notables, Von Braun, colaboró activamente con el país norteamericano en el diseño de sus misiles balísticos y en el comienzo de la exploración espacial.

    En 1957, la URSS lanzó su primer cohete destinado a investigar el espacio exterior, el Sputnik, lo que desató una verdadera competición entre ella y los EE.UU., convencidas ambas potencias de que, además de jugarse el prestigio internacional, se estaba poniendo sobre la mesa un asunto de enormes aspectos estratégicos y militares. En 1957, los rusos lanzaron al espacio al primer ser vivo de la historia, la perra Laika, aunque ya en 1949 EE.UU había enviado monos en un cohete tipo V-2.

    Resultaría muy extenso el detalle de todos los avances realizados por ambos países, pero cabe decir que, aunque en principio los rusos llevaron cierta delantera a los estadounidenses, al final han sido éstos los que han logrado éxitos de mayor envergadura mediante el empleo de cada vez más sofisticados satélites y de proyectos progresivamente más importantes, lo que permitió el envío de un hombre a la Luna.

    Europa y Japón también han intervenido en esta carrera espacial con, respectivamente, las misiones Giotto, Cassini-Huygens, Rosetta, etc, y la Sagikake, Suisei y Yohkoh.

    El camino ha estado plagado de fracasos, algunos de ellos de consecuencias trágicas, como sucedió con el Apolo I o con los transbordadores Challenger y Columbia.

    Lanzamiento de la sonda espacial Contour.