Brasil

Único país latinoamericano vinculado al ámbito cultural portugués, Brasil se caracteriza por haberse diferenciado a lo largo de su evolución histórica de las colonias españolas por un hecho singular: si éstas se dividieron en numerosos estados, la nación brasileña se mantuvo unificada, a pesar de contar con distintas procedencias étnicas en su población. Los rasgos africanos e indígenas, acrisolados por un alto grado de mestizaje, generaron señas de identidad propias que adquirirían dimensión universal, como la samba, forma musical constituida en símbolo del pueblo brasileño.

Bandera de Brasil.

Medio físico

Con 8.456.510 kilómetros cuadrados, Brasil es el quinto país más extenso del mundo y ocupa casi la mitad de Sudamérica. Limita con el océano Atlántico en las dos grandes franjas litorales que discurren al nordeste y al sudeste del país, y forma frontera, de sur a norte por su flanco occidental, con Uruguay, Argentina, Paraguay, Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y la Guayana francesa.

Orografía

El relieve brasileño está constituido predominantemente por mesetas escalonadas, a las que se llama chapadas, sistemas montañosos de elevación comparativamente escasa con relación a las de las grandes cumbres de los Andes y formaciones tabulares con cimas redondeadas aisladas. La altitud media del país se sitúa en torno a los 500 metros y las mayores elevaciones no superan los 3.000 metros.

Gran parte del relieve brasileño está constituido por chapadas (mesetas escalonadas). En la imagen, Parque Nacional de Chapada Diamantina, en el estado de Bahía.

El principal elemento geomorfológico es el zócalo brasileño, gran plataforma de roca aflorada en época geológica remota, en el Precámbrico, sobre la que fueron depositándose terrenos sedimentarios en eras más recientes. La distribución de estos sedimentos sobre el zócalo, que ocupa gran parte del territorio del país, es la que determina la variación de la orogenia.

De norte a sur pueden distinguirse a grandes rasgos cinco extensas áreas: la Amazonia, las mesetas del nordeste, las chapadas centrales y occidentales, los sistemas montañosos del este y las llanuras del sur.

La cuenca del río Amazonas ocupa más de la mitad del territorio brasileño. Se trata de una enorme depresión del zócalo en la que se formó una llanura aluvial en la era cuaternaria. Desde las elevaciones del macizo de las Guayanas, al norte de la cuenca, la altitud disminuye para abrir paso a los cauces del Amazonas y sus afluentes.

Procediendo en dirección meridional, se encuentran las mesetas del nordeste y el centro, a cuyo flanco sudoriental se sitúan sistemas montañosos como la sierra Geral, la sierra de Mantiqueira y la del Espinhaço. En la confluencia de las dos últimas, cerca de la franja litoral sudoccidental, se eleva el pico de Bandeira, la máxima altitud del país, con 2.890 metros.

En el tercio centrooccidental del país, desde la Amazonia proceden hacia el sur una serie cordilleras de tipo apalachense, es decir, con crestas paralelas de altitud escasa y regular, que conducen a las grades mesetas del Plantalto Central y, al oeste de ésta, del Mato Grosso. De este a oeste, las principales de estas formaciones montañosas son las sierras de Roncador, Formosa, Tombador y del Norte.

La zona sudoccidental está ocupada por las tierras llanas que forman las cuencas del Paraná y del Iguazú, mientras que el margen oriental de la gran meseta central se corta abruptamente en una línea imaginaria que une las ciudades de Salvador, al norte, y Porto Alegre, al sur, conformando lo que se conoce como gran escarpe. En él, en algunas zonas la pendiente es más escalonada, mientras que en otras, como las áreas de Paranagua, Santos y Río de Janeiro, las montañas descienden de manera abrupta. En Río, por ejemplo, las elevaciones llegan hasta el propio litoral, formando singulares relieves de cima redondeada, como el Pan de Azúcar (Pão de Açucar) y el Corcovado.

Algunas formaciones montañosas brasileñas llegan hasta el litoral. Un ejemplo de ello es el conocido Pan de Azúcar de Río de Janeiro.

Aunque en el litoral brasileño no existe una llanura costera propiamente dicha, sí hay áreas de elevación variable, con largas extensiones de playas y brazos de tierra arenosa que separan del mar lagunas, como la de los Patos y la de Mirim en el extremo sur del país. Otros accidentes costeros son la bahía de Guanabara, a la que se asoman las ciudades de Río de Janeiro y Niterói, la bahía de Todos los Santos, donde se halla Salvador, el cabo San Roque, que marca el vértice más oriental de la costa atlántica brasileña, y el entramado de islas y brazos fluviales que forman las bocas del Amazonas.

Frente al cabo San Roque, en el océano Atlántico se sitúan el archipiélago de Fernando de Noroña y el atolón de las Rocas.

Hidrografía

La disposición del relieve brasileño define la formación de tres grandes cuencas fluviales. La del río Amazonas es la más extensa del mundo; con todos sus afluentes supera los siete millones de kilómetros cuadrados y duplica en extensión a la de cualquier otro río. Entre los principales tributarios del gran cauce sudamericano, también el más caudaloso del mundo, se cuentan el Negro, en la vertiente septentrional, y de oeste a este, en la meridional, el Purús, el Madeira, el Tapajós, el Xingu y la cuenca Tocantins-Araguaia.

Vista del río Amazonas, cuya cuenca es la más extensa del planeta, a su paso por Brasil.

Cubierta en buena parte por selva tropical, la Amazonia constituye una de las grandes reservas vegetales del planeta y está siendo objeto de crecientes agresiones ambientales derivadas de la actividad humana. En territorio brasileño, el Amazonas, navegable en todo su recorrido, ve notablemente incrementado su cauce aguas abajo de la ciudad de Manaos, dado que cerca de ella vierte sus aguas el río Negro, último de los que forman el amplio abanico que, desde Perú y Colombia, conforman su amplia red tributaria occidental.

En las proximidades de su gigantesco delta, de más de 300 kilómetros de anchura, el Amazonas se abre en un brazo meridional, el Pará, que a su vez recibe las aguas del Tocantins. Esta red fluvial rodea el territorio de la isla de Marajó, la mayor formación insular fluvial del mundo.

Las otras dos grandes cuencas son las del río Paraná y las del San Francisco. La primera está formada por el curso alto del Paraná, cabecera del gran sistema hidrográfico subcontinental Paraná-Paraguay-Plata. Por su vertiente oriental, el Paraná recibe las aguas del los ríos Grande y Tieté, en los que se hallan grandes represas, y las del Iguazú, que en su desembocadura forma las célebres cataratas que constituyen uno de los más significados entornos naturales del país.

Panorámica de las cataratas del Iguazú, uno de los entornos naturales brasileños más impresionantes y mundialmente conocidos.

Por su parte, el San Francisco forma la mayor cuenca hidrográfica del Brasil centrooriental. Nace en la sierra de Canastra, en una zona tropical, y discurre en dirección norte girando después hacia el este. A lo largo de su curso, atraviesa fundamentalmente zonas semiáridas. Su recorrido se ve interrumpido por diversas cascadas, como las de Pirapora, Itaparica y Paulo Afonso.

Clima

Por estar situado entre las líneas del ecuador y del trópico de Capricornio, Brasil cuenta con predominio de climas tropical y subtropical húmedo, si bien en determinadas zonas del nordeste hay áreas en las que las características climáticas se aproximan más al régimen semiárido.

En la Amazonia el clima es ecuatorial, con precipitaciones especialmente intensas en la estación de lluvias, entre enero y junio, aunque continuadas durante todo el año. Su valor medio anual es de unos 1.500 milímetros. Las temperaturas medias, sin embargo, no son excesivamente elevadas, con valores de unos 26 ºC.

En el nordeste, a lo largo del curso medio y bajo del río San Francisco y en el sertao, llanura poco poblada que se extiende en los estados de Ceará, Pernambuco y Paraíba, el clima es semiárido, con precipitaciones anuales inferiores a los 700 milímetros. En estas regiones se registran cíclicamente fuertes sequías, y las lluvias son escasas y violentas.

El régimen tropical, moderado por oleadas de aire de procedencia polar que constituyen el llamado friagem, se recupera en las mesetas del Planalto Central y del Mato Grosso y se mantiene al sudeste de éstas, en los estados de Minas Gerais, Espírito Santo, Río de Janeiro y São Paulo, si bien en estas áreas las temperaturas están algo suavizadas por la altitud en el interior y por el mar cerca de la costa.

Por último, en las regiones más meridionales de Brasil, en ciertas zonas de los estados de São Paulo y Paraná y en los de Santa Catarina y Rio Grande do Sul, las temperaturas medias son inferiores a los 18 ºC, en un régimen de tipo subtropical. En esta parte del país se producen ocasionales heladas, que en otras áreas sólo se dan en las proporcionalmente escasas cotas de alta montaña. Contradictoriamente, también se registran en la parte sur los valores más elevados de temperatura, en ocasiones superiores a los 40 ºC, que se dan en torno al mes de febrero, durante los llamados «veranicos», en los que penetran desde el oeste masas de aire tropical continental seco procedentes de los áridos llanos del Chaco argentino y paraguayo.

Con las variaciones geográficas mencionadas, puede decirse que el clima brasileño se caracteriza por ser globalmente benévolo y por presentar una diferenciación definida entre la estación de lluvias, el verao, que se extiende de octubre a marzo, y el inverno, de abril a septiembre, más seco, pero durante el cual se mantiene cierto nivel de precipitaciones, salvo en zonas aisladas del nordeste.

Flora y fauna

Brasil cuenta con una gran diversidad biológica. La mitad norte, conformada por la cuenca amazónica y las zonas costeras septentrionales, está ocupada en su totalidad por el bosque tropical lluvioso o selva, que en Brasil se denomina mata. En ella crece una gran variedad de especies arbóreas de gran follaje perenne y elevada altura, que forma una cubierta vegetal llamada dosel y que apenas deja que la luz llegue al suelo.

Por esta razón, la vegetación en los estratos inferiores es escasa y, por efecto de las lluvias, el suelo está muy erosionado y carece de nutrientes. Así pues, en la selva, la riqueza se concentra en la vegetación arbórea, en la que se distinguen miles de especies, con géneros como Ficus y Hevea (al que pertenece el árbol del caucho), cuyos enormes troncos sostienen grandes comunidades de plantas epifitas menores, como orquídeas y bromeliáceas, y de lianas, que se arrollan a ellos.

Allí donde se produce una alternancia entre época de lluvias y estación seca más pronunciada que en la selva, se origina un tipo de bosque mixto, con especies perennifolias y caducifolias, que ocupa una banda paralela al litoral desde Salvador a Porto Alegre, más estrecha al norte y más extensa al sur, en los estados de São Paulo y Minas Gerais. En este tipo de bosques se dan especies características, como las araucarias y los árboles de hierba mate, cuyas hojas se emplean para elaborar una infusión, muy consumida en especial en la Argentina, pero también en ciertas zonas de Brasil.

Aunque, tradicionalmente, este tipo de vegetación fue el soporte de la agricultura brasileña, la no utilización de técnicas de cultivo rotatorio y otras de protección del suelo lo ha dañado notablemente.

La región semiárida del nordeste se caracteriza por la presencia de un tipo de vegetación de matorral con arbustos espinosos resistentes a la sequía, a la que se conoce como caatinga. Por su parte, las grandes extensiones del interior del Planalto Grande y el Mato Grosso están cubiertas por un tipo singular de sabana arbórea que define el ecosistema que en Brasil se conoce como de os campos. Se distinguen las «manchas» de sabana propiamente dicha, con muy ocasionales formaciones arbóreas, que constituyen lo que allí se conoce como campo limpo, y las extensiones de sabana arbórea o campo cerrado, cuyos suelos son pobres en nutrientes y no se adaptan bien a la explotación agropecuaria.

Otro de los ecosistemas vegetales propios de Brasil es el pantanal, llanura húmeda que se extiende en la ribera oriental del curso alto del río Paraguay, al sur del Mato Grosso. Se trata de una zona que sufre las periódicas inundaciones causadas por las crecidas del río y que, durante la estación seca, da lugar a abundantes pastizales, por lo que se emplea como tierra de pastoreo.

Los pantanales, como el de la imagen, son llanuras húmedas ocasionadas por las crecidas del río Paraguay en su curso alto y constituyen uno de los ecosistemas vegetales propios de Brasil.

Por cuanto se refiere a la vida animal, la Amazonia registra los mayores índices de biodiversidad zoológica del mundo, extensivos también a las especies vegetales.

Los insectos, con miles de especies autóctonas, como la sauba u hormiga cortadora de hojas o numerosas especies de mariposas gigantes, son uno de los grupos zoológicos dentro de los cuales se hallan nuevas especies con mayor frecuencia en esta región del planeta.

En los ríos habitan más de dos mil especies animales, entre las que cabe citar la arapaima o piracucú, el mayor pez de agua dulce del mundo, la insaciable piraña, el bagre, el gupi o la anguila eléctrica. Propios del ámbito amazónico son también reptiles acuáticos, como las tortugas matamata, la anaconda o el caimán, y terrestres como la boa, la iguana o diferentes tipos de lagartos.

Entre las aves pueden destacarse las abundantes variedades de loros y guacamayos, el tucán, el colibrí, y rapaces como la harpía y el águila pescadora.

Entre los mamíferos amazónicos son características especies acuáticas como el delfín de agua dulce o el manatí, y terrestres, como la ingente variedad de monos que habitan el medio arborícola (mono ardilla, tití, uacarí, mono aullador), el tapir, armadillo, el carpincho o capibara, el pecarí, el jaguar o el ocelote.

Los manatíes son mamíferos acuáticos y forman parte de la fauna amazónica brasileña.

La fauna de la cuenca amazónica concentra la gran mayoría de las especies propias del Brasil, ya que en las zonas de sabana brasileñas no se da la variedad de especies específicas de este hábitat que se registra, por ejemplo, en las sabanas africanas. Entre las especies propias de los campos, merece mención el ñandú, ave corredora que en tierras americanas ocupa el mismo nicho ecológico que el avestruz en África. La garza ibis y otras aves migratorias son propias del pantanal.

El territorio brasileño cuenta con numerosas reservas biológicas y áreas protegidas. Algunas permanecen inalteradas, mientras que otras se ven sometidas a la presión de la actividad humana o a las cíclicas sequías en el nordeste y el sur. Ante la progresiva y acelerada destrucción de ecosistemas en precario equilibrio, especialmente en el Amazonas, pero también en otras áreas como el pantanal, numerosos estamentos brasileños e internacionales se hallan firmemente comprometidos en la salvaguarda del entorno natural de un país que, sin duda, atesora la mayor riqueza y diversidad de formas de vida animal y vegetal sobre la Tierra.

Población

Demografía

Brasil tiene unos 204 millones de habitantes. El país cuenta con una población joven, con una media de edad de 31,1 años, aunque, a medida que su sociedad se ha ido modernizando, la esperanza de vida ha aumentado y el crecimiento demográfico se ha ralentizado, por lo que esa media de edad presenta una tendencia decreciente. Las tasas de mortalidad infantil, cercanas a 20 por cada 1.000 nacidos vivos, son aún una preocupación seria para las autoridades. Éste y otros índices demográficos y sociales negativos presentan una ostensible variación por regiones y en función del nivel socioeconómico: en los distritos urbanos, las tasas negativas son muy bajas, mientras que en las barriadas de chabolas que surgen en torno a las grandes ciudades, las favelas, y en comunidades pobres, en particular en el nordeste, los registros se elevan de forma desproporcionada.

Cuando llegaron los portugueses al Brasil, la población indígena se asentaba principalmente sobre la desembocadura del río Amazonas o conformaba pequeños grupos de carácter nómada, que fueron empujados hacia el interior durante el proceso colonizador. Desde entonces, y durante varios siglos, Brasil fue el destino de millones de esclavos negros capturados en África y empleados como mano de obra en las plantaciones.

Indígena potiguara. Los potiguaras son uno de los grupos nativos que habitaban el territorio brasileño a la llegada de los portugueses en el siglo XVI. En la actualidad, su escasa población se localiza en los estados de Paraíba y Ceará.

En la actualidad, cerca del 90 % de los brasileños habita en las proximidades del litoral, mientras que amplias extensiones del interior permanecen poco pobladas. La tendencia más manifiesta en la demografía del país es la que se orienta a la concentración de la población en los núcleos urbanos.

En el sudeste y en el sur, el desarrollo industrial y el dinamismo económico han sido el origen del desarrollo de grandes redes urbanas. Así, el área metropolitana de São Paulo supera los 20 millones de habitantes y, en el centro de la ciudad, se ha experimentado un marcado crecimiento vertical que caracteriza su paisaje urbano. Por su parte, Río de Janeiro es la segunda ciudad en población y cuenta con más de doce millones de habitantes en su conurbación. Otros grandes núcleos de población, aunque distantes en dimensiones de los dos grandes centros urbanos de Brasil, son Brasilia, Salvador de Bahía, Belo Horizonte, Fortaleza, Curitiba, Porto Alegre, Recife, Manaos y Belém.

Los brasileños descendientes de europeos suponen en torno al 47 % de la población; aproximadamente, el 43 % son mulatos, es decir, mezcla de blancos y negros, y el 7 % son negros. Con un menor porcentaje, aunque de notable importancia en la composición étnica de la población, dado el elevado nivel de mestizaje, son los indígenas amerindios. También existen minorías de brasileños de origen japonés y árabe.

Entre los mestizos se distinguen los caboclos, con ascendencia blanca e india, y los cafuzos, con mezcla india y negra. Más recientemente, los matrimonios entre brasileños del sur e inmigrantes japoneses han hecho aparecer un nuevo tipo de mestizaje, el de los ainocos, con ascendencia blanca y asiática.

Aunque minoritarios en el conjunto de la población, los pueblos indígenas brasileños conforman un amplio abanico étnico, con más de 200 grupos, buena parte de los cuales viven en las selvas amazónicas, manteniendo aún algunos de ellos sus formas de vida ancestrales, prácticamente aislados del contacto con la civilización moderna. No obstante, la gran mayoría habitan en núcleos urbanos, ya integrados en el tejido social del Brasil actual.

Algunos de los grupos indígenas son los potiguara, losyanomamis, los xingu, los carajás, los ampá, kayapó y kayabí, del Mato Grosso, y los boroboro, del curso alto del río Paraguay.

Brasil ha sido durante mucho tiempo crisol de una amplia variedad de culturas. Desde tiempos coloniales, los brasileños han favorecido la asimilación y la tolerancia hacia otros pueblos. Históricamente, el matrimonio interétnico fue mejor aceptado en Brasil que en la mayor parte de las demás colonias latinoamericanas. Por otra parte, a pesar de la notable diversidad racial, un importante elemento unificador de la sociedad brasileña es el idioma portugués.

Lengua

El idioma portugués, lengua oficial de Brasil, es, como se ha dicho, uno de los principales elementos unificadores de la sociedad brasileña frente a su diversidad étnica. El portugués de Brasil ha experimentado una considerable evolución desde su introducción en el territorio en el siglo XVI. La pronunciación, la semántica y el vocabulario divergen considerablemente de la lengua hablada en Portugal. Los inmigrantes han introducido, además, nuevas palabras y expresiones propias del portugués brasileño.

Los pueblos indígenas de Brasil hablan otras lenguas que también han influido en el portugués de Brasil, como el tupí-guaraní. El tupí era la lengua principal de los pueblos originarios de Brasil antes del contacto con los europeos y se convirtió en la lengua franca entre indios y comerciantes portugueses. Fue extensamente empleada en la región del Amazonas y en Brasil occidental hasta el siglo XIX. El guaraní es una de sus formas actuales.

Religión

El catolicismo es, junto con la lengua, el otro gran elemento unificador de la sociedad brasileña. Fue la religión oficial del Estado hasta la proclamación de la república en 1889, cuando se declaró la laicidad del Estado. Algo más del 73 % de la población es nominalmente católica, aunque también es notable la implantación del protestantismo, que aglutina en sus distintas ramas a más del 15 % de los brasileños.

Tienen también cierto arraigo las formas de sincretismo religioso, como la macumba, con variaciones locales, como la umbanda o el candomblé, que mezclan las creencias cristianas con ritos originarios de África. Los practicantes de estos ritos suelen identificar sus deidades con santos y vírgenes católicos.

Representación de un orixá (divinidad), del rito candomblé, una práctica religiosa animista de origen afrobrasileño.

Economía y comunicación

Datos económicos

El aprovechamiento de sus ingentes recursos naturales, muchos de ellos aún sin explotar, y la gran fuerza de trabajo que supone su población de más de 100 millones de habitantes sitúan a la economía brasileña en una posición preeminente de cara al desarrollo del ámbito transnacional latinoamericano en la primera década del siglo XXI.

Agricultura, ganadería y pesca

Base de la economía brasileña a lo largo de toda su historia, la agricultura se mantiene como sector puntero, del que surgen más de la mitad de las exportaciones, si bien un progresivo avance de la industrialización ha ido reduciendo el peso, antaño casi absoluto, de la producción del país.

Modernamente, una de las tendencias más marcadas es la diversificación de cultivos, a pesar de lo cual el café, la soya y el azúcar siguen siendo los principales. El café tiene sus mayores plantaciones en los estados de São Paulo, Minas Gerais y Goiás, y el volumen de su producción sitúa a Brasil en el primer puesto de la producción mundial, en tanto que en el caso de la soya, cultivada sobre todo en el sur y el sudeste, el país es el segundo productor a escala global. La caña de azúcar, por su parte, ha experimentado una gran expansión a raíz de la generalización de los programas de uso de biocarburantes sustitutivos de la gasolina, obtenidos a partir de la caña por destilación.

En la imagen, planta de café, cuyo cultivo es uno de los más importantes del país y convierte a Brasil en el principal productor mundial de este producto.

Otros cultivos en los que Brasil ocupa posiciones preeminentes en lo que respecta a producción mundial son el maíz y el arroz, que experimentaron una gran expansión en las últimas décadas del siglo XX, el algodón, la mandioca y los cítricos. Productos como el cacao, esencial en el pasado para la economía brasileña, han ido declinando como consecuencia de la escasa modernización de las técnicas empleadas para su cosecha y por el progresivo envejecimiento de los árboles productores.

En términos genéricos puede afirmarse que Brasil es autosuficiente en lo que respecta a recursos alimentarios agrícolas básicos.

La ganadería ha experimentado una enorme expansión en las últimas décadas, convirtiendo a Brasil en uno de los países con la cabaña ganadera más voluminosa. No obstante, la expansión ganadera en las tierras del este y del norte ha supuesto la erradicación de pequeños agricultores sin títulos de propiedad, además de la destrucción de grandes extensiones de bosque en la cuenca del Amazonas y el Mato Grosso.

En este contexto se sitúa uno de los problemas estructurales de la producción agropecuaria brasileña: el contraste entre las fazendas, grandes propiedades dedicadas a cultivos comerciales y explotaciones ganaderas extensivas, que se concentran en los estados del norte, como Acre, Roraima y Amapá; los minifundios de explotación intensiva, en estados como Maranhão, en el noreste, y Paraná, en el sur, y las masas de campesinos sin tierra, forman un activo colectivo reivindicador del replanteamiento de esta distribución.

En la producción ganadera destaca la adaptación de los cebúes al medio tropical. También hay una considerable cabaña ovina, especialmente en el estado de Rio Grande do Sul, y caprina, en el sertón (sertão) del nordeste.

Los inmensos recursos forestales han permitido la explotación del caucho y las maderas duras de las selvas tropicales, tanto para la elaboración de biocombustibles, de consumo interno, como para la producción de papel, en este caso dedicada en parte a la exportación por medio de grandes compañías, y para su uso como material de construcción. La explotación maderera en la cuenca amazónica resulta poco rentable a largo plazo debido al difícil acceso, a los problemas de transporte y al fuerte impacto medioambiental que origina.

La industria pesquera tiene una relevancia relativamente escasa, a pesar del extenso litoral brasileño. Tan sólo en los estados de Pará, Ceará, Río de Janeiro y São Paulo se concentran flotas de cierta entidad. La pesca fluvial es en cambio una actividad profusamente desarrollada en toda la cuenca del Amazonas.

Minería y recursos energéticos

Brasil es un gigante mundial de la minería. Es el segundo productor mundial de mineral de hierro y cuenta con importantes reservas de manganeso, cuarzo, diamantes y otras gemas. Los depósitos de oro de Minas Gerais entraron en explotación en el siglo XVIII y se mantuvieron como uno de los grandes centros mundiales de producción del preciado metal hasta principios del siglo XX, cuando comenzaron a dar signos de agotamiento. En esta región minera se mantuvo en cambio la producción de diamantes destinados a uso industrial -Brasil es uno de los principales productores de estas piedras preciosas, aunque su grado de pureza no es elevado-, y de cristal de cuarzo.

El mineral de hierro también se extrajo fundamentalmente de Minas Gerais hasta el descubrimiento, en la década de 1960, de los grandes yacimientos de Carajás, en el estado de Pará. El manganeso, otro de los metales en los que Brasil se cuenta entre los principales productores del mundo, se extrae sobre todo en el Mato Grosso y en el estado de Amapá, en la frontera con Venezuela.

Además de los citados, otros recursos minerales incluyen torio, metal radiactivo del que Brasil produce casi un tercio del total mundial, tungsteno, bauxita, para obtener aluminio, apatito, del que se extraen fosfatos empleados como fertilizantes, dolomita, para piedra de construcción, plomo, magnesio, estaño, cromo y amianto.

El país es en cambio deficitario en combustibles fósiles. Dispone de importantes depósitos de gas natural y petróleo, como el de Recôncavo, en Bahía, y los de los estados de Alagoas y Sergipe, frente a la costa de Río de Janeiro, que, no obstante, no satisfacen las necesidades de consumo interno, por lo que el petróleo constituye un importante porcentaje en las importaciones brasileñas. De la gestión de estos recursos se encarga la empresa estatal Petrobras.

En torno a la mitad de la potencia instalada de energía eléctrica se obtiene de centrales térmicas alimentadas con carbón y petróleo y de centrales nucleares, aunque modernamente la producción eléctrica tiende a concentrarse en el sector hidroeléctrico. Las instalaciones principales se sitúan en las cuencas de los ríos San Francisco y Paraná. A pesar del enorme potencial que ofrecen los ríos para la obtención de energía, muchos aún no han sido explotados debido a su lejanía de los mayores centros urbanos y fabriles.

Especial mención merece la implantación en Brasil de los llamados biocarburantes, combustibles menos contaminantes que los de origen fósil. En la década de 1970 comenzó a desarrollarse el proyecto Bioalcool, destinado a generalizar el uso como carburante del bioetanol, obtenido de plantas con alto contenido en azúcar como la caña. Ya en la década de 2000 proliferaron en Brasil las investigaciones para el aprovechamiento de otros biocarburantes, como el biodiésel, análogo del gasóleo fabricado con aceites y biomasa, o el biogás, que se obtiene por fermentación de materia orgánica.

Industria

La industria experimentó un fuerte empuje en el último cuarto del siglo XX ante la necesidad de sustituir las importaciones. A falta de capital privado para promover las inversiones, fue el Estado quien animó la actividad industrial e invitó a compañías extranjeras a participar en el sector industrial brasileño. En este contexto se crearon las grandes corporaciones estatales Petrobras, Electrobras, la compañía siderúrgica nacional y la empresa Valle do Rio Doce, dedicada esta última a la explotación de los yacimientos de hierro en Minas Gerais.

Actualmente, las principales actividades son la siderurgia, la industria automovilística, la química, la textil y la agroalimentaria. También destacan las destinadas a la fabricación de maquinaria eléctrica, pinturas, jabones, medicinas y calzado.

La industria siderúrgica se halla distribuida por todo el país. A destacar las instalaciones de Volta Redonda, que procesan el hierro extraído en Minas Gerais.

La industria automovilística fabrica bajo concesiones de empresas extranjeras, principalmente alemanas y estadounidenses, y se concentra en las áreas urbanas de São Paulo y Río de Janeiro, alcanzando los mayores niveles de producción de Latinoamérica. Las industrias naval y aeronáutica han registrado también un gran impulso orientado sobre todo hacia el campo militar.

Servicios

La rápida expansión del sector servicios brasileño hace que el 71 % de la población activa se emplee en dichas actividades, tanto en el ámbito privado como en el público. En el sector privado, la mayor parte trabaja en hostelería, turismo y comercio, y aumenta rápidamente en el campo de las nuevas tecnologías de la información.

La política financiera emana del Consejo Monetario Nacional y supervisa al Banco Central de Brasil, encargado de emitir la moneda nacional: el real. Otra importante institución pública es el Banco de Brasil, la mayor institución bancaria del país, encargada de regular la política crediticia. Las actividades de la banca comercial están dominadas por entidades del sector público, si bien la banca privada ha venido adquiriendo creciente importancia. Las principales bolsas de valores son las de São Paulo y Río de Janeiro, si bien existen bolsas de contratación especializadas en materias primas en otras ciudades como Porto Alegre, Santos o Recife.

En la balanza comercial brasileña predominan las exportaciones, con productos como café, soya, hierro, equipos de transporte y calzado. Entre las importaciones destacan el petróleo, los equipos eléctricos y la maquinaria.

Los principales socios comerciales de Brasil son los Estados Unidos, China, Argentina, Alemania y Nigeria, que proporciona al país buena parte del petróleo que importa. Aunque se mantienen destacados como receptores y emisores de exportaciones e importaciones brasileñas, los Estados Unidos redujeron su importancia como socio comercial, tras la incorporación de Brasil como miembro fundador en 1991 al Mercado Común del Sur (Mercosur), al que también pertenecen desde esa fecha la Argentina, Paraguay y Uruguay y, desde 2006, Venezuela. A ello también contribuyeron los acuerdos comerciales establecidos con China en la década de 2000.

La Empresa Brasileira de Turismo (Embratur) regula esta actividad, que constituye una creciente fuente de ingresos para el país. Entre los destinos favoritos de los visitantes extranjeros, entre los que predominan argentinos y estadounidenses, con cada vez mayor llegada de turistas procedentes de países de la Unión Europea (UE), se cuentan Río de Janeiro, con sus célebres playas, como las de Copacabana e Ipanema, la zona de Salvador de Bahía y entornos naturales como las cataratas de Iguazú. Un sector en creciente evolución es el del ecoturismo en áreas selváticas del Amazonas y en los parques naturales.

La belleza y biodiversidad de la naturaleza brasileña resulta especialmente atractiva para la práctica del ecoturismo o turismo ecológico. En la imagen, la montaña conocida como Dedo de Deus (Dedo de Dios), en el Parque Nacional Serra dos Órgãos.

El desarrollo de medios de transporte ha sido históricamente una de las cuestiones decisivas para el auge de las distintas regiones de un país tan grande como Brasil.

Transportes y comunicaciones

Las vías férreas se construyeron principalmente para transportar los minerales desde las minas hasta los puertos costeros y no se han utilizado tanto como en otros países sudamericanos para el transporte de pasajeros. Escasamente desarrollada en comparación con las carreteras, la red ferroviaria ha presentado tradicionalmente problemas estructurales derivados del uso de distintos anchos de vía, de los trazados sinuosos y de otros problemas. Brasilia, Río y São Paulo cuentan con avanzados sistemas de metro y trenes de cercanías.

Por el contrario, una densa red de carreteras y autopistas conecta los principales núcleos urbanos del país, incluidas algunas ciudades de la región amazónica. Muchas de ellas no están pavimentadas, aunque vías como las que unen Brasilia y Belém o la carretera transamazónica, que comunica Recife con la frontera de Perú, al sur del Amazonas, facilitan el transporte de mercancías y personas desde puntos remotos del país. Brasil cuenta con un eficiente sistema de transporte de autobuses de larga distancia.

Los puertos situados en toda la línea de costa garantizan el comercio con el exterior. Entre los principales cabe citar Río de Janeiro, Santos, Salvador, Recife y Natal. La flota mercante es una de las más importantes de América latina y el transporte fluvial, con cincuenta mil kilómetros de vías navegables, tiene también gran importancia. La navegación de los ríos es el principal medio de transporte en el norte del país, con puertos fluviales como Manaos, en el curso medio del Amazonas, y Belém, en su desembocadura. A través de los ríos Paraguay y Paraná, barcos de pequeño calado pueden alcanzar el Río de la Plata y el Atlántico.

Para salvar las grandes distancias dentro del país se emplea también la navegación aérea, tanto para el transporte de pasajeros como de mercancías. Hay numerosos aeropuertos por todo el territorio, aunque no todos ellos cuentan con pistas preparadas para el despegue y aterrizaje de grandes aviones. El de mayor tráfico internacional es el de Río de Janeiro.

Prensa y telecomunicaciones

Brasil cuenta con un gran volumen de publicaciones diarias. Entre los periódicos más conocidos están O estado de São Paulo, Folha de São Paulo, Dia, O globo y Jornal do Brasil, publicados todos ellos en Río de Janeiro y São Paulo.

El negocio de las telecomunicaciones está dominado por grandes compañías privadas, entre las cuales destaca la cadena Globo, la más influyente de las radiotelevisiones del país. Otras empresas importantes de las telecomunicaciones son TVSBT, TV Bandeirantes, TV Record, Rádio Mulher, Rádio Nacional o Rádio Jornal do Brasil. Hay también algunas estaciones regionales y estatales. Desde la década de 1990 se ha introducido rápidamente la televisión por cable en las grandes ciudades.

La antigua compañía estatal de las comunicaciones se dividió en cuatro secciones y fue privatizada en 1998. Desde entonces, el número de teléfonos por habitante se ha incrementado notablemente, superando los 43 millones de terminales de telefonía convencional y los 244 millones de telefonía celular, cifras en aumento que, no obstante, no alcanzan los niveles porcentuales por habitante de otros países de Sudamérica. También se halla en fase de neta expansión la utilización de Internet, con más de 75 millones de usuarios.

Administración y política

División territorial

La República Federativa del Brasil es un estado federal dividido en 26 estados y un distrito federal: el de la capital, Brasilia. Cada estado tiene una Constitución autónoma y está dirigido por un gobernador y una Asamblea Legislativa. Los estados están divididos administrativamente en municipios dirigidos por un prefeito. Hay más de cinco mil municipalidades en el territorio, de carácter urbano o rural, que tienen algunas atribuciones fiscales. Las ciudades más grandes suelen ser las capitales de cada estado.

Forma de gobierno y partidos políticos

Brasil adoptó en 1934 el sufragio universal, que actualmente da derecho a votar a los mayores de 16 o 18 años de edad, dependiendo de la legislación de cada estado. En el año 1988 se adoptó una nueva Constitución, la octava desde la independencia del país. En ella se establecieron derechos civiles y se definieron las funciones de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

El poder legislativo está en manos del Congreso Nacional, que consta de dos cámaras y legisla en materia federal, fiscal y administrativa. Ratifica los tratados internacionales y autoriza al presidente a declarar la guerra.

Las dos cámaras legislativas son el Senado Federal y la Cámara de Diputados. El Senado está compuesto por tres representantes de cada estado elegidos por los residentes de los estados para periodos legislativos de ocho años; otro tercio permanece para un periodo de cuatro años y los dos tercios restantes se van renovando en periodos de cuatro años. Los miembros del otro cuerpo legislativo, la Cámara de Diputados, son elegidos por sufragio universal y secreto para mandatos de cuatro años.

El presidente de la república es jefe de Estado y de Gobierno, así como jefe de las Fuerzas Armadas, y ejerce sus funciones con el apoyo de un gabinete de ministros que goza de amplia autonomía en decisiones relativas a la política económica y los asuntos exteriores e interiores. El presidente puede ser reelegido para un nuevo periodo de cuatro años.

El Tribunal Supremo Federal se sitúa a la cabeza del sistema judicial y está compuesto por once magistrados nombrados por el presidente y refrendados por el Senado Federal. Se ocupa de la legalidad en materia presidencial, legislativa y judicial, además de asuntos de derecho internacional y política federal y administrativa.

En 1977 se creó en Consejo Nacional de la Judicatura, integrado por siete jueces, a los que competen los casos en los que se ven implicados miembros del propio sistema judicial, mientras que el Tribunal de Apelaciones es la última instancia en la revisión de sentencias.

Después de dos décadas en las que la actividad política estuvo reprimida durante los gobiernos militares, en 1985, tras el restablecimiento del gobierno civil, se legalizaron todos los partidos políticos, configurándose un sistema multipartidista en el que cabe citar formaciones como el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) o el Partido Liberal (PL), que han predominado en la vida política del país en las últimas décadas.

Tienen también un importante papel en la vida política algunos movimientos sociales y sindicatos de trabajadores, como el Movimiento de los Sin Tierra (MST), que aboga por la redistribución de tierras en el Brasil, o los grupos religiosos originados en torno a la Iglesia católica y a congregaciones evangélicas.

Servicios del Estado

Brasil es un país con fuertes desigualdades socioeconómicas tanto a nivel regional como local, aunque existe una importante y consolidada clase media. Al contraste entre los estados norteños, despoblados y atrasados, y Río o São Paulo, urbanos e industriales, se solapan las diferencias locales, con lujosos rascacielos junto a barrios de chabolas o favelas.

Pese a los esfuerzos gubernamentales por evitarlo, Brasil aún es un país de grandes desigualdades y contrastes. En la imagen, vista aérea de una zona de chabolas o favelas (Río de Janeiro).

El Gobierno federal promueve políticas para incentivar la economía en las regiones más pobres a través de agencias como la Superintendencia para el Desarrollo del Nordeste (Sudene) o de la Región Amazónica (Sudam). A través de ellas se canalizan las inversiones locales y se gestionan programas para el desarrollo.

Muchos de los problemas sanitarios tienen su origen en la desnutrición y en algunas enfermedades endémicas, como el paludismo, el dengue, la disentería o la tuberculosis, más frecuentes en zonas rurales tropicales pero también presentes aún en las ciudades por efecto de la emigración. La fundación Oswaldo Cruz, en Río de Janeiro, es una de las principales instituciones de Latinoamérica dedicadas a la investigación de estas patologías. El Gobierno ha introducido programas de mejora en la sanidad, con especial atención hacia los niños y las poblaciones desfavorecidas en las favelas y las regiones deprimidas.

El rápido crecimiento de las ciudades y el fenómeno de la emigración rural han generado graves problemas en el ámbito de la vivienda en los núcleos urbanos. En las grandes ciudades, los barrios de favelas han surgido espontáneamente, a veces asentados en lugares poco habitables, como laderas escarpadas, y carentes de servicios públicos. El Gobierno trata de paliar esta situación promoviendo el desarrollo de programas de construcción de vivienda social.

La mayoría de los trabajadores disponen de algunos beneficios sociales, como seguros médicos y de desempleo, pensiones de jubilación, planes de ahorro y vacaciones remuneradas. Estas prestaciones, canalizadas a través del sistema de seguridad social, se han visto aumentadas en los últimos años en detrimento del gasto en otros sectores.

La educación es un medio para el progreso económico, pero muchos brasileños se incorporan a la fuerza laboral en edad temprana, a menudo desde la infancia. Según estimaciones gubernamentales, una sexta parte de la población mayor de quince años es analfabeta.

No obstante, la educación primaria y secundaria es obligatoria y gratuita para los alumnos de 7 a 17 años, aunque un significativo porcentaje de los alumnos no llegan a completar este ciclo de formación básica. El sistema educativo se encuentra mejor implantado en los estados del sur, mientras que los centros escolares del centro y el norte del país presentan ciertos problemas de infraestructura. No obstante, los programas estatales hacen que se mantenga una creciente tendencia a que los niveles de escolarización aumenten a lo largo del ciclo de educación obligatoria.

Entre los principales centros universitarios cabe citar la Universidad Federal de Río de Janeiro, la de São Paulo, la de Minas Gerais y la de Rio Grande do Sul.

Historia

La colonización

El navegante portugués Pedro Álvares Cabral arribó a las costas brasileñas en 1500, después de que los vientos alisios lo desviaran de su camino hacia Asia a través del cabo de Buena Esperanza, según la ruta abierta poco antes por Vasco da Gama. Portugal reclamó el dominio sobre el nuevo territorio, que le correspondía en virtud de lo estipulado en 1494 entre España y Portugal en el Tratado de Tordesillas, por el cual se estableció una línea divisoria de ambos dominios en el meridiano 46.

El nuevo territorio fue denominado primero Vera Cruz, pero la abundancia del árbol llamado palo de Brasil hizo que prevaleciera este nombre para designarlo.

La presencia portuguesa quedó limitada en los primeros tiempos al litoral, con el establecimiento de pequeños asentamientos fortificados en el nordeste, alrededor de los actuales Salvador de Bahía y Pernambuco. El fracaso inicial en la búsqueda de metales preciosos hizo decaer el interés de la Corona portuguesa en sus nuevas tierras durante la primera mitad del siglo XVI.

Sin embargo, durante el reinado de Juan III, monarca portugués entre 1521 y 1557, se registraron las primeras iniciativas de consolidación del dominio portugués en América. En primera instancia se dividió el territorio brasileño en quince capitanías costeras, al frente de las cuales el rey situó a personajes relevantes de la corte conocidos como donatarios, que disfrutaban de grandes prerrogativas y que ejercían el poder con carácter hereditario.

En estos dominios se cedieron grandes parcelas a los colonos para el establecimiento de plantaciones de caña de azúcar. Las más prósperas fueron las de Pernambuco, en torno a la ciudad de Olinda, y São Vicente, en el actual estado de São Paulo.

Sin embargo, ante los escasos resultados económicos y políticos del régimen de capitanías, hacia 1550, el rey portugués decidió unificar las tierras de los diferentes donatarios bajo el control de un gobernador general, cargo para el que nombró al noble Tomé de Sousa. Éste fundó Salvador de Bahía y construyó algunas fortificaciones a lo largo de la costa, para defenderse de los corsarios franceses. Los colonos comenzaron entonces a llegar en mayor número al tiempo que se iniciaba el tráfico de esclavos africanos y se extendía el sometimiento de las tribus indígenas.

Junto al nuevo gobernador llegaron también los primeros misioneros jesuitas con el fin de promover la conversión al cristianismo de los pueblos indígenas. Para ello establecieron aldeias, similares a las misiones de los españoles en el resto de América del Sur. Sin embargo, los colonos que tenían mano de obra esclava vieron amenazados sus intereses por la influencia de los religiosos. El conflicto fue finalmente resuelto mediante un decreto real por el que los jesuitas obtenían plena jurisdicción en las aldeias, mientras que los colonos veían garantizados sus derechos sobre los indios capturados en el transcurso de guerras contra ellos con causa legítima.

La llegada de grandes contingentes de colonos contribuyó a la expansión de algunas enfermedades traídas del Viejo Continente, que mermaron a la población local. Ante la falta de mano de obra para trabajar las plantaciones, los colonos incrementaron la importación de esclavos negros desde África.

La unificación temporal de los reinos español y portugués entre 1580 y 1640 convirtió a Brasil en objetivo militar de los numerosos enemigos a los que se enfrentaba la Corona española. Los holandeses, tradicionales enemigos de los españoles en Europa, atacaron Salvador de Bahía y tomaron Pernambuco, que permaneció bajo su control hasta 1654.

La expansión hacia el oeste

El Tratado de Tordesillas prohibía a los portugueses traspasar el meridiano 46, pero los misioneros y colonos comenzaron a adentrarse más allá de esa línea. Especial protagonismo en esta expansión tuvieron los religiosos, que constituyeron la avanzada en la penetración en la cuenca del Amazonas y en el sudeste, y los ganaderos, que, procedentes de la costa, buscaban nuevos pastos en el nordeste en los actuales estados de Piauí, Goias y Maranhão.

Desde el estado de São Paulo se organizaron, así mismo, expediciones a las que se denominaron bandeiras –sus integrantes eran los bandeirantes– para buscar metales preciosos y capturar esclavos, expediciones que penetraron hasta Colombia, Perú y Bolivia. Por el sur, atacaron las misiones de los jesuitas españoles en las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay hasta las proximidades del Río de La Plata.

El territorio bajo dominio portugués fue así agrandándose y unificándose, pero sólo algunos núcleos de población, como Salvador, Río de Janeiro, Recife y Ouro Preto, alcanzaron cierto desarrollo. La economía de las nuevas ciudades se basaba en la producción y exportación de azúcar y en la extracción de oro. El comercio tenía como único destino la metrópoli, y el contacto con el resto de las colonias de América del Sur era nulo.

Vista aérea de Ouro Preto, una de las localidades que alcanzó cierto desarrollo bajo el dominio portugués.

La principal actividad en el nordeste era el cultivo de caña de azúcar, los beneficios de cuya explotación fueron concentrándose en una clase de grandes terratenientes mientras los pequeños propietarios se dedicaban a la producción de tabaco, algodón y café.

A finales del siglo XVII se descubrieron los grandes yacimientos de oro en Minas Gerais, lo cual provocó la emigración hacia el interior, la decadencia de las plantaciones de azúcar del litoral y la creación de nuevas ciudades en Mato Grosso, donde también se hallaron minas de diamantes y otras gemas. Las nuevas explotaciones mineras tuvieron un fuerte impacto en la economía brasileña. Río de Janeiro, puerto natural cercano a los focos de extracción, adquirió cada vez mayor importancia hasta que, en 1763, se convirtió en la nueva capital del Brasil (hasta entonces lo había sido Salvador).

En la segunda mitad del siglo XVIII, el marqués de Pombal, ministro portugués ilustrado del rey José I, introdujo una serie de reformas en la colonia con las que quedó abolido el sistema de los donatarios, en beneficio de un gobierno centralizado. También se reconocían ciertos derechos de la población indígena y se decretaba la expulsión de los jesuitas, decididamente enfrentados con los colonos por su defensa de los indios.

La independencia de Brasil

La Revolución francesa y las guerras napoleónicas tuvieron importantes repercusiones en Brasil. En 1789, José Joaquim da Silva Xavier, más conocido como Tiradentes, por su oficio de dentista, lideró un levantamiento contra los portugueses, el movimiento conocido como Inconfidencia Mineira (conjuración minera), que fue rápidamente neutralizado. Capturado y ejecutado, Tiradentes se convirtió en el primer mártir de la independencia brasileña.

Ante la amenaza que suponía la entrada en guerra en 1807 de los ejércitos napoleónicos con el Reino Unido, tradicional aliado de Portugal, el príncipe regente portugués don Juan se trasladó a Brasil, convirtiéndose así el territorio en sede del Gobierno de la metrópoli. Los colonos recibieron calurosamente al príncipe, quien abolió los monopolios y abrió el comercio brasileño, especialmente activo en sus intercambios con los británicos.

En 1816, el regente se convirtió en rey con el nombre de Juan VI. Tras unos años en los que el creciente movimiento independentista dio lugar a diversos movimientos revolucionarios, el monarca regresó en 1821 a Portugal y dejó como regente a su hijo, don Pedro. Este hubo de hacer frente al antagonismo creciente entre portugueses y brasileños. Desde Lisboa se impuso el retorno de Brasil a la esfera portuguesa, con pérdida de los privilegios adquiridos en años anteriores, lo cual provocó el manifiesto descontento de la colonia.

Don Pedro desafió al Gobierno portugués permaneciendo en el Brasil a pesar de los requerimientos del rey para su retorno, decisión apoyada por la mayoría de los brasileños. El 7 de septiembre de 1822, en el episodio conocido como grito de Ipiranga, proclamó la independencia del Brasil en las proximidades de la ciudad de São Paulo y, tres meses más tarde, se proclamó emperador.

El Imperio brasileño

Los primeros años de independencia sumieron a Brasil en una serie de revueltas regionales, aunque la economía y el Gobierno central se mantuvieron estables. El emperador, ayudado por su Consejo de Estado, redactó una Constitución liberal que, sin embargo, le dotaba de amplias atribuciones y que sirvió para reforzar el poder central.

Entre 1825 y 1828, Brasil y la Argentina se enfrentaron por el control del actual Uruguay. Aunque no fue una derrota explícita para Brasil, el resultado del enfrentamiento, que determinó la independencia uruguaya, restó apoyos a Pedro I, quien finalmente abdicaría a favor de su hijo, heredero de la corona imperial con el nombre de Pedro II.

El reinado de Pedro II duró casi medio siglo y supuso un periodo de paz y progreso para el país. En él aumentó considerablemente la población, se emprendieron programas de creación de infraestructuras, especialmente de transporte y educación, y se desarrollaron los tradicionales cultivos de café, cacao y caña de azúcar.

Entre 1865 y 1870 Brasil intervino en la guerra de la Triple Alianza, en la que, en coalición con la Argentina y Uruguay, derrotó a los ejércitos de Paraguay. A pesar de la victoria, el conflicto supuso un gran desgaste por la pérdida de vidas –el conflicto tuvo episodios singularmente sangrientos– y el elevado costo económico.

Los movimientos antiesclavistas comenzaron a surgir en la década de 1860 y, aunque el emperador se mostraba favorable a ellos, también recelaba de la reacción de los terratenientes que se servían de mano de obra esclava. Se optó, pues, por una abolición gradual, hasta la completa emancipación en 1888, con la que cerca de 700.000 esclavos ganaron definitivamente su libertad.

El advenimiento de la república

Las clases medias urbanas, los militares y los plantadores de café recelaban de la monarquía y creían que un gobierno republicano representaría mejor los intereses de la nueva economía capitalista. Por otra parte, los terratenientes retiraron su apoyo al soberano tras la abolición de la esclavitud.

Así, en 1889, una sublevación militar –el Ejército había ganado gran influencia política tras la guerra de la Triple Alianza– hizo abdicar al rey Pedro II, quien partió hacia el exilio en Europa. El mariscal Manuel Deodoro da Fonseca, principal dirigente de la insurrección, se convirtió en el presidente provisional de una república en la que, según la nueva Constitución promulgada en 1891, se establecía la separación de poder entre Iglesia y Estado y un Gobierno democrático y federal.

Sin embargo, estos principios fueron inicialmente sólo teóricos, puesto que Fonseca y su sucesor, Floriano Peixoto, gobernaron sobre premisas autoritarias. No obstante, entre 1894 y la década de 1930 se sucedieron en Brasil una serie de gobiernos elegidos según una estricta normalidad constitucional, hecho que diferenció a Brasil de otros países de su entorno.

Durante este prolongado ciclo constitucional destacaron las figuras de Manuel Feraz de Campos Sales, presidente entre 1898 y 1902; Francisco de Paula Rodríguez Alves, quien entre 1902 y 1906 fue artífice de una importante reforma administrativa, sanitaria y de obras públicas, y Wenceslau Bras, quien en la última fase de la Primera Guerra Mundial abandonó la neutralidad que hasta entonces había mantenido Brasil y se decantó por intervenir del lado de los aliados.

El poder económico y político continuó basculando hacia los estados del sur y sudeste en detrimento de las viejas plantaciones azucareras del nordeste. La exportación de café dominaba la vida económica con más del 50 % del comercio exterior a comienzos del siglo XX, y en ocasiones llegaba incluso a la sobreproducción, con las consiguientes crisis económicas.

La afluencia de inmigrantes continuó al mismo ritmo que el proceso de urbanización. El auge del comercio del caucho llevó el progreso hasta la remota región amazónica, donde la ciudad de Manaos experimentó un singular desarrollo, que la llevó incluso a contar con un teatro de ópera. Río de Janeiro y São Paulo fueron escenario asimismo de grandes transformaciones urbanísticas y se asentaron como los futuros grandes núcleos socioeconómicos del país.

La burguesía de las ciudades se mostraba cada vez más resentida con el poder de los propietarios de los cafetales. Jóvenes oficiales conocidos como los tenentes intentaron en la década de 1920 derrocar al Gobierno, en el antecedente de lo que constituiría un periodo de gobierno autoritario encabezado por Getúlio Vargas.

La era Vargas

La depresión de 1929 hizo caer los precios del caucho y del café, lo que precipitó la caída de la influencia política de las élites terratenientes. El gobernador del estado de Rio Grande do Sul, Getulio Vargas, encabezó en 1930 una revolución que lo llevaría a ser la principal figura de la vida política brasileña hasta su muerte, en 1954.

En medio de una situación de progresivo deterioro económico, en 1934 se promulgó una nueva Constitución que reforzaba el poder central y concedía el sufragio universal a los brasileños. Sin embargo, Vargas continuó aumentando su poder político y recortando las competencias estatales en beneficio del Gobierno federal. En 1937 disolvió el Parlamento y estableció el régimen conocido como Estado Novo, de marcado carácter autocrático, aunque introductor de reformas educativas y sociales, orientadas a la mejora de las condiciones de los trabajadores y al fomento de la industrialización.

En 1942, Brasil declaró la guerra a las potencias del Eje y ayudó en la defensa del Atlántico sur en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, lo que creó una corriente de opinión favorable a la restauración democrática, por lo que Vargas fue depuesto en 1945. No obstante, las elecciones de 1950 lo llevaron de nuevo a la presidencia. Una serie de escándalos políticos minaron el poder de Vargas, quien, superado por la presión de los militares para que abandonara la presidencia, se suicidó.

El programa de reformas económicas quedó truncado y se mantuvieron las desigualdades entre los estados. La llegada a la presidencia de Juscelino Kubitschek fue sin embargo vista como una continuidad del periodo anterior.

Kubitschek inició un ambicioso programa de desarrollo económico dirigido sobre todo a la revalorización de las regiones del interior, cuyo máximo exponente fue la construcción de la nueva capital del estado: Brasilia. La modernización incluyó la construcción de carreteras, centrales hidroeléctricas, siderurgias y refinerías, así como el apoyo a las inversiones privadas.

En las elecciones de 1960 se alzó con el triunfo Janio Quadros, quien, apenas siete meses después de su acceso al poder, presentó su dimisión, quedando su vicepresidente João Goulart como potencial sustituto. Sin embargo, el enfrentamiento entre militares y sectores conservadores y progresistas dio lugar a una situación de bloqueo que a punto estuvo de desembocar en un conflicto civil armado. Finalmente, tras alcanzar una solución de compromiso, por el que los poderes presidenciales se rebajaban, Goulart fue nombrado presidente. La caída de la producción económica, la fuerte devaluación de la moneda y la crisis social consiguiente dieron no obstante lugar a un proceso revolucionario en el que intervinieron militares y civiles y que dio paso al establecimiento de un régimen militar en 1964.

Los gobiernos militares

En marzo de 1964 se inició una revuelta en Minas Gerais apoyada por gran parte de las Fuerzas Armadas. Goulart partió al exilio y el poder efectivo pasó a manos de los militares insurrectos, quienes enmendaron la Constitución de 1946: los partidos políticos fueron prohibidos y se instauraron un partido oficialista denominado Alianza Renovadora Nacional (Arena) y el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), que aunaba a una parte muy minoritaria de la oposición.

El régimen inició así una dura represión en la que se sucedieron varios presidentes militares: los mariscales Humberto de Alencar Castelo Branco (1964-1967), Artur da Costa e Silva (1967-1969), los generales Emilio Garrastazú Médici (1969-1974) y Ernesto Geisel (1974-1979) y, por último, João Baptista de Oliveira Figueiredo (1979-1985).

Los principales objetivos del régimen militar se centraban en favorecer la recuperación económica, para lo que contaron con importantes créditos de los Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) e inversores privados. Las medidas de emergencia incluyeron la reforma del sistema fiscal y el control de precios y salarios. El Gobierno invirtió también en infraestructuras de energía y transportes.

Aunque con alternativas variables, los gobiernos militares lograron un sostenimiento de la recuperación económica, con periodos de franco crecimiento, como el llamado «milagro económico brasileño», que coincidió con el mandato de Garrastazú Médici. No obstante, el franco deterioro del escenario político, producido por la represión de la oposición política, determinó la necesidad de leves aunque progresivas medidas liberalizadoras.

A lo largo de la presidencia del general Oliveira Figueiredo se concedió una amnistía (1979) y, en las elecciones legislativas de 1982, convocatoria a la que con anterioridad sólo podían presentarse los candidatos oficialistas, miembros destacados de la oposición obtuvieron cargos de gobernador en estados como São Paulo o Río de Janeiro.

La transición a la democracia

En las elecciones presidenciales indirectas de 1985 el colegio electoral eligió al candidato de la opositora Alianza Democrática, Tancredo Neves, quien, afectado por una grave enfermedad, falleció antes de su toma de posesión, por lo que la presidencia fue ocupada por quien ocupaba el cargo de vicepresidente en la candidatura, José Sarney. Se ponía fin así a dos décadas de gobiernos militares.

La segunda mitad de la década de 1980 se caracterizó por la recesión económica, el aumento del desempleo y la creciente inflación. En 1986 se puso en marcha el Plan Cruzado, nombre de la nueva moneda que sustituía a la anterior, el cruceiro. El programa de austeridad estaba destinado fundamentalmente a contener la inflación y, si en un primer momento tuvo cierto éxito, en última instancia puede decirse que fracasó.

En 1988 se promulgó una nueva Constitución, en la cual se ampliaban las libertades civiles, como el derecho a la huelga y la libertad de expresión, y se limitaban las atribuciones presidenciales.

En las elecciones de 1989, Fernando Collor de Mello, del Partido Nacional para la Reconstrucción (PNR), se hizo con la mayoría de los votos y ocupó la presidencia. En 1991 quedó constituido el Mercado Común del Sur (Mercosur), espacio de integración económica del cono sur latinoamericano, que establecía un arancel común mínimo entre sus miembros fundadores: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay (Venezuela se incorporaría más tarde, en 2006).

Sin embargo, los resultados económicos no fueron globalmente positivos y el presidente se vio envuelto, además, en un caso de corrupción, por lo que la Cámara de Diputados votó su destitución en 1992. El vicepresidente, Itamar Franco, asumió entonces las tareas de gobierno, en un bienio de transición.

La producción industrial y la renta continuaron decreciendo, al tiempo que la inflación continuaba aumentando de forma alarmante y se debía asumir el pago de los intereses de la deuda externa. El ministro de Economía, el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, puso en marcha el Plan Real, un programa financiero que incluía la vinculación de una nueva moneda nacional, el real, al dólar estadounidense, con el apoyo del FMI. El plan arrojó resultados positivos, lo que llevó a Cardoso a presentarse y ganar las presidenciales de 1994. En el plano político se incluyeron algunas enmiendas en la Constitución, reduciendo el mandato presidencial de cinco a cuatro años.

Cardoso aplicó un ambicioso programa de reformas administrativas de corte liberal que lograron fortalecer la economía y reducir la inflación y, tras hacer aprobar una ley que permitía la reelección del presidente y los gobernadores del Estado, ganó de nuevo las elecciones en 1998.

La economía se vio afectada por la crisis financiera internacional de 1998, y el presidente adoptó un nuevo plan de austeridad. La crisis obligó a dejar fluctuar libremente el real frente al dólar, con lo que se produjo una fuerte devaluación que, no obstante, permitió contener la inflación y mejorar las perspectivas económicas.

La coalición de centro derecha que sostenía a Cardoso comenzó a mostrar signos de debilidad en las municipales de 2000, pero el crecimiento económico generalizado permitió al presidente continuar con sus reformas liberales, que incluían la privatización de empresas públicas.

Luiz Inácio Lula da Silva, líder del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), ganó con holgada mayoría en las elecciones presidenciales de 2002 con un programa de reformas y mejoras sociales. Una vez al frente del Gobierno, mantuvo las políticas de control macroeconómico de Cardoso, si bien desvió parte del presupuesto a reformar el sistema de la seguridad social e implementar políticas de lucha contra la pobreza y el analfabetismo.

En los comicios presidenciales de octubre de 2006, Lula da Silva obtuvo el mayor número de votos, aunque la implicación de algunos miembros de la coalición de Gobierno en casos de presunta corrupción le restó en primera instancia apoyos electorales. Como consecuencia de ello, al no alcanzar el 50 % de los sufragios, hubo de enfrentarse en segunda ronda al ex gobernador del estado de São Paulo, Geraldo Alckmin, que encabezaba una coalición centro-conservadora liderada por el partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). No obstante, en la segunda vuelta electoral, celebrada a finales de ese mismo mes de octubre, Lula da Silva se alzó con una holgada victoria, por más de veinte puntos porcentuales sobre su adversario.

En el transcurso del segundo mandato de Lula da Silva, Brasil reafirmó su posición como potencia económica regional y ejerció crecientemente un papel de referencia para las relaciones internacionales en el área latinoamericana. Un ejemplo de esta actuación fue la oferta, en octubre de 2009, por el Gobierno brasileño al Fondo Monetario Internacional (FMI) de compra de bonos por valor de 10.000 millones de dólares para facilitar la concesión de créditos a los países en desarrollo, en el marco de la grave crisis por la que atravesaba la economía mundial por la escasez de crédito y el deterioro de las instituciones financieras. Con esta iniciativa, Brasil dio un giro radical en su posición con respecto al FMI, al convertirse de deudor en acreedor de la institución y, con ello, en impulsor de la economía global.

Brasil desempeñó asimismo un papel activo en la resolución de la crisis política en Honduras tras la destitución del presidente hondureño Manuel Zelaya en junio de 2009 por un pronunciamiento militar. Zelaya se refugió en la Embajada brasileña de Tegucigalpa, al tiempo que las autoridades de Brasil instaban a una solución negociada al conflicto. Éste se saldó finalmente con la celebración de nuevas elecciones presidenciales en Honduras.

En julio de 2009, el Gobierno brasileño alcanzó un acuerdo estable con la vecina Paraguay para la resolución del largo contencioso suscitado en torno a la explotación de la gigantesca planta hidroeléctrica fronteriza de Itaipú. En el mismo ámbito, en el mes de noviembre de ese año, las dos mayores ciudades brasileñas, Río de Janeiro y São Paulo, sufrieron una masiva interrupción del suministro eléctrico que se prolongó durante varias horas debido a problemas técnicos en Itaipú. El apagón afectó a otras muchas poblaciones de Brasil y Paraguay.

Siglo XXI

Al cumplirse el segundo mandato constitucional del presidente Lula, los brasileños fueron llamados a elecciones para cubrir los cargos de presidente y vicepresidente, gobernadores y renovación del Congreso Nacional. Dentro del oficialista Partido de los Trabajadores, Lula da Silva designó a la economista y jefa de gabinete de la última etapa de su gestión, Dilma Rousseff, como candidata a la presidencia de la República. El candidato opositor más destacado fue el también economista José Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).

La primera vuelta de los comicios, celebrada el 3 de octubre de 2010, no concedió a ninguno de los candidatos los porcentajes mínimos necesarios para convertirse en ganador. Fue preciso concurrir a una segunda vuelta, según la prescripción constitucional. En esta oportunidad, el 31 de octubre, con el 56 % de los votos frente al 46 % del opositor Serra, la representante del PT, Dilma Rousseff, se convirtió en nueva presidenta de Brasil. Era la primera mujer en la historia del país que accedía al cargo. El ex presidente Lula se retiró de su gestión de ocho años de gobierno con un 75 % de imagen positiva, según las encuestas.

Rousseff, de 62 años de edad, determinó como prioridades de su gestión erradicar la pobreza, profundizar los cambios del Gobierno que la precedió, combatir los efectos de la crisis económica, ampliar los avances de Brasil, considerada una de las primeras ocho potencias económicas del mundo, y liderar el Mercosur con los países que lo integran.

En el orden económico interno, la nueva presidenta planeó una estrategia de equilibrio para evitar desajustes económicos teniendo en cuenta los graves deterioros advertidos en el panorama internacional. Como un bastión de su mandato, declaró que incidiría en el fuerte control sobre la corrupción de funcionarios u organismos públicos. Para ello, exigió como una norma de su gestión la renuncia de ministros y funcionarios sujetos a acciones pendientes con la justicia brasileña. Como consecuencia, cinco de los miembros de su gabinete hubieron de presentar su dimisión a lo largo del año 2011 por denuncias por corrupción.

Esta decisión se enmarcó en la instrucción, a partir de agosto del 2012, de uno de los juicios más importantes de la historia del país, que llevó al procesamiento de una cantidad numerosa de ex funcionarios del Estado, acusados de irregularidades en el cumplimiento de sus funciones específicas. El ex ministro de la Presidencia en tiempos de Lula, José Dirceu, fue condenado en diciembre de 2012 a diez años de prisión por este motivo. Ese mismo mes, João Paulo Cunha, ex presidente de la Cámara Baja, recibió una condena de más de nueve años de cárcel por una acusación similar.

Las disputas en torno a la explotación de los recursos naturales del Amazonas frente a las demandas de las organizaciones conservacionistas y a la oposición de los grupos indígenas centraron también parte de la acción del Gobierno de Rousseff. Otra de las líneas del Ejecutivo fue la lucha contra la pobreza en el país, con un éxito desigual: mientras el nivel global la renta media de los brasileños había experimentado un alza considerable en los últimos años, seguían existiendo extensas bolsas de pobreza y una acusada desigualdad social. Así quedó de manifiesto en las multitudinarias manifestaciones populares que se convocaron en junio de 2013 en las cinco mayores ciudades del país, especialmente en São Paulo y Río de Janeiro, para reclamar una mayor redistribución de la riqueza y una contención del alza de los precios. Estas manifestaciones tuvieron un gran seguimiento internacional, dado que Brasil era el país elegido para celebrar dos de los principales acontecimientos deportivos de la década: el Campeonato del Mundo de Fútbol en 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016.

En el terreno económico, el Gobierno de Rousseff mantuvo una línea continuista con el anterior y cimentó una mayor presencia de Brasil en los foros internacionales, como una de las principales economías emergentes del mundo y miembro del grupo de países BRICS. Aunque el crecimiento económico se ralentizó en 2012, con un 1,3 % de aumento del PIB, el desempleo llegó a situarse en las cotas más bajas de la historia del país. El Ejecutivo brasileño mantuvo su compromiso en la contención de la inflación e implementó una política monetaria más expansiva con el ánimo de estimular el crecimiento.

En política exterior, la presencia de Brasil como potencia regional se consolidó bajo la presidencia de Rousseff. Un hecho significativo fue el nombramiento del estadounidense de origen brasileño, José Graziano da Silva, como director general de la FAO. Las relaciones bilaterales con Estados Unidos sufrieron, en cambio, algunas dificultades, sobre todo a raíz de la publicación de informes que aseguraban que las agencias de inteligencia estadounidenses habían espiado el contenido de los comunicados personales de Rousseff y de los principales miembros de su Gobierno.

La popularidad obtenida por Rousseff durante su ejercicio en la jefatura del estado la llevó a concurrir a la reelección en los comicios presidenciales celebrados en octubre de 2014. En esta ocasión tuvo como máximo rival a Aécio Neves, candidato por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Ambos fueron los políticos más votados en la primera vuelta electoral, en la que Marina Silva quedó en tercera posición. La segunda ronda de los comicios presidenciales otorgó la victoria a Rousseff por el estrecho margen del 51,6 % de votos favorables.

El segundo mandato de Rousseff se desarrolló en un marco de súbito debilitamiento de la economía nacional y de contestación entre diversos sectores sociales. Las protestas habían abundado ya en los años anteriores, con nutridas manifestaciones urbanas que reclamaban mejoras en los servicios públicos y rebajas en los precios de los transportes. La inestabilidad social se agudizó tras hacerse públicos importantes casos de corrupción, entre los que destacó especialmente el de la compañía petrolífera estatal Petrobras. Varios políticos terminarían por verse afectados por este escándalo, entre ellos el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha o la propia Rousseff , quien había ocupado la presidencia del Consejo de Administración de Petrobras durante el periodo sometido a investigación. Según los estudios demoscópicos, la corrupción se situó como una de las máximas preocupaciones expresadas por la población brasileña.

A lo largo de 2015 se recrudeció la presión política contra la presidenta, y en el mes de agosto varios centenares de miles de personas se manifestaron para mostrar su desacuerdo con la situación económica y pedir la dimisión de la mandataria. A finales de este año, la Cámara de Diputados de Brasil aceptó una propuesta que iniciaba una investigación dirigida a evaluar la posibilidad de destituir a Rousseff por presuntas operaciones fiscales irregulares cometidas en el marco de su gestión. El proceso fue temporalmente paralizado a instancias del Tribunal Supremo de Brasil.

Estos avatares políticos coincidieron con una profunda recesión económica. Los planes de austeridad impulsados por el ministro de finanzas Joaquim Levy desde finales de 2014 no lograron contener el aumento del déficit y el deterioro de las cuentas públicas. El descenso del consumo interno, el auge del desempleo y la crisis en los mercados internacionales de materias primas llevaron a una recesión en Brasil cifrada en más del 3,5 % a finales de 2015. Al mismo tiempo, el real experimentó una acusada depreciación con respecto al dólar y la inflación se elevó por encima del 10 %, el valor más alto de la última década. A principios de 2016, el nuevo ministro de Hacienda, Nelson Barbosa, sustituto de Levy después de que este dimitiera en desacuerdo con la política presidencial, anunció la preparación de un plan de estímulos para el crecimiento con el propósito de reequilibrar las cuentas públicas. Por su parte, Levy fue nombrado director financiero del Banco Mundial.

En este contexto de inestabilidad política, desaceleración económica, malestar social y desconfianza de los mercados internacionales surgió una nueva amenaza para el desarrollo brasileño con la extensión en su territorio de la epidemia del virus zika. Esta enfermedad, que podría causar microcefalia en los fetos de las mujeres embarazadas y desencadenar, en casos extremos, graves signos neurológicos y parálisis irreversible, se propagó por Latinoamérica a través de las picaduras de su vector, el mosquito Aedes aegypti, transmisor también de enfermedades como el dengue y el chikunguya. Las autoridades brasileñas pusieron en marcha ambiciosos planes para frenar el avance de la epidemia, consistentes básicamente en campañas informativas, control sanitario de la población de riesgo y destrucción de los entornos propicios para la proliferación del insecto. El Gobierno de Rousseff fijó la lucha contra esta crisis sanitaria como una de sus máximas prioridades, más aún ante la perspectiva de la celebración en el verano de 2016 de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro.

La vida política en Brasil fue especialmente convulsa a lo largo del año 2016. La presidenta Rousseff se vio envuelta en acusaciones por un presunto delito de falsedad en las cuentas fiscales y firma de contratos económicos sin la preceptiva aprobación del Senado. Su predecesor Lula da Silva fue denunciado también ante los tribunales por supuestas irregularidades durante su mandato presidencial. Entre tanto Rousseff, acosada por sus rivales políticos, fue apartada temporalmente del poder y finalmente destituida por el Senado el 31 de agosto de 2016. El vicepresidente Michel Temer asumió la jefatura del Estado.

En este confuso panorama político, agravado por la seria crisis económica, los Juegos Olímpicos se celebraron en un marco de temor por el virus zika y de críticas por ineficiencia en la gestión, defectos en las instalaciones y premuras de tiempo. Aun así, el evento se desarrolló sin incidencias y con notable éxito en el ámbito deportivo.

En el mes de noviembre, el deporte brasileño vivió un hecho luctuoso a consecuencia de un accidente aéreo acaecido cerca del aeropuerto colombiano de Medellín. Con problemas de escasez de combustible, el avión que transportaba a los miembros del club de fútbol Chapecoense para disputar la final de la Copa Sudamericana, además de a un grupo de periodistas y otros acompañantes, se estrelló y causó la muerte de 71 de los 77 ocupantes del aparato. El presidente Temer decretó tres días de luto oficial por la tragedia.

El panorama político en Brasil se complicó durante el transcurso de 2017. Las derivaciones del llamado “caso Odebrecht”, una investigación sobre las actividades presuntamente corruptas de esta constructora brasileña iniciada en diciembre del año anterior por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, afectaron a altos representantes de la vida pública brasileña. El ex presidente Lula Da Silva, uno de los perjudicados por el escándalo, fue condenado en el mes de julio en un proceso judicial por lavado de dinero y corrupción pasiva. Aunque recurrió la sentencia, el antiguo mandatario vio seriamente comprometidas sus opciones de presentarse como candidato a las elecciones presidenciales de 2018.

Por su parte, el propio presidente Temer y varios de sus colaboradores más estrechos fueron señalados por el presidente de la constructora, Marcelo Odebrecht, como presuntos receptores de sobornos. Como consecuencia se recrudeció la contestación social contra el Gobierno, mientras la popularidad del mandatario descendió a índices muy bajos. Con estas protestas, la población expresaba además su descontento por los efectos de la seria crisis económica que había afectado al país en el bienio precedente.

El Gobierno presidido por Temer se vio inmerso en serias dificultades por las derivaciones del “caso Odebrecht” y de la investigación “Lava Jato” ligada a entregas ilegales de dinero relacionadas con la adjudicación de contratos de la petrolera pública Petrobras. En abril de 2017, la Corte Suprema brasileña ordenó la apertura de investigaciones contra ocho ministros y en las semanas siguientes se planteó seriamente la posibilidad de iniciar un proceso de destitución en el Parlamento del propio Temer. La implicación en el contencioso de su estrecho colaborador Eduardo Cunha, antiguo presidente de la Cámara de Diputados de Brasil y que se había destacado como uno de los principales impulsores de la destitución de Dilma Rousseff, complicó el panorama y se resolvió con la condena de este político a quince años de encarcelamiento por corrupción, lavado de dinero y evasión de divisas, tras darse por probado que había recibido sobornos por valor de 1,5 millones de dólares. En el curso de la investigación sobre Cunha se expresaron sospechas de que el presidente Temer habría intentado obstruir la acción de la justicia para proteger a su colaborador.

En este escenario tuvo lugar una colisión entre los distintos poderes del Estado, después de que el fiscal general de Brasil presentara una denuncia contra Temer por graves delitos de corrupción. La respuesta política a esta iniciativa provino de la Cámara de Diputados, que se opuso a la tramitación de la denuncia tras celebrar una votación, en el mes de octubre, que sancionó la paralización de la demanda (251 votos favorables frente a 172 en contra) y evitó que el máximo mandatario brasileño fuera juzgado por el Tribunal Supremo. En este periodo de incertidumbre política y desconcierto ante la magnitud de los escándalos, la figura del ex presidente Lula da Silva parecía reforzarse en sectores de la población cada vez más extensos. Inmerso también en varios procesos judiciales que amenazaban con desembocar en su inhabilitación política, Lula seguía insistiendo en su propósito de presentarse a las siguientes elecciones presidenciales y, de acuerdo con las encuestas, aglutinaba un apoyo cada vez más importante entre los electores.

En otro orden de cosas, varios incidentes con víctimas mortales en los centros penitenciarios brasileños atrajeron trágicamente la atención de la opinión pública en los inicios de 2017. Uno de los disturbios más cruentos se produjo el primero de enero de este año en Manaos, en el complejo penitenciario Anisio Jobim (Compaj) y se saldó con 56 muertos. El detonante fue el enfrentamiento entre los miembros de dos bandas rivales de tráfico de estupefacientes, el Primeiro Comando da Capital y la llamada Familia do Norte, que tenía una alianza con el conglomerado delictivo conocido como Comando Vermelho. Estas dos organizaciones eran consideradas los grupos criminales más peligrosos y nutridos del país. Cinco días más tarde, otro choque armado entre las bandas rivales en el centro de reclusión de Monte Cristo, en el norte del país, provocó 33 muertos. Poco después, en la prisión de Alcacuz, en el estado nororiental de Río Grande, treinta reclusos perdieron la vida en el curso de una reyerta multitudinaria. Las autoridades policiales explicaron esta sucesión de altercados como resultante de la pugna entre estas dos organizaciones delictivas por extender su presencia territorial en el país para facilitar sus actividades de tráfico de drogas.

A lo largo de 2018, la vida política en Brasil atravesó por un periodo de turbulencias. Sobre un trasfondo de cierto estancamiento económico, que en los últimos años conllevó una disminución de la renta per cápita y un aumento de la desigualdad y la pobreza, la población mostró crecientes signos de malestar que se plasmaron asimismo en la arena política. A ello se sumó el incremento de las tasas de delincuencia, en una inversión de la tendencia descendente observada en los años anteriores, y los problemas judiciales de varios de sus principales dirigentes. Entre ellos, el ex presidente Lula da Silva ingresó en prisión en el mes de abril, condenado por delitos de corrupción pasiva, y en espera de la apelación se vio impedido de concurrir a las elecciones presidenciales de ese año.

Ante esta tesitura, los dos candidatos con mayores apoyos en la campaña electoral fueron Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores y que había tomado parte en los gobiernos brasileños bajo la presidencia de Lula da Silva y Dilma Rousseff, y el ultraconservador Jair Bolsonaro, militar en la reserva y de talante brusco y desafiante. Bolsonaro cobró ventaja en las encuestas, aún más desde que durante la campaña fuera objeto de un atentado por apuñalamiento, que lo dejó herido de gravedad en el abdomen. Ya repuesto, Bolsonaro resultó vencedor en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 7 de octubre, con una muy holgada mayoría (más del 46% de los sufragios emitidos). El segundo candidato más votado fue Haddad, con cerca del 30% de los votos. Ambos se disputaron la victoria en la segunda ronda electoral el día 28 de ese mismo mes. En esta segunda vuelta, Bolsonaro recibió el apoyo de más del 55 % de los votantes y se convirtió en presidente electo de Brasil.

La personalidad de Bolsonaro y las manifestaciones vertidas desde los inicios de su carrera política causaron inquietud en una parte de la opinión pública nacional e internacional. Sus posturas condescendientes con la dictadura militar que gobernó el país entre 1964 y 1985 y sus declaraciones consideradas homófobas y machistas le valieron numerosos detractores. Sin embargo, su programa económico fue recibido con extensos apoyos en los círculos empresariales y su discurso rotundo y enérgico caló en amplios sectores de la población.

Por otra parte, a principios de septiembre de 2018, un incendio devastador destruyó buena parte del Museo Nacional de Río de Janeiro, la institución científica, de antropología y de historia natural más antigua del país. Aunque no se produjeron víctimas mortales, ya que en el momento del incendio el centro estaba cerrado al público, los daños materiales en los varios millones de piezas que poseía el museo fueron de valor incalculable.

A lo largo de 2019 abundaron en Brasil las disputas políticas y se intensificó el debate sobre las decisiones del Gobierno presidido por Bolsonaro. Entre tanto, la situación macroeconómica del país experimentó un cierto estancamiento, contagiada por la atonía general que se había extendido especialmente a la región latinoamericana. No obstante, en el tercer trimestre del año, la economía brasileña pareció reactivarse con un crecimiento trimestral del producto interno (interior) bruto del 0,6 %.

A principios de noviembre, el ex presidente Lula da Silva salió de prisión, dado que su condena no era firme. El antiguo mandatario reinició de inmediato su actividad política y realizó duras declaraciones en contra de las políticas de Bolsonaro. Por otra parte, Da Silva y la que fuera su sucesora en el cargo, Dilma Roussef, del PT, fueron absueltos en diciembre de varios cargos de corrupción por presunta financiación ilegal de su partido.

Sociedad y cultura

Ciencia y tecnología

Un área en la que la ciencia brasileña cuenta con especial desarrollo a nivel mundial es el de la medicina tropical. En este contexto destaca la figura de Oswaldo Cruz, médico que, desde su cargo de director general de Salud Pública, desarrolló a principios del siglo XX una intensa labor social y de investigación para erradicar enfermedades infecciosas como la fiebre amarilla, que por entonces asolaba Brasil. En el Instituto Seroterápico, posteriormente llamado Instituto Oswaldo Cruz, se gestó una prestigiosa escuela de epidemiólogos, entre los que sobresalió también Carlos Chagas, quien aisló el agente causante de la tripanosomiasis brasileña o americana, también conocida como mal de Chagas.

Foto del médico brasileño Carlos Chagas, descubridor de la enfermedad que lleva su nombre (mal de Chagas).

La investigación científica en Brasil se encauzó a través de la creación, en 1951, del Consejo Nacional de Investigaciones, que en 1975 se transformó en el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico.

A destacar también la participación brasileña en los programas astronáuticos multinacionales. En abril de 2006, el teniente coronel Marcus Pontes se convirtió en el primer astronauta brasileño, participando en una misión en la Estación Espacial Internacional (ISS).

Literatura

Entre las primeras manifestaciones literarias propias de la tradición brasileña cabe citar las obras realizadas por los jesuitas con fin didáctico en la evangelización de los pueblos indígenas. Destacan a este respecto los poemas del padre José de Anchieta.

Ya en el siglo XVII, el barroco brasileño adquirió estilo y temática propios, diferenciados de los portugueses, en obras como las de los poetas Tomás Antonio de Gonzaga o Claudio Manuel da Costa.

La independencia de Brasil fue el marco en que se encuadró el Romanticismo, al que cabe considerar el primer estilo literario nacional del país. Dentro de sus múltiples corrientes, destacaron poetas como Antonio Gonçalves Dias o Manuel Antonio Álvares de Azevedo, y novelistas como José de Alencar (El guaraní), Bernardo Guimaraes (El garimpeiro) o Manuel Antonio de Almeida (Memorias de un sargento de milicias).

En las letras brasileñas del siglo XIX sobresale la figura de Joaquim Maria Machado de Assis, narrador, poeta y crítico cuyas obras (Memorias póstumas de Brás Cubas, Don Casmurro) alcanzaron un prestigio que trascendería al ámbito internacional.

Las corrientes literarias del siglo XX se diversificaron en varias tendencias, aunque con la característica común de «brasileñizar» las formas de expresión y los temas. En este contexto cabe citar las creaciones de los modernistas Euclides da Cunha, Mario de Andrade (Macunaíma) o Manuel Bandeira (Libertinaje), de Oswald de Andrade, creador del llamado movimiento antropofágico, del ensayista y sociólogo Gilberto Freyre (Casa-grande e senzada) o de los poetas Cecilia Meireles y Vinicius de Morais, que popularizaría sus poemas como cantante de sus propias composiciones musicadas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, adquirieron notable difusión las obras de autores como Jorge Amado (Gabriela, clavo y canela), Carlos Drummond de Andrade (Alguna poesía), Graciliano Ramos (Vidas secas), João Guimaraes Rosa (Gran Sertón. Veredas) y Clarice Lispector (El libro de los placeres).

Las modernas tendencias de la literatura brasileña se encauzan a través de las obras de escritores como Autran Dourado (Ópera de los muertos), Rubem Fonseca (El gran arte), Lygia Fagundes Telles (La fuente de piedra), Paulo Coelho (El alquimista; La bruja de Portobello; Aleph), João Ubaldo Ribeiro (Sargento Getúlio; La casa de los budas dichosos) y otros como Adelia Prado, Eurico Alves, Patricia Melo o los poetas Ferreira Gullar, Mauro Salles o Elisa Lucinda.

Artes plásticas

Las manifestaciones artísticas de los pueblos precolombinos brasileños son escasas, con muestras como la cerámica de Santarem, en la cuenca amazónica, la orfebrería y formas de arte plumario de los jíbaros, o los tejidos chama.

El estilo arquitectónico colonial brasileño se desarrollaría de forma tardía, en el siglo XVIII y con rasgos propios como fachadas sencillas, elementos decorativos más recargados en los interiores y en las tallas escultóricas e incorporación de elementos propios de la tradición de ascendencia africana, como la proliferación de figuras de rostro oscuro.

Entre las construcciones más notables destacan las del centro histórico de Salvador de Bahía, que alberga edificios notables, como la iglesia de Rosario dos Pretos o la catedral, con esculturas de extraordinaria riqueza y que dio una importante escuela de talla de la que surgieron escultores como el maestro Valentín e Ignacio da Costa; la iglesia de la Concepción de los Militares y la de la Orden Tercera de San Francisco, en Recife; y el santuario del Buen Jesús de Matozinhos, en Cogonhas do Campo, Minas Gerais, obra del más celebre artista de esta época, Antonio Francisco Lisboa, arquitecto y escultor conocido como Aleijadinho (lisiadito).

Iglesia de Rosario Dos Pretos, en Salvador de Bahía. Está ubicada en el centro histórico de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En general, a lo largo del siglo XIX, las artes siguieron en Brasil las tendencias marcadas desde Europa, para adquirir nuevos rasgos entroncados con la tradición nacional, ya en el siglo XX. Especial mención merecen las creaciones de arquitectos como Lucio Costa y Óscar Niemeyer, autores de la mayor parte de los proyectos de la ciudad de Brasilia, o las aportaciones a la arquitectura del paisaje de Roberto Burle Marx.

La pintura de comienzos de siglo XX se vio primero influenciada por el expresionismo alemán. Asimismo, muchos artistas brasileños emigraron a París en la década de 1920. A partir de 1954 comenzaron a realizarse las exposiciones bienales de São Paulo, que convertirían a la ciudad brasileña en referente mundial de las tendencias artísticas de vanguardia. El «tropicalismo», el estilo naif, la abstracción y la expresión popular configuraron un arte nacional con autores como Lasar Segall, Cándido Portinari, Milton Dacosta, Tarsila do Amaral o los brasileños de origen italiano Alfredo Volpi y Eliseu Visconti. En escultura cabe reseñar las creaciones de Victor Brecheret, que evolucionó desde premisas academicistas a formas inspiradas en la tradición indígena brasileña.

Patrimonio cultural

La cultura de Brasil es el fruto de la integración de elementos de origen europeo, indígena y africano, y mantiene una gran diversidad y riqueza, que se manifiestan en las distintas zonas del gran país. Ello tiene expresión en las más diversas áreas, como la gastronomía, en la que es significativa la influencia africana, o los ritos religiosos de macumba, llamados umbanda en Río de Janeiro y candomblé en Bahía, que mezclan elementos de las tradiciones negra y cristiana.

La preservación de esta singular fusión de culturas, y la de las formas culturales más académicas, corresponde a instituciones como las academias brasileñas de ciencias y letras, el Instituto Histórico y Geográfico, la Biblioteca Nacional o el Museo de Bellas Artes, todos ellos en Río de Janeiro, y el Museo de Arte o el Museo de Arte Brasileño, ambos con sede en São Paulo. También conviene destacar el Museo de la Inconfidencia, en Ouro Preto, el cual reúne documentos de la conjura independentista al tiempo que sirve de mausoleo para sus principales protagonistas.

Entre los conjuntos históricos de Brasil integrados en el Patrimonio de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) cabe citar los cascos antiguos de ciudades como Salvador de Bahía, Diamantina, Ouro Preto, Olinda o São Luis Maranhão, entre otras, así como la vanguardista arquitectura de Brasilia.

Catedral de Brasilia, ejemplo del vanguardismo que caracteriza a la arquitectura de la capital.

Entornos naturales que también forman parte de dicho patrimonio son el Parque Nacional de Iguazú, con las célebres cataratas próximas a la desembocadura de ese río en el Paraná, y los complejos de conservación de la Amazonia central y del pantanal.

Artes escénicas y música

Las manifestaciones teatrales brasileñas tienen su origen, como las literarias, en las piezas de tono moralizante representadas por los jesuitas para evangelizar a los indígenas. Sin embargo, el género que mayor arraigo adquirió en el país fue la comedia, en especial a partir del siglo XIX. En este género destacaron Martins Pena, costumbrista, y Arthur Azevedo. Posteriormente, sobresaldrían las figuras de Oduvaldo Vianna, introductor del lenguaje propio de Brasil en un arte dramático hasta entonces muy vinculado al academicismo portugués, y Alfredo Días Gomes. A destacar las obras de Nelson Rodríguez (Vestido de novia, Ángel negro), quien, creador de una crítica mordaz de la burguesía de su país, es considerado uno de los grandes renovadores del teatro brasileño.

Otras personalidades relevantes de las modernas artes escénicas brasileñas son Zé Celso, Plinio Marcos, Leiah Assumpçao, y, más recientemente, Antonio Araújo, Bia Lessa y Renata Melo.

Entroncada en la tradición musical destaca la obra de Heitor Villa-Lobos, que unió melodías autóctonas de su país con estilos musicales propios de la tradición sinfónica, y que es considerado uno de los más significados compositores latinoamericanos del siglo XX. A caballo entre la música llamada culta y la popular de su país se sitúan también las creaciones de otros músicos como Roberto Baden-Powell, Luis Bonfá o Laurindo Almeida.

Los difusores de la bossa-nova, Antonio Carlos Jobim y João Gilberto, mezclaron el sonido brasileño con los ritmos del jazz y la música pop. Las canciones y melodías de artistas como Vinicius de Moraes, Chico Buarque, Gaetano Veloso, Maria Bethania, Roberto Carlos, Milton Nascimento, Elis Regina, María Creuza, Djavan o, más recientemente, Carlinhos Brown o Marisa Monte, han tenido asimismo una gran repercusión en América y el resto del mundo.

Otros estilos musicales son el sertanejo, el axé, que mezcla la samba y el reggae, o la pagode, un tipo de samba urbana. El estilo «tropical» y ritmos como la lambada o la batucada han ejercido un notable influjo sobre la música popular a nivel internacional.

Cinematografía y fotografía

Los primeros cineastas del país, de origen europeo, cultivaron el género documental y la tradición teatral, con producciones como Patria e bandeira, del portugués Antonio Leal, o Inocencia, del italiano Vittorio Capellaro.

La aparición del sonido en el cine supuso el predominio mundial de las producciones estadounidenses y la consiguiente crisis del cine nacional, que remontó con la aparición de la productora Veracruz, gestionada por Alberto Cavalcanti, y las obras de Lima Barreto (O cangaceiro), Humberto Mauro (Brasa dormida, ganga bruta, Favela de mis amores) o Mario Peixoto (Límite). Proliferaron también un tipo de películas musicales con el tema carnavalesco de fondo y con estrellas del music-hall como Carmen Miranda.

Hacia la mitad del siglo XX, surgió el movimiento del Cinema Novo, en el que destacaron Glauber Rocha (Dios y el diablo en la tierra del sol) o Nelson Pereira do Santos (Vidas secas). En la estela de esta corriente de renovación se encuadró la producción de otros cineastas como Anselmo Duarte (El pagador de promesas) y Ruy Guerra (El desafío).

La censura impuesta durante el gobierno militar de las décadas de 1960 y 1970 forzó el exilio de numerosos cineastas. A partir de mediados de la década de 1980, el cine brasileño adquirió una mayor difusión a nivel internacional, con cintas de gran difusión como El beso de la mujer araña, de Héctor Babenco, brasileño de origen argentino, o con obras de cineastas como Bruno Barreto (Cuatro días de septiembre, Acariciando la muerte), Walter Salles (Estación central de Brasil, Diarios de motocicleta) o Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel).

En el ámbito de la interpretación cabe reseñar notables figuras del cine brasileño como las actrices Sonia Braga, Fernanda Montenegro y Fernanda Torres.

En el marco del arte fotográfico brilla con luz propia el autor Sebastiao Salgado, cuyas series sobre la situación social y el paisaje brasileño son mundialmente conocidas.

Deportes y ocio

El fútbol es, con gran diferencia, el deporte más popular de Brasil y su seguimiento desata grandes pasiones. Este entusiasmo nacional ha dado como resultado que Brasil haya aportado figuras legendarias a la historia de este deporte, como Pelé, Garrincha, Rivelino, Zico, Ronaldo o Ronaldinho. La selección brasileña de fútbol ha ganado la Copa del Mundo en cinco ocasiones y sus integrantes suelen militar en los más prestigiosos clubes de América y Europa.

Pelé en la foto de la selección nacional brasileña de fútbol (1970, segundo por la derecha, abajo).

El voleibol y el vóley-playa son también prácticas deportivas muy populares. Los brasileños destacan asimismo en disciplinas como el tenis, con figuras como Maria Bueno o Gustavo Kuerten, el automovilismo, con campeones mundiales de Fórmula 1 como Emerson Fittipaldi, Nelson Piquet y Ayrton Senna, o el básquetbol, con jugadores de prestigio internacional como Oscar Schmidt Becerra, que mantuvo récords de anotación en tres de los cinco Juegos Olímpicos en los que participó con la selección nacional de su país.

Por cuanto se refiere a las manifestaciones de ocio, los carnavales de Brasil son la celebración más esperada del año y su fama internacional atrae a millones de visitantes. Los más importantes son los del litoral, con Río de Janeiro y Bahía como los de mayor afluencia de público. Los brasileños pasan buena parte del año preparándose para este evento en las escolas de samba, en torno a las cuales se planifican las carrozas, la indumentaria y los bailes.

Los carnavales brasileños son los más famosos del mundo y atraen cada años a muchos miles de turistas.

Otra efeméride muy celebrada es el día de Año Nuevo, en la que los brasileños acuden a las playas para realizar ofrendas a la diosa de las aguas Yemanyá, entroncando con los ritos sincréticos de procedencia africana.