El arte

El término «arte» es un concepto que puede utilizarse con múltiples sentidos. Por un lado, bajo el significado de conjunto de reglas y preceptos necesarios para hacer bien alguna cosa, se puede hablar, por ejemplo, del arte de vivir, de escribir o de amar. Con el sentido de práctica y creación de objetos, eventos o acciones que son motivo de experiencia estética, que son bellos, se emplea para hablar, entre otros casos, de las artes plásticas, el arte dramático o el arte poético. Finalmente, el concepto de las bellas artes hace referencia a la pintura, la escultura, la arquitectura y la música.

Sin embargo, estos significados no son totalmente independientes, ya que están unidos por una noción original, surgida en Grecia bajo el término téchne (usualmente traducido por «arte») y que persistió en el vocablo latino ars.

Tabla 1. El concepto de arte nació en el mundo antiguo, donde se conoció como téchne (Grecia) y ars (Roma). Con él se hacía referencia a la habilidad que se encuentra tras todo producto o acto bien elaborado o bien realizado.

Ambos conceptos significaban «destreza», es decir, la habilidad que se requiere para producir algo. Dicha destreza podía aplicarse a los ámbitos más diversos: desde la actividad del arquitecto, el escultor o el sastre, a la del estratega, el alfarero, el geómetra o el retórico. Todas estas «artes» tenían en común el basarse en el conocimiento de unas reglas específicas. Por ello, cuando en la actualidad se pretende definir el arte como una actividad independiente de cualquier tipo de reglas, se invierte por completo el modo de entender el concepto en el mundo antiguo.

El concepto clásico de arte

Hasta la irrupción de la Edad Moderna, el concepto de arte estaba unido al de producción, de tal forma que no sólo se llamaba arte a lo que produce placer estético, como un cuadro o una escultura, sino también a los oficios manuales, como la cerámica o la cestería.

Los pensadores antiguos aplicaban el concepto de arte tanto a la escultura o a la pintura como a las labores artesanales de la cerámica o la cestería. Los trabajos manuales bien realizados tenían, por tanto, la consideración de artísticos.

Además, como «arte» procede del término téchne y éste hace referencia explícita a la producción de algo a través del empleo de unas reglas y normas precisas, algunos pensadores como Platón consideraban que la aritmética o la geometría también eran formas de arte, ya que su funcionamiento dependía de la aplicación de un método y unos axiomas.

Otros autores, como Aristóteles, afirmaron, por el contrario, que las ciencias no eran una forma de arte, ya que no se basaban ni en la posibilidad ni en la imitación, sino en la exactitud y en los hechos mismos.

En cualquier caso, se puede afirmar que para los griegos el arte consistía en toda aquella actividad humana que tuviese los siguientes rasgos:

  1. Ser una actividad libre, opuesta a la naturaleza en el sentido en que no estaba delimitada por la necesidad de los hechos y los objetos naturales.

  2. Ser una actividad dependiente de la habilidad de los hombres, y no del genio o de la inspiración. Por ello, los artistas no eran personas célebres en las polis, sino meros trabajadores.

  3. Ser una actividad productiva, generadora de objetos útiles o bellos, pero no implicada, en principio, en una forma de conocimiento tan válida como la teoría de las ciencias. De esta forma, tanto Platón como Aristóteles reconocieron cierto carácter didáctico en el arte no imitativo.

  4. Ser una actividad regida por unas normas concretas y generales.

La poesía y las musas

Otra peculiaridad del concepto de arte en Grecia es que no englobaba a la poesía. Esto puede resultar sorprendente en la contemporaneidad, pero debe tenerse en cuenta que para la cultura helena la poesía dependía de la inspiración antes que de la aplicación de unas reglas determinadas, por lo que no podía ser equiparable a la actividad artística.

Esto implicaba que la música y la danza tampoco constituían formas de arte, puesto que estaban fuertemente emparentadas con la poesía, de modo que sólo eran articulaciones melódicas y rítmicas de los cantos que los poetas hacían a través de los versos.

La inspiración de la poesía estaba ligada a la existencia de las musas, que poseían un carácter ontológico y gnoseológico muy marcado. Según la mitología griega, éstas eran las hijas de Zeus y Mnemosine y habitaban una región conocida como el Parnaso, que estaba presidida por el dios Apolo. Las musas eran nueve, y cada una de ellas mantenía una relación esencial con la historia, la memoria y la adivinación a través de los astros.

Para los griegos, la poesía y la música estaban enlazadas y dependían de las musas, quienes tenían acceso a la verdadera memoria del mundo, al auténtico aspecto de las cosas. En la imagen, Apolo y las nueve musas, obra de Hendrick van Balen.

Las nueve musas velaban por el buen desempeño de otros tantos aspectos esenciales del mundo griego. Su madre, Mnemosine, encarnaba la memoria en tanto que recuerdo de lo que eran las cosas en esencia, antes de diversificarse en el mundo sensible y adoptar apariencias indescifrables para el hombre no inspirado o vulgar. En consecuencia, el poeta, el músico o el bailarín se ponían en contacto con las musas, con la auténtica memoria del mundo, y expresaban las ideas inmutables y certeras, el verdadero aspecto del mundo.

Esta interpretación y valoración de la poesía condujo a que los artistas y los pensadores renacentistas comprendiesen, a través de la Poética de Aristóteles, el valor esencial de la actividad lírica y artística.

Tabla 2. Según la mitología griega, las nueve musas eran hijas de Mnemosine y vivían en el Parnaso, lugar ideal presidido por Apolo. Incluso Platón, que negaba la realidad y la validez de los mitos, admitía su valor.

Muchos siglos después, en los albores de la contemporaneidad, Hegel siguió concediendo al arte un valor muy grande, aunque por debajo de la filosofía, que opera con conceptos en lugar de hacerlo con imágenes y metáforas.

Para los griegos, que distinguían entre artes liberales y artes vulgares, la escultura o la pintura pertenecían a la segunda categoría, puesto que requerían de cierto esfuerzo físico.

La división de las artes en Grecia

La cultura griega clásica realizó una de las primeras clasificaciones elementales de las diferentes formas de arte, clasificación que posteriormente resultó esencial para la estética moderna.

Según los griegos antiguos, había que distinguir entre las artes liberales y las artes vulgares. Ello respondía antes a unas circunstancias políticas y económicas que a unas motivaciones puramente teóricas o estéticas.

Las artes liberales eran aquellas que no requerían esfuerzo físico, que dependían de la mente antes que del músculo, mientras que las artes vulgares eran las que sólo precisaban trabajo físico y la aplicación mecánica de unas reglas sencillas.

De esta forma, los griegos hacían depender la esencia del arte de la existencia de un sistema esclavista que era alentado por la mayor parte de los grandes filósofos. Para Aristóteles había personas que nacían predispuestas a dedicarse de manera exclusiva al esfuerzo físico, no al mental, por lo que eran seres inferiores destinados a ser esclavos.

Esta minusvaloración del esfuerzo físico se tradujo en la exaltación de las artes liberales y el desprecio de las artes vulgares, que más tarde serían llamadas «serviles» por santo Tomás de Aquino. Los hombres bien educados conocían y practicaban las primeras, mientras que se alejaban de las segundas.

A partir de esta visión monetaria y política del arte, los griegos consideraban que ciencias como la astronomía y la geometría eran formas de arte liberal, mientras que la escultura y la pintura, que requerían cierto esfuerzo físico, eran artes vulgares.

Por otro lado, algunos pensadores como Platón despreciaban la pintura o la escultura no sólo porque fuesen artes vulgares, sino también, y sobre todo, porque se basaban en la imitación plástica del aspecto aparente de las cosas.

Los filósofos medievales, siguiendo en cierta medida a los pensadores griegos, distinguieron entre las artes liberales, propias del estudio, y las artes mecánicas, que requerían el trabajo manual.

Al contrario que la poesía, capaz de acceder a la esencia de las cosas, las artes plásticas se dedicaban a reforzar el carácter aparente de los objetos, su variabilidad y singularidad, lo que para la ontología de aquellos filósofos, que valoraban sobre todas las cosas la quietud y la identidad del ser, suponía traicionar la verdadera esencia del pensamiento y la naturaleza humana, que es hallar lo esencial.

El concepto de arte en la Edad Media

Como no podía ser de otra manera, los pensadores y los artistas de la Edad Media heredaron en gran medida la visión clásica del arte, y sobre los conceptos antiguos aplicaron su propia forma de comprender al hombre y al mundo.

La clasificación de las artes en la Edad Media

Los filósofos medievales mantuvieron la distinción entre artes liberales y artes vulgares, que pasaron a llamar «mecánicas» aunque sin despreciarlas. El nuevo respeto hacia la actividad manual se debía a que la economía y los sistemas políticos habían cambiado de forma radical.

Las democracias de corte esclavista habían desaparecido y la mayoría de los integrantes de las sociedades europeas se dedicaban precisamente a las artes manuales. No obstante, la distinción se mantuvo, debido ahora a la imposición de un paradigma de corte cristiano y platónico según el cual lo verdaderamente digno en el hombre es el alma y las actividades intelectuales, no el cuerpo o el esfuerzo.

Así, a pesar de que la lista estuvo sujeta a diversas transformaciones, la Edad Media distinguió siete artes liberales: gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, astronomía y música. Estas artes eran enseñadas en las universidades, y estaban emparentadas con la buena educación y el saber universal.

Entre las particularidades de la concepción medieval del arte cabe destacar la inclusión del teatro y la consideración de la música como arte liberal.

Si en Grecia la música había sido desplazada de la región de las artes por depender de la poesía y deberse, en consecuencia, a la inspiración y no a las reglas, en el medievo se empezó a comprender la estrecha relación que se existía entre aquélla y las matemáticas. La música no era sino la aplicación en el tiempo de una serie de pautas sonoras, por lo que resultaba casi idéntica a las matemáticas y podía ser incluida dentro de las artes liberales.

Por otro lado, ni la pintura ni la escultura eran consideradas como formas de arte, puesto que no estaban relacionadas con el esfuerzo mental (requerían de esfuerzo físico), ni eran lo suficientemente útiles como para ser incluidas dentro de las artes mecánicas. Por ello, los artistas no firmaban sus obras, y el hecho de ser artista no implicaba ningún especial aprecio social. No en vano, ya el helenista Plutarco había afirmado que ni siquiera después de ver el Zeus Olímpico de Fidias se debía pretender la fama del escultor.

El arte y la belleza en la antigüedad y en la Edad Media

A la hora de comprender la evolución del concepto de arte, lo que resulta más representativo de las edades antigua y medieval es la relación que se establece entre la belleza y el arte.

Hasta la Edad Moderna no empezó a considerarse al artista como un ser privilegiado. Pericles, por ejemplo, decía que el arte de Fidias, del que la imagen muestra la Procesión de las panateneas, no hacía que éste fuese un personaje notable.

Se puede decir que el arte y lo bello pertenecían a dos esferas distintas, heterogéneas, que no tenían casi nada que ver entre sí. Para Platón, una obra puede ser bella en lo que se refiere a su ejecución, puede estar bien hecha y sugerir algún tipo de idea; pero esa perfección no tiene nada que ver con el concepto sustancial de bello.

De acuerdo con los autores antiguos y medievales, lo bello es una categoría trascendental que remite a la esencia del mundo y no al aspecto de las obras de arte. Esto se debe a que la belleza equivale a la verdad, concepto ajeno por completo al placer estético que un cuadro puede llegar a generar en el espectador.

Sin embargo, esto no impidió que Aristóteles llamase bellas a las obras que eran armónicas, o que los pensadores medievales apreciaran la belleza de una representación de la Virgen María.

Hubo que esperar, no obstante, hasta la Edad Moderna para que los conceptos de arte y belleza fuesen definitivamente identificados, dando lugar a una visión del fenómeno artístico más cercana a la actual.

La inspiración del poeta, de Nicolás Poussin. A partir del estudio de la Poética de Aristóteles, la Edad Moderna empezó a comprender la poesía y la música como formas válidas de arte.

Las bellas artes

La transformación del concepto de arte en el de bellas artes se debió a la labor de un nuevo paradigma artístico y antropológico, encarnado por los humanistas del Renacimiento. Si los neoplatónicos y los últimos autores de la escolástica insistían en despreciar el valor ontológico y estético del arte, los humanistas comenzaron a proclamar la autonomía del hombre para decidir por sí mismo qué era lo bello y lo valioso.

De este modo, se hizo una interpretación pagana de la cultura griega, acentuando el culto a la naturaleza y al hombre como centro de la existencia. Ello se tradujo en una primera innovación consistente en separar las ciencias de las artes, lo que implicó restar a la actividad del artista la carga teórica y cerebral que hacía que las artes liberales dependiesen exclusivamente de las virtudes de la razón.

La Poética de Aristóteles

Por otro lado, y gracias sobre todo a la interpretación de la Poética de Aristóteles, se empezó a entender la poesía como una de las formas más sublimes de arte, algo que iba más allá del mero juego de palabras y referencias para llegar directamente a la esencia del mundo y a la expresión de la verdad.

La Poética de Aristóteles trataba no solamente la poesía tal y como ésta es comprendida en la actualidad, sino también todas aquellas formas de expresión que estuviesen basadas en la imitación. Esto hizo posible que se emparentasen actividades en principio tan dispares como la poesía, la pintura y la escultura.

En cualquier caso, lo verdaderamente determinante de la Poética era que estimaba que la creación lírica no sólo imitaba el aspecto de las cosas, sino también, y sobre todo, el de las ideas o las formas que representan las cosas. El poeta o el artista, según Aristóteles, entra en contacto con Mnemosine y expresa la memoria original del mundo, saltando por encima de lo particular para alcanzar lo universal.

Ésta es la razón por la que Aristóteles llegó a afirmar que la poesía se encontraba por encima de la historia en un sentido gnoseológico, en lo que se refiere al conocimiento de la realidad. La historia sólo tiene acceso a una serie de datos particulares que trata de poner en relación para elaborar una explicación plausible de lo que puede haber sucedido en el pasado.

El poeta, en cambio, pasa por encima de lo particular gracias a la inspiración y es capaz de expresar la generalidad misma, la idea o la forma, que es siempre más valiosa que la particularidad.

La misma Poética de Aristóteles también señalaba el carácter práctico del arte, que no se limita a proporcionar cierta forma de conocimiento, sino que, además, puede curar al espectador gracias a la catarsis, que consiste en la limpieza del espíritu a través de la aprehensión del arte en general y de la tragedia en particular.

Cuando se publicó la Poética en 1549 tras siglos de olvido, se produjo una auténtica revolución dentro de la comprensión y la estimación del arte, que integró rápidamente a la poesía entre las artes liberales y comenzó a pedir para ella un rango superior dentro del mundo de la cultura.

De manera paralela, mientras el comercio comenzaba a decaer como fuente de ingresos y enriquecimiento para las naciones y los estados, el arte empezó a entenderse como una inversión económica, lo que hizo que surgiese la figura del mecenas, una persona adinerada que se dedicaba a financiar la vida de los artistas para que éstos pudieran realizar su arte.

En estas circunstancias, es comprensible que los artistas luchasen por diferenciarse de los artesanos y reivindicasen su singularidad firmando sus obras y buscando cierta celebridad.

No obstante, para que los escultores y los pintores pudiesen diferenciarse de manera palmaria de los artesanos se requería una base teórica, alguna clase de sistema ideológico que explicase la razón por la que las artes plásticas eran tan distintas y superiores a los oficios manuales.

El pintor, arquitecto e historiador del arte renacentista Giorgio Vasari (1511-1574) vino a satisfacer esta necesidad presentando una teoría que marcó definitivamente la concepción moderna del arte y del artista.

A partir del Renacimiento, los artistas plásticos como Leonardo da Vinci (en la imagen, uno de sus Estudios anatómicos) trataron de separarse de los artesanos para ganar prestigio y fama. La virtud de aquéllos, según Giorgio Vasari, es que basaban su arte en un diseño mental, que luego ponían en práctica a través de la técnica.

Según Vasari, lo que unificaba y diferenciaba las artes plásticas (entre las que incluía la escultura, la pintura y la arquitectura) de otras artes y actividades era el concepto de diseño. Al contrario que los oficios manuales, que se basaban en meros esbozos intelectuales y se debían, casi exclusivamente, al esfuerzo físico, los artistas plásticos partían siempre de un arduo esfuerzo intelectual, de una especie de diseño que luego ponían en práctica gracias al dominio de una técnica.

Si algunas teorías ilustradas habían propiciado que las artes plásticas y las literarias comenzasen a acercarse en el siglo xvii, esta fusión se pronunció en la centuria siguiente gracias a la comprensión del arte como puesta en práctica de un diseño intelectual. Así, se pensaba que, al fin y al cabo, los poetas seguían un plan intelectual para expresar la esencia de las cosas, de la misma forma que lo hacían los pintores a la hora de emplear el mármol o el bronce como medio de expresión.

Esto hizo que durante los siglos xvii, xviii y xix los museos se llenasen de pinturas que tomaban como temas los grandes dramas de la historia de la literatura, y que los poetas se acercasen con sus metáforas a los planteamientos artísticos más célebres. Habría que esperar hasta el siglo xix para que se empezase a diferenciar la temática empleada por las artes plásticas y la de las «bellas letras».

El concepto de bellas artes

A pesar de todas las innovaciones que se produjeron en el mundo del arte desde los inicios del Renacimiento, el concepto de bellas artes no se introdujo hasta mediados del siglo xviii, en plena Ilustración.

A partir del siglo XVII las relaciones entre poesía y pintura se multiplicaron, ya que se extendió la idea de que ambas artes se basaban en unas ideas muy similares. Así puede observarse en Ofelia muerta, de John Everett Millais, en la que se representa una de las escenas más famosas del Hamlet de William Shakespeare.

El teórico Charles Batteux (1713-1780) publicó en 1747 su libro Las bellas artes reducidas a un único principio, en el que trataba de establecer de manera definitiva el número de bellas artes existentes. En él señaló como tales a la pintura, la escultura, la música, la poesía, la danza, la arquitectura y la retórica.

Lo realmente interesante y determinante de esta caracterización de las artes es que basaba el criterio de selección en la utilidad y en la belleza que eran capaces de producir las actividades humanas.

Así, las bellas artes eran tales porque su función consistía, de manera exclusiva, en producir placer estético, mientras que el motivo de las otras actividades era el de generar objetos útiles. Ésta fue además la razón por la que la arquitectura y la retórica se incluyeron dentro de una especie de subgrupo, ya que eran capaces de suscitar belleza pero también resultaban útiles.

En realidad, la caracterización que Batteux hizo del término de arte no era del todo novedosa, pues ya se había insinuado incluso en la Grecia clásica; sin embargo, el hecho de que emplease un concepto nuevo propició que sus teorías se extendiesen con rapidez, y que a partir del siglo xviii el vocablo «bellas artes» pasase a designar a las actividades antes descritas.

Charles Batteux distinguió las bellas artes de otras formas de arte basándose primordialmente en el concepto de utilidad. Las bellas artes sólo se deben a la belleza, no tienen otra razón de ser.

De forma paralela, la obra estética de Immanuel Kant, incluida dentro de su Crítica del juicio, vino a reforzar la concepción de las bellas artes como lo opuesto a la utilidad. Según el pensador ilustrado, debe distinguirse entre las artes estéticas, que tienen como fin producir la sensación de belleza en el espectador, y las artes útiles o mecánicas, que poseen una función utilitaria. Más tarde, el concepto de bellas artes terminó equiparándose al de arte, y así ha llegado hasta la contemporaneidad.

El Laocoonte

Otra aportación elemental de la Edad Moderna al desarrollo del concepto de arte se debe a la labor teórica de uno de los pensadores y filósofos del arte más representativos de la época: Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781).

Su tratado de estética Laocoonte profundizaba en las nuevas ideas surgidas alrededor del grupo escultórico griego homónimo, descubierto a mediados del siglo xvi. La escultura, perteneciente a la época griega clásica, distaba mucho, en cuanto a composición y expresión, de lo que ya se conocía del arte heleno, por lo que suscitó un profundo debate en torno al origen del arte europeo.

El hallazgo, a mediados del siglo XVI, del grupo escultórico del Laocoonte provocó una auténtica revolución en cuanto a la concepción del antiguo arte griego: el dramatismo de esta figura contrastaba con la serenidad y la contención habitualmente atribuidas al clasicismo.

Antes del hallazgo del Laocoonte se pensaba que el arte griego clásico se caracterizaba por el equilibrio, la proporción y la contención, lo que llevó a muchos autores modernos a definir el fenómeno artístico a partir del predominio del diseño y la forma sobre el sentimiento. Sin embargo, la escultura recién descubierta evidenciaba un desgarro existencial que vino a reforzar el gusto barroco por la desmesura y a propiciar el inicio del romanticismo.

En otro sentido, el libro de Lessing separó de forma tajante las disciplinas que una mala interpretación de las teorías de Batteux habían unificado. La pintura y la poesía eran radicalmente distintas porque cada una de las actividades hacía uso de unos símbolos y unas metodologías completamente diferentes.

Según Lessing, los símbolos propios de la pintura son naturales y consisten fundamentalmente en colores y figuras, mientras que los de la poesía son arbitrarios y no se disponen sobre una superficie espacial, sino que se articulan en el tiempo.

Lo apolíneo y lo dionisiaco

Una de las aportaciones más determinantes de la Edad Moderna a la comprensión y la determinación del concepto de arte fue la distinción entre dos aspectos elementales del acto creativo: lo apolíneo y lo dionisiaco. Objeto de reflexión durante siglos, estos conceptos alcanzaron su máxima popularidad en los trabajos del joven Friedrich Nietzsche, por entonces volcado en la filología clásica.

En el imaginario mitológico griego, el dios Apolo encarnaba la belleza, la proporción y la contención, mientras que Dionisos representaba el desenfreno, la borrachera y la ausencia de límites.

Para Nietzsche, el arte resulta de la fusión de estos dos elementos: de una fuerza inspirada que no reconoce mesura y de una disciplina formal que es capaz de encauzar el sentido de la inspiración.

Así se hizo posible distinguir entre las artes apolíneas, que estaban determinadas por la forma, como la escultura, y las artes dionisiacas, como la música, que expresaban mejor la esencia caótica y terrible de la existencia. Richard Wagner, amigo íntimo de Nietzsche, encarnaba, según el pensador vitalista, el arte perfecto.

Gotthold Ephraim Lessing fue el autor que mejor diferenció la naturaleza de la pintura y de la poesía, disciplinas que la Edad Moderna había considerado muy próximas. Para el escritor y dramaturgo alemán eran especialidades artísticas muy diferentes, debido a que cada una empleaba unos registros simbólicos distintos.

Inspirado por la tragedia griega, Nietzsche propuso además en El nacimiento de la tragedia la existencia de un arte total, que escapaba a los límites de la literatura, la escultura o el teatro para apoderarse de la vida y transformar a los espectadores, quienes se integraban en el acto artístico olvidando su propia identidad, deshaciéndose de las máscaras que los convertían en personas.

El siglo xx heredaba así una teoría del arte tan amalgamada y confusa que, junto a las nuevas formas de expresión artística, necesitó acuñar términos novedosos, como el «arte total», el «arte deshumanizado» o la «inutilidad del arte».

La renuncia contemporánea a una definición de arte

La contemporaneidad se caracteriza, entre otras muchas cosas, por la velocidad a la que se suceden los paradigmas culturales. Si el concepto clásico de arte se impuso durante toda la antigüedad y pervivió a lo largo de la Edad Media, y el de bellas artes tuvo su origen a mediados del siglo xviii y no terminó de cuajar hasta bien entrado el xix, la pasada centuria hubo de reconocer en tan sólo unas décadas la deficiencia de ambas definiciones.

El desarrollo indiscriminado de tecnologías, teorías filosóficas y científicas por un lado, y la aparición de nuevas situaciones culturales por otro, condujeron a la generación de novedosas formas de arte a las que no se podían aplicar los viejos conceptos acuñados por la antigüedad o por la Edad Moderna.

La fotografía o el cine, por ejemplo, son, sin ninguna clase de duda, artes contemporáneas que poseen tanto valor como un buen cuadro o una buena melodía. Sin embargo, debido al empleo de medios técnicos no se deben de forma exclusiva a la labor intelectual de los creadores, y, además, son útiles en el sentido en que pueden servir para entretener o para generar a su alrededor industrias muy rentables.

Se puede cuestionar si las artes aplicadas y el arte decorativo son verdadero arte, pero los muebles, la cerámica, la cristalería o las alfombras son incluidos en las colecciones de arte y en los museos a pesar de que según el sistema de Batteux no deberían ser considerados objetos artísticos por su propósito utilitario.

También debe tenerse en cuenta que las siete artes canónicas establecidas por Batteux tampoco estaban exentas de polémica, y, así, se dudó de si la música de baile o las operetas eran verdadera música. Pintar carteles haciendo publicidad de una marca de jabón, incluso cuando el autor era un pintor prerrafaelista, no les parecía a sus contemporáneos una producción artística, sino comercial.

Sin embargo, el siglo xx se ha caracterizado precisamente por pedir para los artistas una absoluta autonomía. Un edificio bien construido, lleno de ideas innovadoras, no deja de ser una obra de arte por tener un fin concreto. El Museo Guggenheim de Bilbao, por ejemplo, tiene la finalidad de albergar obras en su interior, pero es indudable que posee unas cualidades artísticas propias. De esta manera, la teoría según la cual el arte tenía que estar sujeto a la ausencia de necesidad dejó de tener sentido.

El siglo XX ha puesto en entredicho la noción moderna de arte, ya que determinadas expresiones como el cine, llamado el «séptimo arte», hacen uso de medios mecánicos y técnicos. En la imagen, un fotograma de la película de Fritz Lang Metrópolis.

Por otra parte, las distintas vanguardias que crearon las artes del siglo XX, como el cubismo, el surrealismo o el expresionismo, no tuvieron como fin inmediato el producir la sensación de belleza en el espectador. El pintor Francis Bacon, por ejemplo, plasmó en sus obras la crudeza y la fealdad de lo cotidiano sin renunciar por ello al arte, lo que dejó bien clara la insuficiencia de una definición del arte como actividad ligada a la producción de belleza.

Los carteles publicitarios pintados en París a finales del siglo XIX y principios del XX ponen en cuestión la noción clásica de arte. Ése fue también el caso del pintor y cartelista checo Alphonse Mucha, quien realizó auténticas obras artísticas en anuncios de los más diversos objetos y servicios, convirtiendo la obra creativa en algo asimismo útil.

Otro mito artístico que se vino abajo con la irrupción de las vanguardias contemporáneas es el de que el arte debe dedicarse a imitar la realidad. Los cubistas diseccionan los objetos representados hasta reducirlos a simples formas geométricas que se superponen sobre el lienzo insinuando nuevos espacios y nuevas relaciones temporales. En literatura, por su parte, el realismo mágico del escritor argentino Julio Cortázar inserta en los hechos cotidianos elementos fantásticos, como un señor que vomita conejos en un ascensor (Carta a una señorita en París).

Por otro lado, la poesía o la pintura de René Magritte imitan lo universal y no lo particular, por lo que es imposible sostener que el arte realiza una simple copia de las apariencias. La indefinición de la noción de mímesis, que podía entenderse en un sentido estético o en un sentido metafísico, junto con la aparición de la pintura y la escultura no figurativas, implicó que el concepto se convirtiera en una reliquia histórica.

La contemporaneidad supone, en este sentido, el triunfo de la subjetividad y de los mundos posibles, que inundan los lienzos y las páginas de los libros para proponer otros modelos ontológicos que no están sujetos a la mediocridad de lo cotidiano.

El arte actual rompe también con la noción de arte de la Edad Moderna porque se recrea en lo insignificante. Aristóteles decía, por ejemplo, que el valor de una obra no se encontraba en la ejecución de la misma, sino en el valor del objeto representado; y los románticos consideraban que el arte debía describir la esencia de la existencia recreándose en el patetismo del dolor o de la muerte.

El arte contemporáneo, por el contrario, recupera las pequeñas cosas que integran la vida y las convierte en arte desubicándolas o llenándolas de ironía y humor. El pintor pop Andy Warhol, por ejemplo, hizo de una lata de sopas Campbell un objeto artístico al diseñar su envoltorio y presentarlo en un museo.

En definitiva, el arte ha logrado alcanzar tal actualidad y tal urgencia que es difícil decir nada acerca de su naturaleza sin que se produzcan, al instante, nuevos hallazgos y nuevas formas de expresión.

El pensador español José Ortega y Gasset ya había denunciado este hecho en su obra La deshumanización del arte, donde afirmaba que el arte estaba comenzando a convertirse en un fenómeno que había olvidado al público, para encerrarse en sí mismo en busca de nuevos mundos difíciles de comprender e imposibles de definir.

Sin embargo, si el arte es la expresión más perfecta de la absoluta libertad humana para expresarse, resulta bastante ingenuo tratar de poner límites a lo que, por definición, no es sino la destrucción de barreras y condiciones.

De este modo, con el tiempo, a los sucesivos fracasos ante la tentativa de crear una definición de arte ha seguido un ambiente de desánimo, y el siglo xxi ha llegado a la conclusión de que hallar una definición que indique, aun de forma aproximada, cuál es el objeto de la actividad artística no sólo es muy difícil: es imposible.

Análisis de textos

Santo Tomás de Aquino: –Summa Theologica

[Se llama artes serviles] a los trabajos ejercitados con el cuerpo, que en cierta manera son serviles, ya que el cuerpo se halla sometido servilmente al alma, y el hombre es libre conforme al alma.

Texto 1. En consonancia con las ideas propias de su tiempo, santo Tomás de Aquino distinguió entre las artes liberales y las serviles, que están subordinadas al alma por depender del esfuerzo físico.

Aristóteles: –Poética

[La poesía] es más filosófica y más elevada que la historia porque expresa lo universal, en tanto que la historia expresa lo particular. Se tiene lo universal, en efecto, cuando a un individuo de una determinada índole se le ocurre hacer o decir determinadas cosas a partir de la verosimilitud y la necesidad, y a esto es a lo que tiende la poesía, que da nombre al personaje precisamente a partir de tal criterio. En cambio se tiene lo particular cuando se dice, por ejemplo, lo que hizo Alcibíades y lo que le ocurrió.

Texto 2. Con Aristóteles renace el valor de la poesía como forma de arte. Para el estagirita se trata de una forma artística que vale incluso más que la historia, puesto que habla de lo universal, no de lo particular.

Immanuel Kant: –Crítica del juicio

Cuando el arte conforme con el conocimiento de un objeto posible cumple solamente las operaciones necesarias para realizarlo, es arte mecánico; si por el contrario tiene por finalidad inmediata el sentimiento de placer, es arte estético. Éste es arte placentero o arte bello. Es placentero cuando su finalidad es hacer que el placer acompañe a las representaciones en cuanto simples sensaciones; es bello cuando su finalidad es unir el placer a las representaciones como modos del conocimiento.

Texto 3. Fue en la Edad Moderna cuando se empezó a hablar de las bellas artes, que se separaban radicalmente de las artes vulgares o, según Kant, mecánicas. Aquéllas tenían un rango muy superior porque estaban relacionadas con el concepto de belleza, con el conocimiento y con la ausencia de utilidad.