El estilo de la obra artística

El estilo de una obra artística es lo que permite identificar cuál es la manera particular que tienen cada artista y cada época de hacer arte. A través del estilo se expresan las diferentes formas posibles de relacionar los elementos que componen cualquier forma de expresión artística. En arquitectura es la manera en la que el arquitecto trata el espacio, las columnas, las ventanas o las dimensiones a la hora de idear un edificio. En pintura, la manera en que se utilizan los colores, los materiales, los temas o las figuras en un cuadro. En el caso de la música, la manera de emplear el ritmo, los tiempos o las melodías en una partitura.

El estilo es la seña de identidad tanto del artista como de las diferentes culturas, y permite además que exista una historia del arte que tenga sentido, ya que sería imposible que ésta hubiese contando únicamente con un grupo de nombres de artistas que se suceden en el tiempo, sin establecer relaciones y diferencias entre ellos salvo por sus peculiaridades vitales. Son necesarias las pautas de cada época, cómo concibieron los temas y la forma más adecuada de acercarse a ellos. Por todo ello la apreciación del estilo es la principal vía para interpretar una obra artística y entender qué es lo que se pretende decir en ella, cómo se dice lo que se dice y por qué se dice.

El concepto de estilo

El término estilo procede de la palabra griega stilo y de la romana stilus. Los griegos utilizaban el concepto para referirse al punzón, a la herramienta que se emplea para esculpir; probablemente por su forma, la palabra pasó al vocabulario romano para designar a cualquier elemento afilado que servía para escribir. La asociación entre dicha herramienta y la palabra escrita hizo que durante toda la edad media se considerase que el estilo era aquella habilidad especial para escribir o incluso debatir; es decir, el uso correcto y armonioso de la lengua. Posteriormente, ya en el Renacimiento, la palabra estilo acabó siendo adoptada por el resto de las artes, siendo utilizada para definir las características propias de una escultura o una obra musical. En este sentido, es posible definir la palabra «estilo» en relación con el arte como el conjunto de características distintivas de una obra artística.

Tres ejemplos de sendas interpretaciones del concepto estilo dentro de las artes plásticas: Los burgueses de Calais, escultura del francés Auguste Rodin con personajes en singular movimiento y tensión dramática; La ronda de noche, una de las expresiones más genuinas del empleo del claroscuro por el pintor holandés Rembrandt, y detalle de un panel sobre la historia de México en los muros interiores del Palacio Nacional de la capital azteca, en el que Diego Rivera aporta su genial contribución al llamado «muralismo mexicano».

Tres ejemplos de sendas interpretaciones del concepto estilo dentro de las artes plásticas: Los burgueses de Calais, escultura del francés Auguste Rodin con personajes en singular movimiento y tensión dramática; La ronda de noche, una de las expresiones más genuinas del empleo del claroscuro por el pintor holandés Rembrandt, y detalle de un panel sobre la historia de México en los muros interiores del Palacio Nacional de la capital azteca, en el que Diego Rivera aporta su genial contribución al llamado «muralismo mexicano».

Tres ejemplos de sendas interpretaciones del concepto estilo dentro de las artes plásticas: Los burgueses de Calais, escultura del francés Auguste Rodin con personajes en singular movimiento y tensión dramática; La ronda de noche, una de las expresiones más genuinas del empleo del claroscuro por el pintor holandés Rembrandt, y detalle de un panel sobre la historia de México en los muros interiores del Palacio Nacional de la capital azteca, en el que Diego Rivera aporta su genial contribución al llamado «muralismo mexicano».

Sin embargo, el estilo no es exclusivo de una obra. También es posible hablar del estilo de un artista o incluso de un grupo de ellos. Así, los historiadores del arte hablan de una división en dos épocas distintas del Renacimiento italiano, utilizando como frontera entre ambas la irrupción de Rafael Sanzio (1483-1520) en el mundo de la pintura. Aquí no es tan importante la figura del pintor como de su estilo propio que es, al fin y al cabo, lo que divide a los otros artistas renacentistas en pre-rafaelistas o no. Dentro de esta última categoría entrarían todos aquellos artistas que independientemente de su originalidad, acabaron adaptando técnicas o características propias del estilo del genial Rafael.

El impacto que tuvo Rafael Sanzio en el mundo de las artes es, en cualquier caso, único, ya que no existen muchos artistas que hayan sido capaces, por sí solos, de marcar toda una época. Sin embargo, puede darse el caso de que distintos autores comiencen a compartir un gusto por una determinada forma artística de plasmar una idea o concepto. Se dice entonces que todos ellos comparten un determinado estilo, es decir, una serie de características comunes que los unen y a su vez, los diferencian de otros artistas contemporáneos o precedentes. En este sentido, por ejemplo, es posible agrupar a pintores como Paul Cézanne (1839-1906), Claude Monet (1840-1926), Camille Pissarro (1830-1903) o Alfred Sisley (1839-1899) como impresionistas, ya que todos compartían un mismo interés por reflejar la luz y la atmósfera a través de pinceladas sueltas y llenas de color. Dicho estilo se diferenciaba de la corriente neoclásica precedente, más atenta a la definición de las figuras y a la precisión de la pincelada tal y como se puede observar en los cuadros de Jacques-Louis David (1748-1825) o Anton Raphael Mengs (1728-1779).

En definitiva, es posible hablar de tres tipos de estilos diferentes. En primer lugar estaría el estilo artístico de una obra, es decir, aquellas características que definen el cuadro, el libro o la composición musical en cuestión. Por otra parte, está el estilo del autor o, dicho de otra manera, aquel conjunto de características que se encuentran de forma recurrente en la producción artística del mismo o, al menos, en una etapa de ella. Finalmente, está el estilo de un movimiento artístico determinado que se define por el empleo, por parte de varios autores, de algunos elementos comunes.

La evolución del estilo

Algunos estudiosos del arte mantienen que la evolución de los estilos artísticos se debe sobre todo al desarrollo de nuevas tecnologías. Éste sería el caso, por ejemplo, de la imprenta, que permitió el paso definitivo de la narrativa hablada a la escrita al no ser ya necesarios los costosos y lentos copistas. Sin embargo, no todos los cambios de estilo o la propia evolución del arte pueden ser entendidos buscando una explicación en los adelantos técnicos. El ejemplo más evidente de ello es la posible confluencia de estilos en una misma época histórica: la tecnología al alcance de los artistas es la misma pero, no obstante, el resultado es diferente. Éste es el caso de los estilos arquitectónicos de la Grecia clásica –el dórico, el jónico y el corintio–, los cuales confluyen en el tiempo pero contienen características ornamentales distintas.

Si se desecha la idea del adelanto tecnológico como razón de ser de un cambio de estilo, ¿qué otras causas pueden existir para ello? Evidentemente, se pueden encontrar muchas otras razones para entender la evolución de los estilos: un importante acontecimiento social, como las guerras mundiales, puede generar toda una manera de entender el mundo, una nueva visión que arrastra consigo las formas de expresión artística, dando lugar a un nuevo estilo. Lo mismo sucede con las religiones, las ideologías o los descubrimientos científicos. Ni siquiera es necesario que se trate de un fenómeno conocido mundialmente: la poesía de Antonio Machado (1875-1939), por ejemplo, está cargada de melancolía e intimismo debido a la temprana muerte de su esposa Leonor; en este caso, un acontecimiento personal motivó un estilo propio que posteriormente influyó en diversos poetas españoles, a menudo agrupados bajo el nombre de Generación del 27, que admiraron las características de la poesía de Machado.

Si bien esto vendría a explicar el porqué se adopta un estilo nuevo, no aporta razón alguna para el abandono de las características artísticas precedentes. En este sentido, cabe destacar algunas teorías que comparan el comportamiento de las corrientes estilísticas con el crecimiento de una persona. Los estilos poseerían así edades, y pasarían por diversas etapas formativas que recrearían el nacimiento, madurez y muerte del ser humano. Esta teoría, formulada por primera vez por el pensador español Eugeni d’Ors (1882-1954) y posteriormente reformulada por diversos críticos del arte y filósofos; se ajusta bastante bien a la historia del arte, al menos hasta el periodo contemporáneo, en el que el comportamiento de los estilos se diversifica y se vuelve más complejo.

Arcaica. En la fase arcaica de un estilo, comienzan a aparecer aquellos rasgos que posteriormente acabarán definiéndolo. Suele ser una etapa de ensayo y error caracterizada por la vacilación del artista o artistas, lo que provoca que no exista una verdadera delimitación entre la nueva corriente y la antigua.

Clásica. Tras la primera etapa, el estilo alcanza su máxima madurez y fija sus propias características. Aunque cada artista puede aportar su propio estilo, se suelen respetar las normas básicas de la corriente artística en cuestión.

Manierista. Tras el auge de la normalización y el respeto a las reglas del estilo, cada artista se siente liberado para experimentar con ellas, dándole mayor expresividad y dinamismo a las obras.

En la obra de Francisco de Goya, forma y contenido guardan una relación indisoluble. Así lo demuestra Los fusilamientos del 2 de mayo, donde el empleo del color y la expresión de los personajes centrales refuerzan el trágico mensaje de la pintura.

Barroca. La etapa manierista acaba por desembocar en un movimiento de tipo barroco en el que se pretende dar viveza al estilo recurriendo a su monumentalidad o al realce de sus elementos secundarios.

Recurrente. Tras los excesos del barroco, los artistas intentan de nuevo recuperar la esencia del estilo mediante una copia de las normas que marcaron la etapa clásica. Esta imitación de lo precedente termina, en la mayoría de los casos, por restar cualquier carácter innovador al estilo, llevándolo a su «muerte».

El contenido y la forma en la obra de arte

Cuando se habla del estilo de una obra de arte, inevitablemente se tiene que hacer mención a su contenido y a su forma. El primero de estos términos hace referencia a qué es lo que dice el autor a través de su obra; el segundo, la forma, a cómo lo dice. Para muchos críticos e historiadores del arte, ambas cuestiones son indivisibles, es decir, no pueden ser estudiadas de forma separada ya que forman una única unidad. Para muchos otros, sin embargo, son dos cuestiones que, aunque muy relacionadas entre sí, pueden y deben ser estudiadas por separado. Al fin y al cabo, argumentan, existen muchas madonnas, pero cada pintor utilizó una forma artística distinta para representarlas.

La expresión religiosa ha sido uno de los temas recurrentes de la creación artística. En la América colonial, la plasmación de la religiosidad adquirió una manifestación genuina, algo que puede apreciarse en este Ángel arcabucero, de autor anónimo, obra de la escuela de Cusco.

La cuestión entre forma y contenido no es, en cualquier caso, banal. Según se interese el autor de una obra en una u otra se le podrá definir como afectivo, centrado en el contenido, o sensitivo, preocupado por la forma. Sólo aquellos que sean capaces de prestar atención a ambas cualidades, al mensaje que pretenden transmitir y a cómo lo transmiten, pueden llegar a ser coherentes en su expresión artística, es decir, en su estilo.

El contenido de la obra de arte

El contenido de una obra de arte es en realidad el contenido del mensaje que pretende transmitir el artista, es decir, la información. Aunque ésta puede ser muy variada, lo cierto es que en el arte, como en la vida real, los autores suelen mantener una serie de lugares comunes o temas a los que recurren frecuentemente. Esto fue evidente sobre todo en la producción artística anterior al siglo xx; hasta entonces, el artista podía desarrollar su actividad gracias a un mecenas o a los encargos que realizaban corporaciones como los gremios o, de forma individual, los miembros de las clases altas de la sociedad (nobleza, alto clero, burguesía). Esto es especialmente cierto en el mundo de la arquitectura (ya que la obra debe ser financiada) pero menos evidente en la literatura, aunque muchos poetas y dramaturgos estuvieron ligados a los centros de poder.

Bajo un mismo tema se incluyen todos aquellos contenidos que guardan cierta familiaridad. En pintura, por poner un ejemplo, se pueden encontrar varios. El tema mitológico consiste en el empleo de elementos pertenecientes a alguna mitología para explicar el origen de la existencia o de alguna idea profunda en la que se basa una sociedad o cultura. El histórico cuenta hechos excepcionales del devenir de una civilización, remarcando ideas o principios elementales de aquélla. La temática religiosa se basa en las tradiciones sagradas y muestra la relación entre una sociedad y sus dioses. Hay además otros temas como el paisaje –que retrata campos, ciudades, grandes extensiones– o el retrato, que consiste en la representación de una o varias personas. Si un tema explora lo ordinario en la vida, alejándose lo más posible de lo extraordinario o lo artificial suele tratarse de una temática costumbrista. También existen los temas ausentes, en los que se tratan realidades no ordinarias, imaginadas, sin conexión con el mundo real.

A pesar de que los contenidos de las distintas obras artísticas pueden ser similares debido a que tratan un mismo tema, pueden estar muy ligados al estilo de un artista o una corriente. Así por ejemplo, los pintores impresionistas tendieron a tratar la temática paisajista ya que ésta era la que mejor se amoldaba a sus intereses por plasmar juegos de luces en sus cuadros; de la misma forma, el poeta Luis de Góngora y Argote (1561-1627) usó a menudo temas mitológicos, propicios para su característico uso de expresiones latinas o complejas. En este sentido, la temática o el contenido de una obra de arte queda profundamente ligada a la forma o, lo que para muchos es lo mismo, el estilo.

La forma de la obra de arte

Toda expresión está compuesta por una forma y un contenido. Cuando se habla, por ejemplo, se emplea una forma compuesta por unos signos, estructurados en un lenguaje, una entonación, unas expresiones faciales que acompañan y posibilitan comunicar una idea, un contenido. En el arte sucede exactamente lo mismo; por un lado se puede identificar una forma: en el caso de la literatura el lenguaje escrito, las palabras, el ritmo, la puntuación; del otro un contenido: qué es aquello que expresa una novela, de qué habla. Aunque ya se ha mencionado que ambas no se pueden separar, muchos críticos e historiadores de arte consideran que lo realmente definitivo en una obra de arte es la forma. De la misma manera que en el lenguaje, para diferenciar un idioma de otro, es importante atender al significante y no tanto al significado, en la obra de arte es necesario prestar atención a la forma.

Esto se debe a que el arte no se limita a imitar la realidad, sino que más bien crea su propia realidad. Pablo Picasso pintó una paloma no para estudiar su fisonomía o sus colores sino para representar la idea de paz, por lo que no necesitó utilizar una técnica compleja; en cambio, el pintor mogol Mansur (siglo xvii) buscó reflejar en sus dibujos la fisonomía de las aves, lo que provocó una mayor atención al detalle mediante el uso de trazos complejos.

Por medio del teatro, el proceso cotidiano de comunicación mediante palabras y gestos se convierte en un elemento artístico. La imagen muestra un momento de la representación de Eduardo II, de Christopher Marlowe, por la compañía francesa Dominique Valadie.

En esta comparación se puede ya comprobar cómo el estilo de dos obras artísticas puede ser totalmente diferente gracias a la forma en que los artistas plasman un mismo tema sobre el papel. En la pintura la forma se expresa a través de puntos, líneas, figuras, ritmo, proporciones, colores y la profundidad. Al igual que sucede en la pintura, la escultura, la literatura, la poesía o la arquitectura poseen sus propios códigos formales. El escultor aprende a utilizar el tacto del material con el que esculpe, así como las proporciones o los colores. El escritor sabe cuándo utilizar frases largas, cuándo breves; sabe que un adjetivo puede hacer más triste la vida de un personaje, o que una coma puede cambiar el sentido completo de una frase. El músico conoce perfectamente qué sensaciones produce un ritmo concreto, qué instrumentos emplear para expresar melancolía o alegría. Cada arte tiene un lenguaje propio que sólo se puede aprender mirando, escuchando o leyendo arte.

Espectáculo de cante y danza de una tribu maorí neozelandesa. La música y el baile están estrechamente unidos al entorno antropológico y cultural de los diversos grupos sociales.

La percepción del estilo

A menudo, el espectador lego tiende a enjuiciar una obra atendiendo a sus características formales: es decir, le puede gustar la simpleza de la Paloma de la paz de Picasso y horrorizarle algunas de las variaciones que realizó el genial artista sobre ese tema debido al uso de colores más oscuros y formas más afiladas. Se trata en realidad de una cuestión de estilo que abarca tanto a la forma como al contenido de la obra pero en la que también tiene mucho que ver la capacidad del espectador de analizar el cuadro. Ésta es la razón por la que algunos estilos, como ocurrió con el impresionista, pueden ser duramente criticados en un momento dado y ensalzados y aceptados más tarde.

Esto se debe a que toda forma de comunicación con la obra de un artista comienza por percibirla. En el caso de la pintura, los ojos son el inicio de la experiencia estética; en el caso de la música, los oídos. A la hora de percibir una obra de arte hay que entender que tras la mirada o la escucha del espectador participan consciente o inconscientemente un conjunto de elementos de diverso tipo: la educación, la sensibilidad de cada persona, las leyes de la percepción, la sociedad, la cultura o el momento histórico.

Algunos de estos elementos, como es el caso de las leyes de la percepción, de cómo funciona la mirada, son de carácter universal: sea cual sea la formación o la cultura del espectador, éste siempre distinguirá en un cuadro una figura en primer plano y luego un fondo en segundo plano, o la mirada buscará las formas más sencillas antes que las complejas. Otros elementos, como la cultura o la educación, no son universales, no son válidos para cualquier espectador, sino que dependen del lugar y del momento en que éste se haya formado. Los occidentales recorren el cuadro con la mirada de izquierda a derecha, acostumbrados a leer de la misma manera, mientras que los musulmanes recorren el cuadro de manera inversa: de derecha a izquierda. Con la música sucede lo mismo. Según la cultura de la que se trate, el espectador estará más familiarizado con unos tipos de sonido antes que con otros, y dependiendo de las épocas, determinados ritmos e instrumentos serán más o menos lógicos dentro de una composición: en Occidente era extraño oír un sitar u otro instrumento oriental hasta que los cambios culturales de la década de 1960 los pusieron de moda.

¿Es posible por tanto hablar de buen o mal estilo? Esta pregunta no tiene en realidad una contestación definitiva ya que, hay que recordar, la experiencia estética es personal. Depende del individuo valorar el estilo de una obra artística, de un autor o de un movimiento aunque, evidentemente, dicha valoración será más correcta cuanta más experiencia y conocimiento artístico tenga el espectador. El colorido de los cuadros urbanos de Pierre Bonnard (1867-1947) puede resultar mucho más atractivo para el espectador que la distorsión creada por el expresionista Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938) pero sin embargo, cada cual sigue el estilo coherente con el mensaje que el autor pretende transmitir. Por tanto, no basta con enjuiciar la forma para hablar del estilo de una obra artística; es necesario atender también al contenido y a las posibilidades que tenía el autor para transmitirlo.