Forma musical

    La forma musical es el modo de organización de los elementos musicales que hace que éstos tengan coherencia y compongan un conjunto unitario con sentido. Por tanto, es capaz de comunicar aquello que el artista ha querido expresar. Tal como señaló el compositor Arnold Schönberg , “la función principal de la forma es mejorar nuestro entendimiento. Al producir inteligibilidad, la forma produce belleza”.

    Los motivos musicales se organizan en frases, temas, periodos y episodios de mayor o menor duración, que guardan una evidente relación con las palabras, sintagmas y oraciones propias del lenguaje hablado, y, al igual que las oraciones se tienen que organizar de forma lógica para componer un discurso coherente e inteligible, los episodios musicales se organizan en formas para comunicar de forma efectiva aquello que los autores quieren transmitir al oyente. En definitiva, la forma es la sintaxis musical. Los principios fundamentales que guían la organización del discurso musical son la simetría y el equilibrio, factores que aportan la unidad necesaria a una obra. Ambos se logran mediante la técnica de la repetición y el reconocimiento de un fragmento melódico, armónico o rítmico, entre los que se intercalan episodios de contraste que proporcionan una sucesión de tensiones y distensiones. Las diferentes formas musicales son los diversos modos en que se produce esta repetición. Éstos varían en función del estilo musical, de la época en que aparecen y del gusto particular del artista.

    Las formas musicales de mayor uso en occidente se pueden agrupar en dos categorías según sean básicas o compuestas. Las primeras incluyen a las obras musicales que constan de un solo movimiento, y tienen por tanto escaso desarrollo. Dentro de esta categoría pueden encontrarse las formas primaria, binaria y terciaria, el rondó o el lied.

    Las formas musicales compuestas se articulan en varios movimientos, suelen ser de grandes dimensiones, y presentan una gran variabilidad. Entre ellas se encuentran la suite, la sonata, el concierto y la sinfonía.

    La cultura india, por su parte, desarrolló un tipo de forma musical basado en tres elementos principales: la raga, que representa la dimensión melódica de la música y que utiliza repeticiones de versos de rítmica precisa y considerable longitud; la tala o armazón rítmico, cuyos acentos siguen las inflexiones de la melodía, y la kharaja, que denomina al análogo de la dimensión tonal o armónica de la composición. Las formas compositivas indias suelen contar con una introducción de tempo lento llamada alapa, cuyo desarrollo culmina, sin solución de continuidad, en una sección de carácter estrófico cuya métrica particular caracteriza a cada uno de los ragas, y un final con fuerte presencia de percusiones, a menudo en polirritmias, que acelera progresivamente el tempo.

    En estrecha relación con estas formas se desarrollaron las propias de la cultura árabe. La música árabe tiene una función litúrgica y ceremonial. Sus melodías, llamadas maaqam, son líneas melódicas llenas de melismas articulados en distancias interválicas más reducidas que las occidentales. La dimensión rítmica de la composición se denomina iqa y se basa en la aparición sucesiva de sonidos huecos y agudos.

    En el lejano oriente, los usos musicales se hallan muy relacionados con sus representaciones dramáticas. El teatro medieval japonés, llamado no, se basa en un canto ejecutado por una voz solista o un coro, con acompañamiento de una flauta de pico, llamada shakuhachi, y tres instrumentos de percusión. Este tipo de teatro aristocrático tuvo su contrapartida en el kabuki, representación popular que incorporó diversas danzas relacionadas con el budismo cuya ejecución se acompaña con los mismos instrumentos que el no. Los usos musicales de China y Japón se basan en gran medida en melodías articuladas en torno a la escala pentatónica.