La pintura

La pintura ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su historia, en forma de escenas de caza en las paredes de las cuevas, como ilustraciones trazadas sobre la piel con fines ceremoniales o de camuflaje, o bien como representación de sus deidades. Ha cumplido múltiples y muy diferentes funciones: ha sido registro de acontecimientos históricos importantes, vehículo de enseñanzas morales y mero objeto decorativo. Dada tal variedad de aplicaciones, definir qué es la pintura se convierte en una labor muy compleja. Son numerosas las definiciones que se han enunciado, siempre coincidiendo con las modas pictóricas de cada momento. Si se opta por la generalidad, y al mismo tiempo por la sencillez, se puede decir que la pintura es una superficie plana cubierta de colores con un cierto orden, definición dada por el pintor francés Maurice Denis (1870-1943).

El elemento que más contribuye a diferenciar la pintura del dibujo es el plano: las superficies ocupadas por colores. Los planos, en estrecha colaboración con el color y la luz, permiten crear una ilusión de volumen en el seno de la pintura, potencian la expresividad y hacen posible una representación más precisa del mundo real. Los colores empleados en la pintura se componen de una serie de pigmentos, encargados de aportar la tonalidad, y un aglutinante, gracias al cual los pigmentos se pueden aplicar a las superficies. Las diferentes técnicas pictóricas se basan en el uso de pinturas compuestas por unos u otros aglutinantes, además del soporte sobre el cual se realizan: muros, tela o papel. Algunas de estas técnicas son el fresco, el temple, el óleo y la acuarela.

El plano y la ilusión de volumen

Mientras que el dibujo se compone básicamente de líneas y puntos, en la pintura juega un papel fundamental el plano, el cual surge de la posibilidad de cubrir con color amplias superficies. Cuando una línea se cierra sobre sí misma crea la idea de una superficie.

La percepción de un plano como un elemento diferenciado dentro de una pintura se logra a través de la línea de contorno, de la textura y del contraste, que puede venir dado por la configuración del propio plano, por su tamaño o bien por su color. Estas mismas cualidades, adecuadamente manipuladas y combinadas, crean además sensaciones de acercamiento, alejamiento y volumen, que contribuyen a aumentar la impresión de profundidad de la pintura, y con ella su expresividad. Algunas de las posibilidades a este respecto son, por ejemplo, el aumento o disminución del tamaño de un plano respecto a otro que actúa como referencia, es decir, variaciones de tamaño que crean la impresión de acercamiento o alejamiento entre ambos. Hay variaciones de color que producen este mismo efecto; los colores cálidos se perciben como más cercanos, mientras que los fríos parecen alejarse.

El uso de diferentes planos, colores y sombreados, además de la superposición de unas figuras a otras, ofrece la posibilidad al pintor de crear efectos de tridimensionalidad, tal y como se puede apreciar en este cuadro de Gerrit Adriaensz Berckheyde, Plaza del Dam.

La textura, por su parte, es la apariencia de una superficie. Puede ser lisa, rugosa, áspera o granulada. Una textura suave y uniforme provoca sensaciones de lejanía y estatismo, mientras que una rugosa o irregular hace pensar en movimiento y se percibe de un modo más intenso y cercano.

De igual manera, cuando una forma tapa a otra da la impresión de encontrarse delante, resultando así una sensación de profundidad, de espacio de tres dimensiones. Además, las superficies de contornos ondulados producen sensación de curvatura, mientras que las aristas bien definidas conducen a pensar en dobleces. En ambos casos, se acrecienta también la impresión de profundidad. Por último, el sombreado, aplicado a una superficie, consigue que ésta parezca elevarse respecto al fondo.

Basándose en lo anterior, se pueden introducir dos nuevos conceptos referidos a la ilusión de volumen dentro de la obra pictórica: el escorzo y el modelado. El escorzo es un recurso expresivo mediante el cual los objetos son representados en posición perpendicular u oblicua respecto al plano visual, es decir, el cuadro. De este modo quedan acentuadas las diferencias de tamaño entre las partes más próximas al espectador y las más alejadas, con lo que se acrecienta la impresión de distancia.

El modelado, por su parte, se basa en el uso de la luz para representar el volumen de los objetos. Las partes que se representan iluminadas siempre captan antes la atención del espectador, mostrándose más cercanas. Por el contrario, las zonas en sombra parecen hallarse más alejadas, difíciles de percibir. Con este juego de zonas de luz y de sombra, se crea una sensación de volumen, a la vez que se puede dar idea de la solidez y peso del objeto representado.

También se puede llevar a cabo el modelado mediante el color. Determinados colores, los cálidos, producen el mismo efecto que la luz: las zonas sobre las que se aplican parecen encontrarse más próximas al ojo del espectador; mientras que los colores fríos producen el efecto contrario, alejando las zonas que poseen estas tonalidades.

Elementos fundamentales: luz y color

Al margen de consideraciones teóricas sobre la naturaleza de la pintura, lo que caracteriza principalmente a esta disciplina artística es la utilización del color. Éste se puede emplear tanto para el trazado de líneas como para el llenado de superficies, y facilita la imitación de la naturaleza en un cuadro; produce una impresión de realidad.

Por otro lado, al hablar de la luz en la pintura no nos referimos a la luz del mundo real, al ente físico que incide sobre una pintura y permite así que ésta sea vista por el espectador. La luz en la pintura es un efecto, una serie de estrategias a las que el pintor recurre para crear la ilusión de que los objetos que representa se hallan iluminados.

Si se tiene esto en cuenta, resulta sencillo deducir que tanto el color como la luz constituyen elementos fundamentales en la creación pictórica. Ambos contribuyen a dotar de expresividad a la pintura y facilitan la creación de sensaciones.

La luz

La luz representada en la pintura puede reproducir el comportamiento de la luz real, ya sea natural –diurna, nocturna o crepuscular– o bien artificial –procedente, por ejemplo, de velas, bombillas o fluorescentes–. En cualquiera de los casos, la luz surgirá de un foco luminoso, aunque éste no se halle presente (representado) en la pintura. También puede ocurrir que la luz se comporte de un modo radicalmente diferente: como una luz inventada, como un ente singular. En este caso las únicas leyes a las que responde son los deseos del pintor, que empleará este nuevo tipo de luz de acuerdo a las necesidades de expresividad y composición de la pintura. Un ejemplo de esta situación se presenta cuando en una obra pictórica no existe, o parece no existir, una fuente luminosa definida, sino que la luz proviene de los mismos objetos representados.

El color

En el mundo físico, la sensación conocida como color viene dada por el comportamiento de las superficies ante la luz. Dependiendo de qué longitudes de onda absorban y cuáles reflejen, el ojo humano percibirá un color u otro. Una superficie roja lo es porque absorbe todas las longitudes de onda de la luz menos las correspondientes al rojo, que rebotan sobre ella. Si una superficie rechaza todas las longitudes de onda, es decir, todos los colores, será blanca; si por el contrario las absorbe todas, será negra.

El color en la pintura es consecuencia de la absorción o reflejo de los distintos tipos de luces (superior). Esto provoca la aparición de los llamados colores pigmento (centro), cuya mezcla da origen a las «tintas» que pueden emplear los pintores para realizar sus composiciones (inferior).

Por otra parte, es necesario diferenciar entre dos tipos de «colores»: aquellos que proceden de la descomposición de la luz blanca (luz coloreada) y aquellos que derivan del reflejo de la luz sobre una superficie, o mejor dicho, sobre los pigmentos que cubren dicha superficie (colores pigmento). Éstos segundos son de gran importancia en la pintura.

Gama de colores preparados para su aplicación a la pintura. A veces, como sucede con las creaciones de Joan Miró, basta con una sencilla combinación de líneas sobre un fondo de variado cromatismo para obtener una obra de arte.

Gama de colores preparados para su aplicación a la pintura. A veces, como sucede con las creaciones de Joan Miró, basta con una sencilla combinación de líneas sobre un fondo de variado cromatismo para obtener una obra de arte.

Una primera clasificación de los colores pigmento lleva a separarlos en primarios y secundarios. Los colores primarios son el magenta, el azul cian y el amarillo, y se caracterizan por no poder obtenerse mediante la mezcla de otros colores. Todos ellos derivan del rechazo por parte de la superficie de una de las tres luces coloreadas primarias (rojo, azul violeta y verde). Así, la absorción de la luz coloreada verde y el rechazo de las restantes da como resultado el magenta, un color pigmento primario. Los secundarios son el violeta, el verde y el rojo, lo cuales se consiguen por la mezcla de colores primarios.

Para su clasificación, todos ellos se disponen ordenados en un círculo. La mezcla de un color primario con el secundario situado a su lado en el círculo, ofrece como resultado un color intermedio. Existen diversos colores intermedios según la cantidad de colores primarios que se utilicen en la mezcla. Por ejemplo, una mezcla de amarillo y magenta al 50% dará como resultado el color secundario rojo, pero si se aumenta la cantidad del primero hasta un 75% de amarillo, se obtendrá el color terciario naranja. Los colores situados en posiciones opuestas sobre el círculo reciben el nombre de complementarios, y son las parejas que forman un mayor contraste entre sí. Siempre que dos complementarios se mezclan se convierten en pardo o gris.

Es posible trazar una línea que divida el círculo de colores en dos mitades bien diferenciadas: la de los colores fríos, pertenecientes a la gama del azul; y la de los colores cálidos, que pertenecen a la gama del rojo. El amarillo se considera un color neutro, aunque si hubiera que incluirlo en uno u otro grupo, se haría en el de los colores cálidos. Esta división se basa en las diferentes sensaciones térmicas producidas por los colores: los azules, violetas y verdes se relacionan con el frío, mientras que los ocres, rojos y anaranjados lo hacen con el calor. Los colores cálidos y fríos poseen además otra cualidad. Se dice que los cálidos son salientes, se acercan más al espectador, captan su atención de una forma más potente. Por otro lado, los colores fríos son entrantes, causan una impresión de alejamiento del espectador. De aquí que en la pintura habitualmente se empleen los colores cálidos para los elementos situados en primer término y los fríos se dejen para los planos más alejados.

Tabla 1. Algunos colores básicos y las sensaciones que provocan.

Lo anterior introduce la cualidad de los colores relacionada con la producción de sensaciones. Éste es un campo complejo. Se ha comprobado que ciertos colores producen reacciones psicosomáticas en quien los observa. El rojo, el color cálido por antonomasia, causa impresiones de calor, alegría y pasión. El azul, sin embargo, provoca descanso, frío y decaimiento. Algunas de estas sensaciones están provocadas por la relación de los colores con ciertos elementos de la naturaleza, como el amarillo con la luz del Sol, el verde con la vegetación, el azul con el mar y el cielo, o el rojo con la sangre. Otras conexiones entre colores y sensaciones son más complejas y de orden simbólico: se ha decidido que los colores representen determinado concepto. De este modo, por ejemplo, el blanco se asocia a la pureza y el púrpura a la dignidad, de aquí que sea empleado en los ornamentos religiosos.

La habilidad para combinar los diferentes colores recibe el nombre de armonía. Se basa en la elección adecuada de los colores, y en el juego entre los cálidos-salientes y los fríos-entrantes, además de entre los complementarios.

En cuanto a su aspecto material, los colores que se emplean en la pintura se componen de dos elementos básicos. El primero es el pigmento, en forma de polvo, el cual produce la tonalidad del color. El segundo es el aglutinante, una sustancia que se mezcla con el pigmento, y que permite que el color se pueda aplicar a una superficie. Los pigmentos pueden ser naturales, como los óxidos de hierro para el color rojo, el carbonato de calcio para el blanco, o el lapislázuli para el azul, o bien artificiales, formados por combinación de productos químicos, y que dan lugar a una extensa gama de tonalidades. Existen asimismo dos tipos de aglutinantes: los acuosos, que pueden diluirse en agua, y los grasos. Entre los primeros se encuentran la cal o la yema de huevo, y entre los segundos, los aceites y las ceras.

Las técnicas de pintura

Los aglutinantes de los colores, además de los soportes sobre los que se realizan las pinturas, determinan las diferentes técnicas pictóricas. Entre éstas, las de mayor importancia son las siguientes:

El fresco. Los colores no llevan aglutinante alguno y los soportes suelen ser de grandes dimensiones, como paredes y techos. El fresco es una técnica habitual para la realización de murales. Antes de pintar es necesario preparar el soporte, lo que se hace en dos pasos. En primer lugar se lleva a cabo el revoque, que consiste en aplicar, sobre la superficie donde luego se va a pintar, una capa de masa compuesta de arena y cal, en proporción de 2 a 1, y mezclada con agua. A continuación se realiza el enlucido, consistente en otra mano de esa misma pasta pero con la arena y la cal en cantidades iguales. Cuando los colores se aplican a la superficie tratada, penetran en la pasta, que al secarse se vuelve permanente.

Frescos de la Capilla Sixtina, obra de Miguel Ángel. La técnica del fresco fue muy utilizada antiguamente para la decoración de edificios representativos. En la actualidad apenas se practica debido a su gran costo.

Esta técnica presenta varios inconvenientes. El mayor es que es necesario pintar con rapidez, mientras la base de arena y cal todavía está húmeda, para que los pigmentos puedan penetrar en ella. Además, los colores no son fluidos, lo que limita el tipo de trazos, y no es posible realizar correcciones.

El temple. Los aglutinantes empleados son yema de huevo y colas de origen vegetal. Entre los soportes más habituales se encuentran tablas, muros y lienzos. Es necesario tratar la base con una capa de yeso, pero se pinta sobre ella cuando ya está seca, lo que representa una ventaja respecto al fresco. Los colores tampoco son fluidos y, aunque es posible hacer correcciones, éstas son complicadas de realizar.

El temple suele utilizarse combinado con otros elementos, como sucede con En el país de la tinta, composición de temple y tinta china sobre papel encolado realizada por Pierre Alechinsky.

El óleo. El aglutinante empleado en los colores se trata de aceite de linaza, o bien de adormidera o de nogal. En ocasiones, a la mezcla de pigmento y aglutinante se le añade un barniz; el resultado es una pasta cremosa que se ofrece envasada en tubos.

El óleo se puede aplicar sobre casi cualquier tipo de soporte, si bien los más empleados son la tabla y, sobre todo, el lienzo. Los soportes se tratan previamente al proceso de pintura mediante una capa de yeso. Con esto se consigue que la superficie sea menos absorbente y posea la textura adecuada: ni muy áspera ni muy suave.

La pintura al óleo es una técnica muy empleada, pues mantiene con viveza la consistencia de los colores. Un buen ejemplo puede apreciarse en la Grupa valenciana, de Joaquín Sorolla.

Esta técnica presenta una importante serie de ventajas. El óleo se seca lentamente, a la vez que los colores no sufren alteraciones en el proceso. Se pueden efectuar correcciones, así como igualar, mezclar y degradar los colores. Es posible además aplicar la pintura en capas sucesivas, para crear efectos de transparencia o veladura. Las pinceladas no tienen que ser únicamente lineales, se pueden realizar aguadas, manchas y, aplicando colores muy espesos, empastes. Gracias a todo ello, las obras acabadas presentan una gran variedad de colores y son ricas en brillos y contrastes.

Para realizar una pintura al óleo se acostumbra a proceder por etapas. En un primer paso se traza un bosquejo a lápiz o carboncillo. A continuación se empieza a rellenar las zonas amplias con pintura diluida. Después, se van afinando los trazos y realizando correcciones mediante pintura progresivamente más gruesa. La aplicación del color se puede llevar a cabo con pinceles y brochas de diferentes durezas, pero también mediante espátulas. Cuando la pintura ha sido concluida se le aplica una capa de barniz a fin de protegerla de la suciedad y realzar los colores.

La acuarela. En este caso, los pigmentos se combinan con goma arábiga y abundante agua, dando lugar a mezclas de colores translúcidos, por lo que no existirá el blanco. El soporte acostumbrado es el papel, el cual es necesario humedecer antes de comenzar a pintar. Entre los inconvenientes de esta técnica se encuentra el hecho de que no admite correcciones.

El papel es el soporte habitual para la pintura tanto de acuarela –donde requiere ser previamente humedecido– como de pastel –en la que precisa una cierta rugosidad–. Las imágenes ofrecen sendos ejemplos de ambas técnicas: Patio del castillo de Innsbruck sin nubes, acuarela de Alberto Durero, y Autorretrato, pastel de Jean Baptiste Siméon Chardin.

El papel es el soporte habitual para la pintura tanto de acuarela –donde requiere ser previamente humedecido– como de pastel –en la que precisa una cierta rugosidad–. Las imágenes ofrecen sendos ejemplos de ambas técnicas: Patio del castillo de Innsbruck sin nubes, acuarela de Alberto Durero, y Autorretrato, pastel de Jean Baptiste Siméon Chardin.

El pastel. El aglutinante empleado es goma o jabón. Admite diversos soportes, pero el más usado es el papel, siempre que posea cierta rugosidad. Una vez concluida la pintura es necesario aplicarle un tratamiento fijador para que no se desprenda de la superficie.

El gouache. El aglutinante es goma. Incluye algo de yeso en su composición, además del aglutinante y el pigmento. Se acostumbra a aplicar sobre tela o papel. La textura final es gruesa, pastosa y muy expresiva.

El acrílico. Los pigmentos se mezclan en este caso con resinas sintéticas. Admite diversos soportes y posee la ventaja de producir tonalidades muy uniformes y texturas variadas. Se seca rápidamente.

Karolg Markó el Viejo, El baño de Venus. Aunque suele utilizarse junto a otras técnicas, el gouache puede resultar muy expresivo gracias a su textura gruesa y pastosa.

Tipos de soportes y barnices. En lo referente a los soportes para la pintura ya se han mencionado varios de ellos, como el papel, la tela, muros, paredes y techos. Otros posibles son las vitelas (pieles animales adobadas y pulidas), los laminados de marfil y de metal. Por su gran uso posee especial importancia el lienzo, una tela que puede ser de diferentes materiales, como lino, algodón o yute, tensada y clavada a un bastidor, o bien encolada sobre una tabla.

Representa una práctica habitual, antes de comenzar a pintar, aplicar un fondo sobre el soporte. De este modo se modifican las características de su superficie, regulando color, rugosidad y porosidad. Los fondos determinan la velocidad de secado de la pintura, así como su aspecto final. Uno blanco, por ejemplo, refleja la luz a través de la pintura y dota a ésta de un mayor brillo mientras que uno negro provoca el efecto contrario. Otra ventaja es que un fondo grueso cubre las irregularidades del soporte, impidiendo que asomen en la pintura. La composición de los fondos varía notablemente, pero todos se basan en una sustancia cohesiva, como el aceite o la cola, mezclada con un polvo inerte, ya sea blanco o de color, que puede consistir, por ejemplo, en yeso, cal o piedra pómez.

Se ha mencionado en el caso del óleo el uso de un barniz protector que se aplica a la pintura finalizada. Otras técnicas admiten un tratamiento similar, para lo que se pueden emplear sustancias como la cera, la clara de huevo, las resinas naturales y barnices industriales. El barniz, además de proteger la pintura, logra otros efectos, como ajustar los colores y el brillo.

Los temas de la pintura

Aunque a lo largo de la historia de la pintura han sido numerosos los géneros artísticos que se han ido sucediendo, en toda época y lugar los pintores han coincidido al tratar ciertos temas comunes, como son la religión, el retrato o el paisaje. Estas diferentes temáticas determinan los géneros de la pintura.

La magia. Se trataba de una temática muy habitual en las civilizaciones primitivas. La pintura adquiría un significado de posesión. Al realizarla, el artista se convertía en dueño del objeto del mundo real que estaba representando. Las pinturas rupestres que adornan las paredes de las cavernas (Altamira en España, Lascaux en Francia, etc.) son un ejemplo de esta temática. Los cazadores prehistóricos, antes de salir a por sus presas, realizaban pinturas de los animales que deseaban cazar, con lo que creían asegurar su captura.

Escena de caza en la cueva de Valltorta, Castellón.

La mitología. Esta temática se sitúa a medio camino entre la religiosa y la histórica. Se basa en la representación de dioses y héroes clásicos, los cuales simbolizan diferentes vicios y virtudes, con lo que la pintura adquiere un sentido moral. Hércules simboliza la fuerza, Baco la sensualidad y Venus la belleza, por ejemplo. En determinadas épocas artísticas, sin embargo, el uso de esta temática ha sufrido alteraciones. Durante el Renacimiento las imágenes mitológicas fueron utilizadas tan sólo por motivos estéticos, como medios para despertar un placer visual, al margen de su finalidad moral.

Sebastiano Ricci, Baco y Ariadne.

La religión. Es sin duda uno de los temas más importantes, probablemente el que más se haya tratado a lo largo de la historia de la pintura. Ya se encuentran ejemplos de pintura religiosa en las antiguas civilizaciones precristianas, como la egipcia, la persa o la mesopotámica. Quizá sea en este género donde se pueden encontrar una mayor evolución y amplitud de variantes, dependiendo en cada caso del mensaje que se desee comunicar y de la relación que en cada momento y época el ser humano ha mantenido con sus deidades. Las primeras representaciones del dios cristiano, así como de Buda, mostraban a un ser todopoderoso, remoto y misterioso, en claro simbolismo de una cabeza que había que seguir, de un líder. Otras pinturas religiosas poseen un carácter didáctico, como es el caso de las representaciones de santos realizadas durante el periodo barroco, donde se los mostraba como personajes modélicos. También se ha utilizado la pintura religiosa para despertar el miedo entre los fieles, como en las representaciones del Apocalipsis, del Juicio Final, del infierno o de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Por el contrario, otras imágenes persiguen despertar la fe y la esperanza, como es el caso de numerosas representaciones de la Virgen.

Albrecht Altdorfer, El martirio de san Florián.

La historia. En este caso la pintura sirve como registro y conmemoración de hechos históricos. Se ha utilizado por ejemplo para la celebración de victorias militares y coronaciones reales. Con el fin de acentuar el significado e importancia de los hechos representados, se recurre a menudo al uso de símbolos y alegorías. En la actualidad este género ha ido cayendo en desuso al ser reemplazado por la fotografía, que permite la captación instantánea de los hechos.

Eugène Delacroix, La matanza de Quios.

La temática costumbrista. Es la que muestra escenas de la vida cotidiana. Se puede considerar como una modalidad particular dentro de la temática histórica, puesto que se trata de testimonios gráficos sobre cómo ha discurrido la vida de los ciudadanos en las diferentes épocas, no solamente la de la realeza o los grandes héroes militares. Muestra escenas de trabajo, como la recogida de las cosechas, de la labor de los artesanos, de festividades tradicionales o de la vida en el interior de los hogares. Esta temática cobró especial importancia a partir del siglo xvii, debido al surgimiento de una nueva clase social: la burguesía. Los burgueses, situados entre la nobleza y el pueblo llano, buscaron autoafirmarse y dejar constancia de sí mismos mediante su representación en la pintura.

Jan Brueghel el Viejo, Feria flamenca.

El retrato. Las primeras muestras de esta temática, aparecidas en la antigüedad, surgían de la necesidad de los hombres de dejar constancia de su paso por este mundo. Así, la pintura, considerada como eterna, se imponía a lo efímero de la vida humana. A menudo la imagen de las personas representadas en los retratos se muestra deformada, buscando así una mayor expresividad de su personalidad, cualidades o importancia histórica. Se pueden encontrar así retratos idealizados, caricaturescos y alegóricos. Por supuesto, existe también el retrato realista. Algunas modalidades particulares son el retrato de grupo, el retrato familiar y el autorretrato. Este último cobró importancia durante el Renacimiento, cuando los pintores, que se representaban a sí mismos, ganaron importancia y reconocimiento, y pasaron de ser considerados como meros artesanos a la categoría artistas. El autorretrato era un modo de afirmar su autoridad. Al igual que ocurre con la temática histórica, el retrato en la pintura se ha ido abandonando progresivamente, al mismo tiempo que es sustituido por el retrato fotográfico.

Francisco de Goya, Retraro de Gaspar Melchor de Jovellanos.

El paisaje. El diferente uso que la pintura ha hecho de los paisajes divide a éstos en dos grandes tipos: los dependientes y los independientes. Los paisajes dependientes, muy frecuentes durante el Renacimiento, son aquellos que aparecen en las pinturas como un elemento más. Habitualmente constituyen el fondo o el decorado sobre el que se emplazan las figuras principales. Aunque en estos casos el paisaje posee sin duda una gran importancia desde el punto de vista de la composición, no se trata del protagonista de la obra.

Frederic Edwin Church, El corazón de los Andes.

Los paisajes independientes, por el contrario, sí se erigen como centro de la pintura. Se pueden encontrar ejemplos de este tipo en el arte chino del siglo iv, donde el estudio del paisaje en sí mismo, además del paso de las estaciones y los efectos del tiempo atmosférico, poseían gran importancia.

Otra clasificación posible es la que separa los paisajes en imaginarios, fruto de la imaginación del pintor, y naturalistas, que buscan una representación cercana a la realidad. En ambos casos, los estilos pueden ser muy distintos, variando desde la precisión hiperrealista a la visión poética o idealizada del paisaje.

El bodegón. Esta temática es conocida también como naturaleza muerta. Se basa en la representación de una reunión de diferentes objetos sobre una superficie. La tipología de estos objetos varía considerablemente. A menudo en su elección se pueden encontrar simbologías religiosas (vino, pan y agua) o filosóficas, que los relacionan con la vida y la muerte (relojes y cráneos). Al margen de su simbología, la pintura de bodegones cuenta con dos propósitos fundamentales: el decorativo y la representación de un modo de vida a través de sus objetos de uso cotidiano.

Caravaggio, Naturaleza muerta con flores y fruta.

La temática abstracta. Es la que trata la representación de conceptos abstractos, como ideas y emociones, y la producción de sensaciones visuales. Esto último lo consigue mediante líneas, colores y formas que no poseen un significado evidente ni conexión directa con la realidad. El significado de las obras es subjetivo.

Wassily Kandinsky, Pequeños mundos 4.

Otros temas habituales en la pintura son los animales, cuya representación ha sido muy abundante en todas las épocas, desde el arte rupestre a los bestiarios góticos; el desnudo, como una modalidad particular del retrato; y las versiones que los pintores realizan de obras pictóricas previas, lo cual no ha de ser considerado una mera copia, sino como una trascripción creativa.

Otras expresiones artísticas relacionadas con la pintura

El mundo de las vanguardias del siglo xx asistió a la aparición y posterior desarrollo de ciertas expresiones artísticas muy vinculadas a la pintura, pero con determinadas peculiaridades técnicas que aconsejan realizar su análisis por separado. Aunque han sido múltiples las formas estéticas «inventadas» en la pasada centuria, centraremos el estudio en las tres que han contado con mayor número de manifestaciones: el cartel, el cómic y el collage.

El cartel. El cartel como medio de expresión cobró importancia a partir de finales del siglo xix. La técnica de confección de carteles se caracteriza por la combinación de imágenes y textos, elementos que se apoyan unos a otros. Su finalidad es el anuncio de bienes y servicios, así como de determinados acontecimientos. El soporte habitual es el papel, adherido a una superficie rígida y expuesto en un lugar público.

La aportación de destacados pintores resultó esencial en la consolidación del cartel como una expresión artística de primer orden. La ilustración muestra dos carteles famosos: Moulin Rouge. La Goulue, de Henri de Toulouse-Lautrec y Cigarrillos París, de Ramón Casas.

La aportación de destacados pintores resultó esencial en la consolidación del cartel como una expresión artística de primer orden. La ilustración muestra dos carteles famosos: Moulin Rouge. La Goulue, de Henri de Toulouse-Lautrec y Cigarrillos París, de Ramón Casas.

Los carteles se han empleado con frecuencia para fines comerciales, pero también como medios de propaganda política. Su época de auge se situó en la última década del siglo xix y las primeras del siglo xx, cuando importantes artistas –inevitable es citar a Henri de Toulouse Lautrec– escogieron el cartel como forma de expresión. Más adelante, con la llegada de las vanguardias fue también objeto de atención y se profundizó en su técnica. Hoy día no cabe duda acerca de la consideración artística del cartel.

El cómic. El cómic, también llamado historieta o tira cómica, surge de la evolución de las imágenes que en ocasiones acompañaban a los libros y que mostraban de forma gráfica pasajes del texto. Consiste en la narración de una historia por medio de imágenes acompañadas de textos de apoyo. Cada imagen diferente adopta el nombre de viñeta.

Los cómics aparecieron a comienzos del siglo xx. En aquel momento narraban historias muy breves, de apenas unas pocas viñetas. Poseían en su mayoría un carácter humorístico e iban destinados al público infantil. Se publicaban como una parte más dentro de periódicos y revistas. A partir de la década de 1930, el cómic ganó complejidad como forma de expresión, al tiempo que su difusión aumentaba notablemente. Esto se evidenció con su independencia de otras publicaciones y el comienzo de su comercialización en formato de cuadernillos independientes. Su técnica mejoró y los temas tratados se ampliaron, con lo que el cómic comenzó a dirigirse a públicos de todas las edades.

El collage. Bajo el nombre de collage se conoce una técnica que consiste en fijar sobre una superficie una serie de materiales muy diversos: fragmentos de tela, papel, cartón, corcho, fotografías, etc. Se diferencia de la pintura en que mientras en ésta la creación de una imagen se realiza mediante puntos y líneas, en el collage las imágenes surgen de la forma de los materiales que se empleen y de su combinación.

La técnica del collage añade a los tradicionales materiales pictóricos elementos como el cartón, la madera, el cristal o el corcho, todo lo cual puede combinarse de la manera más caprichosa. La imagen muestra la obra Diana con cuatro caras, creación de estilo collage del estadounidense Jasper Johns.

En la ejecución de un collage puede utilizarse prácticamente todo lo que sea posible pegar a una superficie: madera, fragmentos de cristal, plumas, grava, piezas de maquinaria… Con esta técnica se obtienen obras provistas de una enorme variedad de texturas y efectos visuales. También es posible combinar el collage con cualquier técnica pictórica, como el óleo, la acuarela o el acrílico.