La noción de música

Todas las disciplinas artísticas poseen el elemento común de la complejidad, que es justo aquello que las hace más atractivas. Abordan una gran variedad de temas, desde perspectivas diferentes y en ocasiones contradictorias, con recursos técnicos y estilísticos algunas veces semejantes y otras totalmente opuestos. Además, las obras de arte adquieren su pleno sentido en el contexto cultural histórico y geográfico en el que ven la luz, y su importancia puede establecerse en función de criterios de sensibilidad o de los significados que adquieren.

Las obras de arte son elementos sensibles, manifestaciones del espíritu humano capaz de convertir una idea en un «objeto» artístico mediante precisos recursos técnicos. Tratan de representar la naturaleza, no sólo aquella exterior al hombre, sino también el mundo de las emociones y de las ideas, la esencia interna del ser humano y, a veces, pretenden convertirse en la emoción misma. Dado que los materiales con los que trabajan las disciplinas artísticas no son emociones, toda obra de arte es esencialmente imperfecta, y en esa imperfección radica parte de su atractivo.

La dificultad añadida que presenta la música reside en que es un arte que opera con elementos que no son materiales, sino sonidos que aparecen y que, en cuanto dejan de estar presentes, existen sólo en la memoria. Sin embargo, esa característica de la música es la que le confiere la capacidad de influir de una manera directa en la sensibilidad de las personas. La percepción de un sonido es un mecanismo tan inmediato que se entiende mejor intuitivamente antes que mediante las palabras.

La música es también un lenguaje, un medio de comunicación efectivo entre el compositor y el espectador. Para que la comunicación tenga lugar, el receptor del mensaje debe, en primer lugar, comprender los rudimentos del medio de transmisión, y en segundo lugar, adoptar una actitud de recepción abierta. La adquisición de los conocimientos técnicos básicos es por tanto necesaria para comprender lo que el compositor quiere comunicar con su obra.

Sonido y música: altura, intensidad y timbre

El sonido –o el silencio, que es su ausencia– es el elemento fundamental de la música. De hecho, una de las muchas definiciones de música posibles, quizá la más tradicional de ellas, es aquella que la describe como el arte de combinar sonidos y silencios para expresar diversos sentimientos, ideas o emociones que conmuevan el alma humana. El compositor estadounidense de música vanguardista Edgar Varèse (1883-1965) definió también la música como el arte de organizar los sonidos de forma coherente.

El sonido es un fenómeno natural que resulta del movimiento, es decir, de una vibración de un cuerpo que se transmite al aire. Esta vibración genera una onda que incide en el tímpano del oído y al final, se convierte en un impulso eléctrico que se transmite al cerebro. Es entonces cuando se percibe una sensación que el ser humano denomina «sonido».

Cualidades del sonido

Distinguir unos sonidos de otros es algo que el ser humano realiza de manera natural. Cuando abre la ventana es capaz de diferenciar con claridad el murmullo del tráfico lejano, el trinar de los pájaros, el sonido del motor del vehículo que pasa bajo su ventana, el taconeo de un viandante, el estruendo del martillo neumático que levanta la acera, el llanto de un niño o la suave voz de la madre que intenta calmarlo; una gran variedad de sonidos simultáneos de diferentes cualidades: más o menos intenso, grave o agudo, con tonos metálicos o cristalinos, etc.

Estas cualidades ayudan a diferenciar un sonido de otro y se relacionan directamente con las características físicas de cada onda sonora: frecuencia, amplitud, forma e intensidad. Son estos parámetros físicos los que permiten distinguir un sonido de otro.

Altura. Cuando se realiza una distinción entre sonidos agudos y graves se está haciendo referencia de forma implícita a la altura del sonido. Esta altura no es más que la frecuencia de la onda sonora, es decir, el número de veces que oscila el cuerpo vibrante que produce el sonido. Cuanto más rápido oscile, más agudo será el sonido que produce; por el contrario, el sonido será más grave cuanto más despacio vibre el cuerpo.

Intensidad. El volumen de un sonido está directamente relacionado con la amplitud de la vibración. A mayor amplitud, mayor es el volumen del sonido que se percibe. El nivel de intensidad es una magnitud que se mide en decibelios (dB). El oído humano es capaz de distinguir sonido entre 10 y 130 dB, pero a partir de los 110 dB la audición es dolorosa, y sobrepasar este valor, conocido como umbral del dolor, es sumamente nocivo.

Los sonidos graves se caracterizan por la escasa oscilación de la onda sonora (baja frecuencia), mientras que los agudos vienen determinados por la oscilación repetida (alta frecuencia).

Timbre. Los sonidos naturales no son ondas perfectas, sino vibraciones de gran complejidad. Cada sonido posee una forma de onda diferente, lo que se refleja en el «color» del sonido, en su timbre. La forma particular de cada vibración es aquello que permite distinguir si una determinada nota es emitida por un piano, por una trompeta o por un violín. El timbre de cada sonido depende de una gran cantidad de factores, entre los que se encuentran la forma del objeto que produce el sonido, el material del que está hecho y el modo en que se produce el sonido: por frotamiento, por percusión, por pulsación, por introducción de cierta cantidad de aire, etc.

La forma del objeto que genera un sonido es un factor claramente distintivo de su timbre acústico. En el campo musical, dos instrumentos de sonoridad muy distinta son los bongos, empleados con frecuencia en percusión, y el violonchelo, el registro más grave de las cuerdas.

La forma del objeto que genera un sonido es un factor claramente distintivo de su timbre acústico. En el campo musical, dos instrumentos de sonoridad muy distinta son los bongos, empleados con frecuencia en percusión, y el violonchelo, el registro más grave de las cuerdas.

El sonido en su contexto

La percepción de la música no depende únicamente de las características físicas de los sonidos; además interviene de modo decisivo el contexto en el que se producen. La configuración acústica contribuye a situar los sonidos y darles una significación. De esta situación dependerá cómo un oyente dirija su atención. No obstante, un sonido sugiere ya de por sí un contexto específico: por ejemplo, un golpe penetrante repetido varias veces produce sensación de intranquilidad.

Para la Psicoacústica, nombre que recibe la ciencia que estudia la psicología de la percepción sonora, es más útil al tratar de percepción referirse a un objeto sonoro que a un sonido. Ejemplos de objetos sonoros serían ruidos complejos como el de la colisión de dos automóviles, el rumor del mar o una carcajada. Así, se distinguen los de altura definida de los de altura indefinida, los intensos de los ligeros, los agudos de los graves, los ricos o complejos de los sencillos, los cortos de los largos y los estáticos de los variables.

Cada uno de estos objetos sonoros es percibido de diferente forma y posee una significación distinta para el oyente. Por ejemplo, los sonidos estables, largos y más o menos estáticos tienden a ser percibidos siempre en segundo plano, como un fondo o textura sonora que equivaldría, en pintura, al fondo sobre el cual se destaca el motivo principal; en el caso sonoro sería una melodía. Los sonidos cortos, graves y persuasivos son percibidos como acentos que atraen la atención. Los sonidos sostenidos y variables en el tiempo son percibidos como movimiento, que puede tener sentido de progresión si el movimiento es gradual y suave o desconcertante y aleatorio si es brusco.

Todos estos aspectos deben ser tenidos en cuenta por los compositores para asegurarse de que el conjunto de sonidos, su orden, su rapidez, expresa de forma eficaz aquello que se quiere transmitir.

La combinación artística de sonidos

Todas las manifestaciones artísticas poseen la característica común de su naturaleza compleja. A grandes rasgos, puede decirse que ésta consta, por una parte, de un componente puramente formal o técnico, que se refiere al modo artesanal en el que se reúnen los elementos de los que se componen. Por otra parte, poseen un componente estético, mucho más sutil, que se relaciona con el valor que adquiere la obra artística, y que depende de las circunstancias históricas y los condicionantes personales del espectador.

Respecto a los aspectos formales, la técnica de una obra artística puede describirse como el modo en que se reúnen los elementos de los que se compone. De igual manera que la técnica pictórica puede describirse a grandes rasgos como el modo en que se combinan y organizan los colores para componer formas, y el modo en que éstas se disponen en el espacio, la técnica musical no es más que la forma en que se combinan y organizan los sonidos en el tiempo.

El aspecto estético de la obra de arte se relaciona directamente con el significado que ésta tiene. Las figuras que se plasman en un cuadro se encuentran dispuestas de un modo especial que aporta un sentido al conjunto de la obra, sin el cual carece de valor. De la misma manera, los sonidos deben ordenarse de forma coherente para que adquieran un significado, para que comuniquen una idea, una sensación o una emoción al espectador.

La música no puede disociarse de un tiempo y de una estética determinados, por lo que admite para su estudio la clasificación estilística habitual de la literatura o de las artes plásticas. En la imagen, una instalación de más de cuatro mil metros cuadrados muestra la figura del maestro barroco Johann Sebastian Bach durante el homenaje que le rindió la ciudad de Leipzig en el 250 aniversario de su muerte.

La música es también una manifestación cultural y como tal, está sujeta a los gustos imperantes en cada una de las épocas históricas. Por eso, se puede hablar de música barroca y música impresionista con la misma propiedad con que se habla de la pintura de estas mismas corrientes.

Desde este punto de vista, cada época aportó un valor distinto, produjo una forma diferente de enlazar entre sí los sonidos para crear una emoción estética. Durante el Barroco, la estética fue exuberante, llena de ornamentación y movimiento y concebida para el placer de los sentidos. La norma musical era entonces la abundancia de progresiones y cadencias, sobre todo en los tiempos alegres. Durante el romanticismo, por el contrario, se valoró el sentimiento por encima de la razón; la música era considerada el arte por excelencia, el ideal al que debían aspirar el resto de las artes porque influía de forma directa e inmediata sobre el espíritu. La música se convirtió en una afirmación de los sentimientos, y se valoró sobre todo la expresividad y la libertad, aunque no se rompió con las formas tradicionales. En el siglo XX, donde la actitud estética predominante valora la exploración del lenguaje artístico hasta sus últimas consecuencias, se replantearon todos los principios musicales vigentes desde el Renacimiento. El cómodo concepto de tonalidad se disolvió, se abandonaron las formas clásicas como las sinfonías y las sonatas, se exploraron nuevas fuentes sonoras y se emprendió el camino a la abstracción.

En muchas ocasiones, la música es un medio de deleite individual, pero otras veces, como sucede en las discotecas, se convierte en una expresión de alegría colectiva.

Ante la disolución de los conceptos estéticos tradicionales, no son pocos los melómanos que expresan su rechazo ante la música contemporánea, y siguen aferrados al ideal de la música como combinación bella de sonidos. Sin embargo, buscar sólo diversión o belleza en la música, o en cualquier otra manifestación artística, es no comprender su naturaleza compleja. La gracia de una composición musical consiste en saber combinar y organizar sonidos consonantes y disonantes entre sí para expresar sensaciones o emociones, que no tienen por qué ser necesariamente bellas, aunque pueden serlo.

La música como elemento de comunicación

La música es capaz de expresar ideas, sentimientos y emociones a través de los sonidos, y por tanto es efectivamente un lenguaje más con el que se establece la comunicación entre las personas. Lo que caracteriza al lenguaje musical es que los sonidos se encuentran en un plano más allá del mundo de las palabras, su efecto es más inmediato y por ello, es considerado como más universal. Esto no quiere decir que dos personas deban forzosamente sentir lo mismo ante una obra musical, pues la forma de entender la música posee un componente muy fuerte de experiencia personal. Pero si ambas personas proceden de entornos culturales semejantes, es muy probable que la experiencia estética que afecte a ambos sea similar.

La música se ha utilizado desde muy ­antiguo como medio de comunicación. Las fanfarrias que anunciaban la entrada en un recinto del emperador tenían por objeto advertir a quienes allí se encontraban de que debían estar atentos y guardar la compostura requerida. Los tambores que enardecían el avance de los soldados por el campo de batalla eran sentidos como expresión del propio poder por aquellos que avanzaban, y comunicaban terror a los soldados enemigos. La canción de cuna con que se adormece a los niños constituye un eficaz mensaje de confianza y ternura. Todos estos ejemplos ilustran asimismo las muy diversas funciones que adopta la música en el seno de un grupo social.

Dado que es indudablemente capaz de persuadir, de influir en el ánimo de las personas, la música se utiliza para diversos fines: la invitación al recogimiento propio de la música religiosa, la invitación al desenfreno característico de la música de baile, la cohesión social representada en los himnos, ya sean patrióticos o deportivos, y también en las danzas propias del folclore de un pueblo, y muchas otras funciones sociales. También se utiliza con eficacia el medio sonoro para reforzar el mensaje de otros medios de comunicación. Por ejemplo, la música comercial propia de los anuncios complementa el mensaje publicitario, y la música cinematográfica acentúa y complementa el discurso visual.