Apariencia y realidad

La teoría del conocimiento siempre se ha basado en la consideración de dos polos distintos: unas facultades que intentan conocer, y un objeto o cosa que se quiere conocer. La distancia entre uno y otro extremo ha conducido a la contraposición de dos mundos: el real y el aparente.

Esta cuestión, que desde una perspectiva natural u ordinaria puede parecer innecesaria, constituye sin embargo la base del pensamiento filosófico de todas las épocas, ya que si el objeto de la filosofía es conocer lo que existe, ¿cómo saber que aquello que uno considera cierto no es sino algo aparente, accidental o innecesario?

Imaginemos que se intenta conocer un objeto cualquiera, como un árbol. Según la teoría del conocimiento clásica, se puede distinguir entre la imagen mental del árbol y el árbol mismo, que crece al margen del entendimiento humano y es por sí.

¿Qué garantía hay de que la imagen mental que el hombre tiene del árbol se corresponde con la naturaleza del árbol mismo? Podría suceder perfectamente que aquello que se considera real en el conocimiento del objeto no fuese sino una apariencia, una ficción creada por el hombre que no se corresponde en absoluto con la realidad.

Por otra parte, también es posible que lo que el sujeto percibe no sea real, no sea una cosa en sí, sino una simple copia de un modelo perfecto, de una idea que sí es realmente el árbol. Los sentidos, según la filosofía clásica y moderna, son imperfectos, ya que no son capaces de captar todos los matices que existen. En consecuencia, es completamente posible que los datos que se obtienen de la realidad sean falsos o incompletos, y que en consecuencia, el conocimiento humano esté destinado a fracasar si no considera otras formas de acercarse al mundo.

El concepto de apariencia tiene dos significados opuestos. Los filósofos clásicos llamaban aparente a lo opuesto a lo real; mientras que los pensadores modernos, como Kant, llamaban aparente al aparecer del ser, al aspecto sensible de lo real.

Como se puede ver, lejos de ser una cuestión innecesaria, el enfrentamiento entre apariencia y realidad supone una de las bases del pensamiento moderno, y pone en juego no sólo la validez del conocimiento de los objetos científicos, sino también la del conocimiento del hombre y su naturaleza.

La apariencia

El concepto de apariencia posee dos significados distintos y opuestos. Por un lado quiere decir lo contrario a lo real, de tal forma que designa lo ficticio, lo falso y lo confuso; por otro, quiere decir el aparecer de la verdad, el hacerse presente de las cosas. Según la primera acepción, conocer consiste pues en acabar con lo aparente para llegar a lo real; según la segunda, es servirse de la apariencia para ver cómo es el objeto que se quiere estudiar.

Cada una de las formas de comprender lo aparente se corresponde con un periodo filosófico distinto. Así, la apariencia como ocultamiento de la realidad, la verdad o el ser es propia de la filosofía antigua y medieval, donde se concebía la verdad como aletheia o desvelamiento. Por su parte, el reconocimiento de la apariencia como origen del conocimiento es propio del pensamiento moderno.

La apariencia en la antigüedad

A pesar de que el concepto de apariencia se encuentra presente en todo el pensamiento clásico griego, cabe destacar muy particularmente la postura de tres autores: Parménides de Elea, Platón y Aristóteles.

Parménides de Elea. Parménides de Elea (490-430 a.C.), que fue uno de los primeros filósofos que se enfrentó a la teoría del conocimiento, distinguió entre realidad y apariencia por vez primera. Según el pensador griego, existe un «camino de la verdad», que corresponde a la realidad; y un «camino de la opinión», que corresponde a la apariencia. El ser y el conocimiento se hallan en la realidad; mientras que el error y la especulación vacía se encuentran en la apariencia y en la opinión.

Platón. Platón (427-347 a.C.), que siguió en gran medida los planteamientos de Parménides, hizo célebre esta forma de comprender el conocimiento, la verdad, la realidad y la apariencia, gracias a su mito de la caverna (v. texto 1).

Según este mito, que aparece en el libro séptimo de La República, los hombres viven en una caverna de espaldas a su entrada, de espaldas al sol. Atados entre sí por cadenas, observan las paredes de la cueva, en la que se pueden ver las sombras de los objetos reales; estas sombras son proyectadas por el sol de tal forma que, cuando los hombres intentan conocer a través de sus sentidos, de sus ojos, sólo pueden apreciar apariencias, que son confundidas con los objetos reales. Así, el conocimiento real tiene que partir precisamente de la negación de las sombras y de las apariencias, negación que encuentra en la vida de Sócrates y en la naturaleza del filosofar su expresión más perfecta. Del mundo de las apariencias, que es el reino de las sensaciones y los sentidos, sigue Platón, sólo se puede obtener un conocimiento probable y difuso, aproximativo, sobre el que no puede erigirse ninguna clase de verdad ni ninguna forma de filosofía. Ésta debe basarse en lo real, en el ser y en la razón.

Sin embargo, en el mismo mito de la caverna, Platón concede que, entre las sombras que se aprecian con los sentidos y las realidades que sólo se pueden aprehender con la razón, existe cierta relación de semejanza. De la misma manera que una copia, por imperfecta que sea, se basa en un modelo original y verdadero, las apariencias se fundamentan en la realidad y la reflejan, aunque sea de manera difusa.

Aristóteles. Esta última afirmación de Platón tuvo una importancia definitiva en la concepción aristotélica de la apariencia. Para Aristóteles (384-322 a.C.), es cierto que lo aparente, que no es sino la participación de la materia en una idea o una forma, no ofrece ninguna clase de certeza cognitiva; pero también es verdad que a partir de ella se debe empezar a concebir la realidad, el ser de las cosas, su verdadero aspecto.

Tabla 1. El pensamiento griego clásico trató la apariencia como lo opuesto a lo real; aunque Aristóteles, que siempre se caracterizó por ir un poco más allá de la ortodoxia platónica, quiso ver en la forma de la materia sensible un indicio de lo real, de la misma manera que Platón lo había visto en la esencia.

En el pensamiento aristotélico, los sentidos reciben los datos que proceden de la experiencia sensible. Estos datos no apuntan, en principio, a ninguna verdad definitiva, puesto que sólo se refieren a casos particulares que reflejan una forma universal y perfecta; sin embargo, gracias a esta forma ofrecen ya una pista de cómo son las cosas en realidad.

Por ejemplo, si una estatua de barro que representa una figura humana toma como modelo a una persona real, hay que admitir que sólo se trata de la representación material de algo verdadero, una ficción que no dice la verdad de la persona representada sino que traduce al lenguaje del barro su forma. Efectivamente no se trata de la persona misma, sino de una representación material, pero en ella se pueden encontrar ya unas pistas que dan una idea aproximada de cómo es en realidad esa persona. Esas pistas, según el pensamiento aristotélico, constituyen la forma, que actúa sobre la materia (el barro) y permite conocer al modelo real.

Busto de Costanza Bonarelli, obra de Gian Lorenzo Bernini. Para Aristóteles, las apariencias y la realidad guardan la misma relación que una escultura y la persona real en la que se basa. La pieza de mármol, piedra o bronce no es exactamente igual que su modelo, pero sí toma de aquél su forma y da una pista de cuál su verdadero ser.

La revalorización de la apariencia en la modernidad

Aunque algunos autores pertenecientes a la última escolástica comenzaron a dar mayor relevancia al concepto de apariencia, fue sobre todo el pensador materialista inglés Thomas Hobbes (1588-1679) el primero en tratar de manera sistemática el valor gnoseológico de lo que aparece.

Thomas Hobbes y el empirismo. Thomas Hobbes dio inicio a la concepción empirista de la apariencia, que pasó a ocupar una posición privilegiada dentro de la teoría del conocimiento. En primer lugar, reconoció que lo aparente se correspondía con las sensaciones y con los datos procedentes de los sentidos (v. texto 2); y pasaba posteriormente a afirmar que los fenómenos, las apariencias, son la única vía para conocer el mundo.

John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776) desarrollaron esta manera de comprender lo aparente aunque empleando términos distintos. El primero escribió acerca de las apariencias sensibles, que según su pensamiento resguardaban al hombre de la dureza de lo real y debían su carácter no a su condición deficitaria, sino a la limitación de las facultades humanas. El segundo, David Hume, prefirió hablar más bien de impresiones, que daban lugar al conocimiento gracias al hábito y a la memoria.

La apariencia y el parecer según Immanuel Kant. Sin embargo, el autor que reivindicó definitivamente el valor de las apariencias y su importancia dentro de la teoría del conocimiento fue Immanuel Kant (1724-1804), quien, según sus propias palabras, había despertado del sueño dogmático del racionalismo gracias a la obra de los empiristas antes mencionados.

Con el pensamiento moderno de Hobbes, Locke y Hume se inicia un proceso de revalorización de las apariencias, que ya no son comprendidas como lo opuesto a lo real sino como la condición de posibilidad de la verdad y la realidad.

Según el pensador alemán, una cosa es «parecer», ser una ficción, y otra «aparecer», que es lo mismo que darse. De esta forma, dentro del idealismo trascendental, la apariencia juega un papel determinante, ya que es lo único de lo que dispone el sujeto para saber de la realidad.

En consecuencia, para Kant, el conocimiento es fruto de la fusión de los datos que se recogen de la experiencia a través de los sentidos y las formas de conocer propias del hombre. De esa fusión surge lo que se conoce como fenómeno, y éste no es sino apariencia, una cosa que aparece ante el hombre (v. texto 3).

Sin embargo, el fenómeno, que es lo mismo que la apariencia, no se identifica con la cosa en sí o el noúmeno, no es equivalente a las cosas reales tal y como las interpretan los realistas ingenuos. El sujeto que conoce, porque está dotado de una sensibilidad especial y de unas estructuras del conocimiento, jamás accede a la realidad pura, ya que no puede entender lo real sino en términos humanos. En consecuencia, la única realidad a la que tiene acceso el hombre es la realidad del fenómeno, la realidad de la apariencia, que lejos de suponer una ficción de lo verdadero es su condición de posibilidad.

El sentido del gusto, de Jan Brueghel el Viejo. Con el inicio de la modernidad, los sentidos son reivindicados, y la realidad es comprendida a través de ellos.

Por ejemplo, si se percibe un árbol, éste es el fenómeno, la apariencia en virtud de la forma de conocer propiamente humana, una imagen mental. Dicho fenómeno no es idéntico a un hipotético árbol puro, al margen de la vista y el pensamiento. Según Kant, puesto que el hombre conoce a través de imágenes mentales, el único árbol real es el percibido, el árbol fenoménico, el aparente. Por tanto, el conocimiento no puede basarse sino en esas apariencias.

Heredero del pensamiento de los empiristas ingleses, Kant terminó de dignificar el concepto de apariencia distinguiéndolo del parecer. Una cosa es que un objeto parezca ser otro objeto y otra que aparezca, se dé ante la conciencia del sujeto como fenómeno, posibilitando el conocimiento y la constitución de la realidad.

La apariencia en el idealismo alemán. Como heredero del idealismo trascendental kantiano reformulado por los primeros idealistas como Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), G.W. Friedrich Hegel (1770-1831) llevó la validez gnoseológica de la apariencia a su plenitud. Según el idealista absoluto, el ser se manifiesta en la apariencia, y en ella hay que hallar la esencia de las cosas. Posteriormente, la apariencia fenoménica es corregida y aumentada por otras determinaciones procedentes de las esencias en diversos grados, pero no por ello deja de presentarse como la expresión pura de la realidad, de las esencias.

La apariencia en el pensamiento contemporáneo. Dentro de los pensadores que se han acercado al fenómeno de la apariencia a lo largo del siglo xx, el que ha formulado su validez gnoseológica con mayor fortuna ha sido el filósofo existencialista Martin Heidegger (1889-1976).

Para el pensador alemán, no se trata de que lo aparente y lo real se identifiquen, puesto que la filosofía contemporánea no habla ya tanto de realidad como de ser. Así, según el primer existencialismo, lo que existe se debe a una instancia absoluta y difícil de aprehender que se llama ser, y de éste sólo se sabe lo que aparece, las apariencias. Por tanto, no es que la realidad se encuentre dividida en apariencias y en cosas reales a las que no se tiene acceso; es que lo que se llama real es el aparecer de lo que es, la expresión o la patencia del ser. El ser y el tiempo, que es la obra más relevante de Heidegger y una de las más determinantes del pensamiento contemporáneo, concede pues a lo aparente una dignidad sin antecedentes, y se dedica además al estudio de las relaciones entre los fenómenos y lo que existe, lo que hay (v. textos).

De esta forma, a lo largo de la historia del pensamiento, la apariencia ha pasado de ser comprendida de una forma peyorativa, como una especie de expresión secundaria y devaluada de la verdad y de lo real, a presentarse como la única forma que tiene el hombre de acceder al ser y a lo cierto.

En esta historia de la apariencia se refleja además la evolución científica y social de la humanidad, puesto que las formas en las que se articulan lo aparente, lo real y la verdad se deben sobre todo a la manera en la que el hombre se sitúa frente al mundo. Si los primeros pensadores griegos hacían uso de una ciencia poco especializada, que contemplaba la existencia de esencias y realidades que se ocultaban al estudio positivo, a partir de la modernidad y la obra de científicos experimentales como Galileo Galilei o Isaac Newton la ciencia accede directamente a la realidad, sin plantearse la existencia de esencias o verdades ocultas, mediante la asunción de las apariencias, entendidas como lo completamente cierto o real.

La realidad

El concepto de realidad posee tal cantidad de connotaciones en la historia del pensamiento humano que es difícil acotarlo. Desde un punto de vista general, se llama real a la forma de ser de las cosas que existen. Así, la realidad en este sentido es tanto lo que sólo existe en la mente humana como lo que existe fuera de ella.

El problema de la realidad en René Descartes

A partir del desarrollo del pensamiento moderno en general y de la obra de René Descartes (1596-1650) en particular, el sentido del concepto de realidad se volvió problemático, ya que suponía la oposición entre el mundo de los pensamientos y el mundo de lo puramente material, de lo que está más allá de la conciencia.

El pensador francés, a través de su famoso método en busca de lo indudable, había separado la res cogitans, el ser pensante, de la res extensa, de la cosa material. Para Descartes, el hombre piensa pensamientos y conoce ideas, de tal forma que se rompe la relación entre la conciencia y el mundo externo, que parece innecesario o menos importante.

El sujeto cognoscente puede eliminar todo lo que procede de sus sentidos, toda la realidad externa, y descubrir sin embargo la verdad en su interior, sin necesidad de ninguna clase de estímulo sensible.

De esta manera se generó un dualismo ontológico, que separaba de forma radical lo intelectual de lo material, escindiendo definitivamente la realidad en dos estancias y dificultando la validez real de lo externo. Al fin y al cabo, si el hombre puede conocer las cosas sin necesidad de referirse al mundo externo, ¿qué hay de cierto en éste? ¿Qué necesidad hay de llamar real a lo que no es tan importante como lo intelectual?

En ese momento de su investigación, Descartes se hizo consciente de que si no se restituía al mundo de la experiencia todo su vigor e importancia gnoseológica, las ciencias empíricas quedarían completamente desamparadas, por lo que era necesario devolver a lo sensible o externo todo su carácter real y certero. Para ello, el pensador racionalista echó mano del concepto de Dios, que descubría en la intimidad de su conciencia y garantizaba al hombre que lo que entendía como externo era real, era cierto, puesto que Dios no engaña a nadie, y no puede querer que el hombre se equivoque.

Con el pensamiento de Descartes, se distingue entre dos instancias heterogéneas: el mundo de los pensamientos y el de los sentidos. A pesar de que el pensador racionalista empleó el concepto de Dios para unir ambas realidades, la escisión tardó mucho tiempo en ser reparada.

Esta forma de recuperar la realidad exterior fue duramente criticada, ya que hacía uso de la existencia de Dios para devolver su valor a una realidad que ya había sido devaluada de forma racional a través de un método que, según Descartes, se mostraba infalible.

La realidad para los empiristas y para Immanuel Kant

Los autores empiristas más destacados, como David Hume o John Locke, hicieron aún más problemática la noción de realidad, ya que afirmaron que dependía de la percepción de lo externo. Para el hombre, todo lo real es lo que es percibido, mientras que de lo no percibido no tiene sentido hablar, puesto que no se conoce.

Sin embargo, unos años después, Immanuel Kant vino a matizar el alcance de las posturas racionalista y empirista, devolviendo a lo externo su validez real. El pensador alemán escribió que a pesar de que el conocimiento se basara en aquellos objetos que eran percibidos, de los fenómenos se podía y debía derivar la existencia de un mundo real externo, al margen del sujeto y sus facultades del conocimiento. De esta forma, lo real era tanto lo que el sujeto sabía como lo que no sabía. El noúmeno o cosa en sí eran una realidad, un ser que existía por sí mismo.

La realidad en el romanticismo y el idealismo alemán

A pesar de que Kant daba a la realidad externa una independencia existencial, aunque afirmaba que las cosas en sí existían por sí mismas, en su estudio del conocimiento les dio mayor relevancia a la conciencia y al pensamiento. Para él, eran en último término los que definían los objetos y los que los conocían.

De esta forma, el idealismo heredó un concepto de realidad que podía y debía ser transformado por la libertad del sujeto que conoce y por las estructuras de su entendimiento.

El autor de La crítica de la razón pura, en su análisis del conocer y, en consecuencia, de la realidad, había establecido que el hombre se encontraba limitado por la realidad externa cuando intentaba hacer ciencia de un objeto, puesto que tenía que referirse a aquello que recibía a través de sus sentidos. Sin embargo, cuando se trataba de hacer metafísica, religión o cualquier otra disciplina que no dependiese de los sentidos o de las cosas en sí, el sujeto era completamente libre, y sólo debía fijarse en sus propias facultades y en la razón.

Los pensadores idealistas vieron en esta libertad la base para llevar a cabo una comprensión revolucionaria de la realidad, que saltase los límites críticos del conocimiento para apropiarse del mundo y de lo real. En este sentido, Fichte habló de lo real como actividad. Según el pensador alemán, lo primero que hace que lo real sea tal, es que actúa por sí mismo. De la misma manera que el sujeto descubre en el interior de su conciencia una actividad pura, tal como la describió Descartes, en la realidad se puede descubrir esa misma actividad.

De esta forma, lo real es también conciencia, actividad, subjetividad que se despliega. Esto llevó a Hegel a escribir: «Todo lo real es racional y todo lo racional es real». No hay nada real que escape a la conciencia; y todo lo que existe en la conciencia se termina convirtiendo en realidad a través del trabajo y la historia.

La realidad en la contemporaneidad

A partir del pensamiento alemán idealista, el concepto de realidad dejó de entenderse como un problema y se asumió su identidad con la conciencia.

Posteriormente, Martin Heidegger profundizó en el estudio del problema de la realidad a través de su análisis del hombre y su existencia en Ser y tiempo. Según el pensador existencialista alemán, todos los problemas que rodean a la consideración de la realidad y las apariencias surgen justamente de creer que se puede concebir un sujeto desligado del mundo.

Como ya se ha explicado, Descartes había dificultado la relación entre la conciencia y la realidad al crear un dualismo ontológico que diferenciaba entre una res extensa y una res cogitans, un mundo de la conciencia y un mundo de los objetos de la experiencia. Según Heidegger, esta diferenciación era un error, ya que el sujeto, el hombre, vive antes en el mundo como un ser más que como un ser consciente. La conciencia de las cosas nace después de que ya se haya mantenido una relación con ellas, por lo que no tiene sentido preguntarse por la realidad de las cosas cuando ya se cuenta con su existencia mucho antes de que el pensamiento empiece a preguntarse por su naturaleza o su esencia.

Por ejemplo, Descartes diría que encuentra en su conciencia una idea cualquiera, y que esa idea debe corresponderse con un objeto real, que existe fuera de la conciencia. Heidegger, por el contrario, asume que antes de la imagen mental del objeto, el sujeto vive con éste en su cotidianeidad, asume su realidad en tanto que objeto vital, existencial, y sólo luego se plantea su realidad en la conciencia. De esta forma, la realidad es lo existente, no aquello de lo que se tiene conciencia, y la distinción entre realidad y apariencia, objeto y sujeto, conciencia y existencia, desaparece.

El realismo

La ambivalencia del concepto de realismo es muy útil para comprender mejor el problema de la realidad dentro del mundo de la teoría del conocimiento. Así, sus sentidos a lo largo de la historia del pensamiento varían hasta el punto de ser contradictorios en ocasiones.

Por ejemplo, se puede hablar del realismo empírico de Immanuel Kant, que hace referencia a su idealismo trascendental, según el cual el objeto del conocimiento es aquél que resulta de la suma de los datos obtenidos de la experiencia y las estructuras del entendimiento humano.

Cuando se percibe un árbol, lo que se obtiene del mundo externo, fuera de la conciencia, son unos datos sensibles: unas dimensiones, unos colores, unas formas, etc. Sin embargo, a la vez que los datos llegan al entendimiento, éste se encarga de procesarlos y ordenarlos en virtud de unas categorías trascendentales que no se hallan en el objeto mismo, en el árbol, sino en la mirada del sujeto, en su forma de comprender el mundo. El árbol es situado en un espacio y en un tiempo; en un antes y en un después, en un aquí y no en un allí. De la suma de esos dos momentos surge el objeto, que es lo real.

Por el contrario, como el propio Kant mantuvo, el realismo también hace referencia a aquellas doctrinas ingenuas que creen que categorías como las del espacio y el tiempo se hallan en las cosas mismas, y no en la forma de ver propia del ser humano. El realismo ingenuo no entiende que el hombre, cuando percibe un objeto, lo transforma en virtud de su forma de ser; cree que las cosas, tal como aparecen en la conciencia, son idénticas a como son por sí mismas, al margen del hombre y su entendimiento.

Cabeza de Medusa, obra de un autor flamenco anónimo. La maldad que habitualmente se ha atribuido a las serpientes, haciéndolas protagonistas de numerosas historias humanas, no es sino el resultado de la interpretación humana de una simple conducta animal. El realismo empírico acepta esta deformación del pensamiento humano; el realismo ingenuo, no.

El realismo ingenuo es la actitud propia de la vida cotidiana, en la que no es normal plantearse si existen diferencias entre lo que se percibe y lo que existe. El realismo empírico o crítico, por el contrario, fue el habitual en el pensamiento moderno, al menos hasta la irrupción del idealismo y el romanticismo.

Conclusión

Los conceptos de apariencia y realidad recorren la historia del pensamiento occidental de acuerdo con la concepción que tienen los distintos pensadores y las diversas escuelas de comprender el mundo y el hombre. Si, en principio, como sucede en el pensamiento de Parménides o Platón, lo aparente fue tomado como lo ficticio o lo falso; a partir de la modernidad empezó a entenderse como una pista de lo real, como aquello que permite que exista el conocimiento.

En lo que se refiere a la realidad, ésta consiste en aquello que es por sí y actúa, se mueve, produce fenómenos. A partir del pensamiento de René Descartes, la realidad se vio escindida en dos estancias separadas, la del pensamiento y la de las sensaciones; y a pesar de que el realismo crítico de Immanuel Kant y el idealismo de Fichte y Hegel intentó superar la escisión, hasta la llegada de la contemporaneidad no desapareció definitivamente el problema.

En su obra El ser y el tiempo, Martin Heidegger puso de manifiesto que el dualismo ontológico de Descartes sólo era el resultado de una comprensión equivocada de la conciencia y el mundo. Para el pensador existencialista alemán, lo real es lo que existe, y si se produce una separación tajante entre la conciencia y la existencia es porque se está concibiendo equivocadamente la vida y el mundo. El hombre, antes de relacionarse con las cosas a través del conocimiento y la conciencia, vive en el mundo y se relaciona con éste en términos de existencia, proyectando su vida en ella, contando con los objetos, utilizándolos, comprendiéndolos con su actuar cotidiano.

De esta forma, para el pensamiento contemporáneo, la apariencia no es en absoluto una deficiencia de lo real, sino la condición de posibilidad del conocer. La realidad, lejos de ser un problema derivado de la distancia entre el entendimiento y el mundo, es lo que resulta de la existencia, de la manipulación, la comprensión o el sentimiento de lo que existe.

En cualquier caso, cabe preguntarse ¿por qué la modernidad insiste en que sólo se puede conocer a través de la conciencia? ¿Por qué conocer tiene que ser más importante que sentir? Muchas corrientes actuales del pensamiento insisten precisamente en el hecho de que el arte, por ejemplo, es una forma de relacionarse con la realidad tan válida como cualquier otra, y que limitar al hombre a su racionalidad no es sino desperdiciar gran parte de sus potencialidades.

Análisis de textos

Platón: –La República

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual supón que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

—Ya lo veo—dijo.

—Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

—¡Qué extraña escena describes —dijo— y qué extraños prisioneros!

—Iguales que nosotros —contesté—, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

—¿Cómo —preguntó—, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

—¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

—¿Qué otra cosa van a ver?

—Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

—Forzosamente.

—¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

—No, ¡por Zeus!—dijo.

—Entonces no hay duda —dije yo— de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

Texto 1. El mito de la caverna de Platón constituye una de las expresiones más perfectas y universales de la lucha entre las apariencias y la realidad, que significa además la razón de ser del filósofo: enseñarle a los hombres comunes cómo son realmente las cosas.

Thomas Hobbes: –Leviatán

De todos los fenómenos que nos circundan, el más maravilloso es precisamente el de la apariencia. [...] Si los fenómenos (las cosas aparentes) son los principios para conocer las otras cosas, es necesario decir que la sensación es el principio para conocer los principios mismos, y que de ella resulta toda la ciencia.

Texto 2. Para Hobbes, la sensación era la vía para desarrollar cualquier tipo de conocimiento científico pues sólo a través de ella se podían aprehender los fenómenos.

Immanuel Kant: –Crítica de la razón pura

El fenómeno es lo que no pertenece al objeto mismo, sino que se encuentra siempre en su relación con el sujeto y es inseparable de las representaciones de éste. Justamente por ello los predicados del espacio y del tiempo se han atribuido a los objetos de los sentidos como tales y no hay en ello ilusión. Por el contrario, si atribuyo a la rosa en sí el color rojo, a Saturno los anillos y a todos los objetos exteriores en sí la extensión, sin considerar la relación de estos objetos con el sujeto, y sin limitar mi juicio a esta relación, entonces nace la ilusión.

Texto 3. Según Kant, del aparecerse del fenómeno hay que derivar la confluencia del mundo sensible y las estructuras a priori de la conciencia. El parecer, por contra, resulta del hecho de atribuir a los objetos en sí propiedades que pertenecen a las estructuras del entendimiento.

Martin Heidegger: –El ser y el tiempo

Como significación de la expresión «fenómeno» hay por ende que fijar ésta: lo que se muestra en sí mismo, lo patente.

Tal mostrarse lo llamamos «parecer ser» y así tiene también la expresión phainomenon, esta significación: lo que tiene aspecto de... lo que parece ser... Sólo en tanto algo en general pretende por su propio sentido mostrarse, es decir, ser fenómeno, puede mostrarse como algo que ello no es... Nosotros reservamos terminológicamente el nombre de «fenómeno» a la significación primitiva y positiva de phainomenon, y distinguimos «fenómeno» de «parecer ser».

Texto 4. El pensamiento contemporáneo de Martin Heidegger hereda en gran medida la concepción kantiana del concepto de «aparecer», aunque relacionándolo con la noción de ser.

Martin Heidegger: – El ser y el tiempo

Si el término «realidad» miente al ser de los entes «ante los ojos» dentro del mundo, ello significa para el análisis de este modo de ser lo siguiente: sólo será posible traducir en conceptos ontológicos el ser de los entes intramundanos, una vez aclarado el fenómeno de la intramundanidad. Mas éste se funda en el fenómeno del mundo, que por su parte es inherente, como elemento estructural del «ser en el mundo», a la estructura fundamental del «ser-ahí». El «ser en el mundo» está a su vez ontológicamente inserto en la totalidad estructural del ser del «ser-ahí» […]

TEXTO 5. Para Heidegger, quien siempre se caracterizó por la complejidad de su prosa, el hombre, el «ser-ahí», se encuentra ligado al mundo desde mucho antes de que comenzase a relacionarse con él en términos conceptuales. Así, la dualidad cartesiana es en realidad un falso problema, que resulta de una errónea concepción del hombre y el mundo, que jamás pueden separarse.