Brasil colonial

Captura de esclavos en la región africana del golfo de Guinea.

El amplio territorio brasileño estuvo sujeto a la soberanía portuguesa. Su organización política, económica y social fue similar a la de los territorios bajo dominio hispano, aunque con algunas diferencias importantes. Entre éstas deben destacarse la influencia de los factores geográficos (tipo de clima, extensas zonas selváticas) que impidieron una colonización interior, la ausencia de sociedades indígenas complejas y numerosas –lo que hizo necesaria la importación de una gran cantidad de esclavos africanos– y la prioridad otorgada a la exportación de productos tropicales como las maderas preciosas, la caña de azúcar y el tabaco.

Características socioeconómicas

La mayor parte de la emigración portuguesa se concentró en la zona norte, mientras que en el sur, región que conoció un mestizaje más intenso, predominaron los grupos negros y mulatos. Con todo, el escaso número de emigrantes europeos permitió la continuidad de numerosas costumbres indígenas y, sobre todo, la implantación y aclimatación de las tradiciones –religiosas, culinarias, musicales, etc.– de los esclavos africanos.

Al igual que en las colonias españolas, la sociedad se articuló en función de un criterio racial y económico cuya base y cúspide estaban ocupadas, respectivamente, por los esclavos y los altos funcionarios.

Los primeros esclavos fueron llevados a Brasil al comenzar el siglo XVI procedentes del golfo de Guinea y de Sierra Leona, aunque su importación masiva se realizaría a partir de la segunda mitad del XVIII para incentivar la producción azucarera: casi un millón fueron llevados a Brasil entre 1761 y 1810. Durante el dominio colonial, las poblaciones negra y mulata acabarían convirtiéndose en las etnias predominantes de Brasil.

Los grupos indígenas más importantes fueron los arawak, los tupí y los guaraníes. Ninguno practicaba la agricultura ni estaba organizado en sociedades complejas, por lo que su reducción en las misiones fue relativamente sencilla.

El mestizaje, tanto biológico como cultural, entre los tres grupos raciales principales –negros, blancos e indígenas– fue probablemente mayor que en la América española.

Durante el siglo XVII la economía brasileña se sustentó fundamentalmente en la producción y comercialización de la caña de azúcar –de la que el Brasil era el primer productor mundial– y de otros productos agrícolas como el café, el tabaco, el algodón y las maderas preciosas; a cambio, Brasil recibía de la metrópoli manufacturas y productos de lujo. Las vetas auríferas no se descubrirían sino hasta el siglo XVIII en una región meridional conocida como Minas Gerais.

Las actividades agropecuarias. Los colonos portugueses tuvieron que introducir la agricultura en el territorio brasileño. Ésta se desarrolló a partir de dos modelos de producción: la gran propiedad, estructurada en haciendas –que en el caso de las haciendas azucareras poseían sus propias plantaciones y molinos–, y las pequeñas parcelas –denominadas rocas –, destinadas al consumo familiar. Las actividades ganaderas, centradas en la cría de cerdos, reses, ovejas y animales de tiro, estaban encaminadas a abastecer el mercado local.

La minería. La producción de los yacimientos de Minas Gerais pervivió a lo largo de toda la centuria hasta su agotamiento: entre 1741 y 1760 se extrajeron aproximadamente 16 toneladas de oro. La producción agropecuaria del sur y el norte del país sirvió en buena medida para satisfacer las necesidades de este centro minero.

El comercio. La comercialización de la caña de azúcar se realizó a través de compañías privadas internacionales y de los comerciantes locales que sirvieron como intermediarios. La ruta atlántica pasaba por Cabo Verde y las Azores antes de tocar Lisboa; de esta suerte se aprovechaban las corrientes marinas y los vientos. La flota se organizaba anualmente y estaba acompañada por una fuerte armada. El comercio entre las distintas ciudades brasileñas se hacía a través del mar.

Los ingresos reales. La Corona portuguesa ejerció el monopolio sobre la explotación del palo del Brasil y el tabaco. Por otra parte, se implantó el quinto real sobre la producción de oro y se establecieron distintos derechos aduaneros.

Ruta comercial entre Brasil y Lisboa.

La administración colonial

La preferencia que tenía la monarquía hacia los enclaves asiáticos y africanos hizo que la colonización brasileña se desarrollara lentamente y sólo afectara al litoral. El proceso colonizador atravesó por diversas etapas, que se correspondieron con otras tantas formas de organización política.

Entre 1502 y 1503 no se puede hablar de una verdadera administración colonial, basándose el control sobre el territorio en las factorías, enclaves comerciales establecidos en la costa y destinados al comercio del palo de Brasil, una planta utilizada como tinte vegetal. Fueron fundadas por particulares, por lo que el control de la Corona fue escaso.

Las capitanías

Entre 1534 y 1548, Brasil fue dividido en catorce unidades geográfico-administrativas, al frente de las cuales se puso un capitán general (donatario) con carácter perpetuo. El cargo de capitán era hereditario y tenía atribuciones militares, políticas, administrativas –nombraban a los funcionarios menores– y judiciales. Podía además fundar villas y ciudades, las cuales, constituidas por los colonos a los que el propio donatario concedía tierras, tenían el derecho de formar ayuntamientos con los mismos privilegios que las ciudades lusas.

El gobierno general

A partir de 1548, la Corona puso a Brasil bajo su gobierno directo mediante el nombramiento de un gobernador general. Este era designado por el monarca para un periodo de tres años y debía hacer cumplir las órdenes de la metrópoli y poseía atribuciones militares y administrativas. Sin embargo, ante la imposibilidad de controlar tan extenso territorio, la Corona portuguesa tuvo que acompañar esta medida de otras que permitieran estructurar la colonia.

Así, se dividió Brasil en dos regiones administrativas, cuyas respectivas capitales fueron San Salvador de Bahía, al norte, y Río de Janeiro, al sur. Ambas serían los centros de dos zonas claramente diferenciadas tanto en los aspectos económicos como en los sociales. Las capitanías, por su parte, fueron transformadas en demarcaciones administrativas. Al frente de cada una de ellas se designó a un gobernador provincial investido de poderes judiciales y militares que, además, debía servir como contrapeso al gobernador general.

Para aplicar la justicia se contaba con la colaboración de los oidores de cada antigua capitanía, todos los cuales se encontraban bajo la autoridad de un Juez Real nombrado por el monarca. La Casa de las Suplicaciones desempeñó la función de tribunal de última instancia.

Esta organización sufrió una gran modificación durante el dominio español (1580-1648).Cuando el monarca español Felipe II obtuvo la Corona portuguesa, todas las colonias de Portugal, incluida Brasil, fueron incorporadas a la monarquía hispana siguiendo los mismos principios políticos y administrativos que regían los dominios españoles, por lo que se designó un virrey para Brasil. Los altos puestos de la administración se mantuvieron siempre en manos portuguesas. Cuando Portugal se separó de la Corona española, Brasil volvió a ser administrado bajo el sistema de capitanías, y tanto Río de Janeiro como San Salvador de Bahía recuperaron su papel rector.

El modelo español fue sin embargo parcialmente recuperado a mediados del siglo XVIII, cuando el primer ministro, el marqués de Pombal, instauró la figura del virrey, a la que se le concedió la máxima autoridad en los ámbitos militar y administrativo.

Mapa de Río de Janeiro en 1626, realizado por Joao Teixeira Albernas.