Los primeros astrónomos

Algunos historiadores expresan ciertas reservas para admitir la postulada finalidad del monumento de Stonehenge como un calendario astronómico. Sin embargo, no muestran duda alguna de que los pueblos antiguos erigieron edificios y diseñaron obras con la mera finalidad de examinar los cielos.

En el largo periodo transcurrido desde la aparición de la especie humana sobre la faz del planeta y el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones, seres humanos de todas las latitudes se interesaron por cuantos fenómenos reconocían en el cielo y la tierra. Las investigaciones antropológicas realizadas sobre etnias primitivas actuales, como las de Nueva Guinea, demuestran que sus individuos son verdaderas enciclopedias vivientes en cuanto al conocimiento de las plantas y animales que los rodean. No sólo tienen nombres específicos para infinidad de ellos, sino que los distinguen con claridad por sus posibles valores nutritivos, culinarios, curativos y prácticos en general.

Este mismo afán escrutador, guiado por la necesidad y por el espíritu curioso consustancial al hombre, se ha extendido igualmente al examen del firmamento desde los albores de la humanidad. A simple vista, sin ayuda de instrumentos ópticos, pueden divisarse como mucho unas tres mil estrellas. Una gran cantidad de ellas fueron identificadas e incluso bautizadas desde tiempos remotos, y se agruparon por conveniencia e inspiración artística en conjuntos discernibles denominados constelaciones.

Anochecer boreal bajo un cielo con luna llena. Identificar y describir el movimiento diario del Sol o las fases periódicas de la Luna fueron algunas de las grandes contribuciones de los astrónomos de la antigüedad.

Cuando entre los chinos, los sumerios y algunos habitantes de la América precolombina el saber astronómico se erigió como prerrogativa de astrólogos y sacerdotes, se compilaron las primeras tablas sistemáticas de los cuerpos celestes. No obstante, cabe suponer que una parte sustancial de aquel conocimiento hundió sus raíces en los largos milenios de paciente y prolija observación de los astros debida a las culturas prehistóricas.

La astronomía en los pueblos antiguos

En sus primeros tiempos, la astronomía pudo tener una utilidad marcadamente práctica. En la prehistoria, cuando la naturaleza estaba totalmente libre de la contaminación lumínica y ambiental de origen humano que oscurece los cielos nocturnos y aleja a las sociedades de la contemplación de las luminarias, el firmamento estrellado constituía un espectáculo visual sobrecogedor. Hoy sólo es posible percibir esta sensación, a la que se ha querido asociar un componente espiritual e incluso religioso, en los desiertos y otros lugares altamente despoblados de la Tierra.

Sin embargo, el hallazgo principal de los primeros astrónomos, como ha dado en llamarse a aquellos observadores primigenios de los fenómenos celestes, fue el de los ciclos del movimiento de los astros. No sólo el Sol despuntaba a diario por el este y la Luna se regía por una sucesión de fases repetidas. También las estrellas fijas, y las móviles que hoy se identifican con planetas, reiteraban en ciclos más largos un movimiento repetitivo sobre los caminos del cielo.

Aquellos insistentes observadores encontraron pronto relaciones entre estos ciclos y la sucesión de las estaciones, un hecho de crucial importancia sobre todo en las regiones templadas del planeta. La progresiva extensión de la agricultura desde unos escasos focos originales, en particular el sur del actual Irak y China, a otros lugares hizo del conocimiento de las particularidades de estos ciclos un elemento esencial para procurarse un rendimiento óptimo de las cosechas.

La instauración de calendarios astronómicos permitía elegir el momento mejor para sembrar o plantar las distintas especies de cultivos. Todavía hoy, la tradición rural establece vínculos entre las fechas recomendadas de siembra de ciertas plantas y las lunaciones. Existen pruebas arqueológicas firmes del elaborado conocimiento del calendario del que disponían, por ejemplo, los antiguos egipcios: la aparición de la estrella Sirio, una de las más brillantes en el cielo nocturno, marcaba el inicio del periodo agrícola en la región del Nilo.

Las evidencias del uso en la antigüedad de calendarios astronómicos con fines agrícolas están bien establecidas en numerosos lugares del mundo. En China se han encontrado huesos inscritos de hace 3.500 años en los que queda claro que se conocía la duración del año solar, fijada entonces en 365 días y cuarto. Indios y coreanos en Asia, mesopotámicos y persas en el medio oriente, egipcios y griegos en el Mediterráneo y el norte de África y mayas, aztecas e incas en la América precolombina desarrollaron asimismo unas notables artes en el escrutinio del firmamento.

Sacerdotes astrólogos

La progresiva centralización del poder que tuvo lugar en el nacimiento y desarrollo de las primeras civilizaciones encontró también en la observación de los astros un campo de interés y de motivación espiritual. El acceso al poder de clases de gobernantes y sacerdotes en lugares como Mesopotamia, Egipto o China alteró los sistemas de producción y reparto económico e impulsó un sentimiento religioso institucional encarnado en el soberano o en la clase sacerdotal.

El firmamento con sus estrellas pasó a cobrar así una dimensión nueva, reflejada en los relatos míticos y cosmogónicos de aquellas culturas. Los sacerdotes ejercían también de astrólogos, con el encargo de descifrar los destinos de los pueblos y de los individuos a través del establecimiento de asociaciones sistemáticas entre las posiciones y los movimientos de los cuerpos celestes y los acontecimientos mundanos.

Hoy en día, la astrología se encuentra totalmente desautorizada como saber científico. En cambio, en tiempos antiguos los conocimientos astrológicos y astronómicos formaban parte de un todo y se desarrollaron a la par. Este fenómeno tuvo visos de universalidad y existen datos fehacientes que apuntan, por ejemplo, a que los chinos («huesos de los oráculos» en los yacimientos arqueológicos) y los mesopotámicos cultivaron intensamente la astrología milenios antes de la era cristiana.

El valor mágico-religioso atribuido al movimiento de los astros en la bóveda celeste se ha rastreado también en Europa occidental, África, Oceanía o entre los pueblos precolombinos americanos. Un testimonio sólido proviene del hecho de que los arquitectos mayas, aztecas e incas construyeron edificios con claras orientaciones astronómicas tanto en la posición de sus ventanas como en los puntos de observación. Los rituales de aquellos pueblos revelan asimismo una estrecha correlación entre astronomía y religión.

Los primitivos calendarios astronómicos permitieron establecer la regularidad de los ciclos agrícolas. El Calendario Azteca, en la imagen, fue uno de los más importantes de la América precolombina.

Las constelaciones

La conjunción de interés práctico y religioso de la observación astronómica llevó a algunas de las más adelantadas civilizaciones de la antigüedad a sistematizar sus estudios de los movimientos celestes. A los sacerdotes-astrólogos sumerios y babilonios se les atribuyen las primeras anotaciones rigurosas de estos movimientos en tablas astronómicas. Aquella sabiduría fue heredada, o compartida, en el antiguo Egipto, el cercano oriente y las incipientes culturas griegas.

La cosmogonía mítica original, de índole básicamente religiosa, se combinó con una incipiente cosmología que pretendía explicar con verosimilitud práctica el origen y la composición del Universo. Sobre la base de las digresiones de Aristóteles, el griego alejandrino Claudio Ptolomeo compendió en su obra Almagesto, durante el siglo ii d.C., los conocimientos de su época, y explicó con una buena base matemática un modelo geocéntrico, donde la Tierra ocupaba el centro del cosmos y a cuyo alrededor giraban los restantes cuerpos celestes en órbitas ordenadas.

Horóscopo de un libro medieval. Durante muchos siglos, el arte de la adivinación del porvenir a través de la consulta de las estrellas vinculó estrechamente los conocimientos astronómicos conla astrología.

Esta visión y este cúmulo de saber se transmitieron desde el imperio romano a la Europa medieval. Con las valiosas aportaciones árabes, elaboradas a través del contacto con Grecia, Egipto, la India y el extremo oriente, alcanzó también a la Europa del Renacimiento. En este continente, la publicación a mediados del siglo XVI por el sacerdote polaco Nicolás Copérnico de su obra capital, Sobre la revolución de los orbes celestes, inauguró una nueva fase en la historia de la astronomía conocida por los historiadores como «revolución copernicana».

Al igual que sucedió con otras muchas manifestaciones científicas y artísticas, la astronomía gozó de gran predicamento en la India del periodo mogol. A esa época corresponde el observatorio Jantar Mantar, que se levanta en la ciudad de Delhi.

Durante todo el periodo antiguo, el desarrollo de la astronomía en todas las culturas y civilizaciones humanas compartió como rasgo distintivo la ausencia de todo instrumento de ayuda para mejorar la visión de la bóveda celeste. La contemplación a ojo desnudo era la única arma del astrónomo, junto con el minucioso y paciente registro del movimiento de los astros.

Un elemento valioso en esta técnica fue la invención de las constelaciones, grupos de estrellas próximas según su posición aparente en el cielo. Estas agrupaciones responden en algunos casos a imágenes o dibujos evocadores, como sucede con «El Cazador» (constelación de Orión, llamada «Mariposa» por los chinos) o en el «Gran Cazo» o «Sartén» con que ciertos pueblos indígenas conocían a una región de la Osa Mayor. En otras ocasiones se requieren grandes dosis de inventiva para vislumbrar la imagen con que, desde antiguo, se compararon las constelaciones.

Nebulosa de la constelación de Orión. Esta constelación es uno de los fenómenos más espectaculares del cielo nocturno.

Al cabo, estas agrupaciones no son sino puntos luminosos sobre un «telón» oscuro que, como se sabe hoy, rara vez forman sistemas físicos reales. Salvo excepciones como las Pléyades, sus estrellas están próximas en su proyección sobre el fondo celeste, pero puede haber grandes distancias entre unas y otras dentro de la galaxia.

Doce de estas constelaciones se alinean en la región del zodiaco y se han vinculado con la sucesión de los meses y de las estaciones. Otras sirven meramente para dividir el cielo en sectores que simplifican su exploración. El valor del uso de las constelaciones ha sido tal que hoy se siguen utilizando para parcelar el firmamento. En la actualidad, el cielo se ha dividido en 88 regiones, cada una de las cuales se asocia a una constelación.

Algunas constelaciones son de invención moderna. En particular, la mayoría de las del hemisferio austral recibieron nombre durante la época de la navegación y los grandes descubrimientos geográficos desde el siglo XVII: Compás, Microscopio, Telescopio, etc. Las del hemisferio boreal evocan a menudo la antigüedad grecolatina: Casiopea, Hércules, Andrómeda, Pegaso, Perseo, el Dragón, etc. En definitiva, la persistencia del sistema de constelaciones en la astronomía moderna es, junto a la invención del calendario, una de las grandes aportaciones a esta ciencia recibidas del saber antiguo.