La estética

El arte como actividad humana ha llenado la historia de las civilizaciones y las culturas con productos bellos y expresivos que han servido para dotar de sentido a la existencia del hombre.

Lo artístico siempre ha sido una forma de expresión y de conocimiento distintivamente humana; un modo de conocer distinto al de las ciencias empíricas como la física, la química o la biología, basadas en la lógica; una manera de conocer a través de lo sensible, lo emotivo o lo sensitivo.

No es de extrañar que los grandes pensadores de todos los tiempos hayan sentido a menudo la necesidad de indagar en la naturaleza del arte, de analizar de qué manera se crean los objetos bellos y de qué forma se relacionan éstos con el hombre y con la realidad.

A pesar de que la estética no se presente actualmente como una disciplina general, como una asignatura independiente en la mayoría de los planes docentes de primer o segundo grado, se trata sin lugar a dudas de una ciencia tan necesaria e importante como la historia, la química o la ética, ya que ofrece una de las facetas más singulares y definitorias de la existencia humana: la articulación de la realidad en torno a los conceptos de belleza y arte.

Qué es la estética

El origen del término «estética» se encuentra en la obra del teórico alemán Alexander Gottlieb Baumgarten (1714-1762), quien lo utilizó en el año 1750 (aesthetica) para hacer referencia al estudio del arte y de lo bello. Sin embargo, a pesar de que la estética como concepto naciera relativamente tarde, los estudios dedicados al análisis de la belleza y el arte son muy anteriores.

La separación del arte y lo bello en Grecia

En la definición de Baumgarten se puede apreciar cómo no se da una identidad entre lo bello y el arte, a pesar de que se establezca una relación fundamental. No hay una relación necesaria entre los dos términos, sino que parece que tanto lo bello como lo artístico se dan o se han dado por separado. Esto se debe al tratamiento que han recibido ambas nociones a lo largo del tiempo, más concretamente en Grecia.

En la antigüedad, la relación entre el arte y la belleza estaba condicionada por la naturalidad y la imitación. Así puede apreciarse en este Hermes de Praxíteles, escultor griego que destacó por su realismo y por su rigor anatómico.

Los griegos, como Platón (428-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.), consideraban que el arte y lo bello eran dos cosas que no tenían nada que ver. La ciencia que estudiaba el arte era la poética, mientras que la ciencia que se ocupaba de lo bello era la metafísica.

Esto se debía a que el arte era entendido como una forma de imitación de lo real, como un producto humano que estaba unido al mundo de las apariencias y que se contentaba con ellas; por el contrario, lo bello era o bien una expresión de la verdad en el plano sensible o bien una forma de equilibrio y proporción.

En cualquier caso, para ambos autores el arte era bello cuando imitaba las ideas o cuando mantenía las proporciones ideales. Esto se puede observar en la obra del escultor griego Praxíteles, quien se dedicó muy particularmente a buscar la naturalidad y el realismo dentro de la escultura. Las posturas, los gestos y la anatomía de las piezas debían asemejarse lo más posible a la naturaleza, al cuerpo humano tal y como se presenta en la realidad.

La belleza medieval y el arte religioso

Los filósofos cristianos del medievo heredaron en gran medida las teorías de los pensadores griegos, y siguieron considerando el arte y la belleza dentro de la idea de imitación del concepto de verdad.

La Madonna en majestad, de Cimabue. La Edad Media concibió la estética a partir del sentimiento de lo religioso; lo bello y lo artístico sólo se comprendían como un reflejo de lo divino.

La gran diferencia entre los modelos estéticos helenos y los cristianos reside en cómo se entendía la belleza y la verdad. Si Platón y Aristóteles utilizaban sólo nociones puramente intelectuales, conceptuales y epistemológicas, los pensadores del medievo adaptaron esas ideas a su forma profundamente religiosa de entender el mundo. Así, tanto el bien como la belleza eran atributos de Dios, conceptos que sólo tenían sentido una vez eran puestos en relación con el mundo religioso.

Para los pensadores medievales la estética estaba estrechamente ligada a la idea de lo divino, y el arte sólo era válido en la medida en que imitaba o reflejaba sus principales atributos. Un cuadro bello era aquel que manifestaba la santidad de la Virgen o el dolor de Cristo en la cruz. Era absurdo buscar belleza en el retrato de un asunto mundano, en la anatomía o en la naturaleza, ya que toda la realidad giraba en torno a Dios.

La estética de la Edad Moderna

Fue sobre todo a partir del siglo xviii cuando la estética se basó en el estudio simultáneo de las dos nociones: belleza y arte. Antes se estudiaban por separado, y sólo accidentalmente coincidían en algunas obras. La Edad Moderna, por el contrario, comenzó a entender la belleza como una propiedad fundamental de los productos artísticos humanos, y la estética como la manera en la que se articulaban los dos fenómenos tanto en la producción del objeto artístico como en su apreciación. Es decir, la estética de la Edad Moderna estudiaba tanto la manera en la que el arte conseguía expresar belleza como la forma en la que el ser humano sentía la belleza al contemplar un objeto dado.

A partir de la primera mitad del siglo xviii empezaron a publicarse un gran número de obras estéticas de gran valor, como La regla del gusto, del pensador escocés David Hume (1711-1776). En este libro se acuñó un nuevo término, que posteriormente se convertiría en una de las bases de los estudios estéticos: el gusto. El recién creado concepto de gusto se ideó para hacer referencia a la capacidad de experimentar lo bello por parte del hombre.

Poco después, la estética de la Edad Moderna alcanzó su máxima expresión científica gracias a la monumental obra La crítica del juicio, del pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804), que acabó convirtiéndose en una de las obras sobre arte más importantes de todos los tiempos.

Las distintas formas de arte

Puede decirse, por tanto, que la estética nació como disciplina autónoma a mediados del siglo xviii, y centró sus estudios principalmente en el análisis conjunto de la belleza y el arte. Su desarrollo posterior abarcó múltiples y muy dispares aspectos, hasta el punto de que no es posible realizar una caracterización lineal de ella. Lo más habitual es dividir su actividad en tres categorías: la estética entendida como el estudio de la relación entre el arte y la naturaleza, la estética considerada como el análisis de la relación entre el arte y el hombre y la estética como el estudio de la función del arte.

La relación entre el arte y la naturaleza

El arte se ha definido en muchas ocasiones a partir de la relación que mantiene con lo natural. Así, puede ser una mera imitación de la naturaleza, una creación original o una producción.

El arte como imitación. Se trata de la definición más antigua del arte y la belleza, y consiste en hacer depender toda forma de expresión artística de lo que se considera natural. Cuanto más se parezca un cuadro a aquello que representa, mejor será éste. Los grandes ejemplos de dicha caracterización del arte se han dado en el denominado arte naturalista o realista, que, en diferentes momentos y lugares, ha existido a lo largo de toda la historia. Entre ellos podríamos citar la pintura de Leonardo da Vinci, minuciosa imitación de la realidad, o la escultura de Gian Lorenzo Bernini, cuyo realismo barroco expresa intensas emociones y sentimientos en piezas como la célebre Éxtasis de Santa Teresa.

El arte como imitación propuesto por los griegos y más tarde recogido por los renacentistas otorga al artista un papel básicamente pasivo. Se reconoce el esfuerzo de su trabajo, pero se considera que el pintor o el escultor no hacen sino recoger las impresiones de la naturaleza para luego expresarlas sobre un soporte artístico. Incluso en el caso de que se aporte algo novedoso a la obra de arte, lo que se está haciendo es recibir las ideas divinas, las esencias intelectuales.

El arte como creación. Esta concepción es propia de los autores románticos, que fueron los que se atrevieron a otorgar por primera vez al arte un papel ontológico. Es decir, para los románticos el arte no se limitaba a imitar nada, sino que se dedicaba a crear. Esta teoría estética tiene su origen en una metafísica, en una consideración filosófica del mundo.

Desde el punto de vista estético, la relación entre el arte y la naturaleza puede ser de tres tipos: sólo imitativa, completamente creativa o el resultado de unir lo creativo a lo natural.

De todos los autores románticos e idealistas, el filósofo alemán Friedrich Schelling (1775-1854) fue quien mostró un interés más acentuado por el tema del arte, la belleza y el mundo. Según este pensador, el mundo es ya en sí una obra de arte, cuyo creador no es sino el propio Dios. Sin embargo, el poema que constituye el mundo no es un poema concluido: es un poema que se sigue desarrollando gracias a la actividad artística del ser humano. Más tarde, otros románticos, entre ellos el joven Friedrich Hegel (1770-1831), emplearon la noción de arte como creación para situar la actividad artística junto a otras actividades fundamentales de la vida humana como la filosofía y la religión.

Un ejemplo de esta concepción del arte se encuentra en la propia obra de los autores románticos. Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), uno de los más grandes creadores del romanticismo alemán, estableció, junto a otros pensadores, el concepto de nación alemana gracias a la redacción de obras como Fausto, que expresaba el espíritu de la vieja Europa, o Los sufrimientos del joven Werther, que reflejaba el sentimiento romántico de los jóvenes germanos.

El arte imitativo trata de reflejar los sentimientos humanos a partir del rigor naturalista. La escultura Éxtasis de Santa Teresa, de Gian Lorenzo Bernini (un detalle de la cual se ofrece en la imagen), intenta captar la sensación mística de la religión sin sobrepasar en ningún momento los límites de la naturaleza: las proporciones de la cara son perfectas; ni siquiera la sensación de éxtasis hace que el rostro se deforme.

Estas obras no imitaban nada: creaban dentro de la propia creación que era ya el mundo. Extendían el sentido y el alcance de la realidad generando personajes, ideas e imágenes completamente originales.

A diferencia de los autores preocupados por el aspecto técnico del arte, como los grecolatinos y los renacentistas, los románticos mostraron mayor interés por las ideas expresadas en las manifestaciones artísticas.

El arte como producción. La concepción de arte como producción supone un punto de encuentro entre las dos teorías anteriores. Se trata de una visión que busca el equilibrio entre los extremos imitativo y creativo.

Busto de Goethe, por Alexander Trippel. El escritor alemán encarnó como pocos el carácter creativo del arte romántico. Su literatura dio lugar a una serie de mitos y leyendas germánicos que sirvieron para crear la idea de una nación unificada.

Crear no supone partir de la más absoluta originalidad, puesto que siempre se crea desde unas circunstancias estéticas concretas y en medio de unas impresiones y unos objetos procedentes de la naturaleza. Pero tampoco se puede afirmar que el arte sea una simple consecuencia imitativa de la naturaleza, ya que el hombre como creador siempre aporta elementos nuevos a ésta. Es decir, el arte supone el encuentro de la naturaleza y el hombre; de los elementos puramente naturales que ofrece el mundo y la forma de considerarlos por parte del hombre.

El arte como producción se basa en la idea de que lo artístico resulta de la unión de los elementos naturales con la libertad creativa del artista. Así, en la obra de Dalí (en la imagen, La persistencia de la memoria) lo natural es deformado de manera libre para dar lugar a la expresión de lo inconsciente.

Esta concepción encuentra en la figura de Immanuel Kant su máxima expresión, cuando define el hombre y su entendimiento como el encuentro de los datos que proceden de la naturaleza y la forma propiamente humana de entenderlos y organizarlos. A través de los sentidos el artista recibe datos acerca de cómo es el mundo, datos que no dependen de él, sino de la naturaleza. Sin embargo, esos datos que ofrece la naturaleza al hombre son organizados de una manera libre y original por la propia interpretación de cada ser humano.

Desde este punto de vista, el arte como construcción supone el encuentro de la fuerza de la naturaleza, de la imposición de los objetos a través de los sentidos, y de la libertad del hombre para disponerlos, para darles un fin. Esta concepción del arte fue la que alcanzó un mayor éxito en el arte contemporáneo.

Por ejemplo, en las obras de Salvador Dalí se puede observar cómo se emplean mayormente objetos y elementos procedentes de la naturaleza. El pintor catalán representa relojes, hormigas, rocas, tigres o personas. Ahora bien, al disponerlos de una manera completamente original acaba transformándolos. Los relojes son blandos, parecen derretirse; las hormigas surgen de todas partes, constituyendo un símbolo; las figuras humanas se abren como si fuesen cajones. Así pues, a partir de unos elementos objetivos o naturales, el artista construye un nuevo orden original.

La relación entre el arte y el hombre

El análisis de la relación entre el arte y el hombre se centra de manera especial en la consideración de qué función o lugar ocupa el arte dentro de la forma de ser del hombre, cómo es la facultad artística en el ser humano y qué importancia tiene. Así, se suele hablar del arte como una forma de conocimiento, como una actividad práctica y como sensibilidad.

En su relación con el hombre, el arte puede suponer una forma de conocimiento o una forma de estudiar lo real; pero también puede implicar, como sostenían los románticos o Friedrich Nietzsche, una transformación de la existencia.

El arte como forma de conocimiento. Esta forma de entender la actividad artística tiene su origen en las distintas interpretaciones de Aristóteles, quien defendía el carácter imitativo del arte. Si el arte se basaba en la imitación de las formas naturales, se podía afirmar que era una forma de conocimiento. Posteriormente, los autores románticos remarcaron este carácter cognoscitivo del arte.

Según los románticos, el arte, al igual que la filosofía, se basa en la intuición, en el paso de lo particular a lo universal. Es decir, cuando se aprecia un cuadro en el que se representa un objeto concreto, como un árbol, a partir de ese caso concreto de árbol representado se entiende la idea de árbol. La manera que tiene el artista de idear, de construir, de crear el árbol no se limita a un caso concreto de árbol, sino a sus propiedades universales, a la idea misma.

Un ejemplo se encuentra en La paloma de Pablo Picasso. Se puede observar en la representación picassiana una paloma genérica, se podría decir que universal. No se trata de esta o aquella paloma, sino de una paloma ideal, la idea de la paloma, que es empleada por el artista malagueño para representar una idea concreta: la paz.

El arte como actividad práctica. A pesar de que los autores románticos tomaron las teorías de Aristóteles para justificar su comprensión del arte como forma de conocimiento, en realidad el pensador de Estagira repitió en muchas ocasiones que el arte se caracterizaba mayormente por su carácter práctico.

Para Aristóteles, las ciencias, las actividades cognoscitivas, se basaban en el análisis del mundo de los hechos, de aquello que efectivamente existe en un momento dado. Por el contrario, las actividades prácticas se dedicaban sobre todo al desarrollo del mundo de lo posible, de los hechos que no se dan pero que pueden darse. Según esta teoría, el arte es una actividad práctica, y como tal está destinada a la indagación de las posibilidades, al desarrollo de la acción, y no al conocimiento.

Este planteamiento aristotélico encontró posteriormente una nueva formulación en la figura del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien habló del arte y la belleza como formas de actuar sobre la realidad, de transformarla.

El ejemplo más característico a este respecto es la tragedia griega, utilizada por los grandes maestros Esquilo, Sófocles y Eurípides como una manera de cambiar el sentido de la realidad, de crear nuevos significados para mejorar la situación existencial del hombre.

El arte como sensibilidad. El concepto de arte como sensibilidad nació con la filosofía de Platón, quien redujo la actividad artística a una simple forma de imitación de lo sensible. Esto, desde un punto de vista filosófico, quería decir que el arte era algo de poca importancia, ya que se quedaba en el mundo de las apariencias, olvidando las ideas.

A través de la catarsis los espectadores de las tragedias griegas depuraban su espíritu, con lo que el género traspasaba los límites de la literatura para convertirse en un elemento de transformación de la vida. La imagen muestra a Hécuba, heroína de la tragedia homónima de Eurípides, en el cuadro Hécuba cegando a Polymnéstor, debido a Giuseppe Maria Crespi.

Más tarde, en el siglo XVIII los pensadores de la Edad Moderna retomaron esta idea platónica, aunque llenándola de un nuevo valor. Con el desarrollo de las ciencias empíricas, lo que Platón llamaba aparente, lo que para Platón carecía de valor empezó a ser considerado como algo muy importante, como una forma de conocimiento científico.

El arte puede conducir al hombre a profundizar en el estudio de aquello que percibe a través de los sentidos. Esta afirmación se ve ratificada en obras como el presente Estudio de desnudo, de Miguel Ángel, en el que se analiza la musculatura humana.

De esta manera, las pinturas de Rafael o los estudios anatómicos de Leonardo y Miguel Ángel, a pesar de basarse en una idea imitativa del arte, poseían una inmensa importancia, ya que suponían una forma de ciencia, de estudio del mundo sensible. Por otro lado, la idea de belleza que se derivaba de esta concepción del arte se basaba en la perfección sensible, en el talento para captar con la mayor fidelidad posible la apariencia de la naturaleza.

La función del arte

Según la estética, las distintas funciones que puede tener el arte se dividen en dos categorías: el arte como actividad educativa y el arte como expresión.

El arte como didáctica. Ya los grandes pensadores griegos vieron en el arte una capacidad natural para educar. A pesar de que el propio Platón consideraba que la mayoría de las veces el arte no hacía sino llenar al hombre de vicios, porque se dedicaba sobre todo a la reproducción de lo aparente, de lo no ideal, también creía que había cosas aprovechables en el arte en lo referente a su capacidad didáctica.

Aristóteles fue más explícito con el tema, y siempre remarcó cómo a través del arte, de la emoción y sensibilidad que emanaba la expresión artística –sobre todo por medio de la catarsis–, el hombre podía y debía aprender.

A la catarsis, por su parte, se le atribuye la función más importante del arte en Grecia. Ésta consistía en la limpieza, en la cura del alma humana al expulsar de ella los elementos extraños o perjudiciales. La tragedia griega era la forma de arte que mejor llevaba al espectador a estas experiencias depuradoras, pues representaba los grandes dramas de la existencia humana en toda su crudeza.

Esta forma de entender la función del arte se extendió durante muchos siglos a lo largo de Europa. Tanto los pensadores medievales como los primeros autores renacentistas vieron en la actividad artística una forma de educación moral: captar el significado y la sensibilidad de una obra artística hacía que el hombre valiese más, servía para que éste aprendiese de su naturaleza, de su verdadera manera de ser.

Sin embargo, a partir de la Edad Moderna el arte pasó a tener otro tipo de función didáctica. Ya no servía sólo o primordialmente para hacer que el hombre fuese un ser moral más recto, más justo, o para limpiarlo de elementos extraños a través de la catarsis. Desde finales del siglo xvii el arte sirve para conocer el mundo sensible.

El pensador alemán Friedrich Hegel fue el más explícito al respecto en su obra Lecciones de estética:

  • «El arte debe revelar la verdad en la forma de la representación sensible».

Es decir, las obras artísticas tenían el deber de mostrar cómo eran realmente las cosas. Sin embargo, en esta función reveladora el arte pasaba de ser un fin en sí mismo a constituir un puente o un paso intermedio hacia otras formas de conocimiento más válidas, como la filosofía.

El arte como expresión. Mientras la función didáctica presenta al arte como el medio para aprender, como un vehículo para alcanzar la verdad, la función expresiva remarca todo lo contrario: la finalidad del arte está en el arte mismo, no en cualquier otra categoría. Si para la función didáctica el arte es una forma de ver el mundo, y lo que interesa de esa mirada es cómo se accede a la verdad, en la función expresiva lo único que importa es el arte mismo, la mirada misma, cómo se expresa, y no qué es lo que se expresa.

La estética suele distinguir dos funciones elementales dentro del arte: una didáctica, que supone el conocimiento positivo del mundo, y otra expresiva, que considera que el arte es un fin en sí mismo.

Esta función del arte es evidente en aquellas formas de arte autónomas que se alejan de la imitación de la naturaleza. En el arte como expresión lo que importa es que la manera de mirar del artista supone una nueva forma de mirada completamente original, que remarca sentimientos e ideas de gran importancia para el hombre.

El arte vanguardista, por ejemplo, lejos de buscar la imitación del arte o la educación del espectador en la verdad, lo que pretende es inaugurar, inventar una nueva forma de entender el mundo; y, además, no interesa tanto qué es lo que se ve como la manera en la que se hace.

Un buen ejemplo es la obra del pintor belga René Magritte (1898-1967). Ésta se caracteriza por el empleo de objetos extraídos de la naturaleza, que son tratados con un gran realismo desde el punto de vista pictórico y técnico. Sin embargo, estos objetos ordinarios, cotidianos, son puestos en relación de una manera extraña, terminan constituyendo un nuevo mundo, una nueva realidad, una mirada original que expresa una idea que nada tiene que ver con la naturaleza aparente.

Una de las obras más célebres de Magritte es Esto no es una pipa, lienzo en el que se representa una pipa normal, corriente, bajo la que se puede leer, en francés, Ceci n’est pas une pipe. La forma en la que es tratada la pipa es completamente realista, pero la frase que aparece debajo crea una nueva relación entre la representación del objeto y el objeto mismo.

La obra de René Magritte plantea un auténtico enigma. Su arte expresivo cuestiona la propia noción de arte, como en este lienzo titulado Esto no es una pipa.

El cuadro posee una función expresiva porque encierra una nueva verdad que es expresada mediante el naturalismo. Esta verdad es la siguiente: lo que aparece en el cuadro no es una pipa, es sólo la representación, el dibujo, de una pipa, pero de ninguna manera el objeto que representa.

Análisis de textos

David Hume: –Ensayos

En cada criatura hay un estado sano y un estado defectuoso, y solamente el primero nos da un verdadero criterio del gusto y del sentimiento. Si en el estado sano del órgano hay una completa o considerable uniformidad de sentimientos entre los hombres, podemos deducir de ello una idea de la perfecta belleza, del mismo modo que la apariencia de los objetos a la luz del día, ante los ojos de un hombre sano, es considerada como el verdadero y el real color de los objetos, incluso si tanto de día como de noche el color es sólo un fantasma de los sentidos.

Texto 1. David Hume fue uno de los autores que mejor supo describir el alcance del concepto de gusto, que relacionó con el sentimiento de la belleza al describir cómo lo bello y lo sano están íntimamente ligados.

Aristóteles: –Poética

La tragedia es imitación de una acción de carácter elevado y completo, de una determinada extensión, en lenguaje embellecido y que tiene diferentes especies de adornos distribuidos en sus diversas partes, imitación cumplida por actores y no en forma narrativa y que, suscitando el terror y la piedad, logra la purificación de tales afecciones.

Texto 2. Aristóteles pensaba que la catarsis que se seguía de la contemplación de la tragedia griega implicaba una especie de purificación de las malas afecciones, por lo que constituía una forma de didáctica.