El hombre, ser libre

Al igual que la racionalidad o la sociabilidad, la libertad constituye otro elemento fundamental dentro de la naturaleza humana, que complementa y da sentido a cada una de las facetas que determinan su existencia. Así, nada de lo que el hombre es capaz de hacer tiene sentido si no viene ideado y realizado desde la libertad.

Frente a los procesos naturales que parecen ser siempre iguales y no admiten otras posibilidades, el actuar libre del hombre resulta una extraña y valiosa forma de vida que produce todo lo que caracteriza el mundo humano. De esta manera, el instinto que conduce el actuar de los animales no racionales los ata a unas pautas que no pueden evitar (comer, defender un territorio, etc.); sin embargo, el hombre es el único ser que es capaz de elegir su forma de actuación al margen de los instintos, a pesar de lo que le dicte su cuerpo o el entorno.

De la libertad nace todo lo que de valioso hay en la existencia, ya que ser libre implica, en cierta medida, ser el creador de la propia vida. Cuando se decide a partir de la libertad, se crea un camino, un carácter, una forma de ser, un mundo en definitiva, que escapa a las determinaciones de lo instintivo y lo natural, dando lugar a la realidad humana y a la persona.

El concepto de libertad

El concepto de libertad puede ser entendido desde dos puntos de vista distintos: como fenómeno ilimitado y abstracto, considerado «en bruto»; y como fenómeno concreto, real y limitado. La primera de estas acepciones pretende definir qué es ser libre desde un punto de vista ideal, sin tener en cuenta las barreras y las determinaciones reales que imponen la sociedad, la existencia o la naturaleza; el segundo, en cambio, define la libertad de una manera concreta, ateniéndose a las condiciones reales en las que vive el hombre.

Estas dos formas de libertad, que serán tratadas de manera más sistemática posteriormente, hacen que el hombre considerado como ser libre se mueva entre dos polos enfrentados: de un lado, el anhelo de hacer todo lo que quiere; del otro, la necesidad de hacer lo que puede, aquello que la existencia permite.

La filosofía siempre se ha movido en su estudio de la libertad entre dos extremos: el de lo ideal y lo abstracto, y el de lo real y lo concreto. Ambas tienen su utilidad, ya que permiten tanto comprender al hombre en sus circunstancias como estudiar al ser humano en su esencia, en su naturaleza.

Un manido ejemplo de esto es el siguiente argumento filosófico. Si el individuo fuese absolutamente libre, es probable que eligiese vivir eternamente, decidiría no morir nunca, y esta decisión implicaría el ejercicio de una libertad absoluta. Sin embargo, la inmortalidad, entendida a partir de una libertad cabal, es un acto imposible, no supone tanto una forma real de libertad como un sueño o un anhelo. De esta forma, un acto libre real es aquél en el que el hombre elige sin coacciones qué es lo que quiere dentro de unas condiciones de posibilidad concretas (eligiendo estudiar, por ejemplo, una carrera que esté dentro de unas posibilidades reales).

La decisión y la responsabilidad

Sean cuales sean las clases de libertad existentes, lo esencial en ella es que parte de la capacidad para decidir. Desde los orígenes del pensamiento, los filósofos más destacados han entendido que ser libre es ser capaz de autodeterminarse, o lo que es lo mismo: ser libre es ser capaz de dirigir los propios actos de manera racional.

Así, Aristóteles (384-322 a.C.) decía que el hombre es el principio y el padre de sus actos, tanto como de sus hijos, lo que implica que aquél es libre cuando elige cómo actuar, cuando se hace responsable de lo que hace; y no sólo de lo que hace, sino también de las consecuencias que se siguen de sus actos. De esta manera, la libertad aparece ligada irremediablemente a la responsabilidad, puesto que supone hacerse responsable de lo que se hace, de tal forma que el hombre es más hombre cuanta más capacidad tiene de dar cuenta de su vida.

La autodeterminación

En el hecho de decidir se halla la autodeterminación. Mientras los objetos materiales, que carecen de voluntad, actúan movidos por causas externas, ajenas, el hombre es el principio de sí mismo, se autodetermina eligiendo. Como afirmaba Cicerón (106-43 a.C.):

  • «Para los movimientos voluntarios del alma no debe requerirse una causa extraña, ya que el movimiento está en nuestro poder y depende de nosotros».

El hombre, porque es hombre, tiene la causa de su actuar en sí mismo, y ese actuar libre supone precisamente la esencia de su naturaleza. El hombre es hombre porque es libre.

El carácter moral de la libertad

En consecuencia, si la libertad se define como el hecho de ser causa de uno mismo, como la capacidad de elegir, ésta debe ser entendida como la base de la moral. Así, en el hecho de decidir ya hay una valoración, un juicio de lo que hay, que es considerado bueno o malo. Por lo tanto, en la raíz de la naturaleza humana, en su libertad, hay una moral; y el hombre, en tanto y en cuanto es un ser libre, es también un ser moral, que decide qué es lo conveniente y qué es lo inconveniente, qué es lo bueno y qué es lo malo.

La libertad implica una decisión moral. Se elige entre una serie de posibilidades reales, pero siempre considerándolas como buenas o malas, como adecuadas o inadecuadas.

Los límites de la libertad

Ahora bien, la autodeterminación del ser humano no es absolutamente libre, puesto que no se puede elegir libremente todo lo que le pasa al hombre cuando las circunstancias reales en las que desarrolla su existencia limitan enormemente su actuar. Así, en tanto que ser libre, el individuo es una mezcla de determinación –acciones y cosas que no se eligen– y de autodeterminación –acciones y cosas que sí se eligen dentro de lo posible–.

Muchos pensadores, especialmente los contemporáneos, han subrayado sobre todo los límites de la libertad, llegando a hacer del ser humano una mera consecuencia de procesos económicos, intelectuales, históricos y culturales sobre los que no se puede actuar. Esta corriente, que es conocida como estructuralismo, afirma que el sujeto vive preso de un sinfín de categorías heredadas. De esta forma, el mero hecho de nacer en Europa o en América ya limita y determina la libertad y la vida de una persona, ya que se le imponen un lenguaje, una forma de entender la realidad, unas necesidades económicas o un modelo de familia. En otras palabras: al hombre, desde que nace, se le dice qué es lo que debe hacer y cómo debe hacerlo, dejando la libertad como una mera formalidad que apenas tiene capacidad operativa real.

La libertad humana en el pensamiento determinista y existencialista

Los distintos movimientos que recorren la historia del pensamiento han terminado definiendo la libertad y al hombre en función de su forma particular de entender la realidad. Los racionalistas, como René Descartes (1596-1650), entendieron al individuo como un ser completamente libre, cuya autonomía viene garantizada por el uso de la razón; Immanuel Kant (1724-1804), con su racionalismo crítico, consideró que el ser humano era una mezcla perfecta de finitud y de infinitud, de una libertad determinada por sus facultades trascendentales y unas limitaciones impuestas por las circunstancias materiales.

Para los estructuralistas, la libertad humana es casi inexistente ya que desde la infancia, los medios y las enseñanzas determinan lo que el hombre puede y debe hacer.

Para los estructuralistas, la libertad humana es casi inexistente ya que desde la infancia, los medios y las enseñanzas determinan lo que el hombre puede y debe hacer.

Determinismo: el actuar humano, reflejo de una esencia

Dentro de todas estas caracterizaciones del hombre como ser libre tuvieron una importancia fundamental las corrientes que comprendieron el actuar humano como un despliegue de su esencia, de su naturaleza. Para éstas, ser libre consistía en hacer lo que la propia naturaleza humana decía. Se partía de la idea de que Dios (o algún ente metafísico) había creado al hombre, y que en esa creación venía ya determinado cómo era el hombre y cómo debía actuar.

El determinismo, es decir, la corriente filosófica que niega el concepto de libertad tal y como es entendido actualmente, halló a uno de sus más firmes y rigurosos defensores en Baruch Spinoza (1632-1677). Para este judío holandés, el hombre forma parte de esa sustancia única e indivisible que engloba todo el pensamiento y la materia y que está sometida a unas leyes. Estas leyes regulan pues también el comportamiento del hombre y éste, sólo puede ser libre una vez que acepta este principio, este determinismo que limita sus opciones y le encamina hacia un único fin.

Otro ejemplo de esta forma de considerar la libertad se encuentra en la filosofía del pensador alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), quien no dudaría en suavizar las posiciones de Spinoza aunque sin abandonar nunca el terreno determinista. Para Leibniz, Dios, que es el padre de todo lo que existe, crea al hombre determinando su actuar, decidiendo cómo va a ser. En consecuencia, en virtud de su esencia, del diseño de su personalidad, el individuo tomará a lo largo de su existencia unas decisiones que ya vienen marcadas por la manera en la que ha sido diseñado. Si el creador decide que el hombre sea racional y equilibrado, todas las decisiones que tome vendrán determinadas por el equilibrio y la razón, ya que Dios ha decidido que ésa sea su esencia. De esta forma, la existencia, la vida, viene determinada por la esencia, por la naturaleza que ha sido diseñada para el hombre.

En este contexto, la libertad humana está ciertamente limitada. No se puede decir que el acto libre y la decisión sean los que determinen la vida. Bien al contrario, es la esencia, los designios de Dios, sus diseños previos a la vida, los que dicen cómo se actuará, cómo resultará finalmente la existencia.

Existencialismo: negación de la esencia; la libertad absoluta

Frente al optimismo metafísico y filosófico de autores como Leibniz, el existencialismo, que tuvo lugar entre las grandes guerras mundiales del siglo xx, se caracterizó por su visión pesimista de la existencia humana. Los fenómenos políticos y sociales que habían tenido lugar habían acabado con las grandes ideas de la primera modernidad; por otro lado, los conceptos y las perspectivas heredadas de pensadores ateos e irracionalistas como Friedrich Nietzsche (1844-1900) rompieron con los principios elementales de la Ilustración. Los valores sobre los que se había asentado el optimismo racionalista habían desaparecido, debiendo enfrentarse los nuevos pensadores al «vacío».

El existencialismo de Jean-Paul Sartre descubre al hombre como un ser que carece de naturaleza hasta que no se define a sí mismo a partir del ejercicio de su libertad, de la elección de unos actos.

Este ambiente se plasmó de una forma definitiva en el pensamiento existencialista. El existencialismo partía de la convicción de que Dios no existía, o de que al menos no había ninguna necesidad ni certeza de que existiese. El concepto de un ser absolutamente bueno, absolutamente poderoso, no era ya necesario para comprender al hombre, por lo que la forma adecuada de entender a éste era partiendo de él y de su existencia, y no de ideas metafísicas que hablaban de cielos, ideas puras y dioses. Así, había que atenerse a un hecho fundamental del que no se podía escapar, y era que el hombre existe y vive su vida en el mundo solo, sin ayuda de ninguna realidad metafísica o espiritual.

Jean-Paul Sartre (1905-1980), uno de los pensadores más destacados del movimiento existencialista, basó su idea de hombre en la libertad y en la existencia. Si Leibniz había afirmado siglos antes que el actuar humano era en realidad el despliegue de su esencia, de la forma en la que Dios lo había hecho; ahora que se negaba a éste, no se podía afirmar contradictoriamente la idea de la esencia. Para los existencialistas, por lo tanto, el actuar humano no estaba determinado por el diseño de nadie, sino por sí mismo.

Desde este punto de vista, cuando el individuo ya no tiene dioses ni grandes ideas metafísicas, cuando lo único que tiene absolutamente cierto y real es su existencia, el hecho de que existe en el mundo, lo que le queda es la libertad, entendida como la esencia de lo humano, como lo que lo hace hombre.

La libertad como proyecto. La idea fundamental que encierra el existencialismo de Jean-Paul Sartre es que el individuo se hace a sí mismo actuando, de tal forma que se elige y se determina a sí mismo a través de sus actos, decidiendo quién y qué es a medida que va viviendo.

En este sentido, la idea de proyecto juega un papel fundamental. Para el existencialismo sartriano, antes de actuar, el hombre aún no es nada. No se puede decir que sea bueno, valiente, malo, egoísta o bondadoso puesto que aún no ha hecho nada para que se le llame así. Para las corrientes tradicionales metafísicas sin embargo, aun antes de actuar el ser humano ya era algo, puesto que según su naturaleza era racional, social o lo que Dios hubiese decidido que fuese.

Sin embargo, con el existencialismo, antes de actuar el hombre es sólo un proyecto de sí mismo. El hombre se proyecta a sí mismo en su vida ordinaria a cada instante. Decide qué es lo que va a hacer en el futuro, se adelanta a lo que va a suceder y determina cómo quiere que suceda su vida. Luego es posible que las cosas no le salgan bien, que las circunstancias no le permitan llevar a cabo lo que proyecta, pero lo que interesa es que decide que en un futuro será de una forma concreta y no de otra.

De esta forma, el hombre se va haciendo según va actuando. Es racional si cultiva el racionamiento, instintivo si se deja llevar por sus instintos, honesto si se conoce; de tal forma que termina siendo la suma de todos sus actos, lo que ha ido decidiendo, y no lo que las leyes o la sociedad deciden. A partir de esta filosofía se entiende perfectamente en qué sentido el hombre tiene su origen, su ser, lo más íntimo de su identidad en la libertad: en la capacidad para decidir un camino en lugar de otro.

La persona

Sin embargo, todas estas caracterizaciones del hombre como ser libre dejan escapar la idea de relación con el mundo, ya que se mueven en consideraciones abstractas, ideales o trascendentales. Se habla de la libertad como una fuerza pura que aparece coartada por las circunstancias materiales, sociales o históricas, como si éstas fuesen algo completamente ajeno y distinto al hombre. En este contexto, la idea de persona viene a tratar de una manera muy distinta la relación entre el hombre y su entorno.

El concepto de persona

La idea de persona tiene una larga y compleja historia que recorre las diversas corrientes de la historia de la filosofía. Los griegos entendían que la persona era una máscara; los racionalistas que se trataba de la relación entre el hombre y su conciencia; los escolásticos que consistía en una sustancia autónoma, etc. En cualquier caso, todos determinaban que el concepto de persona parte de la consideración del individuo como relación. El hombre no es entendido ya como un sujeto solitario que se enfrenta al mundo como si éste fuese algo completamente extraño; sino que es propuesto como una realidad, como un sujeto que basa su identidad en la relación con otros seres y con el mundo.

Frente al sujeto de la filosofía moderna tradicional, que era definido a partir de categorías puras o trascendentales, la persona como ser libre parte de la concreción de las relaciones reales que se dan en su vida ordinaria.

En este sentido, Max Scheler (1874-1928) introdujo ideas de una gran relevancia para la comprensión cabal del ser humano y la libertad. Para el pensador alemán, la persona es su relación con el mundo, y el hombre basa su identidad y su libertad en su relación con aquél. Además, cada una de las formas de entender al hombre como persona posee su propio ámbito de relación. Por ejemplo, el individuo se relaciona con la sociedad, mientras que el cuerpo se relaciona con el ambiente.

La persona y la libertad

En lo que se refiere al tema de la libertad, la persona es tal porque tiene la capacidad de elegir y actuar sobre las relaciones en las que se basa su existencia. Así, un esclavo no puede ser entendido como persona porque no tiene la libertad necesaria para actuar sobre las relaciones que se establecen entre su cuerpo y el entorno, no puede elegir a dónde ir o qué comer, no es dueño de sí.

Esta concepción del ser humano como persona es de una gran originalidad, y sirve además para poner en relación la libertad real con el hombre concreto, puesto que apunta al individuo comprendido dentro de sus relaciones efectivas, y supone por lo tanto la concepción de la libertad como la capacidad para elegir dentro de las circunstancias concretas en las que vive cada ser humano.

En el siguiente texto, Max Scheler explica perfectamente su propuesta:

  • «La persona se da sólo donde se da un poder hacer por medio del cuerpo y precisamente un poder hacer que no se funda sólo en el recuerdo de las sensaciones ocasionadas por los movimientos externos y de las experiencias activas, sino que procede al actuar efectivo».

Es decir, si antiguamente se relacionaba la libertad con la libertad de la conciencia para generar acciones posibles, con Scheler se introduce la dimensión del cuerpo, la dimensión del actuar y el decidir real, y no sólo el plano mental de la decisión.

Boda judía en Marruecos, de Eugène Delacroix. En filosofía, el concepto de persona define al ser humano por su relación con los demás. En este sentido, el hombre es libre porque decide con quién y cómo se relaciona.

Este concepto de persona fue además el que terminó imponiéndose en la mayor parte de los pensadores existencialistas, como Jean-Paul Sartre o Martin Heidegger (1889-1976), quienes partían a la hora de considerar al hombre, de su relación con el mundo desde la conciencia y el cuerpo.

Por otro lado, las ciencias sociales que también se dedican a estudiar al hombre y a la libertad se basan casi exclusivamente en esta idea de persona, de hombre como sujeto de unas relaciones en las que desarrolla su libertad.

Sólo a través de esta concepción de lo humano se puede hablar de limitaciones reales, de estructuras sociales que coartan la libertad; aunque siempre teniendo en cuenta que son estas relaciones precisamente las que hacen que el hombre sea hombre y que la libertad tenga una dimensión real, finita, limitada, y no absoluta.

Sólo entendido dentro de estas relaciones el hombre es objeto de unos derechos y unas obligaciones sociales. El ser humano no es un ser abstracto que se enfrenta a la existencia desde cero, partiendo de la nada, empleando su libertad como una herramienta más. Bien al contrario, el individuo nace en unas circunstancias y a partir de unas relaciones que le dicen qué opciones son las que tiene, qué es lo debido y qué es lo erróneo, cuáles son sus derechos y cuáles son sus obligaciones. A partir de esta idea de hombre, la libertad aparece representada en su justa medida.

Por el contrario, si el hombre hiciese uso de su libertad sin considerar racionalmente cuáles son sus opciones, cuáles son las formas correctas y las formas equivocadas de comportamiento, en lugar de hacer uso de su libertad estaría haciendo uso del libertinaje, que se presenta como un uso indebido de la libertad basado en la pérdida de la identidad.

Además, contra lo que piensan los libertinos, la libertad no consiste simplemente en decir que sí, en elegir una opción y afirmarla. No se es más libre por el hecho de llevar a cabo un mayor número de acciones positivas. La libertad también consiste en decir que no o en no hacer nada, en elegir la pasividad. Como dijo Aristóteles:

  • «En las cosas, en efecto, en las que el obrar depende de nosotros, también el no obrar depende de nosotros y allí donde nos encontramos en situación de decir no, podemos decir también sí. De tal manera, que si cumplir una acción bella depende de nosotros, también dependerá de nosotros no cumplir una mala acción».

Análisis de textos

Baruch Spinoza: –Ética

PROPOSICIÓN XXIX

En la naturaleza no hay nada contingente, sino que, en virtud de la necesidad de la naturaleza divina, todo está determinado a existir y obrar de cierta manera.

Demostración: Todo lo que es, es en Dios pero Dios no puede ser llamado cosa contingente. Pues existe necesariamente, y no contingentemente. Además, los modos de la naturaleza divina se han seguido de ella también de un modo necesario, no contingente, y ello, ya sea en cuanto la naturaleza divina es considerada en términos absolutos, ya sea en cuanto se la considera como determinada a obrar de cierta manera. Además, Dios es causa de estos modos no sólo en cuanto simplemente existen, sino también en cuanto se los considera como determinados a obrar algo. Pues, si no son determinados por Dios, es imposible, y no contingente, que se determinen a sí mismos; y, al contrario, si son determinados por Dios, es imposible, y no contingente, que se conviertan a sí mismos en indeterminados. Por lo cual, todas las cosas están determinadas, en virtud de la necesidad de la naturaleza divina, no sólo a existir, sino también a existir y obrar de cierta manera, y no hay nada contingente.

Texto 1. Según los planteamientos deterministas de Spinoza o Leibniz, todo existe y actúa de una forma preestablecida, por designio divino.

Jean-Paul Sartre: –El existencialismo es un humanismo

El existencialista, por el contrario, piensa que es muy incómodo que Dios no exista. Porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible; ya no se puede tener el bien a priori, porque no hay más conciencia infinita y perfecta para pensarlo; no está escrito en ninguna parte que el bien exista, que haya que ser honrado, que no haya que mentir, puesto que precisamente estamos en un plano donde solamente hay hombres. Dostoievski escribe: «si Dios no existiera, todo estaría permitido». Éste es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y, en consecuencia, el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas. Si, en efecto, la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad.

Texto 2. Para el existencialismo, el hombre es libertad, de tal forma que sólo se va construyendo a medida que decide, que elige, entre distintas opciones.