La obra en su contexto

La obra de arte nace de un acto creativo voluntario por parte del artista. El pintor, por ejemplo, decide expresar lo que siente utilizando imágenes e ideas que tiene en la mente, haciendo uso de su técnica y su pericia para plasmarlas sobre un lienzo a través de un pincel. El escritor, por su parte, desarrolla sus ideas sobre un papel recurriendo a su imaginación y a su habilidad para emplear las palabras.

Sin embargo, el acto creativo va más allá del artista y de su voluntad. Por muy autónoma, innovadora u honesta que sea una obra de arte, ésta hunde sus raíces en un contexto sociocultural e ideológico que precede al artista. Todos los actos creativos surgen en un momento y un lugar concretos. Las ideas que posee el creador, las técnicas que utiliza, los materiales de los que se sirve para expresar lo que siente, incluso la valoración que se hará de su obra, dependen de las circunstancias en las que viva, del contexto en el que se ha desarrollado el acto creativo.

Por otra parte, no es posible reducir una obra de arte al contexto del que ha surgido. Sería imposible explicar cómo de unas mismas circunstancias surgieron un artista mediocre y un genio. Es necesario en cambio entender ese contexto para realizar una valoración correcta de cualquier obra de arte ya que el arte se define precisamente por suponer un acto creativo libre, no predeterminado. Para entender esa libertad hay que conocer antes las condiciones que posibilitaron su ejercicio.

El contexto cultural en el origen de la obra de arte

El contexto se encuentra presente en la obra de arte desde que ésta es concebida por el artista. En función del tipo de obra de la que se trate, la presencia de las circunstancias socioculturales, políticas, económicas o intelectuales pueden ser más o menos determinantes. A la hora de construir un edificio, por ejemplo, las condiciones impuestas al artista por su entorno son muy evidentes. Desde que el edificio es imaginado, el arquitecto debe pensar en qué parte de la ciudad se ubicará, en la relación que tendrá la construcción con los edificios que lo rodean, o en el aspecto del entorno en el que se construirá. Además, recibirá precisas instrucciones acerca de cuánto debe medir, qué debe albergar o cuál será su utilidad específica. En el caso de otras artes, los condicionantes no son tan claros pero no por ello dejan de existir. Incluso el pintor o el poeta, que en principio pueden parecer absolutamente libres para expresar lo que desean, cuentan también con unos fuertes condicionantes.

Las grandes naves, sustentadas por esbeltas columnas, son la base de la arquitectura gótica. En la imagen, nave central de la catedral de Colonia, una de las obras maestras de la arquitectura gótica centroeuropea.

El estilo. Cualquier acto creativo está influido por las corrientes estilísticas activas en su época. Ya sea siguiendo esos estilos o reaccionando contra ellos, el creador se basa en unas normas y unos cánones ya establecidos. El artista recibe, a través de la educación y su propia experiencia personal, las nociones fundamentales para entender qué es lo estilísticamente ordinario en su tiempo, qué formas debe buscar y qué materiales emplear. Un arquitecto gótico era consciente de que para construir una iglesia era aconsejable emplear grandes vidrieras o inmensas columnas entre las que situar amplias naves, sabía que tenía que dotar al conjunto arquitectónico de un estilo que inspirase espiritualidad.

Ahora bien, en la voluntad del artista está la opción de seguir lo que se considera oportuno en su época o de hacer algo diferente. Así, el pintor inglés Joseph M.W. Turner (1775-1851) rompió con la estética neoclásica preocupada por el figurativismo y pasó a concentrarse en las cualidades atmosféricas de los paisajes, rompiendo con sus trazos difuminados el contorno de los objetos. Dicho cambio en la forma de trazar las figuras sería esencial para el desarrollo de los primeros movimientos vanguardistas, entre ellos, el propio impresionismo.

Las temáticas. Los temas empleados en las obras de arte también se heredan del contexto en el que se forma y vive el artista. En las distintas épocas, debido a los ambientes sociales y culturales, se establecen una serie de temáticas fundamentales. A lo largo de la Ilustración y el Barroco se pintaron muchísimos retratos ecuestres de reyes y príncipes; durante los inicios del siglo xx, la pintura se llenó de paisajes naturales mientras que la literatura de posguerra fue existencial, se preocupó por el tema de la muerte, la soledad y la incomprensión. Estos temas varían a lo largo de la historia del arte y constituyen un interesante reflejo de la realidad que vivió el artista.

Al igual que ocurría con el estilo, el cambio de una temática a otra nace con la propia libertad del artista. Miguel de Cervantes (1547-1616), uno de los más grandes escritores españoles, era un ávido lector de novelas de caballerías. Heredó de su época el gusto por las aventuras de caballeros, dragones y doncellas. Sin embargo, escribió El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una obra que satirizaba precisamente el estilo que había tomado de su contexto cultural. En su obra hay pues una decisión creativa que parte de su contexto para negarlo o matizarlo empleando sus propias obsesiones e ideas.

Las ideas estéticas. Los artistas mantienen una estrecha relación con las ideas estéticas que predominan en su época. Es habitual encontrar en cada etapa de la historia del arte unas preocupaciones estéticas comunes. Dichas ideas son fruto de una reacción ante las teorías antiguas.

En ocasiones, se continúa el camino señalado por la corriente imperante; en otras ocasiones se rechaza dicha ruta y se toma la determinación de buscar una nueva. Si durante los inicios del siglo xx la literatura se mostró experimental, optimista y muy preocupada por los elementos estilísticos y formales de la obra, y el arte era concebido como juego, a partir de los años treinta del mismo siglo los escritores desarrollaron un estilo mucho más contenido, sincero y oscuro, tratando de expresar a través del arte el desencanto del mundo que les había dejado la guerra. El arte dejó de ser concebido como un experimento expresivo para ser tomado como una manera de manifestar el desacuerdo con lo que sucedía.

No obstante, esto no son sino pautas y líneas generales. Es cierto que el arte parte de un contexto, pero no es menos cierto que los avances, las vanguardias y los hallazgos son fruto de la libertad de unos pocos artistas que se rebelan y reaccionan ante el mundo, ante el contexto que les ha tocado vivir y con el que no están de acuerdo.

El contexto político, económico y social en la obra de arte

El arte es un hecho social. Las circunstancias sociales no sólo dan al artista los temas, los estilos y los materiales para desarrollar su arte, sino que además pueden hacer que los artistas vean favorecida su labor, o que reaccionen ante las desigualdades y las injusticias. Como ciudadano, el artista vive su realidad de una manera singular, propia, y termina reflejando lo que opina de sus circunstancias en sus obras.

La economía como estímulo. Dependiendo de las características económicas de la sociedad de la que se trate, los movimientos artísticos pueden verse estimulados o limitados por ellas. La situación socioeconómica es fundamental para comprender cómo se comportan los artistas en su contexto. Muchos historiadores mantienen, por ejemplo, que el arte surge dentro de una sociedad concreta cuando las necesidades materiales han sido satisfechas. Es decir: una vez se ha alcanzado cierta estabilidad social, cuando el artista tiene qué comer y dónde vivir, el arte se desarrolla con mayor facilidad.

La desolación causada por la Segunda Guerra Mundial orientó la corriente artística por los caminos de la interioridad y el existencialismo. La imagen muestra un fotograma de La inmortal, filme del francés Alain Robbe-Grillet, uno de los autores que profundizó en esta temática tanto en su faceta de escritor como en la de realizador cinematográfico.

Un ejemplo de esto es el arte renacentista, que surge dentro de unas condiciones económicas muy favorables en las que el artista suele estar sustentado por la ayuda monetaria de los mecenas. Sin la protección de papas y príncipes, personajes como Leonardo da Vinci (1452-1519) o Rafael (1483-1520) no hubieran podido llevar a cabo algunas de las obras más majestuosas de todos los tiempos. Por otro lado, esa misma protección les llevó en ocasiones a tener que variar sus conceptos artísticos para amoldarse al de sus patrones.

Sin embargo, esto no siempre es así. Algunas de las grandes obras de la literatura latinoamericana han surgido bajo condiciones económicas paupérrimas. Salvador Salazar Arrué (1899-1976), uno de los más famosos escritores salvadoreños, escribió sus cuentos en un país oprimido por la pobreza; Julio Cortázar (1914-1984) escribió Rayuela trabajando como traductor y exiliado de su Argentina natal.

En el pasado, la labor de los artistas no podría haberse llevado a cabo sin el patronazgo dispensado por reyes, papas y nobles. El papa Julio II, cuyo retrato obra de Rafael muestra la imagen, fue uno de los grandes mecenas del Renacimiento.

La reacción del arte ante la política. La situación sociopolítica y cultural es la que provee a los artistas de las temáticas y las preocupaciones que llenarán sus obras. Ahora bien, según el tipo de régimen político del que se trate es posible encontrar distintas reacciones entre los artistas. Si se trata de un estado totalitario se encontrará, por un lado, la labor de una serie de artistas «oficiales» que utilizarán esos temas dentro de la ortodoxia, mientras que también se podrá hallar una serie de artistas «no oficiales» que trabajarán precisamente contra esa ortodoxia.

Uno de los ejemplos más claros de esta cuestión lo constituyen los movimientos artísticos surgidos en la antigua Unión Soviética. En ella, el régimen patrocinaba a artistas como el literato Ilya Ehrenburg (1881-1967), concediéndoles premios cuando su literatura se adaptaba a las necesidades estatales; por el contrario, autores de prestigio como Borís Pasternak (1890-1960) se veían obligados a rechazar galardones internacionales, como el mismísimo premio Nobel, y eran expulsados del gremio de autores por sus obras «tendenciosas» para con el régimen.

La vida del artista. La manera en la que el artista se ha relacionado con el contexto que le ha tocado vivir es también importante. Aunque dos artistas puedan partir de unas circunstancias muy similares, al final será la forma de vivir que tenga cada uno lo que realmente determine la influencia del contexto en su obra. Si el autor posee un carácter acomodaticio y sedentario, si se limita a aquello que le ofrece su país y su época, la obra se verá limitada por el contexto; mientras que si el autor posee un espíritu inquieto y estudia otras culturas, otros autores, si viaja y se enfrenta a situaciones que no son las propias de su contexto, enriquecerá su obra con nuevos elementos. Es el caso del escritor norteamericano Ernest Hemingway (1899-1961), que aunque nació en los Estados Unidos, sus viajes a través de África, el Caribe y España tuvieron una influencia definitiva en las temáticas y en el estilo que se pueden encontrar en sus libros.

El escritor ruso Boris Pasternak, Premio Nobel de Literatura de 1958, y el pintor neerlandés Vincent van Gogh (cuyo Autorretrato muestra la imagenr) fueron dos artistas que no pudieron gozar del éxito de su obra, el primero por su disidencia política con el régimen comunista de la URSS y el segundo por su atormentado ánimo, que lo llevó al suicidio.

El escritor ruso Boris Pasternak, Premio Nobel de Literatura de 1958, y el pintor neerlandés Vincent van Gogh (cuyo Autorretrato muestra la imagenr) fueron dos artistas que no pudieron gozar del éxito de su obra, el primero por su disidencia política con el régimen comunista de la URSS y el segundo por su atormentado ánimo, que lo llevó al suicidio.

En definitiva, la sociedad y el artista mantienen una relación ambigua, ambivalente. El contexto sociopolítico y económico, a la vez que estimula determinadas formas de arte, también genera corrientes contrarias a las temáticas, estilos e ideas ortodoxos. El genio, como máxima expresión del arte, refleja la sociedad en la que vive de maneras distintas: bien afirmando el espíritu de su época, bien negándolo y mostrando otras opciones sociales, ideológicas, económicas o existenciales. Esta cualidad supone pues la cima de un contexto, la expresión más perfecta de las ideas, las preocupaciones, las contradicciones, la esencia en definitiva de una época.

El valor de la obra de arte

Sólo el espectador crea el valor de una obra de arte, sólo aquella persona que lee un libro, mira un cuadro o escucha una sinfonía, puede decidir cuál es el valor de esa obra. Los juicios de valor sobre las obras artísticas varían de un contexto a otro. Hay muchos libros y cuadros que no se entendieron en su tiempo y que luego los historiadores del arte vinieron a rescatar revalorizándolos gracias a la interpretación. Claro que también hubo obras que disfrutaron en su tiempo de una gran acogida y luego fueron rápidamente olvidadas.

Sin embargo, existen obras cuyo valor parece estar por encima de las opiniones particulares y circunstanciales, que son apreciadas en todo momento y lugar. Esto se debe a que los especialistas que se acercan a un producto artístico no lo hacen desde un plano superficial, sino que recrean a partir de la obra de arte el contexto en el que ésta fue realizada. Sólo desde el instante en el que se entienden las motivaciones, las ideas y la vida del artista, se puede hacer una valoración precisa de su trabajo. Ésta es la razón por la que obras antiguas continúan siendo actuales, y por la que determinadas obras resultan difícilmente comprensibles para el espectador no especializado: sólo adquieren sentido una vez se entienden las profundas motivaciones estéticas e ideológicas que hay tras ellas.

El espectador. El espectador es otro de los elementos esenciales dentro del entorno del fenómeno artístico, de su contexto. Se encuentra tanto en la concepción de la obra, ya que la mayoría de las veces el artista crea pensando en quienes tendrán acceso a ella, como en su apreciación. Mientras el especialista en arte se enfrenta siempre a la obra desde un nivel profundo y complejo, el espectador puede hacerlo desde varios niveles: puede hacer de la obra un simple reconocimiento superficial, basándose sólo en las primeras emociones que despierta en él; pero también puede establecer una relación objetiva, analítica, empleando una visión crítica que incluya un reconocimiento completo y total de las técnicas y los materiales empleados, del contexto del que surge el artista o de las ideas que hay tras la obra.

Las obras de arte, tanto en su exhibición para múltiples sujetos (como las representaciones de un teatro o las proyecciones de una sala cinematográfica) como en la contemplación personal e íntima (visita de un museo, lectura de un libro) están pensadas para el disfrute del espectador, sin el cual perderían su sentido.

Las obras de arte, tanto en su exhibición para múltiples sujetos (como las representaciones de un teatro o las proyecciones de una sala cinematográfica) como en la contemplación personal e íntima (visita de un museo, lectura de un libro) están pensadas para el disfrute del espectador, sin el cual perderían su sentido.

Al igual que el autor, que crea influido por las circunstancias en las que vive, el espectador observa las obras basándose en los símbolos, los sentidos y las ideas propias la sociedad en la que ha nacido, en la que ha sido educado. El espectador contempla un cuadro desde la óptica de su tiempo.

La relación que el artista establece con el espectador es indirecta, ya que lo hace a través de la obra de arte. Esta obra supone un lenguaje lleno de símbolos y sentidos que el espectador debe compartir con el artista para que la comunicación sea posible. De lo contrario la obra no será comprendida.

El espectador de la obra de arte ha sido en muchas ocasiones selectivo. El artista ha sido consciente de que su obra iba dirigida a un espectador concreto y la ha elaborado pensando en sus gustos e ideas. Sin embargo, con el siglo xx se ha dado un nuevo fenómeno en lo que se refiere a la relación entre el autor y el espectador. Por primera vez «la masa», la totalidad de la sociedad no especializada, no ilustrada, no preparada, ha tenido un acceso completamente libre a los museos, las vanguardias, los teatros y los conciertos. Esto ha producido una serie de malentendidos entre el público y el arte que jamás se habían dado con anterioridad.

Elementos constitutivos del arte contemporáneo

El arte contemporáneo resulta un enigma y un desafío tanto para el espectador como para los estudiosos. Pone en entredicho todo lo que hasta ahora se entendía como arte y genera numerosas preguntas y planteamientos que hace que merezca una especial atención. El pensador madrileño José Ortega y Gasset (1883-1955) dedicó al tema muchos de sus más célebres pensamientos, recogidos en De la deshumanización en el arte. Afirma Ortega que lo más llamativo del arte contemporáneo es que «nadie lo entiende». Precisamente cuando se ha conseguido que todos, como integrantes de la sociedad, tengan acceso a todas las formas de cultura, el arte se vuelve extraño y complejo.

Cuando un espectador se enfrenta a una obra de Diego de Velázquez (1599-1660) admira la precisión del dibujo, el realismo de la anatomía, la belleza de las proporciones, la inteligencia del tema empleado; reconoce con rapidez la intención del cuadro y siente cierta familiaridad con él. Sin embargo, cuando ese mismo espectador se enfrenta a una obra del pintor abstracto Wasili Kandinsky (1866-1944), con esos colores repartidos aparentemente sin sentido sobre fondos neutros, cuando no observa ningún tema explícito en la obra, no sabe qué opinar de él. No sabe si apreciar el lienzo como una obra de arte o si se trata de un engaño, de un cuadro que cualquiera puede pintar.

Frente al arte clásico, «comprensible» tanto en su contenido como en su estilo, en la pasada centuria comenzaron a desarrollarse unas corrientes artísticas poco aptas para el espectador no experto en la materia. Los múltiples caminos del arte contemporáneo van desde la aparente ingenuidad de la obra del español Joan Miró (imagen de Figura y perro delante de la luna) al caos de trazos y líneas de los cuadros del estadounidense Jackson Pollock (imagen de Bosque encantado).

Frente al arte clásico, «comprensible» tanto en su contenido como en su estilo, en la pasada centuria comenzaron a desarrollarse unas corrientes artísticas poco aptas para el espectador no experto en la materia. Los múltiples caminos del arte contemporáneo van desde la aparente ingenuidad de la obra del español Joan Miró (imagen de Figura y perro delante de la luna) al caos de trazos y líneas de los cuadros del estadounidense Jackson Pollock (imagen de Bosque encantado).

El significado de la obra de arte vanguardista no es tan claro como el de las obras de arte antiguas. Los significados no son ya racionales y evidentes, sino irracionales y complejos. La pintura de Jackson Pollock (1912-1956), compuesta tan sólo de trazos, líneas y colores mezclados arbitrariamente, sin figuras reconocibles, no pretende contar una historia, sólo despertar sentimientos. En este caso, el del expresionismo abstracto, la libertad de la obra se corresponde con la libertad del espectador, libre para sentir lo que quiera.

En otros casos la obra requiere del espectador una preparación, una educación en los símbolos y las técnicas empleadas. El sentido y el valor de la obra están condicionados por una relación profunda e intelectual entre el autor y el espectador. Los artistas vanguardistas se acercan más al intelectual que al artesano medieval. Detrás de cada obra se esconde un concepto, una idea que explica el porqué y el cómo de la obra. Esto dificulta mucho el acceso al arte vanguardista por parte del público no especializado. A no ser que se entienda qué es el cubismo, cómo utiliza las formas y los colores y sobre todo por qué, no se podrá entender un cuadro del malagueño Pablo Ruiz Picasso (1881-1973). El valor de la obra no radica tanto en cómo está hecha, como en la idea de la que parte.

El arte vanguardista se vuelve, además, cotidiano. El museo se entiende no ya como un lugar semisagrado, al que el espectador va para guardar silencio y observar, sino como un lugar abierto en el que el espectador debe participar activamente, dándole sentido a las obras. El museo se ha convertido en un lugar de encuentro. Lo único que se le exige al espectador de un cuadro o una escultura es que esté dispuesto a participar, que esté dispuesto a abrir su mente a las nuevas ideas.