La música y la danza escénicas

La música como forma de expresión se encuentra en todas las etapas evolutivas del ser humano, hasta tal punto que parece inseparable de su existencia. Desde los primeros hombres primitivos que vivieron en cuevas, hasta el hombre contemporáneo que vive entre máquinas en un mundo globalizado, la música aparece como parte sustancial de su forma de expresarse y comunicarse, tanto con su entorno como con otros seres humanos. La música escénica incluye desde el hombre que alza su voz en solitario frente a otros hasta las formaciones multitudinarias, orquestales, que emplean instrumentos de viento, metal, percusión y cuerda, además de los grandes espectáculos que utilizan inmensos y grandiosos decorados, vestuarios y bailarines. La naturaleza de la música escénica, al igual que sucede con la naturaleza de todas las formas de expresión humana, está sujeta a múltiples variaciones históricas y al desarrollo de nuevas teorías melódicas y de nuevas tecnologías, de tal manera que termina por convertirse en un fiel reflejo de la historia intelectual y cultural de la humanidad.

La naturaleza de la música escénica

La función de la música escénica es la de transmitir al público ideas y emociones. La comunicación entre la persona que interpreta una melodía y el público que la escucha nace del gusto por parte del espectador de «reproducir» los sonidos que le llegan desde el escenario, de dejarse llevar por lo que los sonidos inspiran en él. La música está tan arraigada en la esencia del hombre debido a que ésta tiene su origen en el propio cuerpo humano: los ritmos son en su origen la imitación del latido del corazón o el sonido de la respiración, los primeros instrumentos de viento imitan la voz humana. En definitiva, el espectador se involucra en los espectáculos musicales integrándose en las melodías y en los ritmos que en ellos se reproducen porque siente hacia la música una peculiar familiaridad, una fascinación que está más allá de las diferencias históricas y culturales.

En gran parte de las sociedades tribales o primitivas, la música y el baile no tienen un carácter escénico, es decir, no hay una diferencia clara entre el espectador y el intérprete. Se trata sobre todo de actos rituales que involucran a toda la comunidad. En la imagen, miembros de una tribu de Nueva Guinea ejecutan una danza tribal.

Origen de la música y nacimiento de la música escénica. Ya en las cuevas habitadas por los hombres prehistóricos se pueden encontrar los primeros restos que apuntan a una muy temprana relación entre el hombre y la música. Los hombres primitivos construyeron los primeros instrumentos musicales empleando sobre todo hueso, madera y pieles animales para elaborar instrumentos de viento, como el cuerno, e instrumentos de percusión, como los tambores. Para el hombre primitivo la función de la música era básicamente ritual. Se cantaba y bailaba para ponerse en contacto con los elementos sobrenaturales, con los dioses, para que los protegiesen de sus enemigos e hiciesen favorable la caza. En esta etapa de la música aún no existe la música escénica propiamente dicha, ya que no se establece una diferencia clara entre el espectador y el intérprete. Toda la tribu participa del rito de la música, sin diferenciar espacios ni actores. Será a partir de la civilización griega clásica cuando el público se separe de los intérpretes, tanto en los espectáculos musicales como en los dramáticos o teatrales.

El intérprete. En las sociedades primitivas el músico no era tanto un intérprete como un enlace entre el mundo de los hombres y el de los dioses. Así pues, no interpretaba ninguna clase de melodía, más bien cantaba plegarias que no estaban registradas en una partitura. El origen del intérprete, tal como es entendido en las sociedades contemporáneas, es reciente. Surgió en los siglos xvi y xvii, de forma paralela al desarrollo de la escritura musical y la transcripción de notas, melodías, tiempos y ritmos en una partitura. Hasta que no se desarrolló la notación musical fue imposible realizar ninguna clase de interpretación, ya que no se podía seguir un patrón interpretativo, unas notas escritas que hiciesen saber al cantante o al músico si estaba siendo completamente fiel a las melodías originales. A partir del desarrollo de la notación musical –el sistema que posibilitó anotar sobre una partitura las estructuras, los tonos y las armonías que componen una melodía–, el músico supo con precisión cuáles eran las notas que debía interpretar y cómo hacerlo. Desde ese instante el intérprete ha tenido que combinar, por un lado, la fidelidad a la partitura, siguiendo lo escrito en ella, y, por otro, sus propias emociones y su propio temperamento para expresar, de manera personal, lo que otros escribieron.

Los medios en la música escénica. Los instrumentos empleados en la música escénica son muy variados. Van desde la voz del solista o el coro hasta los instrumentos electrónicos creados en la era contemporánea. Según los musicólogos, en primer lugar se emplearon los instrumentos más simples, como la voz, algunos utensilios de viento (cuernos, flautas) y la percusión; después se crearon los instrumentos de cuerda, como el laúd. A partir del siglo xx, con el desarrollo de las nuevas tecnologías se crearon los aparatos electrónicos, que en principio se utilizaron tan sólo para imitar sonidos naturales, pero que terminaron generando su propia forma de música, sus propios sonidos, ritmos y melodías.

La figura del intérprete nace realmente en la época moderna, cuando el músico «interpreta» las obras compuestas por un autor. En la imagen, Señora tocando la espineta, cuadro del siglo xvii obra de Jan Vermeer.

De entre todos los medios que participan del hecho musical destaca el virtuoso o solista. El intérprete virtuoso es aquel que desarrolla en solitario lo que está escrito en una partitura y el que produce una mayor admiración en los espectadores, ya que concentra en su persona y en su interpretación la totalidad de la composición. El acompañamiento no hace sino poner a prueba al virtuoso, acentuando los momentos en los que debe esforzarse más y creando pasajes de transición entre los fragmentos más dramáticos, con el fin de dar un respiro al espectador. Además de las veladas en solitario, los conciertos con acompañamiento orquestal constituyen el modo ideal para el lucimiento de los solistas.

La música de cámara

La música de cámara es la que está compuesta para ser tocada por bandas pequeñas, por un número restringido de instrumentistas. En su origen se trataba de música especialmente compuesta para ser escuchada en el hogar, al contrario que la música orquestal, que se componía para su audición en grandes teatros. Suele ser interpretada por un solista y varios instrumentistas de cuerda y órgano. Su estilo es intimista y sutil, de pocos recursos instrumentales –ya que emplea escasos instrumentos–, pero cargado de sentimientos e ideas refinadas. En ocasiones consiste en la versión reducida de grandes sinfonías para ser escuchadas en ambientes recogidos.

La importancia de la música de cámara se debe a su antigüedad y a la calidad de sus composiciones. Hacia el siglo XV se pueden encontrar ya los orígenes de este género en Alemania, donde se tocaban melodías populares. Dos son las principales influencias directas de las que la música de cámara toma su estructura y su naturaleza. Por un lado, las canciones italianas para iglesia; por otro, los bailes de salón. En ambos casos se crean melodías para ser interpretadas por pocos instrumentistas, siguiendo estructuras compuestas por secciones, que dividían las obras en partes e introducciones. A partir del siglo xvii la música de cámara se independiza de sus influencias y se lleva fuera de las iglesias y los bailes de salón, convirtiéndose en un género musical al que se aficionaron los grandes compositores de la historia de la música clásica (prácticamente todos los compositores sinfónicos han dedicado una parte de su obra a este tipo de música).

La música de cámara suele ser interpretada por un número restringido de instrumentistas y tiene un carácter a menudo intimista. En la imagen, cuarteto de cuerda, una de las formaciones camerísticas más habituales.

El sistema tonal. El desarrollo del sistema tonal por parte de los músicos y los teóricos de la música del siglo xvii tuvo una importancia inmensa en el nacimiento de la música sinfónica y en la autonomía de la música de cámara, así como en el desarrollo de otras formas de música escénica. Con la creación del sistema tonal, las melodías que interpretaban los instrumentos dejaron de ser imitaciones de las melodías que realizaban las voces de solistas y coristas para pasar a tocar su propia música.

El sistema tonal estudia y relaciona entre sí los diferentes tonos que hay en una melodía, creando armonías, acordes, tonos protagonistas, secundarios, mayores y menores. Se crean las partituras, en las que el instrumentista lee las melodías y desarrolla las posibilidades de cada uno de los instrumentos. Aparece también en esta época la división de las melodías en dos tipos: por un lado, la principal, predominante, la puramente melódica, que destaca sobre las demás; por otro, el bajo, el acompañamiento, que refuerza y marca aquellos aspectos de la melodía que necesitan mayor o menor dramatismo. Cada instrumento tiene, a partir de la creación del sistema tonal, su propio lenguaje instrumental. El mundo de la composición gana en riqueza y matices, ya que deja de atenerse a las estructuras y las melodías populares y vocales y empieza a generar nuevos compases, estructuras y armonías.

La armonía. De la teoría de la escala tonal surgen los acordes. Un acorde consiste en la puesta en relación de un grupo de tonos o notas que llevan a un sonido armónico. El sonido principal de una armonía se apoya en una serie de sonidos o tonos secundarios que completan su sonido armónicamente. A partir de finales del siglo xviii estos acordes comenzaron a huir de la armonía y se buscó la disonancia. Los sonidos secundarios dejaron de apoyar ya el sonido principal, y comenzaron a exhibir su propia melodía. Ludwig van Beethoven y Franz Schubert fueron los primeros en explorar estos tipos de armonías.

La orquesta y las sinfonías

A diferencia de la música de cámara, la música sinfónica se compone para ser tocada por una orquesta –conformada por numerosos instrumentistas–, en un recinto de grandes dimensiones. La música para orquesta no se creó hasta el siglo xvii; es, por tanto, más tardía que la música de cámara, y se basa en la conjunción de muchísimas melodías e instrumentos bajo la batuta de un director, que da cohesión al sonido a partir de la partitura y de la interpretación que hace de ella.

La música sinfónica requiere de numerosos instrumentistas acompañados a veces de un coro. Éste es el caso del concierto que se observa en la imagen, ejecutado en el Hollywood Bowl de Los Ángeles.

La orquesta está compuesta por tres grupos de instrumentos: los de viento –que se dividen en maderas (como la flauta, el oboe y el clarinete) y metales (trompetas, trombones, etc.)–, los de percusión (timbales, bombo) y los de cuerda (por ejemplo, violines y violonchelos). No obstante, en determinadas piezas la formación orquestal sinfónica puede enriquecerse con otros diversos instrumentos e incluso con la voz humana, como ocurre, por ejemplo, en los grupos solistas y corales de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Cada uno de los grupos de instrumentos suele seguir su propia melodía, que se complementa con la de los otros grupos instrumentales. Debido a que las orquestas deben buscar sobre todo la compenetración de gran número de instrumentos –a diferencia de lo que ocurre en la música de cámara, de instrumentación muy reducida–, el que conduce las interpretaciones no es un instrumentista más, sino un director, que con la batuta marca cuándo debe entrar cada músico, cuándo se debe tocar con más fuerza y cuándo con más sutileza.

Dado el gran número de intérpretes que hay que coordinar para la ejecución de una obra sinfónica, se hace imprescindible la figura del director de orquesta, quien coordina los tiempos, da entrada a los instrumentos, etc. En la imagen, el director argentino-israelí Daniel Barenboim dirige a la orquesta del West Eastern Divan.

La ópera

La ópera es un drama musical, una historia contada a través de la música empleando voces y acompañamiento orquestal. Estructuralmente emplea sus propias formas, como las oberturas, que son una introducción musical, o los interludios, que son pequeños descansos en la trama o historia principal. La voz suele ir acompañada de música de fondo, aunque también es posible que se escuche sin ella. Richard Wagner, uno de los más grandes compositores de ópera de todos los tiempos, empleaba siempre las voces sobre un fondo orquestal.

El término «ópera» procede del italiano, y quiere decir «obra» o «trabajo», refiriéndose en concreto a «trabajar en la música». Consta por un lado de un libreto («pequeño libro» en italiano), en el que se señala el desarrollo dramático de la narración, y de una partitura musical, que indica el acompañamiento orquestal. Así pues, en lo que a medios se refiere la ópera hace uso de una orquesta, diversos solistas vocales y grupos de coros y de bailarines.

Muchos son los elementos que confluyen en la creación de una ópera, convirtiendo el género en la forma de música escénica más compleja y arriesgada. Lo primero que se necesita es el trabajo de un grupo de arquitectos e ingenieros que diseñen y construyan una sala donde dar cabida al espectáculo operístico. Para ello deben tener en cuenta diversos factores: la acústica de la sala, el aforo necesario para acomodar al abundante público que suele asistir a estas representaciones, las medidas suficientes del escenario que permitan desenvolverse a cantantes y bailarines y que resalten los decorados, un espacio para la orquesta, etc. En la ópera es además necesario un productor que coordine el trabajo de todos los elementos que participan en el espectáculo: desde el dinero empleado en montar la obra hasta el trabajo de los maquilladores, escenógrafos, actores y músicos. También ha de contar con un director musical y otro artístico.

Representación de Las bodas de Fígaro, ópera compuesta por Wolfgang Amadeus Mozart. La ópera conjuga el género teatral con el lírico, utilizando para ello estructuras propias como las oberturas, las arias, los duetos, etc.

Así pues, una obra operística requiere un esfuerzo económico y logístico muy grande, lo que hace que cada representación necesite de mucho tiempo para ser preparada. Los músicos y los cantantes tienen además que adaptarse a los gustos del libretista y el director, que dicen cómo debe interpretarse el libreto. Los vocalistas no tienen únicamente que cantar lo que aparece en la partitura, sino que además deben interpretar el papel que les es asignado. Son tanto actores como cantantes. Todo esto hace de la ópera un ejercicio complejo y arriesgado tanto para los productores como para los artistas.

Algunos subgéneros derivados de la ópera

El éxito de la ópera en los ambientes sociales llevó a la creación de muchos subgéneros derivados de aquélla. Según el contexto social, cultural e histórico, se fueron creando formas de música escénica basadas en mayor o menor medida en la originaria ópera italiana.

La ópera cómica. Tiene su origen en las óperas de corta duración del siglo xvii, pero comenzó a representarse de forma habitual una centuria más tarde. A partir del siglo xix se independizó en Francia como subgénero. Consiste básicamente en una ópera corta y de pocas pretensiones. La música es sencilla y las tramas simples, sentimentales. Su función no es tanto producir experiencias estéticas en el espectador, hacerle sentir que se encuentra ante algo bello, como entretener, divertir. Es habitual que los textos narrativos sean hablados, en lugar de cantados, y se buscan los finales felices para contentar al público. Afines a la ópera cómica son la opereta, la ópera bufa italiana, la zarzuela española y la comedia musical. Dado el nivel alcanzado por estas dos últimas modalidades, conviene estudiarlas separadamente.

Las comedias musicales son producciones de corte teatral cuyo objetivo es divertir al espectador. En la imagen, representación de Jesucristo Superstar, una de las comedias musicales más populares del siglo XX.

La zarzuela. Se trata de un género nacido en España en el siglo xvii para distraer a la aristocracia. Las primeras representaciones tuvieron lugar en Madrid. En el Siglo de Oro, eminentes autores como Lope de Vega y Calderón de la Barca escribieron libretos de zarzuela. El género alcanzó su mayor auge en el siglo xix y el primer cuarto del xx, cuando se popularizaron las obras de compositores como Tomás Bretón, Federico Chueca o Pablo Sorozábal. En sus tramas se busca lo ordinario, el pueblo llano y el costumbrismo. Se emplean melodías y danzas populares, que incluyen improvisación y cierto caos en las representaciones. Existen dos tipos de zarzuelas: las pertenecientes al género chico, que se desarrollan en un solo acto; y las pertenecientes al género grande, más pretenciosas, estructuradas en dos o cuatro actos.

La comedia musical. La comedia musical es una producción de corte teatral que busca tocar los sentimientos del espectador, tratando sobre todo de divertir y empleando para ello tramas simples contadas a través de la música, la danza y los diálogos. Tiene su origen en el siglo xix, en la ópera cómica, el vodevil, el show de variedades y la pantomima. Los primeros espectáculos de comedia musical mezclaban ballet francés, ejercicios circenses e interludios dramáticos, intentando fusionar historias serias con elementos burlescos y desenfadados.

Desde los inicios del siglo xx se fueron desarrollando en los Estados Unidos los aspectos específicos de la comedia musical, alcanzando ésta su esplendor en la década de 1930. Entre sus autores más reconocidos se encuentran Cole Porter y Leonard Bernstein, quien llevó al cine su obra más famosa, West Side Story. A partir de la década de 1960 los musicales se vuelven más ambiciosos y trabajan con nuevos elementos de la cultura musical popular, incluyendo grandes efectos luminotécnicos, luces estroboscópicas, complejos montajes teatrales y tramas socialmente comprometidas. A este periodo corresponden obras como Jesucristo Superstar, Hair o la ópera rock Tommy. Con estas obras la comedia musical escapa del sentimentalismo y la simpleza de antaño para convertirse en un género profundo en el que se mezclan temáticas sociales, ideales religiosos y diversión. La popularidad de este tipo de espectáculos se hace evidente a partir de la década de 1970, cuando nacen obras como Cats o El fantasma de la ópera, que se mantienen en los teatros en la actualidad.

El ballet

El ballet es una forma de danza que se representa como una obra de teatro, pero evitando el uso de la palabra. Puede ser interpretada por uno o más bailarines, y habitualmente, aunque no siempre, emplea música de fondo, buscando la armonía expresiva entre cuerpo y melodía. El ballet tiene su origen en Francia, y durante mucho tiempo se equiparó sin más con la danza, aunque, como género, posee sus propias particularidades.

Vestuario habitual de bailarina de ballet clásico. En esta especialidad, la posición de brazos y piernas es fundamental para dar sensación de suavidad y liviandad.

El cuerpo. El ballet aparece estructurado según una serie de posiciones que el bailarín debe adoptar. Estas posiciones tienen su origen en los bailes que se desarrollaban en los palacios, y se basan sobre todo en el comportamiento de los pies y de los brazos.

En líneas generales, los pies deben mirar siempre hacia fuera, con lo que se tiene una mayor capacidad de movimiento. Esta posición de los pies posibilita que se salte con mayor facilidad, ya que de lo que se trata es de que el bailarín parezca no estar sujeto a su propio peso. A los pies abiertos tiene que corresponder una espalda erguida y adelantada, para que dé siempre la impresión de que el cuerpo está elevado. Los pies deben pasar por cinco posiciones básicas que armonizan con los movimientos descritos por el resto del cuerpo. Lo fundamental en los brazos del bailarín es que no adopten posturas forzadas, que no describan ángulos cerrados que rompan la armonía del cuerpo. Para ello se pretende sobre todo que describan líneas suaves, redondeadas, dando sensación en todo momento de naturalidad y belleza. A las cinco posiciones de los pies corresponden otras tantas posiciones de los brazos, que buscan la armonía de todas las partes del cuerpo.

La música de ballet. A lo largo de los siglos xviii y xix se compusieron muchas obras para ballet, aunque no todas ellas fueron de calidad. En sus orígenes el ballet tomaba la música como un simple elemento de acompañamiento, por lo que las composiciones no eran especialmente complejas ni bellas. Fue más tarde, sobre todo a través de la música para ópera, cuando grandes autores como Ludwig van Beethoven, Piotr Tchaikovski, Manuel de Falla o Serguei Prokofiev compusieron bellísimas piezas de ballet.

La escena en el ballet. Es en su aspecto escénico donde el ballet alcanza un desarrollo más complejo, necesitando cada espectáculo un sinfín de elementos. Uno de ellos es la escena. En un principio el ballet se desarrolló sobre todo en palacios, situando a los espectadores frente al escenario. Posteriormente se introdujo el telón, elemento esencial que permitía una drástica separación entre los bailarines y el público y, a partir de mediados del siglo xvii, se comenzaron a crear recintos especialmente destinados al ballet, con un escenario de madera sobre el que se danzaba, que quedaba oculto por el telón fuera de las representaciones.

La música para ballet experimentó un gran impulso en el siglo XIX, cuando grandes compositores dedicaron sus esfuerzos a escribir excelentes obras para este género. En la imagen, escenografía de La bella durmiente, con música de Piotr Tchaikovski.

Los decorados son una parte importante de estos escenarios. Sirven para distinguir el mundo del bailarín del mundo del espectador. Los decorados representan las circunstancias sobre las que se desarrolla la trama, y pueden ir desde una simple tela hasta trabajados entornos con distintos ángulos que posibilitan varias perspectivas. De igual modo, la iluminación es fundamental para completar el significado de los decorados. A través del empleo de distintas luces se puede dramatizar o suavizar lo que sucede sobre el escenario. Sirve además para destacar a los protagonistas y dejar a otros bailarines en segundo plano. Por otro lado, el vestuario, que comenzó siendo un sencillo traje de corte, terminó convirtiéndose en sí mismo en una forma de arte. Los vestuarios pueden ir desde sencillas telas hasta trabajados vestidos capaces de representar emociones.

Por último, las tramoyas desempeñan un papel fundamental en el desarrollo del ballet. Son mecanismos que sirven para que el escenario sea dinámico. Las tramoyas se encargan de levantar el telón, modificar partes de los decorados e incluso cambiar de un decorado a otro. Son, por tanto, fundamentales para el desarrollo de determinadas tramas, que necesitan más de un escenario.

Elementos de la danza

La danza se puede clasificar siguiendo un gran número de criterios, que van desde la distancia entre los bailarines hasta el espacio en el que se desarrolla. Los criterios se basan habitualmente en la relación que se establece entre los bailarines y los distintos elementos que definen la danza, como la profesionalización del arte o la relación con el público.

El espectador y el bailarín. Atendiendo a la situación de los espectadores en relación con los bailarines, la danza puede ser más o menos sugestiva. En el caso de que el bailarín no se mezcle con el público, éste tendrá con el espectáculo una relación puramente pasiva, mientras que si los artistas danzan al mismo nivel que los espectadores, sin separación clara entre unos y otros, el espectáculo será mucho más vivo aunque menos académico. También es importante en este sentido el nivel en el que se encuentre el escenario en relación a los espectadores. Si se halla a la misma altura, el público sólo verá muy limitadamente los bailes, por lo que los bailarines se verán obligados a realizar movimientos oblicuos para dar sensación de profundidad. Si el escenario se encuentra bajo los palcos, como sucede en las grandes salas de teatro, el espectáculo será mejor captado en todas sus dimensiones.

El recinto. Dependiendo de cómo sea el lugar en el que se desarrolla la danza o el ballet, el espectador tendrá también una relación diferente con el espectáculo. Los recintos pequeños dan una visión mucho más íntima de las evoluciones de los bailarines, mientras que los grandes locales hacen que los detalles sean menos evidentes.

Los recintos en los que el escenario está frente a las butacas, a su mismo nivel, se llaman auditorios; aquellos en los que las butacas están dispuestas semicircularmente frente al escenario, subiendo poco a poco hacia el techo de manera escalonada, se denominan «teatro griego», y los recintos en los que el público aparece dispuesto alrededor del escenario, subiendo poco a poco hacia el techo, se denominan «arena».

El bailarín profesional y el bailarín lúdico. Desde que el bailarín tuvo conciencia de la autonomía de su arte, cuando la danza comenzó a independizarse de los palacios, nació el baile como una disciplina artística. El bailarín profesional se dedica con exclusividad a trabajar su cuerpo para que pueda responder a las exigencias de las emociones que transmite la música. Se trata de una profesión severa y rigurosa que apenas dura unos años. En otro orden se sitúa el bailarín lúdico, que sólo busca en el baile una forma de diversión, un modo de relacionarse socialmente. El término medio se puede encontrar en el bailarín semiprofesional, que acude a academias para aprender, que trata de cuidar la elasticidad y la formación de su cuerpo, pero que no busca en la danza una forma de vida.

La danza puede ser ejecutada por un bailarín o por un conjunto. Generalmente, la primera será más sencilla, a no ser que el bailarín haga gala de su virtuosismo; la segunda requiere de una coreografía muy ensayada para conseguir el efecto visual deseado. En la imagen, dos momentos de una interpretación de Joaquín Cortés: en solitario y con un conjunto de bailarinas.

La danza puede ser ejecutada por un bailarín o por un conjunto. Generalmente, la primera será más sencilla, a no ser que el bailarín haga gala de su virtuosismo; la segunda requiere de una coreografía muy ensayada para conseguir el efecto visual deseado. En la imagen, dos momentos de una interpretación de Joaquín Cortés: en solitario y con un conjunto de bailarinas.

Los ejecutantes. Una danza puede ser ejecutada por un solo bailarín o por un grupo de ellos. La danza individual es la más primitiva y, habitualmente, la menos compleja. La coral, por el contrario, presenta un gran número de variaciones, pudiendo formar figuras o haciendo que el protagonista aparezca y desaparezca del primer plano de la representación.

El contacto físico. Según la cercanía entre los bailarines, la danza puede ser sin enlazar (no hay contacto físico alguno), semienlazada (los bailarines se toman de una mano) o enlazada (hay mucha proximidad).

Tipos de danza en virtud de su expresión. Según lo que se exprese a través del baile, las danzas pueden ser de varios tipos. En la danza abstracta, el cuerpo no expresa conscientemente ningún tipo de emoción o significado. En cambio, en la danza concreta el bailarín expresa con sus movimientos sus sentimientos, ideas y emociones. Además, dentro de esta última hay dos tipos de baile: el sagrado, en el que el danzante expresa no sólo sus sentimientos, sino también aspectos existenciales de su vida, como el nacimiento o la muerte, y el profano, en el que se expresan las tendencias más instintivas del hombre.