Bioética

La bioética podría definirse como una disciplina que estudia las implicaciones éticas y morales de los avances en biología y sus aplicaciones a la medicina, la atención sanitaria y la investigación de fármacos y otros compuestos. En esta definición general se engloban varias cuestiones que son motivo de una profunda polémica en numerosos países y sociedades.

Particularmente enconada es la controversia en torno a los diversos aspectos que tienen que ver con el inicio y el fin de la vida de los individuos. El aborto como interrupción voluntaria del embarazo y la fecundación in vitro se contemplan desde perspectivas muy distintas, y a menudo enfrentadas, por los diferentes grupos humanos. Así sucede también con la eutanasia activa, e incluso con la prolongación de la vida de enfermos terminales por medio de técnicas artificiales. Algunas comunidades religiosas se oponen incluso a recibir tratamientos médicos de aceptación común como los trasplantes de órganos y las transfusiones sanguíneas.

En otro orden de cosas, la manipulación de los bloques elementales de la vida que hacen posibles las técnicas de ingeniería genética ha abierto un nuevo frente de debate. Éste se extiende, por una parte, al diseño de seres vivos “a la carta”, ya sean plantas mejoradas genéticamente para resistir las enfermedades o animales clonados. No obstante, desde el punto de vista bioético adquieren especial relevancia las cuestiones relacionadas con la terapia génica y el uso de células embrionarias humanas con fines terapéuticos o de investigación.

En definitiva, la bioética se extiende básicamente al estudio y la consideración de los aspectos relacionados con la modificación por medios tecnocientíficos de los principios esenciales de la vida humana y de la reproducción. Sus consideraciones se extienden, por una parte, a las normas generales de convivencia social, con sus implicaciones legales, pero también a las convicciones íntimas y personales de índole moral o religiosa.

Biotecnología, recursos agropecuarios y piscícolas

La bioética como disciplina específica y multidisciplinar tomó cartas de naturaleza como área de estudio y de conocimiento en el último cuarto del siglo XX. En este periodo se sucedieron a gran velocidad los descubrimientos en diversos campos de las ciencias de la vida, como la genética y la biología molecular con sus poderosas aplicaciones en ingeniería, biotecnología o terapia génica, entre otras. Los investigadores, por una parte, se vieron inmersos en un trabajo que implicaba manipular los elementos esenciales de la vida. La “manipulación genética” de las especies productivas no era cosa nueva en la historia. El devenir de la especie humana ha estado marcado por la búsqueda incesante de variedades de plantas, animales y peces particularmente rentables para el consumo o resistentes a las condiciones del ambiente.

La diferencia con la situación creada en las postrimerías del siglo XX residía en los métodos utilizados. Históricamente, la mejora de las razas de ganados y cultivos se realizaba por cruzamientos selectivos, que han dado lugar a especies “fabricadas” artificialmente como las vacas productoras de grandes cantidades de leche o las variedades de trigo y demás cereales de propiedades óptimas de dureza de la cáscara o tamaño del grano. En cambio, los procedimientos de la biología molecular no se basan ya en la selección de determinados ejemplares individuales de planta o animal para conseguir descendientes idóneos para los fines agrícolas, ganaderos o industriales pretendidos. Llegan bastante más lejos, al conseguir modificar directamente, en laboratorio, la dotación genética de esos individuos alterando por ingeniería la actividad y el comportamiento de sus genes.

El resultado de estas investigaciones ha sido la creación de organismos modificados genéticamente (OMG), más conocidos popularmente como transgénicos. Estos organismos suelen poseer una dotación genética mixta, básicamente procedente del organismo natural al que se asemejan pero con “fragmentos génicos” incorporados de otras especies que alteran sus propiedades externas, tal como se ha explicado en los temas precedentes.

Las técnicas de fabricación de organismos transgénicos aportan ventajas ciertas para la producción agropecuaria. Se logran especies resistentes al frío y las heladas o a las plagas de ciertos insectos e inmunes a determinadas infecciones. Ello redunda en una mejora de la productividad y en un control aumentado sobre el rendimiento de las plantaciones y las cabañas ganaderas. Los defensores de la proliferación de organismos transgénicos sostienen que se trata de una mera aceleración del tradicional proceso de cruzamiento entre especies que permitirá aumentar la producción, con el potencial de reducir el hambre en el mundo. Los opositores a estas técnicas, abanderados por numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG) y asociaciones ecologistas, denuncian la insuficiencia de las pruebas realizadas sobre los efectos que estos organismos pudieran tener sobre la salud humana.

Otras cuestiones paralelas dignas de consideración son las relativas a las consecuencias de la producción transgénica para el medio ambiente. La introducción de especies modificadas genéticamente puede provocar un efecto concatenado, de manera que los cultivos transgénicos se entrecrucen con los “naturales” que se encuentran en sus proximidades. De ello podría derivarse una pérdida de biodiversidad y una competencia desigual por los recursos: las especies modificadas, resistentes a plagas, sequía y otras condiciones adversas, terminarían por desplazar a las naturales, no provistas de estas defensas.

Por otra parte, se ha apuntado otro problema, éste de origen económico. La posible inclinación del mercado hacia organismos modificados genéticamente, por su mayor rentabilidad, modificaría las reglas del mercado y la producción. El diseño de varias especies transgénicas no productoras de semillas puede ejemplificar el problema: las comunidades campesinas, imposibilitadas de reproducir sus cosechas con sus propias semillas, dependerían permanentemente de los abastecedores externos de las mismas para mantener sus cultivos.

Del juramento hipocrático a la bioética

La problemática planteada para la modificación genética de plantas y animales con fines productivos se agudizó cuando las investigaciones biológicas se centraron también en aspectos relacionados con la vida humana. Los conocimientos sobre mejora de las especies vegetales y animales, ampliados de forma ininterrumpida desde los tiempos neolíticos, siempre podían haberse aplicado a la especie humana. No en vano, se trata de una especie animal susceptible de cruzamientos, aunque la relativa uniformidad de la dotación genética del hombre con respecto a otros animales es un factor distintivo interesante.

Aún así, se conocen desde la antigüedad prácticas de “mejora” de la especie, hoy totalmente denostadas. Los habitantes de la ciudad de Esparta, en la antigua Grecia, asesinaban sistemáticamente a los niños nacidos deformes, e incluso sometían a los sanos a una dura prueba de fortaleza: habían de resistir una noche a la intemperie, y sólo si sobrevivían pasaban a considerarse “humanos” y miembros útiles de la comunidad. Los infanticidios no eran exclusivos de Esparta, y se han conocido en tiempos históricos en las sociedades nómadas, cazadoras y guerreras.

Modernamente, algunos regímenes políticos han defendido diversas formas de eugenesia, una ciencia que persigue el perfeccionamiento de la especie humana por medio del control de su reproducción. Prácticas como la esterilización forzosa de personas con discapacidades o incluso el genocidio programado de grupos sociales que aplicó, en modo extremo, el régimen nazi de Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial se consideran aberrantes e inaceptables según los cánones actuales.

Estos ejemplos sirven para ilustrar los riesgos de la intervención dirigida expresamente a controlar la dinámica de la vida humana, la muerte y la reproducción. En los foros y debates sobre bioética sirven a menudo de inspiración para intentar determinar los límites que no deben traspasarse a la hora de aplicar los logros de la investigación biológica a las aplicaciones prácticas de la medicina y otros campos afines.

En la actividad médica persiste aún la tradición de prestar juramento hipocrático para ejercer la profesión. Esta declaración, que reproduce la pronunciada por los antiguos sanadores griegos seguidores de Hipócrates, ha sido adecuada a los tiempos modernos por las organizaciones internacionales. El médico promete con ella, entre otras cosas, “consagrar mi vida al servicio de la humanidad” y “velar ante todo por la salud de mi paciente”. En el plano social, esta actitud ética de los profesionales de la medicina se amplía con el respeto a los derechos humanos que se considera esencia de la actividad pública y privada y que es defendido por las instituciones internacionales.

No obstante, en un marco tecnológico en el que es ya posible modificar las condiciones iniciales de la vida con procedimientos como la terapia génica y la selección de embriones, o prolongar el tiempo vital con tratamientos médicos avanzados en enfermedades terminales o en pacientes en estado de coma, el cumplimiento del juramento hipocrático y el modo de respetar los derechos humanos han adquirido una creciente complejidad. En cierto modo, la disciplina de nuevo cuño bautizada como bioética tiene como objetivo primordial desenredar esta maraña.

Principales cuestiones bioéticas

En 1986 fue lanzado el Proyecto Genoma Humano, una ambiciosa iniciativa multinacional cuya finalidad era cartografiar los tres mil millones de nucleótidos presentes en la dotación genética humana, los genes que éstos conforman y sus funciones dentro del conjunto. Este magno proyecto, que vivió un hito significativo en 2000 con la presentación de su primer borrador (el recuento preliminar habla de unos 30.000 genes), ha servido de marco de referencia para el planteamiento y sistematización del estudio de las grandes cuestiones bioéticas.

En cierto sentido, puede decirse que estas grandes cuestiones tienen que ver con dos aspectos fundamentales: el inicio de la vida y las decisiones sobre su prolongación o terminación. En ello intervienen factores relacionados con la investigación biológica, la práctica médica y efectos derivados como, por ejemplo, los derechos jurídicos y el tratamiento de datos. Sus implicaciones son tan variadas y profundas que numerosos centros hospitalarios cuentan actualmente con expertos en bioética que asesoran a sus profesionales y a los pacientes sobre la investigación y el tratamiento de enfermedades cuyo curso puede modificarse por la intervención médico-genética.

El principio de la vida

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, establece cuáles han de considerarse derechos básicos del ser humano. Esta declaración es una de las piedras angulares sobre las que se sustenta el entramado político y social a escala internacional. Es evidente que no todos los regímenes políticos, grupos humanos o sociedades cumplen los preceptos instituidos en ella, pero aún así sirve de marco de referencia para las legislaciones y tribunales jurídicos nacionales e internacionales.

Dentro de esta declaración figura como esencial el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de la persona. Este principio rige también en la formulación de los planteamientos bioéticos. Aunque de inmediato surge un problema formal de hondas consecuencias: ¿en qué momento se considera que se inicia la vida de una persona?

La definición de este “inicio de la vida” tiene una importancia trascendental en las legislaciones a la hora de sancionar las normas relativas a los derechos humanos. A este respecto, y en lo referido en particular a la interrupción voluntaria de un embarazo, existe una amplia disensión entre distintas culturas y cuerpos normativos nacionales.

Numerosos países han promulgado leyes de despenalización del aborto que pueden aplicarse para ciertas situaciones especiales (peligro para la vida de la madre, malformación congénita, violación) o comprender una casuística amplia. Otros rechazan taxativamente su despenalización, al considerar por motivos culturales o religiosos que la vida de la persona se inicia en el momento de la concepción.

En un contexto semejante, aunque menos traumático, se inscriben las técnicas de reproducción asistida. La inseminación artificial, en la que se introduce en el útero de la mujer esperma de su pareja o de un donante anónimo, o la fecundación in vitro, en la que se extrae un óvulo de la madre y se fertiliza en laboratorio con un espermatozoide, cuentan con la oposición de grupos sociales y culturas, que consideran que el acto de la concepción es un hecho divino o natural en el que no ha de intervenirse artificialmente. No obstante, estas tecnologías gozan de un grado de aceptación general bastante amplio.

La situación se complica con un fenómeno novedoso como es el de las “madres de alquiler”. En este caso, tras la fecundación in vitro se implanta el embrión en una madre distinta de la natural, con la intención de que el bebé, cuando nazca, sea entregado a ésta y a su familia. La legislación de esta práctica, no admitida oficialmente en una amplia relación de países, y la determinación de los derechos de los padres biológicos y la madre “subrogada” resultan altamente complejas.

El desarrollo de técnicas de diagnóstico prenatal ha conducido asimismo al surgimiento de una problemática intrincada de difícil legislación. Algunas de estas técnicas se emplean para la detección de enfermedades en el feto en sus primeras semanas de desarrollo en el útero, en particular cuando existe riesgo de que una posible enfermedad genética en el mismo.

En muchos países se recomienda el recurso a pruebas de diagnóstico prenatal en madres de edad relativamente avanzada, con mayor probabilidad de engendrar hijos con síndrome de Down, o cuando existen antecedentes familiares de problemas genéticos graves. El debate ético sobre la cuestión se complica por el hecho de que, en caso de que se confirme la enfermedad fetal, puede recomendarse la práctica de un aborto terapéutico.

Finalmente, el examen de los embriones humanos sirve asimismo como procedimiento de selección. Esta práctica, de normalización muy compleja, se aplica médicamente en dos tipos de casos generales: cuando existe un riesgo elevado de transmisión de una enfermedad genética ligada al sexo y para engendrar hijos genéticamente compatibles que ayuden a la curación, mediante trasplante de células madre, de otro hijo ya nacido y aquejado de una grave enfermedad.

La selección de embriones para elegir el género del bebé tiene sentido cuando uno de los sexos, normalmente el masculino, tiene una probabilidad muy alta de padecer una enfermedad genética (por ejemplo, hemofilia). Por su parte, la concepción “programada” de hijos con ciertas características de compatibilidad genética para ayudar a un hermano enfermo es motivo de profundas controversias. Los detractores de estas prácticas las consideran formas de eugenesia contrarias a los derechos humanos o, en su caso, a las leyes divinas.

Tratamiento médico e investigación

Tradicionalmente, las creencias religiosas de ciertas confesiones han asumido posturas sobre la salud y la enfermedad no siempre acordes con las de la comunidad mayoritaria en la que se integran. En la actualidad son conocidas las decisiones de fieles de algunas confesiones que niegan para sí mismos o para sus hijos menores tratamientos médicos específicos, como transfusiones de sangre o trasplantes de órganos.

A veces, las decisiones de los padres son contradichas no sólo por los médicos, que propugnan la validez de su juramento hipocrático, sino también por decisiones judiciales amparadas en el marco legal. Se han conocido sentencias judiciales que han retirado a estos padres la patria potestad al objeto de que el equipo médico que atiende a sus hijos pueda proceder al tratamiento médico indicado, ya se trate de una transfusión sanguínea, un trasplante u otros.

Como no podía ser de otro modo, la aparición de nuevos tratamientos basados en la manipulación genética del feto, niño o adulto ha provocado una casuística más variada y compleja que exige respuestas coherentes tanto desde el punto de vista legal como ético. El primer problema reside en la necesidad de aplicar ensayos de terapia génica en seres humanos, relativas en particular a fármacos de nueva invención, sin una determinación previa clara de sus efectos perjudiciales. Algunos fracasos en la aplicación de tratamientos de terapia génica han alimentado el debate. El caso anterior se enmarca, no obstante, en una práctica de ensayos farmacológicos que se extiende a otros tratamientos convencionales, por lo que no supone en realidad un problema nuevo. Algunos ensayos de prueba resultan fallidos e incluso dejan secuelas en los individuos que participan en los mismos, un hecho que ha de resolverse en el contexto general de la investigación farmacológica.

Otro problema más delicado de la terapia génica se asocia a las posibles consecuencias que un tratamiento puede provocar en los descendientes del individuo afectado. Un principio de la genética, conocido como barrera de Weissmann, establece que la información hereditaria se transmite únicamente desde los genes a las demás células, esto es, desde los gametos (células germinales) a las células somáticas. Sin embargo, existen indicios que apuntan la posibilidad de un quebrantamiento de esta barrera, es decir, de paso de caracteres genéticos desde células somáticas a las germinales. Si así fuera, una terapia génica dirigida en principio a corregir un problema en un individuo podría llegar a transmitirse a sus descendientes futuros, con lo que se convertiría en la práctica en una forma de eugenesia. Esta problemática resultaría particularmente inquietante si la modificación de los rasgos genéticos se aplicara con fines que no estuvieran estrictamente relacionados con la salud.

Investigación con células madre

Uno de los aspectos más controvertidos desde el punto de vista ético de la biología molecular es el empleo de embriones humanos con fines terapéuticos y de investigación médica. Esta línea de investigación es de las más prometedoras en el campo de la biotecnología, dado que las células madre obtenidas de embriones de unos cuatro o cinco días de existencia son pluripotentes: es decir, sirven para producir otras clases de tipo celular.

El uso de células madre embrionarias con capacidad de autorregenerarse y producir cualquier tipo celular deseado es una alternativa de valor extraordinario para la denominada medicina regenerativa. Estas células permitirían reemplazar tejidos dañados de una persona aquejada de determinadas clases de enfermedades, con un potencial efectivo de curación muy superior al de otras terapias convencionales. Sin embargo, la investigación de terapias basadas en el uso de células madre embrionarias ha encontrado una seria oposición de grupos sociales y de gobiernos y autoridades.

Frente a la dificultad de resolver el dilema ético asociado, relacionado con la consideración de ser vivo individual que puede darse a un embrión de unos días, se apunta una posible solución satisfactoria en este campo. Tal solución vendría de la posibilidad de emplear células madre embrionarias sin necesidad de destruir el embrión afectado.

En resumen, se puede afirmar que el extraordinario desarrollo de la biología molecular en las últimas décadas y de sus disciplinas prácticas aplicadas en medicina, agricultura, ganadería y otros campos ha enfrentado a las sociedades a imponentes retos éticos y legales. Los avances en el estudio del genoma humano y sus consecuencias posibles, muchas aún insospechadas, exigen un esfuerzo intenso y acelerado para adecuar las normativas nacionales e internacionales a las necesidades de las sociedades.