Estados Unidos de América

Con apenas 200 años y algunas décadas de historia, los Estados Unidos de América han evolucionado hasta convertirse en la principal potencia económica, política, militar y científica del mundo. Su elevado nivel de renta, aun con desigualdades que generan la formación de minoritarias bolsas de pobreza, y su ingente capital social y cultural han conformado una forma de vida, el American way of life, basada en la exaltación de las libertades individuales y la creación de riqueza. Este «modo de vida americano» constituye un modelo ejemplar para muchos otros países.

Bandera de los Estados Unidos.

Medio físico

Los Estados Unidos de América son un país constituido por 50 estados federales: 48 de ellos están integrados en un territorio continuo que ocupa la gran mayoría de su extensión, ubicado aproximadamente en el tercio central del subcontinente norteamericano, y por otros dos, Alaska y Hawaii, separados geográficamente del resto y que se incorporaron más tarde que los restantes al territorio nacional.

Los estados continentales contiguos limitan al norte con Canadá; al este, con el océano Atlántico; al sur, con el golfo de México y el territorio mexicano; y al oeste, con el océano Pacífico. La frontera del norte es rectilínea en su mitad occidental, coincidiendo con el paralelo 49º N, mientras que en su mitad oriental presenta un recorrido más sinuoso al estar la frontera constituida por la región de los Grandes Lagos, parte del curso del río San Lorenzo y las estribaciones septentrionales de la cordillera de los Apalaches. La frontera sur es aproximadamente rectilínea en su mitad oriental, y, desde la ciudad texana de El Paso hasta la costa del golfo de México, discurre a lo largo del río Bravo o Grande del Norte. Por su parte, Alaska, se sitúa en el extremo nororiental del continente americano, formando frontera con el océano Glacial Ártico al noroeste y el norte, Canadá al este, el golfo de Alaska al sur y el mar de Bering al oeste; el archipiélago de Hawaii se ubica en el Pacífico norte, a más de 3.800 kilómetros de la costa estadounidense. Los Estados Unidos mantienen, además, estrechos vínculos políticos con el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, en el Caribe, y tienen bajo su administración otros pequeños territorios insulares como las islas Vírgenes estadounidenses, también caribeñas, y las islas Marianas Septentrionales, Guam, Midway, Samoa estadounidense, entre otras, en aguas del Pacífico. La extensión total de su territorio es de 9.529.063 kilómetros cuadrados.

Orografía

A pesar de su extensión –es el cuarto país más extenso del mundo después de Rusia, Canadá y China–, los Estados Unidos mantienen un relieve formado por un número relativamente reducido de unidades orográficas principales. De este a oeste se diferencian la llanura litoral atlántica, la cordillera de los Apalaches, las grandes llanuras centrales, las Montañas Rocallosas o Rocosas, las mesetas intramontanas del tercio oeste y las formaciones montañosas del litoral, entre las que se distinguen la cordillera de las Cascadas y la sierra Nevada, al norte y al sur respectivamente, separadas por una sucesión de valles de la llamada cordillera Costera.

Panorámica de las Montañas Rocosas o Rocallosas.

La planicie litoral atlántica conforma un amplio territorio que va ganando en anchura a medida que se avanza hacia el sur. Mientras que en su parte septentrional es escarpada e irregular, con accidentes como el cabo Cod, la isla de Long Island, la bahía de Chesapeake o el cabo Hatteras, al llegar al sur, en el territorio comprendido entre los estados de Florida, al sudeste estadounidense, y Texas, ya fronterizo con México, la costa se vuelve baja y arenosa. En esta zona, el accidente geográfico más notable es el gran delta del río Mississippi.

Los montes Apalaches se despliegan en dirección nordeste-sudoeste, desde la frontera oriental canadiense al estado de Alabama, en el sur del país. Conforman una barrera montañosa que separa la planicie atlántica de las grandes llanuras centrales. Con elevaciones menores que las Rocallosas, su máxima altitud es el monte Mitchell, de 2.037 metros.

Por su parte, las llanuras centrales conforman una inmensa extensión caracterizada por su escasa altitud sobre el nivel del mar, en especial en las regiones del sur. Hacia el norte, y sobre todo en la vertiente oriental de la cuenca hidrográfica Mississippi-Missouri, se aprecia una leve y progresiva pendiente hasta las primeras estribaciones de las Montañas Rocallosas.

Esta cordillera forma la línea divisoria de los ríos que vierten al Atlántico y al Pacífico. Discurre de forma discontinua de norte a sur, desde la frontera canadiense hasta el estado de Nuevo México. El sistema montañoso alcanza los 4.399 metros en el monte Elbert, uno de los más altos de los 48 estados contiguos; el pico más elevado del territorio estadounidense, el monte McKinley, con 6.194 metros, se halla en Alaska.

Monte McKinley, en Alaska. Con sus 6.194 metros es el pico más alto de los Estados Unidos.

Entre la gran formación montañosa de las Rocallosas y las cordilleras de la costa oeste se abre un amplio territorio llano en el que se diferencian diversas mesetas: de norte a sur cabe citar la del río Columbia, la Gran Cuenca, extensión árida que comprende los estados de Nevada y Utah, y las mesetas de Arizona, Nuevo México y Colorado. Estas últimas, de notable altitud media, cuentan con profundos cañones y desfiladeros, abiertos por los cauces fluviales.

Al oeste de éstas se alzan la cordillera de las Cascadas, al norte, y la sierra Nevada, más al sur. En ambas se elevan volcanes como el Santa Elena, de 2.550 metros, uno de los más activos del continente, el monte Rainer, de 4.392 metros o el monte Whitney, de 4.418. Estas alturas quedan a su vez separadas de la cordillera Costera por una sucesión de valles, de los que el mayor es el Gran Valle de California. Al sur de la cordillera Costera se encuentran una serie de fallas tectónicas, como la de San Andrés, cuyos periódicos desplazamientos generan una importante actividad sísmica en el litoral sudoccidental estadounidense.

Hidrografía

La gran formación hidrográfica de los Estados Unidos es la cuenca Mississippi-Missouri, con más de seis mil kilómetros de largo. Está formada por dos grandes ríos, el Mississippi, que nace al oeste de los Grandes Lagos, y el Missouri, originado en las Montañas Rocallosas, los cuales se unen en San Luis para continuar su recorrido hacia el sur y desaguar en la costa caribeña. Esta cuenca recibe el aporte de caudalosos afluentes como el Arkansas y el río Rojo, por la vertiente occidental, y el Illinois, el Ohio y el Tennessee, por la oriental. Otros ríos importantes de los que desembocan en la costa atlántica son el ya citado Bravo o Grande del Norte, que forma la frontera oriental entre los Estados Unidos y México, el Hudson, que desemboca en la ciudad de Nueva York, el Chesapeake y el Potomac, cuyas aguas atraviesan la capital, Washington.

Embarcación navegando por el río Mississippi. Este río, que nace en el oeste de los Grandes Lagos, forma parte de la cuenca hidrográfica Mississippi-Missouri que recorre el país a lo largo de más de seis mil kilómetros.

En la vertiente del Pacífico, los principales cursos fluviales son el Columbia, que con su afluente, el Snake, crea la principal cuenca del noroeste, y el Colorado, que nace en una de las mesetas intramontanas del medio oeste y abre un gran desfiladero conocido como Gran Cañón. En Alaska, el curso fluvial más importante es el Yukón, que desagua en el estrecho de Bering.

El río Colorado desemboca en el océano Pacífico y a lo largo de su recorrido forma un imponente desfiladero conocido como Gran Cañón (en la imagen) o Cañón del Colorado (Arizona).

Los Grandes Lagos, en el límite entre Canadá y Estados Unidos, ocupan una superficie de casi 250.000 kilómetros cuadrados y, en su conjunto, son la más extensa masa de agua dulce del planeta. Se distribuyen en cinco cuencas lacustres: los lagos Superior, Michigan, Hurón, Erie y Ontario. Se comunican entre sí y tienen salida al mar a través del río San Lorenzo, en territorio canadiense. Una red de canales los enlaza con los ríos más septentrionales de la cuenca Mississippi-Missouri y con el río Hudson, a través del cual sus aguas llegan también al océano Atlántico. Entre los lagos, es destacable también la cuenca cerrada que forma el Gran Lago Salado, en el estado de Utah.

Clima

La extensión y la distribución del relieve en los Estados Unidos provocan una gran variedad climática. A grandes rasgos, la mitad oriental presenta cierta uniformidad, con lluvias abundantes que permiten el desarrollo de una densa cubierta vegetal. En cambio, la mitad occidental, con relieve más accidentado, se caracteriza por su mayor diversidad climática.

En el este, el clima es continental húmedo en las áreas más septentrionales, con temperaturas bajas en la estación fría y muy elevadas en la cálida. Ello es debido al escaso efecto moderador de las corrientes marinas, en contraposición a lo que sucede en la costa europea atlántica meridional. Tal es la razón por la que ciudades como Nueva York o Washington presentan temperaturas más bien extremas, con oleadas de calor y frío que no se dan en ciudades europeas situadas en latitudes similares, como Lisboa o Madrid, de clima más benévolo.

A medida que se procede hacia el sur estadounidense, las temperaturas se moderan hasta llegar al clima tropical de los cayos de Florida y al subtropical del litoral del golfo de México. En esta zona son frecuentes los huracanes y tormentas tropicales entre los meses de junio y noviembre.

En la vertiente del Pacífico, al norte se da un clima oceánico con precipitaciones abundantes, mientras que hacia sur, en California, se observa un régimen de tipo mediterráneo con inviernos suaves, veranos secos y precipitaciones escasas. Aunque la topografía montañosa introduzca una amplia variedad de microclimas, las escasas lluvias de invierno no compensan la larga sequía de verano, y buena parte de esta zona del país tiene un carácter árido lejos de la costa.

A medida que se procede hacia el interior, el aire caliente seco eleva las temperaturas hasta niveles en ocasiones muy altos. En Arizona, por ejemplo, la temperatura media en julio alcanza los 42 °C, y el desierto del Valle de la Muerte, en California, soporta temperaturas del orden de los 57 °C.

En las zonas montañosas de las cordilleras litorales y las Rocallosas, el clima es frío y árido, con nieves perpetuas en las máximas elevaciones. Por su parte, Alaska presenta un clima polar, algo suavizado en la costa meridional; en Hawaii se da un clima tropical húmedo, con temperaturas medias altas y precipitaciones regulares.

Flora y fauna

La diferenciación de áreas climáticas condiciona también la de los diversos ecosistemas y, en consecuencia, la de las especies vegetales y animales. En la llanura litoral atlántica proliferan, al norte, los bosques de coníferas, mientras que, a medida que se procede hacia el sur, éstas son reemplazadas por especies arbóreas caducifolias de clima templado, como el arce o el roble. En la parte meridional de la planicie litoral, la vegetación va incorporando elementos subtropicales y tropicales, lo que provoca la formación de ecosistemas como el manglar, propio de las costas de Florida.

El centro del país está ocupado por grandes praderas de gramíneas silvestres que, antes de la llegada de los colonizadores europeos, constituían el hábitat de las grandes manadas de bisontes; modernamente, gran parte de estas extensiones herbáceas han sido reemplazadas por especies de cultivo, fundamentalmente cereales.

A medida que se procede hacia el oeste, las praderas y tierras de cultivo son sustituidas por especies arbustivas, mejor adaptadas a la creciente aridez, y, en el sur de las mesetas intramontanas, el desierto. La zona occidental montañosa presenta extensas masas boscosas, en especial en el norte y el centro, donde se dan especies de coníferas características como el abeto de Douglas y la secuoya, uno de los mayores organismos vivos sobre la Tierra, cuyos ejemplares pueden llegar a superar los tres mil años de longevidad.

Secuoya gigante denominada General Sherman, dentro del Parque Nacional de las Secuoyas, San Francisco.

Por cuanto se refiere a las especies animales más singulares de los Estados Unidos, cabe citar al mencionado bisonte americano, actualmente mantenido en reservas naturales tras pasar un período en el que estuvo próximo a la extinción, el oso pardo, cuya subespecie grizzly es conocida por su fiereza, el baribal u oso negro americano, y otros mamíferos menores de hábitat boscoso como ciervos, zorros, castores, marmotas, ardillas, mapaches o mofetas, o propios de los ecosistemas esteparios y desérticos, como el coyote o la rata canguro americana, singular roedor que obtiene prácticamente toda el agua que necesita de las semillas e insectos que ingiere y no necesita apenas beber.

Ejemplar de oso pardo, subespecie grizzli, integrante de la fauna estadounidense y famoso por su fiereza.

Entre los mamíferos marinos se distinguen los leones marinos de California y los manatíes, o vacas marinas, propios del litoral de Florida.

Por la región zoogeográfica en la que se encuentra, la llamada zona Neártica, los mamíferos de la fauna estadounidense están más próximos a los de Eurasia que a los de Centroamérica y Sudamérica, aunque existen significativas excepciones como el puma. En cambio, existe una mayor diferenciación entre la fauna estadounidense y europea en cuanto a las aves: en los Estados Unidos se dan especies como los colibríes, o las oropéndolas americanas, y rapaces autóctonas como el águila de cabeza blanca o águila calva, símbolo nacional que aparece en el escudo del país.

Entre los reptiles, son dignos de mención el crótalo o serpiente de cascabel, frecuente en las regiones esteparias y desérticas, los aligatores o caimanes, abundantes en las zonas litorales de Florida, o el llamado monstruo de Gila, lagarto venenoso autóctono de los desiertos del sudoeste.

Población

Demografía

Estados Unidos cuenta con unos 321.368.864 habitantes. La población blanca es mayoritaria, en torno a un 80 % del total, seguida de la comunidad afroamericana, en gran parte descendiente de los antiguos esclavos de época colonial, que supone un 13 %, y la asiática, con un 4,4 %. Los indios nativos han quedado reducidos a menos del 1 %. La población hispana no cuenta con un censo diferenciado: la Oficina del Censo de los Estados Unidos considera como tales a las personas de origen mexicano, cubano, puertorriqueño o procedente de otros países de la América de habla española, pero sin pertenencia a un grupo étnico definido. En cualquier caso, se estima que la población hispana es la principal minoría, por encima de los afroamericanos.

El grueso de la población desciende de los pobladores europeos que colonizaron el territorio, especialmente británicos, pero también irlandeses, alemanes, escandinavos, italianos, polacos, rusos, armenios, etc. El crecimiento demográfico y la propia creación del país han sido posibles gracias a las sucesivas oleadas de inmigrantes llegadas a los Estados Unidos, que han conformado un rico crisol de culturas al que se suele denominar melting pot.

En cuanto a la distribución demográfica, ésta es bastante irregular a lo largo del territorio. La costa atlántica y la región de los Grandes Lagos presentan densidades muy elevadas, superiores a los 400 habitantes por kilómetro cuadrado en las áreas metropolitanas de los grandes núcleos urbanos. Entre las principales ciudades del este destacan Nueva York, Chicago, Filadelfia, Detroit, Washington D.C., Boston, Cleveland o Atlanta. En la zona central, también hay importantes núcleos de población: Houston, Phoenix, San Antonio, Dallas, Saint Louis, Memphis o Nueva Orleans.

Sin embargo, al oeste del Mississippi, en el área de las cordilleras y las mesetas orientales, el poblamiento es mucho más disperso. Sólo en la costa del Pacífico, en especial en California, existe una gran concentración urbana en torno a ciudades como Los Ángeles, San Francisco o San Diego, y en la zona noroccidental, otros como Portland o Seattle.

Lengua

El inglés es la lengua oficial de los Estados Unidos. El 79,2 % de los estadounidenses son angloparlantes, mientras que una importante minoría, el 12,9 %, tiene el español como lengua materna. Además, existen otras muchas comunidades europeas y asiáticas, como italianos, alemanes, griegos, rusos o chinos, que emplean sus propias lenguas en el ámbito local.

Religión

La sociedad estadounidense se caracteriza por el fomento de la libertad de cultos. En este contexto, un 51 % de quienes afirman profesar alguna religión son protestantes, en tanto que un 24 % son católicos. Entre los numerosos grupos adscritos al protestantismo se cuentan confesiones de origen europeo, como los mayoritarios baptistas, metodistas y luteranos, y otros más reducidos, como los pentecostalistas, presbiterianos reformados, menonitas, cuáqueros o amish. Otras confesiones protestantes nacieron en los propios Estados Unidos, como los adventistas, los testigos de Jehová o los pertenecientes a la Iglesia de Jesucristo de los Últimos días (mormones).

Entre las confesiones religiosas minoritarias de los Estados Unidos está la de los amish, que practican un estilo de vida sencilla y rechazan los avances tecnológicos. En la imagen, varones amish recolectando de forma manual la cosecha.

Además, existen importantes minorías judía, sobre todo en Nueva York, ortodoxa, musulmana y budista.

Economía y comunicación

Desde las últimas décadas del siglo XIX, los Estados Unidos han desarrollado una economía moderna de tipo capitalista. La producción agrícola, ganadera, minera, forestal, pesquera, industrial y de servicios de toda índole tienen en los Estados Unidos un referente de primer orden, estando considerada como la primera potencia económica a nivel mundial. Esta fortaleza se basa, principalmente, en el continuo fomento del dinamismo productivo y de la mínima intervención del Estado en el desarrollo económico, dejado prácticamente en su totalidad en manos de la iniciativa empresarial.

Agricultura, ganadería y pesca

En el sector primario destacan el gran volumen de la producción, la extensión de las tierras cultivadas (19 %) y la escasa mano de obra empleada. La mayoría de los agricultores son propietarios y sólo en las grandes explotaciones se recurre a jornaleros. En general, puede hablarse de una alta mecanización de las labores agrícolas.

Existe una gran diversificación de cultivos que se corresponde con la amplitud de climas que dominan en el país. Desde tiempo atrás, se establecieron varias zonas o cinturones (belts) agropecuarios, adaptados a cada medio y cada clima. La franja septentrional, que comprende las regiones de los Grandes Lagos y Nueva Inglaterra, al nordeste del país, se conoce como dairy belt, el cinturón lechero, y concentra la producción de ganado, leche y derivados lácteos. En las grandes llanuras centrales se sitúa el corn belt, cinturón del maíz, en el que también se producen otros cereales como avena, centeno y cebada, además de soya. Estas explotaciones se combinan con la ganadería porcina. En su parte más occidental, esta zona, más árida, se dedica predominantemente al cultivo de trigo, en el llamado wheat belt. Al sur de esta ancha franja central se ubica el llamado cotton belt, dedicado al cultivo del algodón, menos importante que antaño, y en el que también destacan las producciones de arroz y cacahuate.

Cabe reseñar asimismo las extensas plantaciones de tabaco en Virginia, y la elevada producción de cítricos en Florida y California. En este estado se da un entorno climático de tipo mediterráneo y subtropical, que permite obtener altos rendimiento de los cultivos de frutales, hortalizas y viñedos, de los que se obtienen vinos de gran prestigio internacional.

La flota pesquera, por su parte, es una de las mayores del mundo, destacando las pesquerías de bacalao en el Atlántico y las de salmón en el Pacífico. Además, Estados Unidos es también uno de los mayores productores mundiales de madera, extraída de los bosques del norte, sobresaliendo la comercialización de madera de abeto de Douglas y de roble.

Minería y recursos energéticos

Por cuanto respecta a la minería, la producción del país incluye ingentes volúmenes de hierro, aluminio, cobre estaño, zinc, plomo y otros metales. Se extraen prácticamente todos los minerales que, no obstante, deben también ser importados, para satisfacer las necesidades de la producción industrial. A pesar lo elevado y diversificado de la producción, apenas un 2 % del producto nacional bruto (PNB) de los Estados Unidos procede de este sector.

Los recursos energéticos están muy diversificados. Una de las fuentes energéticas, que en su día constituyó la base del progreso económico de los Estados Unidos, el carbón, concentra su producción en la vertiente occidental de los Apalaches y en el llamado Middle West o medio oeste (que en realidad corresponde geográficamente al centro del país).

La producción de petróleo estadounidense es de las mayores del mundo, a pesar de lo cual, el crudo debe también importarse para abastecer las necesidades de la industria. Si bien las primeras explotaciones petrolíferas en los Estados Unidos (y de hecho del mundo), fueron realizadas en Pennsylvania, en la actualidad la producción se centra en los yacimientos de Oklahoma, Kansas, Luisiana y, sobre todo, Texas. Recientemente, se han comenzado también a explotar los de Alaska.

Refinería de petróleo en Corpus Christi, Texas, el estado en el que se concentra la mayor producción petrolífera del país.

La energía eléctrica procede en buena parte de centrales térmicas alimentadas por carbón, gas natural y petróleo, si bien también cuenta con cierto desarrollo la producida en centrales nucleares. En las zonas montañosas, los grandes ríos se represan para obtener energía de potentes centrales eléctricas, como la de la presa Hoover, en el río Colorado. No obstante, la energía hidroeléctrica sólo se aprovecha con rendimientos altos en pocas zonas del país.

Industria

En cuanto al sector industrial, los Estados Unidos son la primera potencia mundial, con un amplio grado de diversificación y con un nivel tecnológico muy avanzado. Aunque la moderna economía globalizada tiende a deslocalizar los centros de producción, es característica la ubicación de los distintos sectores productivos de la industria en determinadas zonas del país.

Así, por ejemplo, la industria del automóvil, con fabricantes como General Motors o Ford, se centra en el área de los Grandes Lagos y, más específicamente, en la ciudad de Detroit; la de construcción naval en Nueva Inglaterra y en el litoral del Pacífico; y la aeronáutica en ciudades como Seattle, sede del fabricante Boeing.

Las telecomunicaciones y las nuevas tecnologías hallaron un polo de proyección en California, en la región conocida como Silicon Valley, si bien modernamente este tipo de industrias proliferan por todo el país. Nueva York tiene como actividades industriales más tradicionalmente vinculadas a ella las químicas y farmacéuticas y las relacionadas con la industria editorial, también arraigada en Boston, en tanto que la petroquímica se localiza predominantemente en California y Texas.

Servicios

El sector de los servicios emplea a buena parte de la población activa y supone un área esencial en la economía estadounidense. El ámbito financiero está muy desarrollado, con numerosas entidades crediticias y de seguros que proliferan ante las dificultades que las leyes del país ponen a las operaciones de banca fuera de los estados en los que las propias entidades están radicadas. Las funciones bancarias centrales son ejercidas por los doce bancos integrados en el Sistema de la Reserva Federal. El mercado bursátil de Wall Street, en Nueva York, es el más importante del mundo. Por otro lado, la moneda nacional, el dólar estadounidense, es un instrumento de cambio aceptado en todos los mercados internacionales.

El mercado exterior de Estados Unidos es de un gran volumen. Importa y exporta gran cantidad de bienes de equipo y materias primas a la práctica totalidad de los países del mundo. Entre las principales exportaciones se cuentan los bienes de equipo para la fabricación de maquinaria y componentes industriales, productos químicos y farmacéuticos, computadoras y componentes electrónicos y de motores, equipos de telecomunicaciones, automóviles y aviones. Entre los productos de importación sobresalen el petróleo crudo, textiles, juguetes, muebles y equipos de telecomunicaciones.

Los principales socios comerciales de los Estados Unidos son Canadá, México, Japón, China y el Reino Unido, tanto para exportaciones como para importaciones, si bien en este último aspecto el quinto puesto en el orden lo ocupa Alemania en vez del Reino Unido.

El turismo es un pujante sector de la economía estadounidense. Ciudades como Nueva York y lugares como las cataratas del Niágara o el Gran Cañón del Colorado se cuentan entre los principales centros de atracción de visitantes extranjeros, mientras que el turismo interior se orienta predominantemente hacia las áreas tropicales de Florida y el sur de California. También son importantes elementos dinamizadores del turismo los numerosos entornos naturales de gran belleza paisajística, como los parques nacionales de Yosemite, Yellowstone, el Bosque Petrificado, o de las Secuoyas, o los centros de deportes de invierno de las Montañas Rocallosas y Nueva Inglaterra.

La belleza paisajística de muchos de los entornos naturales de los Estados Unidos constituye un atractivo de primer orden para el fomento del turismo. En la imagen, vista del Parque Nacional Yosemite, en California.

Transportes y comunicaciones

La red de transportes está muy desarrollada, en especial en la mitad oriental del país y en la costa del Pacífico. A destacar la extensa red interestatal de autopistas, de unos 75.000 kilómetros de cobertura y que permite atravesar el país de un extremo al otro. También son notables las redes de autopistas que circundan las grandes aglomeraciones urbanas.

Los ferrocarriles centran su actividad en el transporte de mercancías, mientras que, en lo que respecta a la navegación, las costas estadounidenses acogen algunos de los puertos más activos del mundo, como Nueva York, Nueva Orleans, Houston, Los Ángeles, San Francisco y Chicago, este último sobre el lago Michigan.

Las principales ciudades cuentan con aeropuertos internacionales, mientras que las de tamaño medio también están comunicadas por una densa red de transporte aéreo interior. Los aeropuertos más activos son los de Nueva York, Miami, Chicago, Atlanta y Los Ángeles.

Un elemento significativo de la navegación aérea en los Estados Unidos es la aplicación de excepcionales medidas de seguridad, tras los atentados perpetrados el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington. En este contexto, en 2006 se dio a conocer, por ejemplo, que los organismos responsables de la seguridad nacional requerirían un informe exhaustivo sobre todos y cada uno de los pasajeros que llegaran por avión a territorio estadounidense desde países de la Unión Europea.

Prensa y telecomunicaciones

Los medios de prensa de los Estados Unidos gozan de un reconocido prestigio internacional. Diarios como The New York Times, Washington Post, Wall Street Journal o USA Today, así como otras publicaciones (Time, Newsweek, National Geographic) se leen en el mundo entero y constituyen un referente de opinión de gran influencia tanto dentro como fuera del país.

Algo parecido ocurre con la televisión. Tres cadenas, ABC, CBS y NBC, dominaron el ámbito televisivo hasta que, con la difusión de la televisión por cable y por satélite, otras emisoras como CNN o Fox pudieron reclamar su cuota en el mercado. Precisamente, el uso de satélites para las retransmisiones ha permitido a la CNN convertirse en una de las televisiones más influyentes del mundo y modelo a imitar.

La red de telefonía convencional cuenta con 146 millones de terminales, y la de telefonía celular, en rápido desarrollo, con 290 millones. Se estima que los usuarios de Internet superan los 245 millones, más de dos tercios de la población. Ello da idea de la amplísima implantación del medio en la sociedad estadounidense.

Administración y política

División territorial y organización federal

Los Estados Unidos forman una república federal integrada por cincuenta estados. Entre ellos destacan las «trece colonias», es decir, los trece estados fundadores de la Unión (New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia), así como algunos estados con un peso específico en el país, como Florida, Texas o California.

En la Constitución de los Estados Unidos, el texto constitucional escrito más antiguo de los actualmente vigentes en el mundo, se define un sistema federal de gobierno en el que los cincuenta estados delegan determinados poderes en un Gobierno federal. Cada estado miembro de la Unión posee, además, su propia Constitución y sus cámaras legislativas, así como un gobernador elegido por los ciudadanos.

Entre las competencias de los estados están la seguridad pública, la sanidad, la educación, el bienestar social y muchas otras. Al Gobierno federal corresponden en cambio atribuciones como la defensa, la seguridad nacional –aspecto este que ha adquirido especial relieve tras los atentados del 11 de septiembre de 2001–, o la designación de los altos cargos judiciales. Tanto a nivel estatal como federal, se da una neta diferenciación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

El poder ejecutivo está encabezado por el presidente, que tiene las funciones de jefe del Estado y del Gobierno y comandante de las Fuerzas Armadas. Es elegido por sufragio universal por los mayores de 18 años cada cuatro años, y no puede ejercer más de dos mandatos. En caso de fallecimiento, destitución o renuncia del presidente, sus funciones son asumidas de forma automática por el vicepresidente.

El presidente es responsable de la política federal de la Unión. Nombra a los secretarios del gabinete, cada uno de los cuales es responsable de una cartera ministerial. Otros grupos de trabajo constituidos por expertos en diferentes áreas operan en las oficinas de la residencia presidencial, la Casa Blanca, en Washington D.C.

El poder legislativo lo ejerce un Congreso bicameral. Está compuesto por un Senado de 100 miembros, dos por cada estado, que gozan de un mandato de seis años con la particularidad de que no son elegidos al mismo tiempo: cada dos años se renueva un tercio de la cámara. El otro cuerpo legislativo es la Cámara de Representantes, con 435 miembros, que son directamente elegidos por el voto popular para periodos de dos años.

Vista del Capitolio, Washington. El Capitolio es el edificio que alberga las dos cámaras del Congreso: el Senado y la Cámara de los Representantes.

El poder judicial estadounidense recae, en sus más elevadas instancias, en el Tribunal Supremo, integrado por nueve miembros designados por el presidente con la aprobación del Senado. Este estamento está capacitado para declarar inconstitucional cualquier ley o actuación del Gobierno, y hasta su jurisdicción puede llegar cualquier ciudadano que recurra con fundamento legal las decisiones de otras cortes de rango inferior, como los tribunales de apelación o los de distrito.

Partidos políticos

Aunque en los Estados Unidos existen miles de agrupaciones políticas de toda índole, los dos grandes partidos políticos son el Democrático y el Republicano, que mantienen la alternancia en la presidencia desde mediados del siglo XIX. Aunque nominalmente diferenciados por una orientación más progresista el primero, y más conservadora el segundo, lo amplio de sus respectivas bases sociales hace que, en determinadas cuestiones, los sectores moderados de ambas formaciones presenten en ocasiones posiciones ideológicamente contrapuestas: progresistas en los republicanos y conservadoras en los democráticos.

Servicios del Estado

La protección sanitaria y social de la población estadounidense está implantada en la sociedad en general, si bien no en los mismos niveles registrados en otros países de nivel socioeconómico equiparable. Los programas asistenciales públicos alcanzan a las personas de edad y a los económicamente más desfavorecidos, pero hay ciertos sectores de la población que no cuentan con cobertura sanitaria y social. Los seguros de salud privados han venido experimentando un creciente desarrollo.

La educación, obligatoria entre los 7 y los 16 años, es gratuita y su gestión es responsabilidad de los Gobiernos estatales, si bien el federal interviene por medio de programas especiales y planes de promoción de la integración racial y social o de ayuda a la educación en zonas depauperadas.

En el ámbito de la educación superior, en el que existen tanto instituciones estatales como privadas, los Estados Unidos cuentan con muchas de las universidades más prestigiosas del mundo, como Harvard, Yale, Stanford o el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Historia

Los primeros pobladores

Si bien no existen demasiados datos acerca del poblamiento de Norteamérica, es probable que los primeros grupos humanos en asentarse en los actuales Estados Unidos fueran cazadores y recolectores asiáticos que cruzaron el estrecho de Bering hace aproximadamente unos 30.000 años. Estos primeros norteamericanos pronto se diferenciarían en sus modos de vida dependiendo de la región de asentamiento. Así, es posible hablar de dos tradiciones claramente diferenciadas: la paleoindia, basada casi exclusivamente en la caza y extendida por prácticamente todo el territorio estadounidense (nordeste, Grandes Lagos, llanuras centrales), y la llamada tradición del desierto, basada en la recolección de productos vegetales, que se desarrolló en la mitad occidental y meridional. Estas dos grandes tradiciones paleolíticas hallarían su máxima expresión en las culturas paleoindias de Clovis y Folsom y en la desértica de Cochise.

De estos dos grandes grupos derivarían las diversas tribus indias que poblaban el actual territorio de los Estados Unidos antes de la llegada de los europeos. Así, existían pueblos cazadores y recolectores, muchos de ellos seminómadas, como los atapascos, al sur de las mesetas intramontanas; los algonquinos y los iroqueses, al norte y nordeste; los apalaches y semínolas de las llanuras del sudeste; los shoshones, de las Montañas Rocallosas; o los sioux, de las grandes praderas. En los valles de la cuenca del Mississippi-Missouri y en las regiones fronterizas con México, por el contrario, existían pueblos con cierto dominio de la agricultura (probablemente por influencia de las grandes civilizaciones mesoamericanas) como los pueblo, los pawnee, los crow y, en menor medida, los apaches.

De la llegada de los europeos a la consolidación colonial

Si bien existen pruebas de un temprano asentamiento vikingo en el este canadiense (L’Anse aux Meadows) en torno al año 1000 d.C., es poco probable que las expediciones nórdicas llegaran hasta las costas de los actuales Estados Unidos. De hecho, hoy en día se considera al navegante español Juan Ponce de León como el primer europeo en poner pie en territorio estadounidense, más concretamente en Florida, en 1513. La Corona española, interesada en extender sus dominios mexicanos más hacia el norte, seguiría fomentando la exploración del sur estadounidense (incursiones en California, Texas) y, en menor medida, del valle del Mississippi (expedición de Hernando de Soto, 1541).

La costa este más septentrional fue, en cambio, explorada primero por franceses y luego por ingleses como Walter Raleigh y John Hawkins. Hasta el siglo XVII, sin embargo, no comenzaron las operaciones de colonización. Los primeros en iniciarlas fueron los franceses que, procedentes de Canadá, realizaron expediciones hacia los Grandes Lagos y llegaron a la desembocadura del Mississippi, donde fundaron la Luisiana.

En el litoral atlántico, los británicos establecieron las primeras colonias en la actual Virginia. En 1620, los puritanos expulsados de Inglaterra, los peregrinos del navío Mayflower, fundaron Plymouth. Otros asentamientos fueron establecidos por los católicos en Maryland, en 1632, y por los cuáqueros en Filadelfia, en 1682.

También los holandeses intervendrían en la incipiente colonización con la fundación, en 1626, de Nueva Amsterdam, que al ser tomada por las fuerzas británicas del duque de York en 1664 adoptaría el nombre de Nueva York.

A lo largo del siglo XVIII aumentó considerablemente la población con la llegada de nuevos colonos que huían de la pobreza en Europa y buscaban las nuevas oportunidades que el territorio ofrecía. Esta presión demográfica obligó a los nuevos pobladores a penetrar hacia el interior, hostigando a las tribus indias hasta los montes Apalaches.

Las nuevas colonias se dotaron de ciertas libertades políticas aceptadas por la Corona británica. Un gobernador representaba el poder de la metrópoli, pero los colonos disponían de asambleas que aprobaban los presupuestos y adoptaban otras decisiones.

En Nueva Inglaterra, al norte, se consolidó una sociedad de pequeños propietarios agrícolas y ganaderos, fundamentalmente anglosajones, en la que prosperaron el comercio y una pequeña industria. En el centro, en los actuales estados de Nueva York, Delaware, Nueva Jersey y Pennsylvania, la composición demográfica era más variada e incluía a franceses, holandeses, alemanes y escandinavos concentrados en grandes ciudades como Filadelfia. Mientras, al sur, en Maryland, Virginia, las dos Carolinas y Georgia, la economía estaba basada en grandes propiedades en las que se practicaba el cultivo de plantación dirigidas por terratenientes que monopolizaban el poder político. Así se diferenciaba a grandes rasgos el territorio de las llamadas trece colonias, artífices de la independencia de los Estados Unidos.

La independencia de las trece colonias

Desde finales del siglo XVII y especialmente a mediados del XVIII, el territorio norteamericano fue escenario de las luchas entre Francia e Inglaterra por las posesiones coloniales. Es en este marco de conflicto donde se enmarcan las guerras del rey Guillermo (1689-1697), de la reina Ana (1702-1713) y del rey Jorge (1744-1748), que fueron minando las posesiones francesas en Norteamérica. Este proceso culminaría con la guerra de los Siete Años (1756-1763), tras la cual Inglaterra obtuvo las posesiones francesas en el Canadá y la Florida española; Luisiana, última posesión gala en el continente, fue cedida a España para compensarla de la pérdida de Florida.

Debido a la necesidad de defender los nuevos territorios y sufragar los gastos ocasionados por los conflictos, el Gobierno británico impuso a las colonias algunas disposiciones tributarias como la Stamp Act, Ley del Timbre, o la Tea Act, Ley del Té, que gravaban las actividades comerciales e industriales de las colonias y otorgaban monopolios a empresas británicas como la Compañía de las Indias Orientales.

Estas medidas provocaron un continuado enfrentamiento entre las asambleas locales y la Corona británica. Sus dos episodios más significativos fueron sin duda el motín del té (Boston Tea party, 1773), cuando los colonos de Massachusetts arrojaron al agua el cargamento de té destinado a ser vendido en las colonias con fuertes aranceles, y la promulgación de las Coercitive Acts (Leyes coercitivas, 1774), mediante las cuales la Corona intentaba castigar a las colonias y especialmente a Massachusetts (concesión de autonomía al Canadá en perjuicio de los colonos de Nueva Inglaterra, bloqueo del puerto y deposición del gobernador de Boston).

Todo ello no hizo sino incrementar la ira de los colonos, reacios a costear con sus impuestos la política colonial de la metrópoli, máxime sin contar con representación en el Parlamento londinense. En septiembre de 1774, representantes de las trece colonias se reunieron en Filadelfia en el primer Congreso Continental para discutir el camino a seguir: en octubre, el Congreso acordaba formar milicias y desobedecer a los oficiales de la Corona hasta que no se viesen satisfechas sus demandas sobre el levantamiento del castigo a Massachusetts y la representación parlamentaria.

En abril de 1775 se produjeron las primeras batallas de la guerra de la Independencia (Lexington y Concord). La determinación de la Corona por sofocar la rebelión por la fuerza tuvo como resultado la convocatoria de un nuevo congreso (segundo Congreso Continental, Filadelfia, 1775-1781) y la formación de un ejército profesional comandado por el futuro presidente George Washington. El 4 de julio de 1776, a medida que la contienda avanzaba, se promulgó la Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson, John Adams y Benjamin Franklin.

Retrato al óleo de Georges Washington (1795), primer presidente de los Estados Unidos.

A pesar del poder militar británico, las fuerzas de las colonias obtuvieron importantes victorias como las de Trenton (1776), Princeton o Saratoga (1777). Tras la entrada en guerra de Francia, España y los Países Bajos en apoyo de las colonias, éstas obtuvieron la victoria definitiva, reconocida en el Tratado de París de 1783.

La expansión hacia el oeste y la guerra de Texas

En 1789 se aprobó la Constitución de los Estados Unidos, siendo elegido como primer presidente George Washington, quien se mantendría en el cargo hasta 1797. Durante su mandato y en años posteriores comenzaron a incorporarse nuevos estados del centro y el este, como Vermont, Kentucky, Ohio, Luisiana, Maine o Florida, adquirida a España en 1819.

A lo largo de la primera mitad del siglo XX se produjo al fin un movimiento de expansión hacia el oeste que culminaría con la victoria en la guerra mexicano estadounidense en 1848.

Los colonos estadounidenses, que se habían asentado en Texas a lo largo de la década de 1820, se rebelaron contra la autoridad del mexicano Antonio López de Santa Anna, que había tomado el poder en México, en 1835. Tras episodios de heroica resistencia de los texanos, como la defensa del fuerte de El Álamo, Santa Anna fue derrotado en la batalla de San Jacinto y Texas se declaró independiente, incorporándose a la Unión en 1845.

Posteriormente, un conflicto sobre las fronteras texanas fue el detonante de la intervención estadounidense en territorio mexicano. Tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, México cedió a los Estados Unidos los territorios de los futuros estados de Nuevo México, Utah, Nevada, Arizona y California, en el que poco después se descubrían los primeros yacimientos auríferos que desencadenarían la «fiebre del oro».

La guerra de Secesión

Las diferencias entre la sociedad industrial de los estados del norte, necesitada de mano de obra barata y libre, y la basada en la explotación esclavista de las grandes plantaciones en el sur acabarían desencadenando un conflicto armado que desintegraría la unidad de las antiguas colonias. La elección como presidente en 1861 del abolicionista Abraham Lincoln hizo que, en febrero, algunos estados sureños como Carolina del Sur, Georgia, Alabama, Florida, Mississippi y Luisiana, seguidos poco después por Texas entre otros, se constituyeran en una formación independiente, los Estados Confederados de América, con Jefferson Davis como presidente.

En abril de 1861, tras rechazar Lincoln y los republicanos la secesión sureña, se iniciaron las hostilidades (ataque confederado a Fort Sumter). Durante los siguientes cuatro años, la Unión y la Confederación se vieron enfrentadas en una cruenta guerra en la que se combatió con grandes contingentes de tropas y nuevo armamento, como buques acorazados, grandes cañones y armas de repetición.

Tras sucesivas alternativas, los nordistas, al mando de Ulysses S. Grant, terminaron imponiendo su superioridad demográfica, económica e industrial. Tras victorias como Gettysburg (1863), la toma de Vicksburg (1863) y Atlanta (1864), el general Robert E. Lee, jefe de las fuerzas sudistas, acabó capitulando en Appomatox en abril de 1865.

Abraham Lincoln fue elegido presidente en 1861. Con el triunfo norteño en la Guerra de Secesión, consiguió la abolición de la esclavitud.

El conflicto supuso la pérdida 600.000 vidas y la destrucción de numerosos recursos económicos, además de la división de la población. Sin embargo, el final de la contienda trajo también la abolición de la esclavitud y, al cabo del tiempo, una consolidación de la unidad del país, que, en 1867, ampliaría considerablemente su extensión tras la adquisición de Alaska a Rusia.

Los Estados Unidos hasta la Primera Guerra Mundial

Tras el asesinato, apenas cinco días después de la victoria en la guerra, del presidente Lincoln, sucedido por Andrew Johnson, se inició un periodo de rápida recuperación económica que, en pocas décadas, conduciría a los Estados Unidos al papel de primera potencia mundial.

La rápida expansión de la red ferroviaria y el crecimiento de la industria, en especial la metalúrgica, actuaron como motores de un desarrollo al que no sería ajeno el rápido crecimiento demográfico. La población de los Estados Unidos, que en 1880 superaba los cincuenta millones de habitantes, en 1900 casi se había duplicado, centrándose el aumento en los estados al oeste del Mississippi. Buena parte del aumento demográfico fue debido a los casi diez millones de inmigrantes que entraron en los Estados Unidos en el último cuarto del siglo XIX.

Dicho desarrollo demográfico y económico fue acompañado por una mayor presencia internacional, entrando de lleno los Estados Unidos en la carrera del neocolonialismo. Washington afianzó sus prerrogativas en el Extremo Oriente a la vez que apoyó los movimientos independentistas cubanos en un intento por controlar la isla, todavía en manos españolas. Tras la breve guerra hispanoestadounidense de 1898, los Estados Unidos impusieron, por el tratado de París, un protectorado sobre Filipinas y Puerto Rico, mientras que la en teoría independiente Cuba quedó sometida a su influencia. Poco después, el archipiélago de Hawaii fue incorporado a las posesiones estadounidenses.

Este proceso se acentuó durante el mandato de Theodore Roosevelt (1901-1909). Se arbitró en la guerra ruso-japonesa en 1905 para garantizar la apertura del mercado chino y mantener un equilibrio de fuerzas en el Lejano Oriente, al tiempo que se apoyó en 1903 una revolución encubierta de los panameños contra Colombia, que por entonces ejercía la soberanía sobre su territorio. La independencia panameña resultó en un tratado entre los Estados Unidos y la nueva república para la construcción del canal, abierto a la navegación en 1914, y que debía facilitar las comunicaciones entre la industrializada costa este estadounidense y los territorios del Pacífico.

Tanto la guerra hispanoestadounidense de 1898 como la actuación en el conflicto interno entre Colombia y Panamá no hacían sino responder a la doctrina Monroe que pretendía preservar el continente americano de cualquier intervencionismo europeo («América para los americanos»). En virtud de ello, los banqueros estadounidenses desplazaron a los acreedores europeos en el ámbito latinoamericano mientras que Washington no dudó en intervenir militarmente en los países vecinos con tal de asegurar los intereses económicos nacionales (México, 1914; Haití, 1915; República Dominicana, 1916). Igualmente, Washington ejerció el control de facto del Gobierno en Nicaragua y, en 1916, compró al Gobierno danés las islas Vírgenes.

Sería precisamente la protección de los intereses comerciales los que llevarían a los Estados Unidos a intervenir definitivamente en la Primera Guerra Mundial. A pesar de la neutralidad inicial, los Estados Unidos entraron en guerra en 1917, no tanto por cuestiones ideológicas como por proteger los navíos de transporte que llevaban armas, piezas de recambio y víveres a las potencias aliadas. La entrada en guerra del gigante norteamericano supuso el principio del fin de la guerra, ya que las potencias centrales (Alemania y Austria-Hungría) no podían hacer frente a la superioridad numérica estadounidense.

De la década de 1920 al New Deal

La guerra supuso el definitivo espaldarazo a la economía estadounidense. Las potencias europeas, desgastadas por el conflicto y obligadas a devolver los créditos concedidos por los bancos estadounidenses, ya no podían competir económicamente con los Estados Unidos. Aunque Europa se recuperó rápidamente, durante los llamados «felices veinte», el crecimiento económico estadounidense fue sólido y continuado, sentándose las bases de lo que más tarde se conocería como sociedad de consumo y de un sistema productivo basado en la iniciativa privada, sin apenas participación del Estado; esto se constituiría en un rasgo definitorio de la moderna cultura económica del país.

En cualquier caso, lejos de aumentar su presencia en el contexto internacional, los Estados Unidos tendieron a reforzar el aislacionismo de mediados del siglo XIX. Así, Washington rechazó integrarse en la Sociedad de Naciones, antecedente de las Naciones Unidas, promovida durante la guerra por el presidente estadounidense Woodrow Wilson.

En el interior, y a pesar del desarrollo económico, la puesta en marcha de nuevas fórmulas productivas (cadena de montaje), o algunos avances en materia social (derecho al voto femenino), se dieron episodios de inestabilidad. Medidas como la prohibición de las bebidas alcohólicas («ley seca») generaron una situación de corrupción y violencia de la que saldría fortalecido el fenómeno del gansterismo mientras que, en el profundo sur, movimientos racistas como el Ku Klux Klan se hicieron dueños del mundo rural.

Esta situación se vio profundamente alterada el viernes 24 de octubre de 1929, debido al crack de la bolsa neoyorquina. Provocado por la sobreproducción y la especulación, el desplome de los valores bursátiles tuvo importantes repercusiones en el mundo entero (Gran Depresión). En los Estados Unidos generó un periodo de creciente degradación económica en el que los índices de desempleo, tanto en la industria como en la agricultura, alcanzaron cotas sin precedentes.

En 1932 fue elegido presidente el democrático Franklin D. Roosevelt, quien, apoyado por un grupo de técnicos e intelectuales (Brain Trust), abordó un programa que pretendía inyectar nueva vida en la economía del país. Con el llamado New Deal o Nuevo Trato, se abandonaba el liberalismo a ultranza dominante en la nación y se abogaba por el intervencionismo estatal por medio de amplios planes de obras públicas que absorbieran el ingente volumen de desempleados, y de sistemas de crédito agrícola y medidas de disciplina corporativa. Aunque probablemente el New Deal tuvo efectos morales positivos, sus repercusiones económicas fueron poco evidentes. De hecho, la crisis no sería superada de manera clara hasta que la producción industrial se viese reactivada ante las necesidades impuestas por la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Los Estados Unidos y la Segunda Guerra Mundial

A pesar del alineamiento diplomático con los aliados en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos no intervinieron directamente en el conflicto hasta el ataque japonés a la base aeronaval hawaiana de Pearl Harbor, en diciembre de 1941.

Tras la sorpresa inicial, el avance japonés sobre el Pacífico pudo ser neutralizado a partir de la batalla de Midway, en 1942. A los requerimientos del Reino Unido, el Ejército estadounidenses se implicó en el frente europeo combatiendo en el norte de África, Italia y Francia. El potencial industrial y militar del país dio un vuelco a la evolución de la conflagración, siendo clave en la capitulación alemana de mayo de 1945. La resistencia nipona, por su parte, fue doblegada con el lanzamiento en agosto de ese mismo año de sendas bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que obligaron a la rendición incondicional de Japón.

Durante los momentos finales de la contienda, los Estados Unidos habían participado activamente en la planificación de la posguerra. En una serie de conferencias (Yalta, Postdam), Roosevelt y los principales líderes aliados habían establecido las directrices básicas del nuevo orden mundial (creación de las Naciones Unidas, control del territorio alemán, etc.). Esta planificación sería continuada, tras la muerte de Roosevelt pocos meses antes del final de la guerra, por su sucesor, Harry Truman, quien sin embargo debería hacer frente al creciente antagonismo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, junto con los mandatarios W. Churchill (Reino Unido) y J. Stalin (URSS), durante la Conferencia de Yalta, en la que se tomaron importantes decisiones sobre el futuro de los países implicados en la Segunda Guerra Mundial.

La política de bloques y la contención del comunismo

Para conseguir la reconstrucción de una Europa devastada y, de paso, contener al bloque comunista, los Estados Unidos pusieron en marcha una serie de medidas inspiradas en la conocida como doctrina Truman. Ésta incluyó, además de la ayuda económica a la reconstrucción (plan Marshall), el apoyo a regímenes que se opusieran a los movimientos revolucionarios comunistas, como los de Grecia y Turquía. La Unión Soviética respondió a estas iniciativas estadounidenses con el bloqueo de los distritos occidentales de Berlín en 1948.

En este mismo sentido, en 1949 se firmó en Washington el Tratado del Atlántico Norte, por el que buena parte de los países europeos occidentales constituían junto a los Estados Unidos y Canadá una alianza geoestratégica, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ésta, a lo largo de cuatro décadas, integraría los intereses políticos y de defensa del boque occidental, teniendo como contrapartida la alianza de los países de régimen socialista, el Pacto de Varsovia.

En Asia, la política de contención del comunismo abrió varios frentes de guerra. A pesar de contar con diversas bases militares en Japón y Filipinas desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos no pudieron impedir la implantación del comunismo en China ni el establecimiento de dos regímenes separados, uno de corte occidental y otro socialista, en Corea y Vietnam.

En estos dos últimos países se produjeron intervenciones militares. En el primero, la guerra de Corea (1950-1953) contuvo la expansión del comunismo. Por su parte, en Vietnam, se originó un largo conflicto bélico (guerra de Vietnam, 1961-1975), en el que los Ejércitos de los Estados Unidos y Vietnam del Sur intentaron sin éxito contener el avance de las tropas del régimen socialista de Vietnam del Norte.

Aún en la década de 1950, en el interior del país se desató la llamada «caza de brujas», feroz campaña de persecución de todo aquel sobre el que recayera la más leve sospecha de simpatía por el socialismo. Este exagerado conservadurismo, abanderado por el senador Joseph McCarthy, generaría en la sociedad una corriente de opinión opuesta, y al fin, predominante, de índole progresista. En este marco se inscribe, por ejemplo, la lucha antisegregacionista de Martín Luther King, promotor del movimiento no violento por los derechos civiles de la población negra.

La década de 1960 se inició con la llegada a la presidencia del democrático John F. Kennedy, promotor de un programa de reformas conocido como New Frontier, Nueva Frontera, destinadas a impulsar la economía, atajar problemas como el de la segregación racial, promover las misiones espaciales estadounidenses y distender las relaciones con los países de la órbita soviética.

Sin embargo, en este último ámbito, el nuevo presidente hubo de hacer frente a un grave problema cuando los soviéticos comenzaron a instalar misiles nucleares de largo alcance en Cuba (crisis de los misiles, 1962), donde poco antes se había implantado un régimen socialista encabezado por Fidel Castro. Mientras, en Alemania, los soviéticos aislaban por completo el bloque oriental con el levantamiento del Muro de Berlín. El peligro de guerra nuclear fue finalmente resuelto con un acuerdo entre Kennedy y el dirigente soviético Nikita Jruschov, por el que se determinaba la retirada de los misiles.

El presidente J.F Kennedy con el mandatario soviético Nikita Jruschov. Los acuerdos logrados entre ambos consiguieron resolver con éxito la llamada «crisis de los misiles» (1962) que puso en peligro la paz mundial.

Otra de las iniciativas promovidas por Kennedy fue la activación de los programas espaciales, en el marco de la llamada carrera espacial, en la que soviéticos y estadounidenses trasladaban al ámbito científico y tecnológico los enfrentamientos ideológicos de la guerra fría. Tras una fase de retraso en relación a los proyectos soviéticos, los Estados Unidos marcaron un hito cuando, en 1969, un astronauta estadounidense, Neil Armstrong, fue el primer hombre en pisar la superficie de la Luna.

Tras la muerte de Kennedy, asesinado en Dallas el 22 de octubre de 1963, el poder quedó en manos de su vicepresidente, Lyndon B. Johnson, bajo cuyo mandato se intensificaron las operaciones militares en Vietnam. Sin embargo, las crecientes protestas internas contra el conflicto y la situación de franco deterioro de las operaciones militares, determinaron que su sucesor, el republicano Richard Nixon, pusiera fin al conflicto y retirara las tropas estadounidenses ante el avance de las fuerzas norvietnamitas. La salida de Vietnam fue considerada como la primera derrota de los Estados Unidos en dos siglos de existencia y motivó una profunda crisis en la sociedad del país.

Nixon, con la estrecha colaboración de su secretario de Estado, Henry Kissinger, desarrolló una activa política internacional, con aproximación a China y distensión de las relaciones con los soviéticos. Sin embargo, el descubrimiento del espionaje realizado sobre el Partido Democrático, el llamado escándalo Watergate, le obligó a renunciar a su cargo en 1974, siendo reemplazado por el hasta entonces vicepresidente Gerald Ford.

Los democráticos regresaron al poder tras las elecciones de 1976, en las que obtuvo la victoria Jimmy Carter. Durante su mandato se registraron episodios contrarios a los intereses de los Estados Unidos en el plano internacional, como la ocupación en 1979 de la Embajada estadounidense en Teherán, con toma de rehenes a cargo de estudiantes iraníes, o la invasión soviética de Afganistán.

Estos problemas, junto con la creciente recesión económica interna, hicieron que en 1980 resultara vencedora la candidatura republicana de Ronald Reagan, reelegido por holgada mayoría cuatro años más tarde.

Reagan consiguió promover una notable recuperación económica aunque se generó un importante déficit presupuestario y aumentó el desempleo, factores que tendrían importancia en la nueva fase de recesión iniciada en 1987. De su mandato es necesario destacar en el plano internacional la promoción de la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica, ambicioso proyecto conocido popularmente como «guerra de las galaxias», y destinado a dotar a los Estados Unidos de un escudo antimisiles a partir de una red de satélites y dispositivos orbitales. Este plan hizo que se enturbiaran las relaciones con la Unión Soviética, aunque la creciente desintegración de ésta favoreció la distensión durante la segunda etapa de la presidencia Reagan.

Los Estados Unidos como única superpotencia

El 1989 accedió a la presidencia el también republicano George H. Bush, durante cuyo mandato se firmaron sendos acuerdos con la Unión Soviética de reducción de armas nucleares y convencionales que, de hecho, ponían fin a la guerra fría. El papel de los Estados Unidos como regulador y árbitro en el plano internacional quedó de manifiesto tras las intervenciones militares en 1989 en Panamá, con el objetivo de deponer al general Noriega, y en 1990 en Iraq, liderando una coalición internacional para liberar el territorio de Kuwait, invadido por tropas iraquíes.

A pesar de los éxitos militares, las elecciones de 1992 fueron ganadas por el democrático Bill Clinton, reelegido en 1996. Su presidencia se caracterizó por un notable crecimiento de la economía y por el desarrollo de planes de reforma social. Durante su segundo mandato, el Senado inició un proceso de destitución (impeachment) como consecuencia de un escándalo causado por sus relaciones con la ex becaria de la Casa Blanca, Monica Lewinsky, del que no obstante salió absuelto. En el plano internacional, aunque la administración Clinton limitó el intervencionismo estadounidense, los Estados Unidos tuvieron que mediar y actuar en conflictos como la guerra de los Balcanes o el enfrentamiento entre palestinos e israelíes.

Tras las elecciones del año 2000, en las que lo ajustado del resultado obligó a proceder a un recuento parcial de votos, el candidato democrático Al Gore salió derrotado por el republicano George, W. Bush, hijo de quien ocupara la presidencia entre 1989 y 1993.

Apenas a los ocho meses de su mandato, el 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos sufrieron el mayor ataque terrorista de la historia. Tres aviones secuestrados fueron estrellados contra las Torres Gemelas de Nueva York, que se derrumbaron, y sobre el Pentágono de Washington, causando casi tres mil víctimas mortales. En medio de la conmoción mundial causada por el suceso, la organización al-Qaeda, encabezada por el dirigente fundamentalista islámico de origen saudí Osama bin Laden, se hizo responsable de los atentados. Bush inició una guerra contra el terrorismo a escala global, en el marco de la cual se encuadró la intervención armada de tropas angloestadounidenses con apoyo de las Naciones Unidas para derrocar al régimen talibán de Afganistán, que prestaba apoyo y protección a Bin Laden.

Continuando con su lucha contra el terrorismo internacional, en marzo de 2003, el Gobierno de Bush, en esta ocasión sin la aquiescencia de las Naciones Unidas, ordenó un ataque contra Iraq que abatió el régimen de Saddam Hussein, a quien se acusaba de contar con armas de destrucción masiva, de potencial uso terrorista.

Tras la caída de Hussein, los Estados Unidos fomentaron la creación de instituciones democráticas iraquíes y se realizaron elecciones para elegir un gobierno que aunase las diferentes tendencias étnicas y religiosas del país. Sin embargo, los continuos ataques de movimientos islámicos radicales de resistencia hicieron que Iraq continuara sumido en un clima de violencia e inestabilidad.

Bush, reelegido en 2004, hubo de hacer frente en su segundo mandato a otros nuevos frentes de tensión internacional como los generados por el plan de enriquecimiento de uranio destinado a la consecución de tecnología nuclear en Irán o los de desarrollo de armamento nuclear en Corea del Norte, que adquirieron notoriedad en el plano internacional en 2006.

Entre los acontecimientos internos de este periodo cabe reseñar la devastación producida en 2005 por el huracán Katrina en Luisiana, Mississippi, Alabama y otros estados del sur, y en especial en Nueva Orleans. Las graves inundaciones, que causaron más de mil víctimas, repercutieron negativamente en la valoración pública del Gobierno por su forma de abordar las tareas de prevención y rescate.

En noviembre de 2008, el hastío existente entre la población estadounidense respecto a las políticas de Bush y los neoconservadores, junto a los temores provocados por la gran crisis económica, permitieron a Barack Obama alzarse con una contundente victoria en las elecciones presidenciales. Obama, el primer afroamericano en alcanzar la cúspide de la política estadounidense, conectó con la población gracias a un mensaje de tintes «kennedianos» en el que se subrayaba la idea de ilusión y esperanza (yes, we can; change).

Barack Obama, el primer afroamericano en asumir el máximo liderazgo de la nación, fue elegido presidente de los Estados Unidos en 2008 y reelegido en 2012.

Los primeros meses del gobierno de Obama tras su investidura en enero de 2009 estuvieron marcados por el grave deterioro económico, financiero y del mercado de trabajo en el país. La crisis, de extensión mundial, se extendió a varias de las principales instituciones financieras del país e hizo temer que se produjera una repetición del crack bursátil de 1929. A instancias del presidente, el Congreso estadounidense aprobó en febrero un paquete de estímulo de 787.000 millones de dólares. Asimismo, el Ejecutivo diseñó un presupuesto para 2010 de 3,6 billones de dólares, el mayor de la historia. Las principales partidas presupuestarias contemplaban importantes aumentos en inversiones en atención sanitaria, educación y energías renovables, como un medio de impulsar la recuperación económica. Aunque los resultados macroeconómicos de la segunda mitad del año mejoraron sustancialmente con respecto a la primera mitad del año, los expertos presagiaban un periodo prolongado de dificultades, en particular para la recuperación del mercado laboral.

En política exterior, los Estados Unidos anunciaron un cambio en las estrategias en los conflictos bélicos abiertos en Iraq y Afganistán. Obama anunció que reforzaría el contingente militar en este segundo país, al tiempo que ordenaría su reducción progresiva en territorio iraquí. Esta actitud recibió críticas del opositor Partido Republicano, que acusaba al mandatario de falta de claridad y decisión ante ambos conflictos. Por otra parte, Obama hubo de rectificar su anuncio de campaña de que cerraría la prisión de Guantánamo para presos musulmanes considerados de alta peligrosidad.

En noviembre de 2009, uno de los proyectos más ambiciosos del nuevo presidente, la reforma sanitaria para garantizar una cobertura universal de atención de salud a todos los estadounidenses, recibió un importante apoyo con su aprobación inicial en la Cámara de Representantes. Esta aprobación fue ratificada poco después, con algunos cambios, en el Senado.

En política exterior, destacó la rúbrica en abril de 2010 de un acuerdo bilateral entre los presidentes de los Estados Unidos y Rusia para la sustitución del vigente Tratado de Reducción de Armas Estratégicas. El nuevo pacto perseguía la reducción del número de cabezas nucleares desplegado en los territorios de ambos países.

En mayo de 2010, la explosión de una plataforma petrolífera de British Petroleum frente a las costas del estado de Luisiana, en el golfo de México, causó la muerte de once personas y ocasionó un destructivo vertido de petróleo al mar. El Gobierno estadounidense calificó el episodio de «catástrofe nacional» e interrumpió las prospecciones petrolíferas en la zona hasta aclarar las circunstancias del accidente. Las labores de contención del vertido y de sellado del pozo accidentado se prolongaron hasta el mes de septiembre.

En mayo de 2011, un destacamento de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos penetró subrepticiamente en territorio de Pakistán y abatió al principal dirigente de la organización terrorista islámica al Qaeda, Osama bin Laden, en su refugio en la ciudad de Abbottabad. La operación suscitó las protestas del Gobierno paquistaní y enfrió las hasta entonces fluidas relaciones entre ambos países.

En términos de política interna, el presidente Obama se vio enfrentado a diversas dificultades para hacer avanzar sus iniciativas de gobierno. La facción del Partido Republicano conocida como Tea Party, de ideología extremista, se significó como activa opositora a los planes gubernamentales, al tiempo que la victoria republicana en las elecciones legislativas de noviembre de 2010 permitió al Partido Republicano recuperar el control de la Cámara de Representantes. La oposición republicana planteó serios problemas para la aprobación de los presupuestos generales para 2012 y 2013 e impuso recortes a los programas de reactivación económica y protección social. Las negociaciones llegaron a tal punto de tensión que amenazaron con plantear el llamado «abismo fiscal», que habría empujado a la parálisis a la Administración estadounidense, obligada a aplicar por ley una subida generalizada de impuestos y fuertes reducciones del gasto público.

Aun así, Obama logró la reelección en los comicios presidenciales celebrados en noviembre de 2012. Su victoria sobre el candidato republicano, Mitt Romney, resultó ajustada, pero suficiente. Para su segundo mandato, el presidente prescindió de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y designó para sustituirla al frente de la diplomacia del país al ex candidato demócrata a la presidencia John Kerry.

Durante el segundo mandato presidencial de Obama se sucedieron en el país varias acciones violentas que tuvieron una alta repercusión social. En julio de 2012, los disparos indiscriminados de un joven contra el público asistente a la proyección de la película Batman: The Dark Knight Rises en una sala cinematográfica de la ciudad de Denver causaron la muerte de doce personas. En diciembre del mismo año, 27 personas murieron en un ataque armado en el colegio de enseñanza primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, perpetrado por un joven desequilibrado. Veinte de los muertos eran niños de corta edad. Ya en abril de 2013, la explosión de dos bombas junto a la línea de meta del maratón popular de Boston ocasionaron la muerte de tres personas e hirieron a más de 170 espectadores. Dos extremistas de origen checheno, los hermanos Tamerlan y Dzhojar Tsarnaev, fueron perseguidos y abatidos como autores del atentado. El primero murió y el segundo, gravemente herido, pudo recuperarse y fue procesado judicialmente.

La Administración de Obama debió afrontar, en el ámbito internacional, la creciente desestabilización social de varios países del Próximo Oriente y el norte de África en el contexto de las denominadas «primaveras árabes». En la guerra civil en Libia, la diplomacia estadounidense apoyó abiertamente a los rebeldes alzados contra el régimen de Muamar al Gadafi. En cambio, en Egipto mantuvo una postura de mayor prudencia, aunque prolongó su apoyo al Ejército egipcio que, finalmente, se hizo con el poder en 2013 tras un golpe militar.

Por su parte, en la guerra civil de Siria, Obama amenazó en 2013 con ordenar un ataque directo contra posiciones del Ejército gubernamental después de acusar al presidente sirio, Bashar al Asad, de haber utilizado armas químicas contra la población civil en la zona rebelde. Tras arduas negociaciones diplomáticas con las autoridades de Rusia y otros países, la intervención militar estadounidense se pospuso a expensas de que el Gobierno sirio aplicara un plan gradual de retirada y destrucción de su armamento químico.

En política interna, el presidente Obama volvió a verse enfrentado con el sector Tea Party del Partido Republicano, cuya oposición a la aprobación de los presupuestos para 2014 llegó a provocar el cierre parcial de la Administración federal durante unos días y llevó al país al borde de la suspensión de pagos.

Las elecciones legislativas de noviembre de 2014 dieron la victoria al Partido Republicano, que alcanzó una mayoría en el Senado y obtuvo así el control efectivo de las dos cámaras parlamentarias. Esta situación amenazaba la capacidad de acción del presidente Obama, quien declaró que haría uso de sus poderes ejecutivos para mantener las grandes líneas de su proyecto político. La reforma sanitaria y el impulso a leyes de inmigración que permitieran la regularización de unos cuatro millones de personas que vivían en territorio estadounidense sin cobertura legal se encontraron con el rechazo de sus rivales republicanos.

El presidente Obama abogó públicamente en varias ocasiones por la necesidad de establecer un mayor control sobre la venta de armas de fuego a los ciudadanos corrientes. Varios episodios con víctimas mortales, como el que tuvo lugar en octubre de 2015 en Roseburg, Oregón y que causó la muerte a nueve estudiantes, motivaron una nueva llamada de Obama a modificar las leyes vigentes en esta materia. Por otra parte, en el marco de las libertades civiles cobró singular importancia el dictamen emitido en este mismo año por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos que imponía a todos los estados estadounidenses la obligación de admitir el matrimonio entre personas del mismo sexo como un derecho fundamental.

En política exterior, la administración estadounidense protagonizó dos grandes iniciativas que redefinieron el marco estratégico de las relaciones internacionales. En el continente americano, los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba anunciaron en diciembre de 2014 la normalización de sus relaciones diplomáticas, después de más de cinco décadas de interrupción de las mismas. La diplomacia canadiense y el papa Francisco facilitaron este resultado con su intermediación. No obstante, aun cuando la iniciativa suavizó las restricciones en los intercambios bilaterales, no supuso el fin del bloqueo económico estadounidense a Cuba, que quedaba pendiente de ratificar por las cámaras parlamentarias del país norteamericano.

Otro importante acuerdo internacional fue el relacionado con el conflicto nuclear en Irán. El estado iraní estaba sometido desde hacía varios años a sanciones económicas globales a causa de su programa de desarrollo de energía nuclear. Después de una larga negociación, en julio de 2015 se firmó en Viena el llamado Plan de Acción Conjunto y Completo, en el que los representantes de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido), Alemania y la Unión Europea suscribieron con Irán un pacto que contemplaba el levantamiento de las sanciones internacionales a cambio de un acuerdo formal sobre el control de la actividad nuclear del país asiático. El Gobierno de Obama fue un impulsor decisivo del acuerdo.

Por otra parte, la situación económica a lo largo del segundo mandato presidencial de Obama mantuvo una línea de mejoría, aunque amenazada por las vicisitudes de la geopolítica mundial y la debilidad de la economía de los países emergentes y los productores de materias primas. Después de varios años de contención en sus resoluciones, desde finales de 2013 la Reserva Federal revertió su política restrictiva e inició un lento repunte de los tipos de interés para reavivar la actividad económica. La tasa de desempleo marcó una tendencia descendente, hasta situarse en el 5,2% a mediados de 2015. No obstante, la acusada caída de los precios del petróleo en los mercados internacionales y las dudas sobre el impulso de la economía china y de otras naciones emergentes tuvieron influencia en unas perspectivas económicas a corto plazo lastradas por las incertidumbres.

En este contexto cobraron especial relevancia los acuerdos comerciales a gran escala promovidos por las autoridades estadounidenses. En febrero de 2016, doce países de la cuenca del Pacífico (entre ellos, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia y Vietnam, en el lado de Asia y Oceanía, y los Estados Unidos, Canadá, México, Chile y Perú, en América) rubricaron el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Las naciones firmantes suponían el 40% del producto interior bruto (PIB) mundial, lo que da cuenta de la envergadura del proyecto. Al mismo tiempo, las autoridades estadounidenses avanzaban en las complejas negociaciones para cerrar un tratado de similar naturaleza con los países de la Unión Europea. Sin embargo, al término del mandato del presidente Obama, estas negociaciones parecían haber encallado, ante la fuerte oposición de parte de la opinión pública europea y los intereses políticos contrarios a la misma de Francia y otras naciones. La acción diplomática por encontrar acuerdos para poner fin al conflicto armado en Siria y el empeoramiento de las relaciones diplomáticas con Rusia marcaron asimismo los últimos meses de la permanencia de la administración Obama en el poder.

En el orden interno, la demócrata Hillary Clinton y el controvertido empresario Donald Trump, que fue elegido representante por el Partido Conservador en elecciones primarias, iniciaron la carrera como candidatos designados para suceder a Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. La campaña electoral protagonizada por los candidatos fue turbulenta y estuvo repleta de duras acusaciones mutuas. Hillary Clinton se presentó como una política experta, sólida y con experiencia, dispuesta a continuar, con matices, la política de Obama. Aspiraba además a convertirse en la primera mujer que accediera a la presidencia de los Estados Unidos. Por su parte, Trump adoptó un estilo populista y directo, a menudo bronco e intencionadamente incorrecto, para atraerse a los sectores de la población desencantados con la evolución de la política y la economía de su país.

Aunque las encuestas arrojaban una ventaja para la candidata demócrata, Trump logró finalmente un inesperado triunfo en los comicios, si bien con un respaldo popular equiparable al de su oponente. Los principios en los que había basado su campaña, un mayor proteccionismo comercial de su país, la renegociación de los tratados de comercio con los aliados tradicionales de los Estados Unidos y un cambio drástico en la política económica, fueron recibidos en el exterior como un factor de incertidumbre y como una amenaza para la estabilidad internacional.

El primer año de Trump en la presidencia estadounidense propició algunos cambios muy significativos en la orientación del Gobierno y en su acción interna y exterior. La reactivación económica nacional, el endurecimiento de la política inmigratoria y la recuperación de la “grandeza” de los Estados Unidos, que consideraba amenazada por China, definieron los ejes del discurso político del nuevo presidente. Estos principios se vieron lastrados por la expresión de un talante colérico, unilateralista y aislacionista que preocupaba a la oposición política y a sus detractores dentro del país. Significativamente, algunas de las propuestas más radicales de su Ejecutivo encontraron una dura oposición en el ámbito parlamentario y en amplios sectores de la sociedad.

Así sucedió con las primeras medidas de Trump contra la llegada de inmigrantes. En enero, el mandatario firmó un decreto que vetaba la entrada en territorio estadounidense de ciudadanos y refugiados de siete países de mayoría musulmana, entre ellos Siria, Irán, Iraq y Sudán. Las protestas de empresas y ciudadanos que calificaban la medida de discriminatoria y la acción de varios tribunales paralizaron inicialmente, y después matizaron, las consecuencias del decreto. Por otra parte, la promesa de Trump de revertir la reforma sanitaria impulsada por Obama para extender la cobertura de la atención en salud a los estratos desfavorecidos de la población se vio refrenada por la Cámara de Representantes y el Senado. La cuantiosa inversión prometida en infraestructuras también encontró resistencia por parte de los poderes fácticos, como sucedió igualmente con una de las propuestas más controvertidas de su campaña electoral: el levantamiento de un muro fronterizo con el vecino México.

En el contexto interno, tanto Trump como su entorno más cercano se vieron acosados por la acusación recurrente de haber sido favorecidos por la intromisión del Estado ruso en la campaña presidencial para favorecer la victoria del candidato republicano. Varias crisis políticas llevaron a la dimisión por este motivo de algunos de los colaboradores más cercanos del presidente, como el director del FBI, James Comey, y el asesor presidencial de seguridad nacional, Michael Flynn. El mandatario respondió a las acusaciones con un enfrentamiento abierto con los medios periodísticos y sociales hostiles hacia su acción política.

En el ámbito internacional, Trump cursó su primera gira al extranjero en Arabia Saudita y otros países aliados del golfo Pérsico, al tiempo que criticaba la relación de su país con la OTAN y situaba a otros aliados tradicionales, como la Unión Europea, en un plano secundario de los intereses estadounidenses en el exterior. Endureció el discurso contra Cuba y enfrió la apertura diplomática entre los dos países, al tiempo que reavivó la beligerancia contra Venezuela y, especialmente, contra Corea del Norte. El régimen norcoreano desafió al Gobierno estadounidense con la continuidad del desarrollo de un armamento nuclear de alcance intercontinental. Trump respondió al programa de Corea del Norte con la imposición, a través de las Naciones Unidas, de duras sanciones económicas y el pronunciamiento de un discurso militarista que no renunciaba al uso de la fuerza de sus ejércitos. En septiembre, en una alocución pronunciada en la Asamblea General de esta organización, Trump amenazó con “destruir totalmente” al país asiático. Otra iniciativa diplomática controvertida fue la decisión de la administración estadounidense de trasladar la embajada de este país en Israel a la ciudad de Jerusalén, ciudad santa de los musulmanes, que fue duramente criticada por la comunidad internacional, especialmente por las naciones árabes.

En el orden social, el año 2017 se cerró en los Estados Unidos con una campaña muy activa de defensa del papel de la mujer en la sociedad y de denuncia del acoso y la discriminación sexual. El entorno del cine de Hollywood asumió un papel impulsor en la misma con la denuncia de varias actrices y actores contra figuras poderosas de la industria que habrían abusado de su posición de poder para obtener favores sexuales de mujeres por la intimidación o por la fuerza. El productor Harvey Weinstein fue el primer señalado de una lista que afectaba a varios empresarios y actores muy influyentes. La campaña, multiplicada a través de las redes sociales y bautizada con la etiqueta #Metoo (“yo también”), se convirtió en un movimiento internacional con repercusiones en otros muchos países. Algunos medios la calificaron de “revolución femenina” llamada a extender su influencia a diversos ámbitos de la cultura, la empresa y la sociedad en su conjunto.

En otro orden de cosas, los estados de Florida, Georgia y Carolina del Sur fueron los más afectados por el paso en septiembre de 2017 del huracán tropical Irma, que llegó a alcanzar la categoría 5 de la escala de Saffir-Simpson. Varias personas perdieron la vida, y el fenómeno originó cuantiosos daños materiales.

A lo largo de 2018, la política interna y exterior de los Estados Unidos se caracterizó por una profundización en las reformas instauradas por el Gobierno del presidente Trump. En el orden interno destacó la batería de medidas proteccionistas impulsadas por Trump, que pretendían defender las posiciones de las empresas y los productores estadounidenses frente a la competencia exterior. Estas medidas provocaron un enfrentamiento con la Unión Europea en aspectos como el comercio del acero y una soterrada guerra comercial con China por la hegemonía del comercio en distintas regiones del mundo. La denuncia y renegociación de los términos del Tratado de Libre Comercio (TLC) suscrito por la nación estadounidense junto a México y Canadá fue otro aspecto destacable en estos meses.

A las iniciativas proteccionistas se unió la decisión del Gobierno de Trump de retirar a su país de todas las iniciativas favorables a contener la aceleración del cambio climático en el planeta. Estados Unidos formalizó su renuncia al Acuerdo de París y se opuso a asumir las directrices establecidas en la reunión sobre el clima celebrada en Katowice, Polonia, a finales de 2018. También denunció el Pacto Mundial sobre los Refugiados auspiciado por las Naciones Unidas, al que se negó a adherirse.

Por otra parte, el Ejecutivo estadounidense auspició un cambio en la política exterior del país. A finales de 2018, Trump comunicó la retirada de las tropas estadounidenses del conflicto civil en Siria, salvo en el Kurdistán sirio, y anunció un pronto abandono de buena parte de los contingentes militares de su país desplegados en Afganistán. Esta decisión motivó críticas de países aliados como Francia y Alemania, al tiempo que recibía el beneplácito de las autoridades rusas. Asimismo, el mandatario estadounidense certificó un acercamiento diplomático a Corea del Norte que fue recibido con preocupación entre los gobernantes de Corea del Sur y Japón.

Durante 2019 parecieron superarse las barreras para la firma de un nuevo Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos, México y Canadá. El acuerdo renegociado plasmaba una mejora para los intereses estadounidenses en el intercambio económico regional. Las relaciones con México superaron otro desencuentro cuando ambas naciones alcanzaron un pacto bilateral para poner freno a la inmigración irregular desde Centroamérica hacia el territorio estadounidense. Como resultado del acuerdo, las fuerzas del orden mexicanas reforzarían los controles de inmigrantes en las fronteras meridionales del país con Guatemala y Belice.

En política internacional fue especialmente controvertida la orden cursada por el presidente Trump para la retirada del ejército estadounidense desplegado en el norte de Siria. Esta retirada fue aprovechada por las autoridades militares de Turquía para hostigar mediante una operación bélica a la minoría kurda que, establecida en esta franja del terreno, había descollado en la lucha contra las fuerzas del autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés).

En el orden interno, se inició el proceso de primarias para la elección de candidatos a la presidencia estadounidense por parte del Partido Demócrata (en el Partido Republicano, en principio Trump se presentaría a la reelección). En este contexto, una intervención de la administración Trump en contra de uno de los candidatos demócratas, el ex presidente Joe Biden, tuvo unas ramificaciones insospechadas. Personas próximas a Trump presionaron aparentemente al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, para que investigara las actuaciones empresariales en territorio ucranio del hijo de Biden, Hunter, a cambio de facilitar las negociaciones bilaterales en materia económica y militar.

Esta intervención de personas próximas a Trump se consideró una intromisión en asuntos extranjeros y en un intento indebido de influir en el proceso electoral estadounidense. La Cámara de Representantes estadounidense, con mayoría demócrata, inició una investigación sobre esta actividad. A principios de diciembre, la presidenta de dicha cámara, Nancy Pelosi, anunció la disposición a iniciar formalmente un proceso dirigido a plantear la destitución (impeachment) de Donald Trump como presidente de la nación.

Sociedad y cultura

Ciencia y tecnología

Desde la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se han convertido en el país de mayor influencia en el ámbito científico y tecnológico. Grandes figuras del pensamiento científico, como Albert Einstein, Werner Heisenberg o Enrico Fermi, artífices de toda la moderna física nuclear, emigraron desde el Viejo Continente y cedieron a los Estados Unidos el testigo del liderazgo mundial en este campo.

En el ejercicio de ese liderazgo, los Estados Unidos, que cuentan con el mayor número de galardonados con el Premio Nobel en disciplinas como Física, Química o Medicina y Fisiología, abordaron proyectos trascendentales para el conocimiento científico humano.

Cabe citar entre ellos el desarrollo de la tecnología nuclear, que daría lugar al arma atómica, pero también al uso de esa energía como fuente de electricidad y a capitales avances en el conocimiento de la estructura atómica; el de la exploración del espacio, que tendría como hito la llegada del primer hombre a la Luna en 1969 y continuaría con proyectos como la Estación Espacial Internacional; o el desarrollo de los múltiples campos de evolución de la tecnología informática, en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología, la consecución de nuevos materiales, etc. Empresas estadounidenses como IBM, Apple Computers o Microsoft han liderado los avances de una rama del saber humano que, en apenas unas décadas, ha revolucionado innumerables facetas de la vida y de la percepción humana del conocimiento. Igualmente, los Estados Unidos han sido el escenario del nacimiento de un instrumento crucial para la moderna concepción del trabajo, la educación y el ocio: Internet.

La moderna investigación biomédica tiene también en los Estados Unidos su principal campo de desarrollo. Un ejemplo, aislado pero ciertamente significativo de ello, es la consecución en los primeros años del siglo XXI de la descodificación del genoma del hombre, por la acción conjunta del Proyecto Genoma Humano, programa transnacional promovido por los Estados Unidos, y la empresa estadounidense Celera Genomics. Este hecho sin precedentes sería el primer paso en la gestación de una rama de la ciencia, la Genómica, llamada a revolucionar la investigación científico tecnológica del siglo XXI.

Literatura

Las primeras manifestaciones literarias de las colonias fueron relatos y memorias sobre la colonización, a menudo con una marcada orientación religiosa o moralista, según la tradición puritana. En este contexto, son destacables las obras de la poetisa Ann Bradstreet (La décima musa), el capitán John Smith (Relato verdadero) o Jonathan Edwards (Libertad de voluntad). Las obras del pensador Thomas Paine (Sentido común, La edad de la razón) tuvieron importante influencia en la génesis del ideario independentista.

Durante la primera mitad del siglo XIX surgieron en los Estados Unidos figuras literarias que alcanzarían renombre internacional como Washington Irving (El libro de los esbozos, Cuentos de la Alhambra), James Fenimore Cooper (El último mohicano), Nathaniel Hawthorne (La letra escarlata) o Herman Melville (Moby Dick).

Especial mención merece la creación del narrador y poeta Edgar Alan Poe, uno de los más relevantes escritores de su época y considerado como referencia esencial de la literatura de terror y misterio. Sus relatos, agrupados bajo el título de Narraciones extraordinarias, u obras líricas como El cuervo y otros poemas, supusieron un paso adelante en la renovación de las premisas literarias decimonónicas. La poesía estadounidense tuvo otro de sus grandes exponentes en Walt Whitman (Hojas de hierba).

En décadas posteriores se encuadra la producción literaria de Harriet Beecher Stowe, cuya novela La cabaña del tío Tom se constituiría en referente literario de la causa antiesclavista, Mark Twain, que, con Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, renovó la literatura juvenil, o Henry James, quien, en obras como Retrato de una dama y Los embajadores, recreó con gran penetración psicológica la sociedad de su tiempo.

Ya en el siglo XX, el reflejo de diferentes facetas de la sociedad estadounidense siguió presente en autores como Jack London (Colmillo blanco), Francis Scott Fitzgerald (El gran Gatsby), Sinclair Lewis (Calle mayor), primer estadounidense en ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura, William Faulkner (Santuario, El sonido y la furia), John Steinbeck (Las uvas de la ira), John Dos Passos (Manhattan Transfer) o, uno de los más populares, Ernest Hemingway (Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar).

En el ámbito de la poesía sobresalen las creaciones de T. S. Eliot (Tierra baldía, Cuatro cuartetos), Robert Frost y Ezra Pound.

Característico de la tradición literaria estadounidense es el género policiaco, en el que destacaron figuras como Raymond Chandler, Dashiell Hammet o James M. Cain. Esta corriente experimentaría una radical renovación a raíz de aportaciones como la novela A sangre fría, del ecléctico Truman Capote.

Junto a Capote, otros autores cuya obra ejerció una notable influencia en los medios literarios tanto nacionales como internacionales fueron Tom Wolfe (El nuevo periodismo), Norman Mailer (Los desnudos y los muertos, Un sueño americano), J. D. Salinger (El guardián entre el centeno) o Raymond Carver, gran renovador del género del cuento (Short Cuts).

Son reseñables también las creaciones de la llamada generación beat, integrada entre otros por Jack Kerouac y Allen Gingsberg, y de una corriente formada por una serie de literatos de origen judío, como Saul Bellow, Bernard Malamud y Philip Roth. Entre las escritoras más relevantes de las últimas décadas cabe citar a Toni Morrison, primera mujer estadounidense en recibir el Premio Nobel, en 1993, Ann Tyler o Louis Erdich.

Entre los escritores que sobresalen en el panorama literario de la primera década del siglo XXI cabe citar a Paul Auster, Brett Easton Ellis, Dan Brown, autor del gran éxito editorial El código Da Vinci, David Foster Wallace, Don DeLillo, Jonathan Franzen, Ethan Canin, Joyce Carol Oates o Chuck Palahniuk.

Artes plásticas

Las artes plásticas estadounidenses participaron de las corrientes europeas pictóricas y escultóricas europeas hasta que, en el siglo XIX y primeros años del XX, comenzaron a aparecer paisajistas y retratistas inspirados en elementos autóctonos como James Whistler, Winslow Homer, Mary Cassatt o John Singer Sargent.

Otro tanto sucedió en la arquitectura, en la que el estilo predominante durante los siglos XVIII y XIX fue el neoclásico, presente en la capital federal con variantes locales como el estilo colonial o georgiano. Ejemplos de ello son el Capitolio y la Casa Blanca, en Washington.

Una de las grandes aportaciones estadounidenses a la arquitectura en épocas posteriores fue el uso de nuevos materiales de construcción, como el acero y el hormigón, que dio lugar a la aparición de los grandes conjuntos de rascacielos, principalmente en Chicago y Nueva York. A este periodo corresponden los proyectos de Louis H. Sullivan y Martin Roche, cuyas obras sentarían las premisas del llamado estilo internacional, en el que se encuadraron arquitectos procedentes de otros países pero que desarrollaron parte de su producción en los Estados Unidos, como Le Corbusier o Ludwig Mies van der Rohe.

Mención aparte merecen las creaciones de Frank Lloyd Wright creador de un personal estilo del que son singulares muestras la casa Kaufmann, o casa de la cascada, y el Museo Guggenheim, de Nueva York.

Durante la primera mitad del siglo XX sobresalieron pintores como Edward Hopper, y escultores como Alexander Calder, creador de los denominados móviles, y David Smith. En generaciones posteriores tuvieron gran proyección representantes del expresionismo abstracto, como Jackson Pollock, Mark Rothko, Willem de Kooning o Robert Motherwell, y del pop-art, como los pintores Andy Warhol, Roy Liechtenstein, Clas Oldenburg y Robert Rauschenberg, y el escultor George Segal. También adquirió renombre internacional el hiperrealismo estadounidense, con figuras como Richar Estes, Jack Beal o Chuck Close, o el land art, que integraba la naturaleza como soporte de expresión artística, y en el que desatacaron Walter de Maria y Michael Heizer.

Personalidades relevantes de las modernas artes plásticas, que muchas veces integran en su obra elementos pictóricos y escultóricos, son Duane Hanson, Franck Stella, Richard Serra o Cy Twombly.

Patrimonio cultural

El liderazgo político y económico de los Estados Unidos en el mundo tiene también reflejo en el ámbito cultural. Numerosos museos, bibliotecas, centros de investigación, orquestas y demás instituciones culturales se cuentan entre los más prestigiosos del mundo. Cabe citar, así, el Museo Metropolitano, el Museo de Arte Moderno (MOMA) y el Museo Guggenheim, en Nueva York, el Art Institute de Chicago, el Museo de Bellas Artes de Boston o la Galería Nacional y la Biblioteca del Congreso, en Washington.

Ciudades como Nueva York, Chicago o Boston son por sí mismas un hervidero de actividades culturales de toda índole, en las que, a lo largo de la historia, se han ido gestando movimientos y tendencias derivados de la convergencia de culturas que en ellas perviven.

Estatua de la Libertad, Nueva York, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ciudades como Nueva York, Boston o Chicago aglutinan ofertas culturales de todo tipo, tanto estadounidenses como internacionales.

Por cuanto se refiere al patrimonio monumental estadounidense, algunos iconos del país, como la Estatua de la Libertad, ubicada en la entrada del puerto de Nueva York, han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). La misma consideración merecen entornos vinculados a los orígenes históricos del país, como el Independence Hall de Filadelfia, en el que se firmaron la Declaración de Independencia y la Constitución, o la casa de Thomas Jefferson en Monticello, Virginia.

Varios de los numerosos parques nacionales estadounidenses, como los de Yellowstone, en Wyoming, el Gran Cañón, en Arizona, Yosemite, en California, Mesa Verde, en Colorado, Mammoth Cave, en Kentucky, o los Everglades, en Florida, forman asimismo parte del Patrimonio Natural de la Humanidad.

El Parque Yellowstone, en Wyoming es uno de los entornos naturales de los Estados Unidos considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Artes escénicas y música

El teatro es probablemente la forma artística que más afectada se vio por la generalización de la cultura de masas en los Estados Unidos. No obstante, la brillante obra de dramaturgos como Eugene O’Neill, Tennessee Williams, Arthur Miller o Edward Albee sirvió de base para mantener la pujanza de las artes escénicas. Entre ellas, son destacables también géneros como el teatro musical, que mantiene su implantación en escenarios como los de Broadway, en Nueva York, uno de los más populares centros del espectáculo en el ámbito de la cultura del país.

La danza ha contado también con importantes aportaciones estadounidenses como las del ruso nacionalizado George Balanchine, fundador del New York City Ballet, Isadora Duncan, Martha Graham, Twyla Tharp o Merce Cunningham. En un plano más popular, y entroncando con el cine musical, destacaron también figuras como Ginger Rogers, Fred Astaire o Gene Kelly.

Numerosas formas musicales nacidas en los Estados Unidos, como el jazz, el blues o el country, con todas sus corrientes y variantes, han condicionado de manera radical la evolución de las artes musicales modernas, culminadas en la gestación del rock and roll y el pop.

Por otra parte, en el campo de la música sinfónica, en especial de la del siglo XX, son varios los compositores cuya obra ha adquirido una dimensión internacional. Puede mencionarse entre ellos a figuras como George Gershwin, Samuel Barber, Aaron Copland, John Cage o Phillip Glass.

Cinematografía y fotografía

Los Estados Unidos cuentan con la mayor industria cinematográfica del mundo. La producción comenzó en Nueva York a comienzos del siglo XX para trasladarse pronto a Hollywood, California. Durante los primeros años, el cine mudo adquirió gran desarrollo gracias a la ausencia de competencia europea, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Surgieron entonces los grandes estudios que dominarían la producción cinematográfica mundial como Paramount, Metro Goldwyn Mayer, Universal y Warner.

El género cómico de Charlie Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd triunfó en todo el mundo en la década de 1920, al igual que los melodramas de Rodolfo Valentino o las producciones de David W. Griffith, Cecil B. de Mille o John Ford.

En 1927 se estrenó El cantante de jazz, primera cinta sonora que revolucionó la industria e inició la era dorada del cine estadounidense. Se desarrollaron nuevos géneros como el policiaco (cine negro), el western o las comedias musicales. En este marco iniciarían sus carreras cinematográficas cineastas de la talla de Michael Curtiz, Howard Hawks, George Cukor, Frank Capra, Orson Welles, Elia Kazan o John Huston, y actores que alcanzarían la categoría de leyendas como Gary Cooper, John Wayne, Bette Davis o Marlon Brando.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el cine se convirtió en un eficaz elemento de propaganda bélica y, tras el fin del conflicto, Hollywood atrajo a directores europeos como Alfred Hitchcock, Jean Renoir, Fritz Lang o Billy Wilder.

Desde finales de la década de 1950 el cine se enfrentó, primero en los Estados Unidos y luego en todo el mundo, a un nuevo competidor, la televisión. En esta época, proliferaron las grandes superproducciones, en las que triunfó el género histórico, con filmes como Ben-Hur o Cleopatra, y se popularizaron nuevos iconos de la interpretación como Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor o James Dean.

Las últimas décadas del siglo XX y la transición al siglo XXI estuvieron marcadas por concepciones cinematográficas personales de directores como Woody Allen, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Martin Scorsese o George Lucas y por la aparición de nuevas generaciones de intérpretes, de las que formaron parte figuras como Robert de Niro, Al Pacino, Meryl Streep, Tom Hanks, Tom Cruise, Julia Roberts o Brad Pitt.

La industria cinematográfica estadounidense cuenta con un importante sector dedicado a las producciones de animación, tradicionalmente dominadas por los estudios fundados por Walt Disney y que en los últimos años han contado con la aportación de otras productoras como Dreamworks o Pixar, y en la que las nuevas tecnologías informáticas han favorecido la consecución de grandes avances.

Estados Unidos cuenta también con importantes figuras del arte fotográfico como Robert Capa, Alfred Stieglitz, Walker Evans, Richard Avedon, Paul Strand o Ansel Adams.

Deporte

Los dos deportes nacionales de los Estados Unidos son el fútbol americano y el béisbol. El primero es un deporte similar al rugby y diferenciado del fútbol convencional, que allí se conoce como soccer, con menor aunque creciente implantación. Con gran arraigo en el ámbito universitario, este deporte tiene sus manifestaciones más seguidas en los partidos de la National Football League (NFL), con masivas audiencias tanto en directo como por televisión.

En cuanto al béisbol, el otro gran deporte nacional, en los Estados Unidos se disputan dos ligas, la Americana y la Nacional, y los vencedores de cada una de ella se enfrentan en las llamadas Series Mundiales. Éstas, como ocurre con la final de la liga de fútbol americano, la Superbowl, constituyen un acontecimiento que trasciende el ámbito deportivo.

Instantánea de un partido de béisbol, uno de los deportes nacionales de Estados Unidos.

Otro de los deportes que mayor expectación despierta entre los estadounidenses es el baloncesto o básquetbol. La liga de la National Basketball Association (NBA) ha aunado tradicionalmente a los considerados como mejores jugadores del mundo, si bien en época reciente el nivel de calidad ha tendido a equipararse a nivel mundial. Masivo seguimiento tienen también los encuentros de hockey sobre hielo de la National Hockey League (NHL).

En cualquier caso, el deporte estadounidense no se limita a estos ámbitos. En general, los estadounidenses han contado con figuras legendarias en numerosas disciplinas deportivas. Cabe citar, entre otros muchos, a beisbolistas como Babe Ruth, jugadores de básquetbol como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul Jabar, Earvin Magic Johnson, Michael Jordan,Kobe Bryant o Lebron James, atletas como Jesse Owens, Bob Beamon, Carl Lewis o Florence Griffith, nadadores como Mark Spitz o Michael Phelps, tenistas como Billie Jean King, Jimmy Connors, Martina Navratilova, John McEnroe, Pete Sampras o las hermanas Venus y Serena Williams, golfistas como Tiger Woods boxeadores como Joe Lewis, Rocky Marciano, Ray Sugar Robinson, Muhammad Ali o Mike Tyson, y un largo etcétera, hasta conformar un conjunto que constituye por sí mismo un cuadro de honor de la historia del deporte mundial.

Una de las causas de ello es sin duda el hecho de que la práctica del ejercicio físico está muy arraigada y promovida en el ámbito familiar, así como desde los centros escolares y universitarios de todo el país.