La belleza

La naturaleza humana se puede definir a través de los conceptos que delimitan el mundo de su experiencia vital, de las ideas que mejor expresan su forma de ser y de vivir. Para muchos antropólogos y pensadores, el hombre se caracteriza porque emplea la razón o porque es capaz de hacer juicios morales, de distinguir lo que es bueno y lo que es malo; sin embargo, la naturaleza humana también puede ser definida por el hecho de que el hombre es capaz de crear, sentir y expresar belleza.

Lo bello es un fenómeno singular que aparece ligado a lo propiamente humano, añadiendo un nuevo matiz a la complejidad de la naturaleza del hombre. Si sonreír o razonar son actividades que distinguen al hombre de otros seres vivos, si se ha llegado incluso a definir lo esencialmente humano haciendo uso de estas categorías, lo mismo sucede con la noción de belleza: el hombre es el único ser sobre la Tierra que es capaz de entender lo bello.

El arte es, en principio, una consecuencia directa de la belleza. Hasta la aparición de las vanguardias, que plantearon otras formas de arte y otros objetivos estéticos, cualquier representación artística estaba basada en el concepto de belleza entendida como imitación, hasta tal punto que se daba casi una identidad entre lo bello y lo artístico.

La belleza y el valor de determinadas obras de arte hacen que el concepto de bello no sea tan evidente como puede parecer. Por ejemplo, esta obra de Francisco de Goya, conocida como El peregrinaje a San Isidro, no ofrece una expresión ortodoxa de la belleza, sino una forma distorsionada de comprender el hecho artístico.

El concepto de belleza, no obstante, ha sufrido transformaciones radicales con el paso de los siglos. A lo largo de la historia se han multiplicado los diversos modelos estéticos, que han dado lugar a etapas artísticas muy diferenciadas, cuando no claramente antagónicas. Baste citar, por ejemplo, la sensibilidad tan divergente entre los artistas del Renacimiento, los barrocos, los románticos o las vanguardias del siglo xx. La evolución de la idea de belleza ha sido objeto de arduos estudios filosóficos, en concreto de la ciencia conocida como estética.

Dificultades para hallar una definición de lo bello

A pesar de que el hombre está habituado a considerar objetos bellos y de que la realidad está llena de fenómenos estéticos, es muy difícil definir qué es exactamente la belleza. Se han escrito innumerables libros a propósito del tema sin llegar a ninguna conclusión definitiva, por lo que la mayoría de las veces se ha optado por describir de qué manera se han relacionado el hombre y lo bello a lo largo de la historia y los distintos periodos filosóficos, remarcando en todo caso una idea esencial: la belleza se encuentra presente en todas las etapas de la humanidad.

Así, se puede afirmar que lo bello es un fenómeno consustancial a la naturaleza humana, es decir, se trata de una realidad que no se puede separar de su forma de vida, de su manera de ser.

Lo bello en los orígenes de la existencia humana

Los hombres prehistóricos dejaron constancia de su interés por la belleza desde que realizaron las primeras expresiones artísticas en parajes naturales. Los arqueólogos y los historiadores del arte afirman que las pinturas rupestres, fijadas sobre las paredes de las cuevas, tenían sobre todo un sentido religioso, ritual, antes que artístico; pero en otras piezas como las vasijas, el arte era empleado para producir placer estético, para crear la sensación de hallarse ante algo bello.

Debe señalarse, no obstante, que estas afirmaciones, tan frecuentes entre los estudiosos de la estética, son un tanto arriesgadas. Téngase en cuenta que sólo se poseen restos arqueológicos, que son interpretados desde una perspectiva actual. Resulta prácticamente imposible saber qué sentían exactamente los hombres prehistóricos al observar aquellas piezas llenas de colores y dibujos.

La relatividad de la belleza

Incluso considerando como cierta la idea de que el hombre primitivo tuviese ya una fuerte vinculación con lo bello –y que, en consecuencia, los fenómenos estéticos son inseparables de la naturaleza humana–, aún no termina de clarificarse la pregunta esencial de la estética: ¿qué es lo bello?

Para hacer frente a esta cuestión es necesario tener en cuenta un gran número de aspectos. Para empezar, lo bello se presenta como un concepto relativo: cada persona siente como bello un objeto que no tiene por qué despertar las mismas sensaciones en todos los espectadores. Por ejemplo, hay quien piensa que el cuadro Guernica, del pintor malagueño Pablo Picasso, es una obra de gran belleza; sin embargo, para los espectadores no habituados a ver obras cubistas puede resultar todo menos un objeto bello.

Aquí entra en juego un nuevo elemento: la educación. Cuanto más se educa la percepción, cuantos más cuadros se ven y más se entiende de arte, más madura y más flexible se vuelve la concepción de belleza. Es posible que la primera vez que un espectador se enfrente al Guernica sienta desasosiego, extrañeza o incluso miedo. Ahora bien, si este mismo espectador hubiese contemplado antes otras obras expresionistas y cubistas, es muy probable que encontrara en la obra de Picasso un lienzo de intensa emoción y belleza.

Pero esta circunstancia trae a debate una nueva cuestión que muy pocos estudiosos de la estética se han atrevido a responder de manera taxativa: ¿quiere esto decir que las personas cultivadas tienen más derecho a decidir qué es lo bello? Nuevamente habría que volver a la relatividad de la belleza. La mayoría de los estetas consideran que tan válido es lo que siente un doctor en historia del arte como lo que percibe una persona no cultivada.

La belleza se basa en el sentimiento, no en el intelecto, aunque también es cierto que los sentimientos se pueden educar, se pueden amplificar a través sobre todo de la experiencia estética. En cualquier caso, la mejor forma de acercarse a lo noción de lo bello es hacer un repaso a las distintas teorías estéticas que han hecho frente a uno de los fenómenos más exquisitos de la naturaleza humana.

¿Qué es lo bello?

Sea cual sea la concepción que se tenga de la belleza, ésta pasa por una idea fundamental, común a todas las épocas y a todos los pensadores: lo bello es un fenómeno estético. Esto quiere decir que lo bello se encuentra ligado de manera indisoluble a los sentidos, a la experiencia de un objeto no a través del intelecto, sino por medio de la vista y el oído y, más ocasionalmente, del olfato o el gusto.

Las pinturas rupestres, como las españolas de Altamira de la imagen pertenecientes al paleolítico superior, demuestran que desde sus orígenes el hombre ha estado ligado a la expresión de la belleza, a pesar de que en muchas ocasiones ésta apareciese sesgada por el ámbito religioso.

La belleza pasó a ser una cualidad de los objetos producidos por el hombre hace recientemente poco. Si el ser humano se ha dedicado a hacer arte, a producir objetos bellos desde los inicios de su existencia, sólo a partir del siglo xviii se empezó a hablar de la belleza de los productos artísticos. Antes se trataba de una noción que se encontraba más allá de las creaciones humanas, de su arte, y se refería a la realidad o a las facultades naturales del hombre.

Las principales teorías estéticas que han tratado el tema de lo bello se pueden resumir en cinco posturas fundamentales, cada una de las cuales caracteriza la belleza desde un punto de vista y unas circunstancias diferentes.

El Guernica, de Pablo Picasso, expresa como pocas obras la relatividad de la belleza. Para apreciarla es necesario moverse dentro de un contexto cultural muy determinado y estudiar el sentido del cubismo o la realidad a la que hace referencia la obra.

La belleza como manifestación del bien en Platón

Para el pensador ateniense, la belleza era uno de los conceptos más importantes y valiosos de la vida. No poseía sólo una relevancia estética, referida a los gustos y al placer de los sentidos, sino que servía para explicar cómo era en realidad el mundo. Lo bello era para Platón (428-347 a.C.) una manifestación del bien. Para entender esta concepción es necesario hacer un breve esbozo de la teoría de las ideas platónicas.

A partir del Renacimiento el concepto de belleza se intelectualizó y pasó a ser una categoría trascendental tan importante como la de bien o verdad. En su Crítica del juicio, Immanuel Kant definió la belleza con las palabras de la imagen. (Pintura de El Gran Canal, Venecia, de J. M. W. Turner.)

Según dicha teoría, el mundo en el que vive el ser humano es un mundo aparente, falso, lleno de sombras y seres que cambian y mueren. Este mundo en realidad no es sino una versión pobre y miserable de un mundo superior, perfecto, eterno, en el que habitan las ideas. Si el mundo está lleno de distintos objetos como mesas o sillas, en el mundo de las ideas reside la idea de silla o de mesa, la idea perfecta que establece cómo deben ser las cosas concretas.

A lo largo de la Edad Media, los artistas intentaron expresar la belleza de lo sagrado pintando a los principales protagonistas del imaginario cristiano. En la ilustración, La virgen y el niño, obra de Gentile da Fabriano.

Por otro lado, el bien para Platón consiste en que el alma humana abandone su cuerpo y este mundo y vuelva al mundo perfecto de las ideas, de donde fue expulsada por culpa de los instintos.

Lo bello, el hecho de sentir que algo es bello, supone en realidad ver en lo aparente, en la fugacidad del mundo, una parte de la idea, de la verdad que vive en el mundo de las ideas. Lo bello despierta en el ser humano la memoria de su antigua vida, cuando sólo era un alma que vivía entre las esencias. Por esta razón, la belleza es memoria del bien, es recuerdo de la perfección, de lo mejor que hay en todo ser humano.

Tabla 1. El concepto de belleza ha variado en los distintos periodos que integran la historia según la visión que se ha tenido tanto del hombre como del mundo. En la actualidad, la noción de bello se ha abierto a la multiplicidad de expresiones humanas.

Más tarde, los pensadores neoplatónicos mezclaron esta teoría con las nuevas ideas cristianas, identificando el mundo de las ideas y la idea de bien con el cielo y Dios. Para estos autores, experimentar el sentimiento de lo bello era en verdad participar de la naturaleza de Dios.

La belleza como simetría según Aristóteles

La belleza entendida como simetría es una de las concepciones estéticas más extendidas e influyentes entre pensadores y artistas. Aristóteles (384-322 a.C.) fue el primer pensador que defendió esta teoría, según la cual la belleza se encuentra en el hecho de que cada uno de los elementos que integran un todo estén dispuestos de tal forma que alcancen un equilibrio perfecto.

Durante la Edad Media la escolástica retomó la teoría aristotélica, aplicándola a un nuevo paradigma filosófico. Esta concepción se convirtió así en la acepción de belleza más aceptada durante muchos siglos.

La idea de que la belleza de una obra no reside tanto en su semejanza con la realidad como en la coherencia de los elementos puede observarse también perfectamente en los autores del Renacimiento. Las composiciones de Rafael, por ejemplo, estaban basadas en la perfecta simetría de los objetos que formaban parte del lienzo. El gran pintor italiano basaba la distribución de las figuras en un triángulo, a partir de cuyo centro iba disponiendo los elementos que componían el cuadro hasta que alcanzaba un equilibrio compositivo ideal. Leonardo da Vinci recogió estas ideas en sus principales estudios estéticos, como el Tratado de la pintura.

La belleza como perfección sensible

A partir del siglo xviii, los estudios en torno a lo bello se concentraron en la producción humana, en el objeto propiamente artístico: en los cuadros, las esculturas o los edificios. Fue en este periodo además cuando nació propiamente la estética, entendida como la ciencia o la rama de la filosofía que se dedica al análisis de los objetos bellos, de las obras artísticas.

La noción de belleza entendida como simetría y aplicada al mundo de las bellas artes encuentra en la obra de Rafael una de sus máximas expresiones. Así puede observarse en la pintura de la imagen, La disputa del Sacramento, en la que los personajes y los elementos del cuadro se disponen siguiendo una estructura geométrica perfecta.

En esta etapa, la belleza fue planteada desde dos puntos de vista: de un lado, como la perfección en la creación y ejecución del objeto artístico; de otro, como el sentimiento que se deriva de la experiencia de ese objeto. Esto es: de un lado, cómo es el cuadro o la melodía que produce sensación de belleza; de otro, cómo opera ese cuadro o esa melodía sobre la sensibilidad del espectador. Se trataba, pues, de dos elementos que en realidad constituían un mismo fenómeno.

Una de las caracterizaciones más innovadoras que Kant hizo de la belleza parte de la idea de que la sensación de lo bello no reviste interés vital o práctico alguno. Cuando se contempla una obra de arte, como este Cristo crucificado de Velázquez, el espectador no pretende obtener ninguna clase de beneficio práctico: todo el valor de su belleza reside en su mera contemplación desinteresada.

El pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804) consiguió unir ambas perspectivas y terminó originando una teoría que se convirtió durante muchos años en la concepción ortodoxa, oficial, de lo bello. Incluso aquellos autores que se distanciaron de su planteamiento de la belleza o de la estética partieron mayormente de sus teorías, de sus mismos fundamentos.

Tanto Kant como los principales autores de su época se preguntaron cómo debía ser un objeto para producir la sensación de belleza y cómo era el proceso que se daba en el interior de la sensibilidad humana, qué conceptos y mecanismos intervenían cuando un cuadro o una escultura hacían sentir placer estético en el espectador.

El elemento más original de esta concepción de lo bello como perfección se encuentra en el concepto de desinterés. Kant no se cansó de reiterar una y otra vez lo mismo en sus principales escritos dedicados a la estética, sobre todo en la Crítica del juicio: mientras se puede sentir placer gracias a una idea o un acto que acarrea algún tipo de interés vital como comer, beber o dormir, lo bello despierta placer estético, un placer que no proporciona ninguna clase de utilidad.

Observar un cuadro de Velázquez provoca una serie de sensaciones que sin duda son placenteras, pero no tiene ninguna utilidad: el que ve el cuadro no se siente alimentado o rico. Quien contempla la obra artística va al encuentro de lo bello, sin pretender otra cosa que un instante de placer estético.

Otra idea fundamental de la estética kantiana es el carácter no conceptual de la belleza. Es decir, mientras la mayoría de las categorías que definen al hombre como ser racional están basadas en las ideas, en la razón o en el pensamiento, lo bello existe al margen de los conceptos, penetra en la mente a través de los sentidos sin que medien explicaciones.

Por esta razón es imposible contar un cuadro o una novela. Es necesario ver la obra o leer el libro para que el placer estético tenga lugar. No basta con entender o saber; hay que dejarse impresionar a través de los sentidos.

Así, el concepto de lo bello alcanza un valor similar al de la idea de bien o verdad. El hombre es definido en la filosofía crítica como el conjunto equilibrado de tres facultades: la voluntad, el entendimiento y el sentimiento. A la voluntad le corresponde como su perfección el bien, la voluntad libre que elige lo bueno; al entendimiento, la verdad, como forma más perfecta de entendimiento; y a la sensibilidad, lo bello, donde culmina la dimensión estética humana.

Cuando Kant analizó las facultades humanas desde un punto de vista trascendental señaló a la belleza como la perfección de una de ellas: el sentimiento. Así, en la obra del pensador alemán el concepto de bello se situó a la altura del bien y de la verdad.

En definitiva, el sentimiento de lo bello es un fenómeno universal propio del ser humano en tanto que animal racional. Puede afirmarse que el arte y la producción de belleza son tan necesarios para el hombre como pensar o decidir.

Las teorías kantianas del desinterés tuvieron además un importante e inesperado impacto en las corrientes más transgresivas de principios del siglo xx, cuando supuestamente se desecharon las viejas ideas estéticas. Así, el surrealismo basó gran parte de su efectividad en la teoría del desinterés, en la creación de objetos que carecieran de sentido o de utilidad alguna, como la Fuente de Marcel Duchamp, que no era sino un urinario sacado de contexto.

El arte contemporáneo, de manera consciente o inconsciente, heredó la idea kantiana de la belleza como desinterés. Los dadaístas y los surrealistas entendían que el objeto artístico nacía cuando se le restaba su utilidad, como dejó plasmado Marcel Duchamp en su célebre Fuente, un urinario convertido en objeto artístico al ser inutilizado, al ser sacado de su contexto.

La belleza como manifestación de la verdad romántica

Los autores románticos alemanes hicieron del concepto de belleza una de las bases de su idea del mundo. Estos pensadores, que vivieron mayormente a principios del siglo xix, plantearon una forma no intelectual de acceder a la verdad, una forma basada en el sentimiento y las emociones, y no en los conceptos.

El romanticismo entendió la belleza a partir de la expresión de la verdad ideal. El amor por el sentimiento de la existencia llevó a muchos autores a retratar el dolor de la vida y la realidad de la muerte, como puede observarse en esta obra de Caspar David Friedrich: Paisaje con sepultura, búho y ataúd.

En esta teoría de lo bello desempeñó un papel fundamental el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), quien afirmaba que lo bello se define como la aparición sensible de la Idea. Es decir, si el mundo humano se presenta muchas veces como un mundo caótico, desesperanzado, lleno de cambios y sinsabores, en el plano de las ideas –de los ideales– debe existir una verdad que no cambie, que sea eterna y universal. A través de lo bello, esta verdad hace acto de presencia en el mundo.

A dicha verdad se puede acceder de dos maneras: bien a través del pensamiento, bien a través de los sentidos. Cuando un objeto produce en el espectador la sensación de hallarse ante algo bello, a lo que está asistiendo en realidad es a la sensación de la verdad, de la Idea. Si se observa un cuadro en el que se representa una silla y se considera que se trata de un retrato bello, lo que produce esta sensación es el hecho de que la silla se ha representado con tal perfección que no parece una silla cualquiera, sino una silla verdadera, ideal, perfecta.

En esta concepción de lo bello se puede apreciar perfectamente el influjo de la teoría platónica de la belleza y la verdad. No en vano muchos románticos, como Arthur Schopenhauer, basaron su pensamiento en la obra del gran filósofo ateniense.

La belleza como perfección expresiva

La belleza entendida como perfección expresiva es la que mejor se adapta a las últimas corrientes del arte, en las que lo bello entendido como equilibrio, armonía o verdad desaparece prácticamente. Esta conceptuación de lo bello es mantenida por autores como el pensador italiano Benedetto Croce (1866-1952), quien afirmaba en su Estética:

  • «Nos parece lícito y oportuno definir la belleza como “expresión lograda” o, mejor aún, “expresión” sin más, ya que si la expresión no es lograda, no es expresión».

Lo que Croce y muchos otros pensadores contemporáneos mantienen es que lo bello se produce cuando en una obra artística se consigue que lo que aparece en el cuadro, la escultura, la novela, la melodía o el edificio exprese perfectamente lo que hay en la intención del autor.

La concepción de Benedetto Croce de belleza como perfección expresiva debe entenderse en el sentido de que un cuadro es bello cuando consigue plasmar con precisión lo que el artista desea expresar. Según esta interpretación, obras tan brutales y tan «antiestéticas» como las «pinturas negras» de Goya (en la imagen, Duelo a garrotazos) deben considerarse entre las máximas creaciones artísticas de todos los tiempos.

Lo bello es sinónimo de expresión artística conseguida, porque lo que resulta más fascinante en una obra de arte es cómo la técnica utilizada, el tema expuesto o su plasmación plástica se ajustan para provocar una sensación concreta.

La «fealdad» del arte contemporáneo: El grito, de Edvard Munch

En las formas artísticas anteriores al siglo xx era habitual que los museos se llenasen de un público no especializado. Por otra parte, la mayoría de los grandes artistas recibían un amplio reconocimiento público y estatal. Así, se dieron casos como los de Lorenzo Bernini, escultor y arquitecto muy apreciado por la sociedad llana, o Francisco de Goya, pintor contratado por los más importantes personajes de la realeza.

No obstante, a partir del siglo xx se produce un conjunto de manifestaciones artísticas que son tachadas de «feas». La obra de Vincent van Gogh es un buen ejemplo. Su producción pictórica resulta histriónica, extraña, casi incomprensible. No en vano, el pintor neerlandés se suicidó, arruinado y loco, sin haber vendido un solo cuadro. Sin embargo, aunque resulte paradójico, actualmente muchas de sus obras se encuentran entre las más valoradas en la historia del arte, alcanzando precios desorbitados en el mercado.

El grito, del pintor noruego Edvard Munch, representa una forma de belleza completamente heterodoxa, en la que la perfección expresiva es tal que ha terminado constituyendo el canon del terror existencial.

El caso de Van Gogh es paradigmático: cuando el público medio se acerca al arte contemporáneo, o bien lo tacha de extraño, o bien sencillamente lo desprecia. ¿Dónde está, pues, la belleza de estas obras de arte? ¿Qué concepción de lo bello es la que mejor se puede adecuar a esa idea de arte? Intentemos dar respuesta a estas cuestiones a través del cuadro El grito, pintado por el artista noruego Edvard Munch en 1893, cuando residía en París.

En principio, el lienzo se presenta ante el espectador como una curiosa mezcla de colores fuertes, chillones, y formas ondulantes que parecen gravitar sobre una extraña figura alargada que grita mientras camina por un puente poco definido, «mal pintado», casi garabateado. Tras la figura que grita aparece una pareja que camina ajena al personaje central.

La obra se ha convertido en un clásico dentro de la pintura contemporánea. Resulta un cuadro más bien extraño, en el que todo parece pintado sin hacer uso de una especial precisión técnica. La anatomía de los personajes y el tratamiento del puente y los fondos tampoco resultan naturales ni brillantes. Por otro lado, el tema tratado no es muy evidente. ¿De qué trata realmente la obra? ¿Cuál es su sentido? ¿Quién es ese hombre que grita? Y lo que es más importante: ¿por qué grita?

Resulta claro que la obra de Munch no puede ser entendida como una forma de belleza clásica, basada en la similitud entre lo representado y los objetos reales. No se trata de un cuadro en el que destaque la belleza como verdad. Tampoco parece que haya una proporción ideal entre los distintos volúmenes que integran el lienzo, por lo que tampoco se puede decir que haya belleza en tanto que armonía o equilibrio.

La forma de belleza que mejor explica El grito es lo bello entendido como expresión. A pesar de que las líneas, las anatomías o los volúmenes no estén desarrollados, la obra produce un inequívoco sentimiento de desasosiego, de soledad, de terror existencial. Y esto lo logra el artista precisamente al emplear colores chillones y bastos, al destacar la palidez del rostro del personaje central, que se desdibuja sobre un fondo oscuro.

Por medio de estos procedimientos, Edvard Munch deformó las ideas clásicas de belleza para alcanzar una expresión agresiva de la soledad, el miedo y el terror existencial. Con el paso de los años, El grito se convirtió en uno de los emblemas de la contemporaneidad. Existen muy pocas obras que hayan expresado con tal fidelidad la condición contemporánea: el miedo al futuro y a la soledad. Y ahí es precisamente donde reside la belleza del cuadro, en su perfecta capacidad para expresar esa idea o sensación.

Esta obra no es en absoluto una excepción. La historia del arte contemporáneo, tantas veces malentendida, tantas veces tildada de fea o carente de valor, está llena de obras como El grito, que basan su belleza en la capacidad para expresar una idea, un sentimiento o un recuerdo.

Análisis de textos

Cicerón: –Cuestiones tusculanas

Así como en el cuerpo existe una armonía de formas bien proporcionadas y unidas y una buena disposición, que se denomina belleza, así en el alma la uniformidad y la coherencia de las opiniones y los juicios, unida a una determinada firmeza e inmutabilidad, que es consecuencia de la virtud o contiene la esencia misma de la virtud, se llama belleza.

Texto 1. Cicerón, siguiendo a Aristóteles, consideraba que la belleza era una virtud que consistía en el equilibrio de elementos. Como se puede observar, en la antigüedad lo bello no estaba referido de forma particular a los objetos artísticos, sino sobre todo a la acción o a la existencia.

Immanuel Kant: –Crítica del juicio

Cada uno llama placentero a lo que le satisface, bello a lo que le gusta, bueno a lo que aprecia o aprueba, o sea, que les da un valor objetivo. El placer vale también para los animales irracionales; la belleza existe sólo para los hombres en su calidad de animales racionales, y no sólo en cuanto racionales sino también en cuanto animales a la vez.

Texto 2. El hecho de que el hombre pueda expresar y sentir la belleza lo sitúa, para Kant, por encima de los animales. Es decir, la realidad de lo bello unida a la naturaleza humana es esencial para la constitución racional del hombre.