Baja edad media

A partir de la llamada baja edad media (siglos XIV-XV), Europa entró en crisis. Se trató de una fase de ajustes y reestructuraciones ante los cambios producidos en el periodo anterior y los problemas que ello conllevaba. Así, el crecimiento urbano estuvo en muchos casos acompañado del hacinamiento de las clases populares; las condiciones insalubres en las que vivían facilitaron la expansión y alta mortandad originada por la peste de 1348. Por su parte, la querella de las investiduras debilitó al papado y lo dejó en manos de los príncipes europeos (cisma de Avignon, 1378-1417). Éstos, por su parte, persiguieron consolidar sus monarquías, luchando contra la nobleza y enfrentándose a menudo entre ellos con el objetivo de unificar sus territorios (Guerra de los Cien Años, 1346-1452). Estas crisis, en cualquier caso, no fueron permanentes y además, sirvieron para demostrar el dinamismo de la propia sociedad europea; al fin y al cabo, la baja edad media coincidió en el tiempo con uno de los momentos artísticos y culturales más importantes de su historia: el Renacimiento.

El lento fortalecimiento de las monarquías

A partir del siglo XIII, las diferentes monarquías europeas ganaron terreno a la nobleza. Este proceso fue posible gracias al apoyo de las ciudades y al incremento de los recursos económicos del estado (impuestos, burocracia). Como forma de derrotar a la nobleza, las monarquías buscaron además la sustitución de las relaciones personales feudales por otras de carácter jurídico basadas en la promulgación de códigos legales. Todo este proceso se justificó mediante la vinculación de los monarcas con lo religioso y especialmente los santos (Santiago en España, san Luis en Francia) así como con la ostentación del poder real ante el pueblo. Todas estas medidas significaron una lenta transformación de las estructuras políticas europeas de tal forma que se puede hablar del paso de los reinos feudales a los estados feudales. Los casos más representativos de esta evolución fueron Francia e Inglaterra y, en menor medida, la península ibérica.

La nobleza, en cualquier caso, siguió gozando de poder y prestigio. Muchos nobles se incorporaron a la corte real como consejeros, se convirtieron en generales de los ejércitos reales o ejercieron actividades comerciales. En algunos casos, su posición económica les permitió financiar importantes obras artísticas (mecenazgo) que mejoraban su imagen ante la sociedad.

El proceso de fortalecimiento de las monarquías no transcurrió de forma pacífica. En primer lugar, muchos nobles se opusieron al recorte de sus privilegios feudales y no dudaron en oponerse abiertamente al poder real en busca de obtener garantías (Carta Magna inglesa, 1215) o intervenir en conflictos sucesorios (guerra civil castellana, 1351-1369; Guerra de las Dos Rosas, 1454). Por otra parte, las complejas relaciones feudales dieron a veces como resultado el conflicto entre monarquías, como fue la Guerra de los Cien Años (1346-1452), protagonizado por los monarcas de Inglaterra (vasallo) y Francia (señor). También en este sentido hay que entender el llamado Cisma de Avignon (1378-1417) que provocó la existencia de varios papas a la vez así como el traslado temporal del papado desde Roma a la ciudad francesa que dio nombre a este cisma.

Escena de una batalla naval durante la Guerra de los Cien años.

La gran crisis demográfica y sus repercusiones

El primer tercio del siglo XIV fue una época de malas cosechas producidas por alteraciones climáticas –lluvias torrenciales, sequías, aumento de la temperatura– que provocaron el aumento del precio del grano y una hambruna generalizada. Sobre una población mal alimentada, sin las condiciones higiénicas adecuadas, cayó, en el año de 1348, una terrible epidemia: la Peste Negra. Los efectos de la peste y sus brotes posteriores (1360, 1371) fueron letales, especialmente para las poblaciones urbanas, en donde murieron dos tercios de sus habitantes. Esta mortandad, a la que habría que sumar la producida por la Guerra de los Cien Años, haría que la población europea descendiera de 73 millones en 1300 a unos 45 millones en 1400.

Las consecuencias de la crisis demográfica fueron varias. En primer lugar, disminuyó el número de campesinos, con lo que la producción agrícola descendió y provocó una gran carestía. Esto a su vez, llevó a los señores feudales a ver reducidos sus ingresos, pérdidas que intentaron limitar mediante el aumento de los impuestos y cargas sobre los supervivientes, lo que provocaría numerosas revueltas populares ( jacquerie francesa, 1358).

Esta intranquilidad se reflejó también en las ciudades. La crisis demográfica había reducido la demanda por lo que artesanos y comerciantes atravesaron por un periodo de dificultades económicas. Esto, se reflejó en los salarios de los trabajadores que, a menudo, se organizaron y protagonizaron revueltas urbanas (Florencia, 1358; Gante, 1379). En algunos casos, esta violencia fue utilizada por las oligarquías e instituciones urbanas: los gremios intentaron alcanzar el poder en ciudades como Lieja o Colonia mientras que los nobles “azuzaron” a las masas contra las comunidades judías como forma de debilitar el poder real o de otros competidores nobiliarios. En Alemania se produjeron importantes pogromos o persecuciones entre 1348 y 1350, justo cuando la peste atacó con más fuerza a Europa y en un momento en que las casas nobiliarias de Luxemburgo y Wittelsbach luchaban por hacerse con el poder en el imperio.

Las desgracias del siglo XIV generaron a su vez nuevas formas de religiosidad popular. Las órdenes mendicantes habían hecho un gran esfuerzo por acercar la vida religiosa a los laicos y muchos de ellos encontraron en la pertenencia a cofradías o en las donaciones piadosas un vehículo de expresión religiosa. Otras personas buscaron expresar sus sentimientos mediante manifestaciones externas de tinte dramático: tal fue el caso de los grupos de flagelantes que azotándose públicamente, pedían el perdón divino. Las órdenes monásticas, por su parte, iniciaron procesos de reforma en los que se abogaba por el cumplimiento de las reglas y constituciones y por una vuelta a los principios evangélicos. Muchos de estos movimientos reformistas no serían sino el inicio del protestantismo surgido en el siglo XVI.

La gran mortandad bajomedieval se convirtió en un tema frecuente en los cuadros de la época.