El hombre, centro del Universo

La realidad, tal y como aparece ante el ser humano, está compuesta por un número infinito de elementos y aspectos. Los planetas y las estrellas que integran el Universo son multiplicados por las observaciones astrológicas que se vienen realizando desde el origen de las civilizaciones avanzadas, haciendo del planeta Tierra una parte minúscula de la totalidad del cosmos, una parte casi insignificante en lo que se refiere a tamaño o proporción. De forma paralela, la biología ha terminado admitiendo que el ser humano no es sino un ser vivo más, un animal cualquiera que sobrevive frente a otros muchos animales y seres sin que nada material parezca diferenciarlo de ellos.

Sin embargo, a pesar de que desde un punto de vista físico se ha demostrado que el hombre sólo es una forma más de existencia, desde las perspectivas éticas, religiosas o filosóficas se ha relativizado, matizado e incluso negado en muchas ocasiones esta pretendida insignificancia del ser humano, entendiéndolo y promoviéndolo como el centro del Universo, de la creación y de la existencia. De esta manera, entre todos los planetas posibles, entre todos los seres existentes, reales o imaginarios, la figura del ser humano parece erguirse como una suerte de ser privilegiado, especial, que acapara la atención de los dioses y que define el destino de la realidad.

Esta caracterización del hombre como centro del Universo ha sido mantenida por muchas escuelas filosóficas a lo largo de los siglos; aunque también ha encontrado importantes pensadores y un gran número de teorías que se han opuesto a ella y que han negado la posición privilegiada del hombre dentro de la creación.

La separación de la Tierra y las aguas, detalle de los frescos de la Capilla Sixtina realizados por Miguel Ángel. En el pensamiento cristiano, al igual que en la mayoría, si no todos, los sistemas religiosos, la aparición del hombre y el universo es consecuencia de la existencia de una entidad superior, Dios.

Es mucho lo que se juega en esta cuestión, llegando a presentarse como uno de los temas más importantes dentro de la historia intelectual del hombre: ¿es el ser humano el centro del Universo, un ser privilegiado; o se trata por el contrario de un ser más que sencillamente nace, vive y muere, como el resto de los animales?

La defensa del antropocentrismo

El antropocentrismo consiste en la postura intelectual y religiosa que afirma que el hombre es el centro del Universo, una forma de existencia peculiar y especial que ocupa un lugar privilegiado dentro de la creación. La comprensión del ser humano como centro del Universo conlleva un gran número de supuestos e ideas arraigadas, de origen mayormente religioso.

El sentido del Universo. Creer que el hombre es el centro del Universo implica, en primer lugar, admitir que el cosmos es una realidad que posee por sí misma una justicia interna, un sentido determinado que la sustenta desde que fue creada. Esta forma de comprender la existencia es la habitual en los distintos antropocentrismos que resultan de la consideración religiosa del mundo.

Si se pensase que el cosmos es sólo una simple suma de elementos materiales, de partículas y planetas que giran sin sentido alguno alrededor de otros astros, no tendría sentido hablar del hombre como protagonista del mismo, ya que desde un punto de vista puramente físico o material, el ser humano y su mundo no se diferencian en absoluto de otros seres vivos y otros planetas.

De esta forma, el hombre es situado en el centro del Universo a partir de una comprensión espiritual, inmaterial y religiosa del cosmos. Sólo si se le da un sentido metafísico al Universo se puede entender a la humanidad como una parte fundamental de éste.

La idea de un creador. Para el pensamiento cristiano, que es marcadamente antropocentrista, el Universo es una creación divina que responde en su concepción a un plan predeterminado y preciso, a un diseño inteligente en el que el hombre juega un papel especial, que lo convierte en la protagonista de la historia de la existencia.

En el caso de la religión, es evidente que cada uno de los fenómenos que se dan en el Universo sitúan al ser humano como principal afectado, como dueño en cierto sentido de la realidad. Dios elige al hombre, y éste, en tanto que ser elegido, entiende la realidad como una especie de escenario en el que se desarrolla el drama de su vida.

Sin embargo, en los momentos intelectuales en los que no ha existido una noción arraigada de Dios, de un creador personal y voluntario, los pensadores de las distintas épocas se han esforzado para hallar un principio o una idea filosófica que funcione de la misma manera que el dios religioso, es decir, como una suerte de «creador filosófico». Por ejemplo, para Aristóteles (384-322), la realidad posee un origen inteligente, dotado de sentido. El motor inmóvil, que es una especie de inteligencia suprema, genera todo lo que hay, situando al hombre en medio de la creación, en su justo centro. Para los pensadores racionalistas, como Immanuel Kant (1724-1804), la historia es un proceso dotado de sentido en el que el hombre logra poco a poco alcanzar la madurez racional.

La idea de hombre como ser especial dotado de caracteres exclusivos. Por otro lado, para situar al hombre en el centro del Universo, también es necesario dar a éste algún carácter especial, alguna facultad que lo diferencie del resto de los seres vivos.

En el caso de la consideración religiosa de la creación, se suele tratar del alma, del parecido entre el hombre y el creador. Así, para san Agustín (354-430), por ejemplo, el alma no es sino una parte de Dios introducida en el hombre.

En el caso de la consideración meramente filosófica del antropocentrismo, la facultad que hace privilegiado al hombre y lo sitúa en un lugar especial es la razón, que lo distingue de todos los animales y lo pone en relación con una inteligencia o una razón suprema, que es la que ha creado y dotado de sentido a la existencia.

La defensa del antropocentrismo a lo largo de la historia

Estos caracteres fundamentales del antropocentrismo han encontrado a lo largo de la historia del pensamiento distintas formas de expresión, que han ido remarcando unos aspectos humanos concretos, dependiendo del paradigma intelectual de cada época.

El antropocentrismo en Grecia. Los griegos, como brillantes estudiosos de la naturaleza y el Universo, siempre intentaron derivar de sus teorías una situación especial para el hombre. Un ejemplo de esto se halla en las distintas cosmogonías que elaboraron los pitagóricos, en las que ubicaban el planeta Tierra en el centro del cosmos, y al ser humano en el centro del planeta. También era muy habitual en el pensamiento heleno entender al ser humano como un microcosmos. Se pensaba que las proporciones y las estructuras que se podían observar en el Universo se correspondían con las estructuras y las proporciones del propio hombre, haciendo así de la creación un todo ordenado y proporcional.

La llamada de San Mateo, de Caravaggio. Para el pensamiento cristiano, el alma permite que Dios y el hombre entren en comunión. Existe pues un órgano que acerca lo terrenal a lo divino, y hace del individuo un ser especial, elegido.

De esta manera, en las ontologías de Platón (428-347 a.C.) y Aristóteles, el Universo estaba compuesto por dos regiones bien diferenciadas. Por un lado, el mundo sensible, concentrado en la tierra y en las zonas más cercanas del Universo; del otro, el mundo de las ideas, ubicado en el cielo, más allá de la tierra y su atmósfera. En el hombre se producía mientras tanto una distribución similar. De un lado estaba el cuerpo, en cuyo centro se situaban los instintos, lo que ataba al ser humano a lo material, a lo sensible. Del otro el intelecto, la razón, que se encontraba en la cabeza.

El antropocentrismo cristiano. Las lecturas que san Agustín hizo de las teorías platónicas sumadas a los dogmas cristianos dieron lugar a un nuevo antropocentrismo, que se caracterizó por la defensa del carácter especial del ser humano en la creación no ya por razones de orden filosófico, sino por razones puramente religiosas. De esta forma, el Universo fue presentado por la tradición medieval cristiana como el escenario de un drama en el que el ser humano buscaba la manera de volver a la presencia de Dios. Por otro lado, la importancia del género humano venía avalada por la misión de Cristo, sacrificado por su padre para que el hombre no se condenase y hallase una salida a su mundo.

El antropocentrismo moderno. Con el nacimiento de un nuevo paradigma racionalista a partir del siglo xv, el hombre tomó las riendas de la realidad. El desarrollo de la física y la astronomía condujo a una curiosa paradoja: el hombre dejó de ocupar el centro físico de la realidad pero adquirió a su vez unos privilegios existenciales mayores gracias a la facultad de la razón.

En este sentido adquirieron gran relevancia los hallazgos de Nicolás Copérnico (1473-1543), quien al demostrar lo erróneo de las teorías geocéntricas a favor del heliocentrismo, destruyó en gran parte la estructura antropocéntrica de la filosofía cristiana existente en el momento. Es decir, al confirmar que la tierra no ocupaba el centro del Universo, limitándose a girar alrededor de estrellas de mayor tamaño, como un astro más, destruía el esquema Dios-Universo-Tierra-Hombre que había mantenido la escolástica durante toda la Edad Media.

En las cosmogonías antiguas, el Universo era comprendido como una imagen de la relación entre los hombres y los dioses, mezclándose los planos físico y religioso de tal manera que la tierra aparecía en el centro de la creación. En la imagen, mapa cosmológico geocéntrico de época medieval.

Sin embargo, esto no era exacto. Lo que estaba sucediendo con el nuevo paradigma copernicano era que el hombre pasaba a ocupar una nueva situación protagonista dentro del Universo, que no venía definida ya por razones religiosas sino por sus facultades racionales. El ser humano pasó a ser el centro intelectual de la existencia porque poseía razón, porque era capaz de entender, ordenar y manipular el mundo.

Esta postura encontró posteriormente su mejor forma de expresión en las teorías idealistas de Georg W. F. Hegel (1770-1831), quien mantuvo que la razón era la protagonista de la historia de la existencia, y que el hombre era el instrumento que debía llevar a cabo la transformación de lo material en lo ideal. De esta manera, la modernidad había acabado en gran medida con el antropocentrismo religioso, dotando al Universo de un nuevo sentido, de un nuevo principio creador que poco tenía que ver con el religioso. Así pues, la posición central del hombre se mantenía vigente gracias exclusivamente al triunfo de la razón en la cultura y el pensamiento. Sin embargo, sólo era necesario que el racionalismo y el idealismo perdiesen empuje, que entrasen en un proceso de decadencia, para que el antropocentrismo desapareciese.

Las críticas al antropocentrismo

Las críticas al antropocentrismo se articularon en torno a tres grandes teorías y posturas filosóficas: el darwinismo, el vitalismo irracionalista de Friedrich Nietzsche (1844-1900) y el teleologismo.

La teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin

Unos veinte años después de los viajes a bordo del Beagle, Charles Darwin (1809-1882) publicó el resultado de sus estudios en una de las obras más importantes de la historia de la humanidad: El origen de las especies. En ella mantenía una serie de ideas que cambiaron para siempre la comprensión moderna del hombre, y que supusieron la decadencia definitiva de algunas formas de antropocentrismo.

Litografía de Otto Krebs que muestra el aspecto industrial de la ciudad estadounidense de Pittsburgh en 1874. La razón no sólo sitúa al hombre en el centro de la existencia, sino que además le permite transformar el mundo a través del trabajo, tal y como escribió Hegel. La tecnología es la consecuencia directa de la consideración antropocentrista del ser humano, que toma las riendas del mundo y lo adecua a sus necesidades.

El principio de selección natural. Según esta teoría, el que unas especies sobreviviesen y otras desapareciesen no dependía de los designios divinos ni de la posición privilegiada de ningún ser, sino de su capacidad para adaptarse al entorno, a las circunstancias ambientales y naturales. De esta manera, en la naturaleza todo se desarrollaba según razones materiales, y no según razones éticas o valoraciones de ninguna clase.

Para el biólogo inglés, el hombre había sobrevivido como especie no porque la razón lo convirtiese en un ser especial o porque Dios hubiese diseñado la realidad, como hoy en día mantienen algunas corrientes como el creacionismo; sino porque había sido capaz de adaptarse a las circunstancias naturales mejor que otros animales. En esta carrera por la supervivencia, el hombre no era sino una especie animal más que había conseguido adaptarse a la cambiante naturaleza mejor que otras.

Con el evolucionismo de Charles Darwin el hombre deja de ser considerado desde un punto de vista científico como el centro del Universo.

La lucha por la existencia y la evolución. Como consecuencia de ello, para Charles Darwin, la existencia se podía definir a partir de la lucha de todos contra todos. Las distintas especies que habitan un mismo entorno se enfrentan por sobrevivir, llegando en muchas ocasiones a eliminarse las unas a las otras; la vida para el biólogo británico no era sino una lucha despiadada. En consecuencia, la evolución de las especies no dependía de ningún principio racional o lógico, ni tampoco de ninguna influencia exterior a la propia naturaleza, sino del azar, del entorno y de la capacidad de adaptación. Esta descripción era igualmente válida para el ser humano como para el resto de especies animales y, por tanto, acababa con el antropocentrismo clásico.

Por ejemplo, el hecho de que el hombre fuese capaz de utilizar las manos para crear herramientas le dio una importante ventaja sobre otras especies, ya que gracias a las manos prensiles pudo construir armas para imponerse sobre otros animales, cabañas para guarecerse y utensilios para cultivar alimentos. Con el desarrollo de las habilidades manuales y la posibilidad de construir herramientas, permitió al ser humano, entre otras cosas, un mayor desarrollo de la inteligencia. Esta explicación material de la razón y de la situación existencial del ser humano contrasta frontalmente con las explicaciones racionalistas y religiosas antropocentristas, llevando consigo unas importantes consecuencias antropológicas:

  • Frente al ser privilegiado que presentaban los pensadores medievales y los primeros modernos, la tradición científica del siglo xix habla del hombre como una especie más que ha evolucionado a partir de otros primates. Nada más alejado del antropocentrismo que un ser que procede de otro animal irracional que no tiene nada de sagrado ni de especial.

  • De esta consideración del hombre y su entorno resulta una nueva forma de entender el cosmos: el Universo no tiene un sentido sobrenatural; todo en él es natural y depende de factores materiales. El cosmos, que quiere decir orden, es en realidad desorden, caos, lucha por la existencia sin un fin aparente.

  • Además, de las teorías de Darwin se sigue también una nueva concepción de la facultad más distintiva del hombre. La razón no es un órgano divino, no es una facultad especial, es una herramienta material que sirve para imponerse, para sobrevivir frente a las otras especies.

Friedrich Nietzsche y la insignificancia del ser humano

Según sus biógrafos, el pensador alemán Friedrich Nietzsche jamás quiso reconocer la influencia de la obra de Charles Darwin en su pensamiento. Sin embargo, es evidente la existencia de unos planteamientos similares en sus obras más célebres. Lo que interesa sobre todo del planteamiento de Nietzsche es que realiza una traducción al lenguaje filosófico, a unos términos puramente intelectuales, las consecuencias antropológicas y filosóficas que se derivan de la obra y los estudios de Charles Darwin.

El Universo (la realidad) es entendido por Nietzsche como un continuo eterno, como un tiempo infinito que discurre al margen de los deseos y los grandes proyectos humanos. El hombre aparece en este contexto como un ser más, como una especie semejante a las moscas que no cambia en absoluto el sentido de la existencia.

El antropocentrismo es en realidad para el filósofo alemán vanidad, una visión exagerada de la propia valía del ser humano; y de la vanidad antropocentrista del hombre se sigue la vanidad de todas sus grandes ideas. Dios es una mera invención, la moral una mentira, el sentido de la existencia una forma de disfrazar la realidad, de hacerla más manejable y menos dolorosa.

Esta visión atea y oscura del ser humano tuvo importantes consecuencias para el pensamiento del siglo XX, aunque también fue objeto de importantes revisiones por parte de los más célebres intelectuales contemporáneos.

El teleologismo

El teleologismo o finalismo es la postura filosófica según la cual el mundo posee un fin interno, un sentido que se muestra al final de la historia y que justifica todos los hechos que se han dado a lo largo del proceso. Es decir, las muertes en un proceso revolucionario se verían justificadas por la necesidad de provocar el cambio político o social en aras de un bien común. Lo sucedido por tanto, no es algo valioso por sí mismo como algo que debe ser juzgado en virtud de sus consecuencias.

El teleologismo es una postura que se ha mantenido a lo largo de distintas etapas de la historia de la humanidad, oponiéndose en gran medida al antropocentrismo, ya que hace del hombre un medio, una herramienta útil para que se llegue felizmente a la culminación de un sentido dado.

Un buen ejemplo es la filosofía de Hegel. Si bien es cierto que para el pensador idealista el hombre ocupaba una situación privilegiada dentro de la existencia, sin embargo no se podía afirmar que éste fuera el protagonista fundamental de la historia, ya que sólo era un medio, una especie de herramienta.

En el idealismo hegeliano, el Universo adquiere sentido pleno sólo si las ideas se hacen realidad, sólo si la razón termina convirtiéndose en algo material.

Tabla 1. El teleologismo de Hegel despoja al hombre de su protagonismo moderno y lo convierte en un medio para que la razón alcance sus fines. En este sentido, se trata de lo contrario al antropocentrismo y al humanismo.

Por ejemplo: un país es en principio una idea. No posee unas dimensiones definidas desde su origen ni una cultura y una economía específicas. Bien al contrario es una idea que poco a poco, gracias al trabajo de los hombres, se va convirtiendo en algo material.

Los hombres construyen edificios para albergar las instituciones, se crean banderas simbólicas, se desarrollan una lengua escrita, unas obras y una historia que se transmiten, afianzando la idea de nación. Se producen incluso guerras para imponerse sobre otras ideas nacionales, agregando nuevos territorios y ampliando la idea original de país.

Para Hegel, la historia del Universo es exactamente lo mismo, sólo que a un nivel mucho más amplio, profundo y trascendental. El hombre representa la historia de una paulatina imposición de las ideas sobre los elementos materiales. La realidad pasa poco a poco de consistir en cuevas y elementos materiales rudimentarios a estar llena de ideas hechas realidad, sean cual sean éstas (cohetes, coches, naciones, etc.).

En el seno de esta historia de la imposición de las ideas sobre la materia el hombre no es un fin, no es el centro de nada, sólo es la herramienta que emplea la razón para imponerse. Es más, los padecimientos, las guerras o el hambre son fenómenos que carecen de importancia, sólo son pequeños momentos necesarios dentro del gran proceso en el que lo que importa es la idea, la razón, y no el hombre. El teleologismo, visto de esta manera, es lo contrario a un humanismo, ya que ve en el hombre una herramienta, un medio.

En definitiva, el antropocentrismo es una postura antropológica que basa en el hombre el sentido de la realidad, haciendo de éste un ser privilegiado, importante, lleno de bondades y valores morales. Además, suele conducir a un humanismo, a una comprensión piadosa, bondadosa, de los hombres, que como seres privilegiados merecen la felicidad. La mayoría de las sociedades y las culturas se basan en mayor o menor medida en alguna forma de antropocentrismo.

Por el contrario, las posturas opuestas al antropocentrismo proponen una visión menos positiva del ser humano, sacrifican los grandes ideales éticos de la humanidad como el bien o la felicidad en favor de la idea de verdad.

Análisis de textos

Cap. 1., «Génesis»: –La Biblia

1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

1:2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,

y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

1:3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

1:4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

1:5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.

1:6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

1:7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.

1:8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

1:9 Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.

1:10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.

1:11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.

1:12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.

1:13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

1:14 Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,

1:15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.

1:16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.

1:17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,

1:18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.

1:19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

1:20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.

1:21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

1:22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.

1:23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

1:24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.

1:25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

1:26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

1:27 Y creó Dios al hombre a su imagen...

Texto 1. El origen del Universo, tal y como es narrado en el primer capítulo del Génesis, muestra una realidad inteligente, con sentido, que procede directamente de Dios, y en la que el hombre disfruta de un papel protagonista, el ser concebido como la imagen del creador.

Aristóteles: –Metafísica

Hay también algo que mueve eternamente, y como hay tres clases de seres, lo que es movido, lo que mueve, y el término medio entre lo que es movido y lo que mueve, es un ser que mueve sin ser movido, ser eterno, esencia pura, y actualidad pura.

[…]

La verdadera causa final reside en los seres inmóviles, como lo muestra la distinción establecida entre las causas finales, porque hay la causa absoluta y la que no es absoluta. El ser inmóvil mueve con objeto del amor, y lo que él mueve imprime el movimiento a todo lo demás. Luego en todo ser que se mueve hay posibilidad de cambio. Si el movimiento de traslación es el primer movimiento, y este movimiento existe en acto, el ser que es movido puede mudar, si no en cuanto a la esencia, por lo menos en cuanto al lugar. Pero desde el momento en que hay un ser que mueve, permaneciendo él inmóvil, aun cuando exista en acto, este ser no es susceptible de ningún cambio. En efecto, el cambio primero es el movimiento de traslación, y el primero de los movimientos de traslación es el movimiento circular. El ser que imprime este movimiento es el motor inmóvil. El motor inmóvil es, pues, un ser necesario, y en tanto que necesario, es el bien, y por consiguiente un principio, porque hay varias acepciones de la palabra necesario: hay la necesidad violenta, la que coarta nuestra inclinación natural; después la necesidad, que es la condición del bien; y por último lo necesario, que es lo que es absolutamente de tal manera y no es susceptible de ser de otra.

[…]

Es evidente, conforme con lo que acabamos de decir, que hay una esencia eterna, inmóvil y distinta de los objetos sensibles. Queda demostrado igualmente que esta esencia no puede tener ninguna extensión, que no tiene partes y es indivisible. Ella mueve, en efecto, durante un tiempo infinito. Y nada que sea finito puede tener una potencia infinita. Toda extensión es finita o infinita; por consiguiente, esta esencia no puede tener una extensión finita; y por otra parte, no tiene una extensión infinita, porque no hay absolutamente extensión infinita. Además, finalmente, ella no admite modificación ni alteración, porque todos los movimientos son posteriores al movimiento en el espacio.

Texto 2. La idea del motor inmóvil en Aristóteles.

Friedrich Nietzsche: –Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la «Historia Universal»: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Texto 3. Friedrich Nietzsche, influido por el evolucionismo darwiniano, rechaza el antropocentrismo clásico, ridiculizándolo.