Los elementos de la música

La música se emancipó históricamente del mero sonido aquel día en que un ser humano decidió emitir sonidos de forma voluntaria, no casual, y ordenarlos de manera tal que tuvieran un significado claro no sólo para quien los compuso, sino también para quienes los escucharon.

Lograr que una pieza musical adquiera significado y provoque una respuesta emotiva en el oyente depende de muchos factores, entre los que se encuentran la correcta utilización de ciertas técnicas con las que combinar el ritmo, la armonía y la melodía, elementos principales que constituyen el propio lenguaje musical; la elección adecuada de los instrumentos que se desea que produzcan la música, el reparto equilibrado de planos sonoros, y otros condicionantes técnicos. Por supuesto, también influyen la habilidad e inspiración del compositor, sin la cual no existiría la obra.

Ritmo y tempo

La naturaleza muestra una gran cantidad de acontecimientos que se repiten en el tiempo de forma regular, como la sucesión de días y noches, el movimiento de las mareas y el ciclo de las estaciones. El ser humano posee también ritmos internos en la respiración o en los latidos del corazón. También se puede apreciar el ritmo en la sucesión de acentos que adornan las frases de una conversación normal; sin embargo, es en la música (y en la poesía), donde esta sucesión de acentos o ritmo es más consciente y por tanto, más regular y sistemática.

Tabla 1. Equivalencia entre los términos italianos de movimiento y el valor metronómico.

En música, el ritmo se consigue al ordenar una secuencia de sonidos fuertes y débiles y repetirla en el tiempo. Este sería el caso de, por ejemplo, una serie de taconeos que se repiten a lo largo de una canción. Dichos sonidos se ordenan en una unidad denominada compás que tiene una duración determinada y que se repite a lo largo de la composición musical.

En el compás, se ordenan los sonidos según ciertas subdivisiones. El sonido más importante, el que se acentúa de forma más fuerte, es el primero, y la importancia del resto de los sonidos depende de su posición con respecto a aquél. Según esto, se pueden establecer distintos tipos de compases como son el binario o el ternario. El primero consta de dos unidades, una fuerte y una débil; el segundo comienza con una unidad fuerte a la que siguen dos débiles.

El uso de un único tipo de compás a lo largo de toda la pieza musical no quiere decir que el ritmo se mantenga o sea monótono. El compositor puede jugar con los acentos dentro del compás, prolongando la duración de un sonido débil por encima del fuerte (síncopa) o situando los silencios en los tiempos fuertes del compás (contratiempo). Además, las composiciones musicales pueden recurrir a una única fórmula rítmica que se sucede de principio a fin, o bien combinar varias de distinto valor y duración; incluso pueden utilizar simultáneamente varios ritmos distintos (polirritmia).

Junto con el ritmo, el movimiento o tempo es la otra característica que proporciona el temperamento de una obra musical. Designa éste la rapidez con que se ejecutan los compases, la velocidad del pulso musical. Tradicionalmente se indica en el pentagrama (sistema de notación musical) con una serie de términos musicales en italiano, con sus respectivos aumentativos y diminutivos. Por ejemplo, si el compositor indica en el pentagrama adagio, quiere decir que los compases deben ser ejecutados lentamente; si por el contrario, indica presto, los compases deberán sucederse de forma muy rápida.

A finales del siglo xvii apareció el metrónomo, y desde entonces, aquellos compositores especialmente cautelosos con la interpretación de su música suelen añadir la indicación metronómica. Ésta expresa cuántas notas de cierto valor –en general la nota negra– se deben ejecutar por minuto (v. tabla 1).

También son habituales muchas otras expresiones italianas que matizan las anteriores, como giusto (justo), maestoso (majestuoso), assai (bastante), ma non troppo (pero no mucho), grazioso (con gracia), dolce (dulce) o con moto (con movimiento). Desde que surgió en el siglo XIX el nacionalismo musical también son usuales las indicaciones en alemán, francés e inglés; de hecho, desde entonces se admite cualquier indicación que ayude al intérprete a ejecutar la música según la intención del compositor. A este respecto cabe mencionar al compositor francés Erik Satie (1866-1925), cuyas partituras abundan en indicaciones extravagantes como, por ejemplo, en un pauvre souffle (con escaso aliento) y avec beaucoup de mal (con mucha dificultad).

Melodía

El elemento más importante de una composición musical es la melodía. Ésta es la sucesión de sonidos que constituye la «parte cantable» de la composición. Dicha parte puede ser interpretada por un cantante o por uno o varios instrumentos. Las melodías huyen de toda monotonía, suelen formar progresiones o sucesiones de notas de distintas alturas (graves y agudos) y duración variada, capaces de funcionar musicalmente por sí solas. Las composiciones que constan de una única melodía sin acompañamiento ninguno se conocen como monofónicas; aquellas que constan de dos o más líneas melódicas independientes y complementarias se conocen como polifónicas, y las melodías en las que todas las voces van al unísono, se denominan homofonías.

Las melodías son muy semejantes al lenguaje hablado en el sentido de que constituyen frases musicales completas, con sentido de unidad. En la antigua Grecia, donde tanto se contribuyó al desarrollo de la música, ésta se consideraba poco menos que una forma de acentuación de la poesía. Técnicamente cualquier sucesión de sonidos puede constituir una melodía, incluso una sencilla escala ascendente o descendente, pues no existe ninguna norma que regule su construcción: la melodía es producto sólo de la inspiración del artista.

La variedad de melodías es tan grande que escapa a cualquier intento de análisis. No obstante, se deben mencionar ciertas características que se cumplen en un amplio número de las más exitosas de la historia de la música. Una fórmula muy utilizada consiste en la progresión suave, sin brusquedad, de las notas de una escala como muestra el archiconocido pasaje de la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven (1770-1827), el «Himno a la alegría». Es sin embargo más común la mezcla de esta técnica con los denominados arpegios, como en la famosa melodía de John Lennon y Paul McCartney, del conjunto pop The Beatles, llamada Hey Jude. En general, las melodías tienden a buscar el equilibrio, de forma que las progresiones ascendentes de notas (por ejemplo, do-re-mi) son seguidas de progresiones descendentes (mi-re-do) y los momentos de tensión musical son seguidos de pasajes de relajación.

Motivo y tema

De la misma forma que una oración se articula en torno a una idea, una melodía nace en torno a un motivo musical. Este elemento es una porción (o frase) de una melodía que está constituida por dos o más notas; se desarrolla de diferentes maneras a lo largo de una composición y constituye su fundamento.

Los músicos nacionalistas como Bedrich Smetana (en la imagen, pintura con el compositor tocando el piano) explotaron la riqueza melódica de las músicas populares.

Los motivos melódicos se repiten, transponen, invierten y alteran en un proceso denominado desarrollo motívico. Con estos elementos se articulan temas, semifrases, frases y periodos musicales de mayor o menor extensión. En la música más tradicional es habitual construir las frases o porciones melódicas con un ritmo más o menos marcado; se crea así un conjunto de sonidos tensos y relajados que estructura las frases con una entonación parecida al lenguaje hablado. A menudo las frases toman la forma llamada de pregunta y respuesta: un motivo melódico produce un momento de tensión musical y luego se repite a la inversa para relajar dicha tensión.

La técnica del contrapunto consiste en la combinación de dos o más líneas melódicas. Alcanzó su época de máximo esplendor con Johann Sebastian Bach.

El tema es un fragmento compuesto de uno o más motivos melódicos; no forma una unidad completa y es susceptible de variación. A menudo, motivo y tema se utilizan como sinónimos aunque el tema suele contener uno o varios motivos. Cuando el tema consta de dos motivos, el segundo de ellos suele recibir el nombre de contramotivo (un ejemplo de ello lo constituye la célebre Marcha turca de Wolfgang Amadeus Mozart, 1756-1791).

Por otra parte, existen frases o periodos de mayor o menor longitud, pues no hay reglas que limiten la creatividad del compositor. Sin embargo, llama la atención el gran número de obras estructuradas en frases de ocho compases: su equilibrio –cuatro compases para realizar una pregunta y cuatro para responderla– parece tener un atractivo especial para los autores. De hecho, se puede decir que la longitud más frecuente de una frase musical es la de ocho compases.

Armonía

Cada sonido cuenta con una serie de sonidos secundarios de menor intensidad llamados armónicos, que aparecen simultáneamente y que se sitúan por encima de la nota fundamental. Teniendo esto en cuenta, se puede definir la armonía musical como la combinación de dos o más notas diferentes y simultáneas. En este sentido, se debe hablar de armonía cuando se aprecian dos o más sonidos simultáneos emitidos por uno o varios instrumentos y cuya finalidad es dar vigor y apoyo a la melodía. En un pentagrama, la armonía aparecería representada de forma vertical mientras que la melodía constituiría la representación horizontal; sin embargo, cuando se interpreta la composición, no hay diferencia entre ambas en el sentido de que armonía y melodía forman en realidad un conjunto que da sentido a la obra musical.

Contrapunto

Cuando la música consiste en una combinación de dos o más líneas melódicas independientes, pero que no obstante se encuentran ambas en una relación rítmica y armónica clara y definida, se dice que la pieza es polifónica o contrapuntística. El término contrapunto proviene del latín punctus contra punctum, es decir, nota contra nota, y es la técnica musical que se desarrolló en Europa a finales de la Edad Media y que culminó en pleno Barroco con Johann Sebastian Bach (1685-1750).

El contrapunto se caracteriza por dar gran importancia a la elección del motivo melódico. Éste es expuesto por la voz principal y después imitado en diferentes alturas, de forma claramente reconocible, por medio de ciertos artificios. La repetición presta a menudo mayor interés al ritmo del motivo que a la melodía, quizá debido a la mayor sensibilidad humana a los cambios de ritmo que a los melódicos. Un ejemplo de pieza contrapuntística donde se aprecian las diferentes imitaciones de las voces, es la Invención 1 de Bach.

Canon y fuga

Entre las formas musicales contrapuntísticas donde se utiliza la repetición de las voces de forma más característica se encuentran el canon y la fuga. El canon consiste en una repetición exacta del motivo melódico por otra voz o voces. La primera voz, llamada dux (duque), entona el motivo, mientras las restantes voces, llamadas comes (condes), lo repiten y el dux continúa con un desarrollo melódico. Un canon infinito, como el conocido Frère Jacques, es aquel en el que cada voz, al llegar al final, lo repite.

Los cánones gozaron de gran popularidad durante los siglos xvii y xviii, sobre todo en Inglaterra, y fueron cayendo paulatinamente en desuso. Todavía hoy pueden encontrarse en contextos menores como las canciones infantiles, y en composiciones más elaboradas con un sentido burlesco e irónico.

Cuando se compone una obra musical, se hace teniendo en cuenta los instrumentos que deben intervenir en ella. Richard Wagner (imagen superior) utilizó la fuerza de los instrumentos de metal para dotar de dinamismo y agresividad a sus composiciones; Georg Händel (imagen inferior) creó ambientes solemnes y líricos gracias al uso de instrumentos de cuerda.

Cuando se compone una obra musical, se hace teniendo en cuenta los instrumentos que deben intervenir en ella. Richard Wagner (imagen superior) utilizó la fuerza de los instrumentos de metal para dotar de dinamismo y agresividad a sus composiciones; Georg Händel (imagen inferior) creó ambientes solemnes y líricos gracias al uso de instrumentos de cuerda.

La fuga supone la estructura culminante de la técnica contrapuntística, y J. S. Bach es su más consumado maestro. En ésta, el tema melódico recibe el nombre de sujeto y va apareciendo en distintas voces y a diferentes alturas a lo largo de toda la composición. Cuando el sujeto ha sido expuesto por la voz principal, una segunda voz comienza una respuesta o imitación exacta del sujeto; mientras tanto, la voz principal continúa con una respuesta contrapuntística a la dada por la segunda voz, línea que se denomina contrasujeto. Una vez que la segunda voz termina de repetir el sujeto, puede entrar una tercera voz, con lo que se consigue una fuga a tres partes, y así sucesivamente. La mayor parte de las fugas son a tres o cuatro partes. Bach, en su Ofrenda musical, compuso una fuga a seis partes, una pieza de una dificultad compositiva extraordinaria.

Instrumentación y orquestación

Un elemento fundamental de una composición musical que afecta al sonido mismo lo constituye la naturaleza de los instrumentos y el número de éstos que son necesarios para llevar a cabo la correcta ejecución de la obra. Cuando un autor compone una obra para piano, por ejemplo, lo hace teniendo en cuenta el tipo de sonidos que produce este instrumento; si, además, decide añadirle una orquesta (composición para piano y orquesta), tiene en cuenta el juego sonoro de ambos y a menudo, compondrá partes solistas para que sean interpretadas por el pianista y las alternará con partes orquestadas, de más fuerza, para crear un contraste evidente.

Dado que los instrumentos tienen cualidades sonoras distintas, el compositor debe decidir qué partes de su obra son interpretadas por uno o por otros. Corresponde al director de orquesta llevar esto a cabo y, en algunos casos, darle una interpretación personal al ritmo de la composición. En la imagen, el director argentino Daniel Barenboim.

El estudio de las capacidades expresivas y tímbricas de cada instrumento, así como el de su tesitura –la extensión de notas que proyecta un instrumento– constituye el ámbito de estudio de la instrumentación. Las reglas con las que opera la instrumentación se encuentran en gran medida establecidas por la tradición y según criterios de sensaciones musicales más o menos evidentes. Las funciones asignadas a cada instrumento dependen asimismo del gusto de cada época histórica y del grado de desarrollo técnico del instrumento. Así, el timbre de violines y la ligereza de su ejecución fue considerado muy apropiado durante la época barroca para representar escenas naturalistas; en la actualidad, suelen ser muy utilizados por su sonido penetrante para transmitir sensaciones de terror en partituras cinematográficas.

También el desarrollo técnico de los instrumentos influye en el estilo musical de cada época. El piano se convirtió, por su timbre y por su capacidad expresiva, en el instrumento favorito durante el siglo XIX con el que expresar la hondura sentimental propia del periodo romántico.

La aplicación de los principios de instrumentación a la elaboración de partituras para una gran orquesta constituye la técnica de orquestación. En ella cobra gran importancia el reparto de los motivos melódicos y diferentes pasajes por cada familia instrumental, y la adecuada colocación de cada plano sonoro. Es decir, el compositor debe decidir qué partes de la melodía son interpretadas por, por ejemplo, los violines, y cuáles por los instrumentos de metal. El estilo imperante, el gusto del compositor y sus capacidades serán los factores que influyan en el resultado.

El italiano Claudio Monteverdi fue el primero en aplicar los principios de instrumentación a la elaboración de partituras para una gran orquesta.

La composición de las orquestas es muy variable desde el punto de vista histórico. Hasta el siglo xviii, las orquestas contaban principalmente con instrumentos de viento (oboes, órganos de tubo, etc.); a partir de entonces cobraron importancia los de cuerda (violines, violonchelos, pianos, etc.). El italiano Claudio Monteverdi (1567-1643) fue el primer compositor que especificó la orquestación para su ópera Orfeo, en 1607. Pocos años después se acostumbró a organizar los instrumentos de cuerda en cuartetos: dos de violines (primeros y segundos), uno de violas y otro de contrabajos y violonchelos. Hasta el final del Barroco, el clavicordio poseía un papel fundamental en la orquesta, el de dar el soporte armónico de las obras por medio del estilo llamado bajo continuo.

La orquesta que se toma como modelo de las modernas es la orquesta de Mannheim, compuesta por dos oboes, dos trompetas, dos cornetas, dos flautas, dos fagots y una sección de cuerda compuesta de violines, violas, violonchelos y contrabajos y timbales. Durante el romanticismo se añadieron clarinetes y trombones, con lo que se estableció la orquesta sinfónica, la cual contaba con cerca de cien miembros. Además se incluyeron arpas, varios percusionistas, intérpretes de celesta y otros instrumentos cuando la ocasión lo requería. Como añadido, se puede contar para la interpretación de misas, réquiems y otras obras corales con un gran coro. Con todo, algunos compositores como Hector Berlioz (1803-1869), Richard Wagner (1813-1883) o Gustav Mahler (1860-1911) encontraron estas orquestas excesivamente cortas para sus pretensiones musicales. Mahler compuso, por ejemplo, una sinfonía, la octava, que es conocida como «la de los mil» por requerir dos coros mixtos, uno de niños, ocho solistas y una orquesta gigantesca.

Los instrumentos

La construcción de artefactos sonoros con los que participar en rituales o comunicarse es tan antigua como el hombre, y por tanto, el desarrollo y perfeccionamiento de los instrumentos musicales es paralelo a la historia de la humanidad. Debido a este largo desarrollo, los expertos consideraron necesario hacer una clasificación de los distintos instrumentos; dicha clasificación constituye una disciplina musicológica denominada Organología.

La clasificación generalmente más aceptada de los instrumentos entre los expertos toma como criterio la manera de producción de sonido. Distingue las familias denominadas idiófona, membranófona, cordófona, aerófona y electrófono. Otra forma de clasificar los instrumentos, mucho más popular entre los legos, es la de instrumentos de cuerda, de viento, de percusión y mixtos.

Tabla 2. Algunos instrumentos idiófonos según el origen de la vibración.

Instrumentos idiófonos. Son aquellos instrumentos musicales que tienen como fuente sonora la propia elasticidad del cuerpo del instrumento; su cuerpo, de madera o metal, es duro pero tiene la elasticidad suficiente como para que, cuando es frotado o percutido, por ejemplo, mantenga un movimiento vibratorio que genera el sonido. Entre otros, son idiófonos las claves, las castañuelas, el xilófono, la caja china, los platillos, el gong y el triángulo (v. tabla 2).

Instrumentos membranófonos. En ellos el sonido se produce en una membrana tensa que se golpea o frota, como sucede con el tambor, el timbal o la caja. Algunos de ellos, como el timbal, pueden emitir notas de altura definida que se puede variar mediante un pedal que tensa y destensa la membrana. Junto con los instrumentos idiófonos, componen la familia de las percusiones (v. tabla 3).

Tabla 3. Algunos instrumentos membranófonos según el origen de la vibración.

Instrumentos cordófonos. Reciben este nombre los instrumentos que cuentan con cuerdas tensadas que vibran y producen el sonido. El modo en que se comunica la vibración a la cuerda es variado: por frotamiento con un arco de cuerdas tensadas, como ocurre en violines, rabeles, violas, violonchelos y contrabajos; por pulsación con los dedos o con una púa o plectro, como arpas, guitarras, laúdes y claves; o por percusión mediante un pequeño macillo recubierto de fieltro, como el piano. En estos instrumentos la altura del sonido se modifica alargando o acortando la longitud de la cuerda con los dedos o bien pulsando cuerdas de diferente longitud, como en el caso del piano (v. tabla 4).

Tabla 4. Algunos instrumentos cordófonos según la forma de transmisión de la vibración.

Instrumentos aerófonos. Llamados también instrumentos de viento, en ellos el sonido es producido por una columna de aire que se insufla en el interior del instrumento. En la mayor parte de los aerófonos, es el propio instrumentista el que introduce el aire en el instrumento con sus propios pulmones, como ocurre en trompetas, clarinetes, flautas y saxofones. En otros instrumentos como el órgano, el aire se introduce accionando unos fuelles (v. tabla 5).

Tabla 5. Algunos instrumentos aerófonos según la forma de insuflar el aire.

Instrumentos electrófonos. Aquellos que producen el sonido por medios eléctricos son llamados instrumentos electrófonos. Algunos de ellos no son más que los instrumentos tradicionales cuyo sonido se convierte en una señal eléctrica que posteriormente es amplificada, como la guitarra eléctrica tan inseparable de la música pop y rock actual. Otros son instrumentos totalmente nuevos, como el teremín, el generador de ondas Martenot y el sintetizador (v. tabla 6).

Tabla 6. Algunos instrumentos electrófonos según la forma de generar la electricidad.