El hombre, animal racional

La riqueza que impregna la naturaleza humana hace de ésta una realidad compleja, llena de matices. El hombre es capaz de cazar, escribir, pintar, trabajar o soñar, puede construir grandes ciudades y llegar a otros planetas; sin embargo, también es capaz de mentir, robar, asesinar. De esta manera, el ser humano se presenta como una realidad que se caracteriza por la flexibilidad para adoptar numerosos roles y por una esencia contradictoria, que le permite adaptarse a situaciones muy distintas sin por ello dejar de ser hombre.

En el seno de esta complejidad es necesario encontrar algún elemento que explique todas estas potencialidades y que esclarezca a su vez el origen de su actividad, que sea específicamente humano y lo distinga de todos los demás seres que pueblan el mundo.

Se ha demostrado que muchos otros animales son capaces de jugar o de trabajar en sociedad para adaptarse al entorno, y que hay incluso algunos que emplean algo semejante al lenguaje: ¿qué es entonces lo que diferencia al hombre de las otras formas de existencia?, ¿qué es lo que lo convierte en un ser completamente original?

El pensamiento occidental siempre ha señalado una misma respuesta: desde el nacimiento de la filosofía griega, el hombre ha sido propuesto, entendido y tratado como un animal racional. Es más, de no ser caracterizado así, la propia filosofía, disciplina que gira en torno a la idea de razón, de verbo y de logos, no sería una disciplina necesaria para la existencia, sería sólo una actividad más.

Hieronymus Bosch, El mago. Sólo a través de la razón puede el hombre liberarse de los prejuicios, las supersticiones y las falsas creencias irracionales como la magia.

Así pues, la racionalidad del ser humano constituye uno de los grandes temas del pensamiento de todos los tiempos, arrastrando consigo no sólo una antropología, es decir: un estudio de qué es el hombre; sino también una ética: cómo se supone que debe comportarse éste.

La defensa de la racionalidad del hombre

Que el hombre sea un animal racional quiere decir que éste actúa conforme a las leyes de la razón. Es decir, que lo específicamente humano es el uso de la racionalidad frente al empleo de la fuerza, los instintos o las realidades irracionales como la magia y el sueño.

La racionalidad por su parte puede ser definida como la herramienta que permite captar el mundo con objetividad y entender el sentido de las cosas de una manera fiel. Esta herramienta posee dos funciones elementales: de un lado liberarse de los prejuicios, de las falsas creencias irracionales que impiden considerar el mundo correctamente; del otro, alejarse de los animales a través del control del cuerpo. De esta manera, el hombre racional es caracterizado como un ser que se contiene; de su contención halla la autonomía y la libertad para decidir cómo debe ser su existencia.

Razón y libertad aparecen así íntimamente ligadas, ya que el ejercicio de aquélla sólo tiene sentido si se hace dentro de los límites establecidos por la propia autodeterminación. El mundo de los instintos y de la irracionalidad, por el contrario, no permiten ninguna clase de decisión libre.

El hombre como animal racional en Grecia

La primera caracterización del ser humano como animal racional se produjo en Grecia a partir de la distinción entre los hombres que se atenían a las narraciones poéticas y los que se aferraban a lo que se seguía del uso correcto del pensamiento. Un ejemplo del primer caso se halla en la obra Odisea, de Homero (siglos ix-viii a.C.), la cual ofrece una visión irracional del mundo. Ulises, protagonista de la obra, sufre destinos extraños y caprichosos por culpa de las decisiones y los estados de ánimo de los dioses; de lo que se desprende que la razón por la que suceden unas cosas y no otras no es lógica, no es razonable, sino contradictoria.

La racionalidad, por el contrario, busca un origen y un sentido preciso del mundo. No basta con el capricho irracional de las narraciones míticas, se necesita algo certero, que no varíe y que sea lógico. El nacimiento de la filosofía aparece así ligado a esta concepción del hombre y del conocimiento. Es más, se puede decir que la comprensión y la defensa del hombre como animal racional se desarrollan de manera paralela a la primera filosofía griega.

Ulises y Circe, de Jan van Bijlert. Sólo cuando el hombre fue capaz de abandonar los relatos míticos por insuficientes en su objetivo de explicar el mundo que le rodeaba, pudo definirse verdaderamente como un «animal racional».

Los filósofos Heráclito (535-470 a.C.) y Parménides (504 a.C.), por ejemplo, mostraron su desacuerdo con las opiniones comunes porque consideraban que éstas se basaban en creencias irracionales y relativas. Ellos, por el contrario, proponían un nuevo camino determinado por el uso de la lógica, por la consideración de cada hecho dentro de una idea más amplia y profunda de mundo.

Este primer gesto filosófico es de suma importancia. Mientras el hombre mítico vivía entre hechos aislados que sólo se relacionaban muy difusamente; el animal racional empezó a buscar qué nexos tenían en común los casos particulares. Así, de lo que se trata por tanto es de pasar de lo particular a lo general, para finalmente llegar a lo universal.

Heráclito escribió a este respecto lo siguiente:

  • «Es necesario seguir lo universal, o sea lo común a todos; y siendo la razón común, vive la mayoría como si cada uno tuviese un pensamiento propio».

Es decir, la razón es una facultad común a todos los hombres, y de su uso correcto se deriva un mundo coherente, ordenado y con sentido. Los errores, por el contrario, tienen su origen en la consideración irracional y particular de la realidad. El uso de la razón no puede sino conducir a las mismas conclusiones comunes y al bien general.

Platón (428-347 a.C.) por su parte opinaba que el hombre era más hombre cuando hacía uso de la razón; y Aristóteles (384-322 a.C.), que pensar era participar de la verdad. En ambos casos, el hombre como animal racional es presentado como una forma de perfección y autenticidad. Cuanto más se emplea la razón, más humano se es.

En este sentido, lo que resulta aún más importante es el hecho de que desde el origen de la idea de animal racional, el uso correcto del pensamiento conduce a una ética. Si el hombre basa su comportamiento en el pensamiento, actuará correctamente; por el contrario, si se deja llevar por los instintos, por lo irracional, actuará de manera incorrecta, hará el mal y no será un hombre auténtico.

El ser racional en la Edad Media

A pesar de que el pensamiento de la Edad Media concibió al ser humano a partir de su relación con Dios, el influjo de las filosofías platónica y aristotélica en la obra de autores como san Agustín o santo Tomás de Aquino hizo que ésta adquiriese caracteres intelectuales. Tanto para el primero, que se basó sobre todo en la filosofía del pensador ateniense, como para el segundo, que elaboró una lectura cristiana de los libros de Aristóteles, el hombre posee unos privilegios existenciales únicos por su condición de ser racional.

El triunfo de san Agustín, de Claudio Coello. Con san Agustín se inició en la Edad Media una larga tradición de adaptación de los pensamientos de los clásicos a las necesidades del cristianismo.

Para la escolástica, razonar es participar de Dios, y en la comprensión de la idea que reside en los objetos mundanos se produce una especie de ascesis, que eleva al sujeto dotado de razón desde lo particular y lo perecedero a lo infinito, a lo universal. Como señaló el propio santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica:

  • «Los hombres llegan a conocer la verdad inteligible pasando de una cosa a otra y, por lo tanto, se denominan racionales. Es evidente que el razonar está en la misma relación con el entender como lo está el mover con el estar quieto, o el adquirir con el tener, cosas de las cuales la primera es propia de lo imperfecto y la segunda de lo perfecto».

Es decir, el hombre es un ser racional porque se mueve, porque, desde su imperfección y su finitud actúa intelectualmente para adquirir el conocimiento y la verdad que reside en lo divino, en la perfección del intelecto absoluto que ya tiene en sí todos los conocimientos posibles.

Esta puesta en relación de lo racional con lo divino tuvo importantes consecuencias para el primer pensamiento moderno de René Descartes, quien, como heredero de la escolástica, vio en la razón una especie de actividad pura y divina que situaba al hombre en tanto que ser racional en el centro de la existencia.

El animal racional en la modernidad

A partir del siglo xv, la consideración del hombre como animal racional alcanzó un desarrollo más complejo. Con el nacimiento de una ciencia autónoma, laica, al margen del poder religioso, el ser humano pasó a ser comprendido como el centro del mundo desde un punto de vista «objetivo» e intelectual, no religioso o irracional.

El endiosamiento del animal racional. La modernidad presentó al animal racional como un ser privilegiado, como la razón y el fin de la existencia, derivando de él una nueva imagen del mundo y una ética alejada de Dios.

Orazio Samacchini, Alegoría de la sabiduría. A partir del siglo XV, la idea del hombre como centro del Universo llevó al endiosamiento de la facultad que, para Descartes y otros, le definía: su capacidad cognitiva.

Para René Descartes (1596-1650), quien se convertiría en uno de los grandes paradigmas de esta forma de considerar al hombre, el hecho de ser un animal racional era equiparable a ser una persona con buen sentido, capaz de distinguir lo verdadero de lo falso. De esta manera, después de que el hombre y su racionalidad se hubiesen vistos subordinados a las verdades de la iglesia durante muchos siglos, Descartes recuperaba la tradición platónico-aristotélica, remarcando los elementos esenciales que caracterizaban al hombre en tanto que animal racional:

  • «Yo no soy, precisamente hablando, más que una cosa que piensa o sea un espíritu, un entendimiento o una razón».

Así, lo propiamente humano, lo que distingue al hombre de cualquier otro ser, es el uso de la razón, entendida ésta como capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso. Además, la racionalidad es propuesta como una facultad universal que se da en todo momento y en todo lugar, y que hace que los hombres sean semejantes, formando una condición existencial, dando lugar a una forma de ser peculiar y valiosa.

Por otro lado, para Descartes, la razón es por sí misma infalible. El hombre, si piensa correctamente, no puede equivocarse; lo que sucede es que el mal uso del pensamiento lleva a veces al error. Sin embargo, al menos en principio, el mundo es transparente para el ser humano, ya que el uso de la razón atraviesa la realidad acabando con todos los misterios y todas las preguntas de la existencia. De esta manera, de la mano de la razón, el hombre se apropia del mundo, lo descifra, lo hace claro y evidente, en definitiva: lo controla.

Esta caracterización cartesiana del hombre en tanto que animal racional coincidió con el pensamiento de la mayoría de los grandes filósofos de la modernidad. Baruch Spinoza (1632-1677) se extrañaba de que se quisiesen poner límites a la razón y al animal racional, afirmando que eran semejantes a Dios mientras que Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) opinaba que la razón era la facultad más propiamente humana, algo que hacía del animal racional un ser único y privilegiado. Incluso los empiristas, como John Locke (1632-1704), que en principio se oponían al optimismo de Descartes, aceptaban la importancia innegable de la razón como elemento exclusivo de la naturaleza humana.

El hombre: animal racional en la Ilustración

Después de la santificación del hombre como animal racional en los inicios de la modernidad, el movimiento ilustrado del siglo xviii vino a subrayar de nuevo el papel preponderante de la razón de la mano del pensamiento de Immanuel Kant (1724-1804). En un principio, éste pretendía establecer una versión menos radical de los planteamientos racionalistas, matizando de manera crítica el alcance del entendimiento. Para Kant, el hombre era efectivamente un animal racional, pero la racionalidad tenía sus límites, que venían impuestos por la naturaleza. El hombre hacía un uso legítimo de su condición de animal racional siempre y cuando se atuviese a razonar sobre los datos que ofrecía el mundo.

Para el pensador alemán, pues, la razón era una facultad que se dedicaba a ordenar los datos que procedían de la realidad y los sentidos. En este aspecto, no se imponía sobre el mundo de la manera que pretendía Descartes; bien al contrario, contaba con unos límites muy precisos. La Crítica de la razón pura, una de las obras cumbre del pensamiento kantiano, vino a determinar con exactitud cuál era la naturaleza racional del hombre, cómo funcionaba y hasta dónde podía llegar.

El caminante sobre las nieblas, de Caspar David Friedrich. Para el pensamiento crítico de Immanuel Kant, la razón encuentra sus límites en el mundo material, del que recibe los datos para elaborar el conocimiento, de tal manera que el hombre, en tanto que ser racional, se halla frente a la naturaleza, considerada ésta como su límite radical.

Ahora bien, la Crítica de la razón práctica, obra que siguió a aquélla, planteaba los límites de la racionalidad humana desde otro punto de vista, el de la acción. Aquello que realmente define al hombre en tanto que animal racional es su libertad. En la medida en la que el hombre hace uso de la razón, es un ser libre, libre de proponer valores morales, de edificar naciones, de creer en Dios o de crear obras de arte. Sin embargo, en el seno de esta libertad, dice Kant, lo único que condiciona la bondad o la maldad de los actos es que éstos estén promovidos, controlados y pensados desde la razón. Si el pensamiento racional es lo propiamente humano y la razón en sí misma es buena, basta con que el hombre actúe regido por su naturaleza, por su razón, para que los actos que se derivan de su comportamiento sean buenos.

Actuar racionalmente no puede conducir a otra cosa que no sea el bien y la concordia. La razón hace que los fines de los seres humanos sean comunes, y una historia regida por un animal racional consciente de sus facultades no puede sino ser la historia de un proceso de perfeccionamiento sin fin, en el que la humanidad alcanza la madurez y el bien.

El hombre: animal racional en el siglo xix

Aunque Kant se propuso hacer una versión crítica de la razón y había limitado en cierto sentido el endiosamiento que sufrió el animal racional a manos de los primeros pensadores modernos, sin advertirlo había acentuado aún más su capacidad para adueñarse del mundo. Al admitir en la Crítica de la razón práctica que lo que definía al hombre era el uso libre de su razón, estaba dándole al sujeto moderno un poder absoluto sobre la realidad.

Los idealistas del siglo xix, entre los que destacaron Johhan Gotlieb Fichte (1762-1814), Joseph von Schelling (1770-1831), y sobre todo Georg W. F. Hegel (1770-1831), tomaron de la crítica kantiana todo lo que reforzaba la libertad del sujeto. Así, se consideró que el hombre como animal racional era el centro de la creación, y que de la mano de la razón sería capaz de explicar la realidad y de adueñarse de ella.

El primer idealismo de Fichte, secundado en gran parte por la obra de Schelling, proclamaba la revolución política a través del uso libre del pensamiento, partiendo de la idea de que ya no existían barreras visibles que detuviesen el avance del ser humano sobre el mundo.

Sin embargo, Hegel se apresuró a matizar esta convicción. Era cierto que el hombre podía entender toda la realidad y que en cierta medida, gracias a su libertad y a su carácter racional, podía transformar el mundo. Pero en último término, era una razón no humana, una razón absoluta, la que generaba el mundo, y no sólo el esfuerzo individual de cada sujeto.

Con Hegel, Dios fue sustituido por la razón, y no por una de carácter humano, sino por una perfecta, infinita y eterna. En este contexto, el hombre era un animal racional que servía a los intereses de una razón endiosada, que poco a poco hacía que todo lo real fuese ideal y que todo lo ideal fuese real. De esta manera, la fe desmesurada en el hombre como animal racional encontró en Hegel el final de su camino, su culminación y su agotamiento.

Sin embargo, la última mitad del siglo xix y gran parte del xx vinieron a cambiar radicalmente la concepción optimista del hombre como animal racional. Si los modernos habían afirmado que el ser humano era sobre todo razón, y que ésta era buena por sí misma, la obra crítica de una serie de filósofos y científicos comenzó a generar una serie de dudas: ¿Y si el hombre no actuaba según su razón? ¿Y si la razón no era sino una forma de lucha, una forma de manipulación?

Las críticas a la racionalidad humana: Nietzsche, Freud y la Escuela de Frankfurt

A lo largo del siglo xix se produjeron una serie de revoluciones políticas, culturales y científicas que cambiaron profundamente las convicciones filosóficas de la modernidad y la Ilustración. Charles Darwin (1809-1882) demostró que en el comportamiento humano había poco de divino y mucho de animal, y que la razón no era tanto un instrumento de origen casi religioso como una herramienta para sobrevivir, para abrirse paso en el mundo. En este contexto surgieron unas críticas rotundas al pensamiento moderno que terminaron promoviendo un nuevo modelo antropológico, una nueva forma de entender al hombre que nada tenía que ver con la razón.

La evolución de la modernidad muestra cómo el hombre como ser racional pasó de la ingenuidad del racionalismo a la crítica de los empiristas y Kant; para volverse absolutamente libre de la mano del idealismo absoluto, en el que la razón se identifica con la realidad.

La crítica de Friedrich Nietzsche

El pensamiento de Friedrich Nietzsche (1844-1900) destacó sobre todo porque supuso una subversión de las ideas clásicas que habían caracterizado el pensamiento occidental hasta el momento. Esta subversión de todos los valores implicaba la negación más rotunda de las convicciones racionalistas e idealistas.

En lo que se refiere al ser humano como animal racional, el pensamiento nietzscheano propuso un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de animal que lejos de definirse por su capacidad para razonar, se caracterizaba por su capacidad para imponerse, para luchar, como si se tratase de un animal cualquiera.

Tomando las principales ideas de su maestro, Arthur Schopenhauer (1788-1860), Nietzsche escribió que el hombre era antes cuerpo, materia, instintos y deseos que razón. Era un animal instintivo que luchaba por imponerse a los demás; mientras que la razón no tenía nada de puro y no tenía otra utilidad que la de dominar. Por otra parte, el mundo no era descifrable para la razón, puesto que hablaba un lenguaje distinto al del hombre.

De estas ideas se derivaba una crítica radical a la ética. El bien y el mal, que los modernos habían basado en la facultad de la razón, no eran sino falsas ideas, no existían, y el hombre sólo era un animal angustiado que luchaba por encontrar su sitio en el mundo.

La crítica de Sigmund Freud

Varias décadas después, el científico alemán Sigmund Freud (1856-1939) acabó de desmontar la idea de hombre como animal racional. Esta idea se basaba en que la razón era una facultad pura, limpia, que actuaba desinteresadamente, diciendo qué era lo verdadero y qué era lo falso, qué era lo bueno y qué era lo malo. El sujeto, el yo, hacía uso de sus facultades racionales sin que nada lo perturbase. Sin embargo, según los estudios psicoanalíticos de Freud, el yo, el sujeto, el hombre que razona, parte siempre de un conjunto de instintos y traumas.

El hombre como ser racional entró en decadencia a finales del siglo XIX, una vez que las tesis de Darwin, Nietzsche y Freud fueron ganando vigencia.

El hombre es antes deseo, miedo y sueño que pensamiento y razón. Es más, la razón funciona siempre encubriendo, tapando unos instintos, unas formas irracionales y primitivas. Así pues, continúa Freud, el hombre es un animal enfermo, un animal neurótico que trata de justificar su mundo y su naturaleza a través de los engaños de la razón. Según el psicoanalista, no se puede confiar la naturaleza humana a una facultad que no es pura, que no es originaria, sino que funciona siempre a partir de los elementos oscuros, irracionales y desconocidos que habitan la conciencia.

De esta manera, Freud realizó una de las críticas más certeras y duraderas de la idea de hombre como animal racional. Se puede decir que desde que el psicólogo y pensador alemán escribiese sus obras más significativas, el pensamiento quedó sesgado, marcado, matizado por las ideas de instinto, pulsión e irracionalidad.

La crítica de la Escuela de Frankfurt

A pesar de los trabajos previos de Nietszche o Freud, la crítica más sistemática y trabajada fue la llevada a cabo por los pensadores que integraron un movimiento filosófico conocido como la Escuela de Frankfurt. Teodor W. Adorno (1903-1969), Herbert Marcuse (1898-1979) o Max Horkheimer (1895-1973), entre otros, se reunieron en la primera mitad del siglo xx alrededor de la idea de crítica a la modernidad y al pensamiento ilustrado todavía vigente.

Los pensadores de Frankfurt basaron sus teorías críticas en los hechos sociales y políticos ocurridos en el mundo a lo largo del siglo xx. El mejor argumento contra la racionalidad del hombre, contra la consideración del ser humano como ser racional, se encuentra en los propios hechos históricos.

Adorno y sus colegas se preguntaban cómo era posible que se afirmase que el hombre era un animal racional cuando se había matado a millones de hombres en las guerras mundiales; o cómo se podía seguir manteniendo que el ser humano era ante todo racional cuando los judíos eran exterminados en campos de concentración, precisamente en Alemania, donde habían nacido Kant o Hegel.

La propia historia hacía evidente que la caracterización clásica del hombre como animal racional era errónea. Algo se debía haber pasado por alto, en algo debían equivocarse forzosamente Kant, Descartes o Platón.

La crítica elaborada por la Escuela de Frankfurt partía de los grandes principios del marxismo, que ya había mostrado anteriormente la insuficiencia de la caracterización racional del hombre afirmando que éste se mueve antes por motivos económicos que por motivos racionales. Adorno, Horkheimer y Marcuse fueron más allá y afirmaron que la razón era sobre todo una forma de dominio, de control del mundo.

Para ellos, cabía la posibilidad de que el hombre fuese un animal racional pero en ello no había nada de bueno. Es más, para los de Frankfurt, en el uso de la razón empezaban los grandes problemas de la humanidad. La situación del planeta, las deforestaciones, el armamento nuclear, los grandes asesinatos perpetrados con métodos políticos, eran el resultado del triunfo de la razón. La Ilustración se había equivocado al creer que la razón hacía bueno al hombre; Hegel en realidad no estaba proponiendo con su versión del hombre racional sino un mundo sistemático, controlado, en el que las libertades eran eliminadas en virtud de intereses capitalistas.

El pensamiento contemporáneo se divide entre dos corrientes opuestas. Una pide el fin de la consideración del hombre como ser racional; la otra el retorno a una Ilustración crítica que recupere la dimensión racional humana dentro de unas nuevas circunstancias.

La misma idea de razón lleva en su seno la idea de sistema, de control, de eliminación de los débiles y los incómodos. En consecuencia, nada hay menos humano, menos humanista que la razón y su uso indiscriminado. Para Adorno, era necesario volver la mirada a los elementos irracionales y artísticos del hombre, plantear al ser humano no tanto como un animal racional, sino como un animal creativo, artístico o pasional.

En cierto sentido, después de más de veinte siglos de historia, lo que algunos autores críticos proponen es pues volver al mito, a las narraciones particulares, olvidando esa carrera humana por el control, la comprensión y el dominio a través de la razón.

Sin embargo, estas concepciones negativas de la razón no son sino visiones parciales, como no puede ser de otra manera. Otros pensadores actuales como Jurgen Habermas (nacido en 1929) reconocen errores considerables en la caracterización racional del hombre. Es cierto que la Ilustración se equivocó en muchos aspectos y que el siglo xx terminó pagando las consecuencias; pero la razón en sí no es mala, no es un error. Sólo hay que recuperar todo lo que de valioso hay en el hombre como animal racional, depurando sus errores, imaginando nuevas formas de expresión política, social y cultural.

Análisis de textos

Homero: –Odisea

Entretanto la sólida nave en su curso ligero

se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía

mas de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda

se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas.

Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela,

la dejaron caer al fondo del barco y, sentándose al remo,

blanqueaban de espumas el mar con las palas pulidas.

Yo entretanto tomé el bronce agudo, corté un pan de cera

y, partiéndolo en trozos pequeños, los fui pellizcando

con mi mano robusta: ablandáronse pronto, que eran

poderosos mis dedos y el fuego del sol de lo alto.

Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos

y, a su vez, me ataron de piernas y manos

en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego,

a azotar con los remos volvieron al mar espumante.

Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito

y la nave crucera volaba, mas bien percibieron

las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro:

«Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises,

de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto,

porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda

a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.

Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas:

los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos

de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos

y aún aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda.

Tal decían exhalando dulcísima voz y en mi pecho

yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba

a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados

contra el remo y en pie Perimedes y Euríloco, echando

sobre mí nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos.

Cuando al fin las dejamos atrás y no más se escuchaba

voz alguna o canción de Sirenas, mis fieles amigos

se sacaron la cera que yo en sus oídos había

colocado al venir y libráronme a mí de mis lazos.

Texto 1. Las narraciones míticas griegas explicaban la realidad a través de historias no científicas y racionales, sino metafóricas o poéticas. El pasaje de las sirenas en La Odisea de Homero es uno de los primeros ejemplos existentes.

Santo Tomás de Aquino: –Summa Theologica

Algunos dijeron que los ángeles, puesto que obran por virtud de Dios, causan las almas racionales. Esto es completamente imposible y contrario a la fe. Quedó demostrado que el alma racional no puede ser hecha más que por creación. Sólo Dios puede crear. […] Por lo tanto, porque el alma humana no puede ser hecha por transmutación de alguna materia, no puede ser hecha más que por Dios directamente.

[…]

En el hombre, en cierto modo, se encuentra todo. Así, pues, el modo de su dominio sobre lo que hay en él es una imagen del dominio sobre lo demás. En el hombre hay que tener presente lo siguiente: La razón, común con los ángeles; las potencias sensitivas, comunes con los animales; las naturales, comunes con las plantas; y el cuerpo, que le iguala a los seres inanimados. La razón en el hombre es lo que contribuye a hacerle dominador y no sujeto a dominio. El hombre en el primer estado no dominaba sobre los ángeles; y lo de a toda criatura ha de entenderse de la que no es a imagen de Dios. En lo que se refiere a las potencias sensitivas, como la irascible y la concupiscible, que obedecen de algún modo a la razón, el alma las domina rigiéndolas. Así, pues, también en el estado de inocencia con su imperio dominaba a los animales. Las potencias naturales y el mismo cuerpo no están sometidos a su imperio, sino a su uso.

Texto 2. Para santo Tomás de Aquino, el ser humano posee un alma racional creada por Dios y que rige las demás facultades o herramientas.

Immanuel Kant: –Ideas para una historia universal en sentido cosmopolita

La razón en una criatura es el poder de extender, más allá de los instintos naturales, las reglas y los fines del uso de todas sus actividades, y no conoce límites a sus decisiones. Pero la razón no obra exclusivamente, sino que procede por tentativas, mediante el ejercicio y aprendiendo, para elevarse poco a poco y pasar de un grado de conocimiento a otro.

Texto 3. Para Immanuel Kant, la razón «proyectante» es aquella que constituye la naturaleza humana y que permite la superación de los instintos.

Friedrich Nietzsche: –Sobre verdad y mentira en sentido extramoral–

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe «formas», su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

Texto 4. Según Nietzsche, el hombre en tanto que ser racional es un animal enfermo que finge, miente y se aleja de la manera auténtica de existencia, que se basa en la fuerza.