El saber científico

Desde un punto de vista etimológico, el concepto de ciencia halla su origen en el de scientia, que procede de scier y quiere decir «saber». Así, en rigor, la ciencia está íntimamente ligada al saber y al conocimiento objetivo, que está dirigido por unas reglas concretas y un método preciso. Sin embargo, popularmente también se llama ciencia al hecho de saber algo indeterminado acerca de las actividades más diversas, como «la ciencia del amor» o «la ciencia del saber estar».

Por ello, para realizar una caracterización cabal del concepto de ciencia lo primero que debe hacerse es diferenciar su sentido etimológico y académico de su significado vulgar y general.

Saber ordinario y saber científico

El origen de la ciencia moderna occidental se encuentra en la Grecia clásica, donde se llevaron a cabo las primeras caracterizaciones sistemáticas de la actividad científica.

En su Metafísica, Aristóteles (384-322 a.C.) realizó una clasificación de las actividades humanas relacionándolas con el saber y con el grado de objetivación que se podía alcanzar con ellas. Así, distinguió la sensación, la experiencia, la técnica y la ciencia, y señaló cómo la técnica y la ciencia son las actividades más específicamente humanas, ya que diferencian al hombre de los animales.

Tabla 1. Aristóteles distingue diversos grados dentro del saber, señalando la ciencia como el conocimiento de las causas y de las verdades universales.

Mientras la sensación es un hecho puro que pone en contacto a la razón con los acontecimientos del mundo, la experiencia ya supone la antesala del saber objetivo, puesto que suministra al hombre aquellos datos particulares que luego pueden ser ordenados, jerarquizados y generalizados para establecer una técnica, que es universal.

La ciencia, por su parte, se basa no sólo en la relación de hechos particulares, sino en la búsqueda de las causas los propician. Por ejemplo, si un médico observa cómo un conjunto de enfermos tiene una sintomatología particular, sólo está haciendo uso de la experiencia. Si comienza a establecer una relación entre las dolencias semejantes y generaliza lo que ha observado, está haciendo uso de la técnica. Por último, cuando encuentra las causas que originan la dolencia general, está haciendo ciencia.

De esta manera, según Aristóteles, los científicos se diferencian de aquellos que sólo hacen uso de la experiencia en que: «Unos saben la causa y los otros no. Pues los expertos saben el qué, pero no el porqué. Aquéllos, en cambio, conocen el porqué y la causa».

Esta diferenciación aristotélica entre la experiencia y la ciencia es muy útil para distinguir entre el saber ordinario y el saber científico.

El primero se caracteriza por la experiencia no sistemática pero sí útil del mundo, de tal forma que se establecen lenguajes y conceptos que sirven para manejar la realidad de tal modo que sea comunicable y manipulable de manera inmediata.

Por ejemplo, el término «agua» describe una realidad que posee unas determinadas propiedades básicas relacionadas con las necesidades humanas más elementales, de tal modo que permite designarla y describir su utilidad.

Todo el mundo sabe qué es el agua y cómo se puede emplear. Para la vida común no es necesario conocer su composición ni relacionarla con otras sustancias útiles para vivir el día a día.

El saber científico, por el contrario, no describe las propiedades superficiales del agua, sino su composición química, su comportamiento bajo las más diversas condiciones o incluso cómo transformar su composición para dar lugar a otras sustancias.

El saber ordinario es natural e inmediato, y se basta a sí mismo para desenvolverse en una situación común. El científico, por su parte, busca nuevas relaciones y experimenta con el fin de hallar nuevas utilidades y relaciones que permitan conocer el mundo de una forma no mediata, sino condicionada por la experimentación.

Sin embargo, como señaló el filósofo del lenguaje austriaco Ludwig Wittgenstein a mediados del siglo XX, no hay que confundir la imprecisión del lenguaje ordinario con su falta de verdad. Los lenguajes son todos válidos si se aplican dentro de las circunstancias adecuadas, de tal modo que tan real o importante es el «agua» como el «H2O».

La ciencia antigua

Los orígenes de la ciencia se hallan vinculados al tránsito desde los mitos a la visión razonada de la realidad, que se conoce como logos. Antes de que apareciese la ciencia, los hombres trataban de explicar los sucesos naturales a través de unas mitologías y unas narraciones que personalizaban la lluvia, la noche, la vida o la muerte. De esta forma podían referirse a los misterios de la vida e incluso incidir en ellos; no obstante, a medida que el mundo se hizo más grande gracias al comercio a través del Mediterráneo se hicieron necesarias explicaciones que funcionasen mejor.

Los primeros grandes filósofos de la historia del pensamiento se dedicaron a estudiar la naturaleza. Conscientes de la relatividad y la insuficiencia de los mitos, buscaron las causas razonadas de lo existente poniendo en relación lo singular, aquello que la experiencia les decía, con unos principios generales o una visión unitaria, a la que llamaron physis. A estos primeros científicos se deben nociones tan importantes para el saber como la de átomo o vacío.

La ciencia en Platón. Hasta la irrupción del pensamiento de Platón (428-347 a.C.) no se puede decir que hubiese una consideración sistemática del saber científico, una perspectiva que pusiese en relación las facultades humanas con sus actividades y el mundo.

El pensador griego llamó al saber racional epistéme, ciencia, y lo definió a partir de la universalidad (es incondicional), la necesidad (no puede no ser) y la inmutabilidad. De esta forma oponía la labor de los filósofos a la de los retóricos, que proponían un multiperspectivismo basado en la asunción de un gran número de posturas y verdades relativas.

Sin embargo, la ciencia de Platón no apreciaba el estudio de la naturaleza. Al desarrollar una ontología, una visión del mundo en la que se separaba lo sensible de lo eidético, lo aparente de lo ideal, condenó todo lo que tuviese que ver con la experiencia sensible y la apariencia de las cosas materiales.

Tabla 2. Frente a la actitud ordinaria, que se caracteriza porque considera el mundo desde un punto de vista utilitario y no esencial, la actitud científica supone una búsqueda de la composición de los fenómenos, de sus causas.

Es decir, para Platón las matemáticas eran ciencia porque hablaban de verdades inmutables; mientras que la física no lo era porque se dedicaba a describir el comportamiento confuso de unos objetos que cambiaban, que no eran siempre iguales, y que en consecuencia no eran ni necesarios ni universales.

Como se observa en esta obra de Giorgione, Los tres filósofos, el pensamiento clásico griego giró en torno a la observación y el estudio de la naturaleza. En este sentido, Platón llegó a la conclusión de que las matemáticas y la geometría eran los únicos modelos válidos de conocimiento, y que, en consecuencia, el estudio de lo natural siempre era deficitario.

La ciencia en Aristóteles. Los prejuicios de Platón ante el estudio de la naturaleza han motivado que sea Aristóteles quien tenga la consideración de verdadero padre de la ciencia. En efecto, el estagirita se mantuvo fiel a la máxima valoración de la ciencia en cuanto elemento universal y necesario, pero no por ello despreció el conocimiento del mundo sensible, de las cosas que pesan, nacen y mueren.

Aristóteles supuso un retorno a la filosofía de la naturaleza de los presocráticos, que Platón había despreciado al fijar su atención sólo en el mundo de las ideas, de las esencias, representado por las matemáticas y la geometría.

La Física de Aristóteles, que continúa los esfuerzos desarrollados por los primeros pensadores presocráticos de la naturaleza, supone un auténtico hito dentro de la historia del pensamiento. En ella se analizan el espacio, el tiempo, las causas que originan el cambio o la estructura del cosmos, además de los animales o la propia fisonomía humana.

Sin embargo, uno de los rasgos más destacados de la física aristotélica reside en el estudio que se realiza de la metodología científica. El filósofo de Estagira no sólo se dedicó a investigar casos físicos concretos, sino que además estudió la propia ciencia y su forma de operar.

Para el pensamiento clásico, la política, al igual que la ética, no es ciencia, ya que no se basa en verdades universales ni sigue un método deductivo. En la imagen, un detalle de la Alegoría del buen gobierno, de Ambrogio Lorenzetti.

Para ello, Aristóteles desarrolló junto a la física la primera lógica sistemática de la historia, gracias a la cual era posible saber si los enunciados científicos generales eran válidos o no.

Una de las reglas más importantes del método lógico y científico aristotélico consiste en la deducibilidad de los enunciados. Es decir, para la ciencia, no basta con que un enunciado sea universal o necesario, también debe poder ser demostrado a través del proceso de deducción.

Los enunciados lógicos científicos debían depender de unas premisas, que funcionaban como las causas lógicas que garantizaban la verdad y la necesidad de las conclusiones. Al contrario que el lenguaje ordinario, que se pierde en divagaciones, referencias innecesarias y causas indemostrables, los enunciados de la ciencia deben basarse en una rígida estructura lógica en la que todo está causalmente relacionado, de tal manera que las conclusiones deben estar avaladas por unas premisas.

En este sentido, la ciencia es, para Aristóteles, el conocimiento de las causas, tanto en el plano lógico (premisas) como en el plano ontológico (los hechos que explican por qué sucede otro hecho derivado).

Además, la ciencia, definida como la disciplina de las causas, debe hacerse cargo de la existencia de cuatro causas distintas. La causa formal señala por qué una cosa es como es; la material explica de qué sustancia está hecha; la final describe hacia dónde se dirige, cuál es la perfección a la que pretende llegar; y la motriz, qué proceso es el que lleva a una cosa a ser como es.

La ciencia en la Edad Moderna

El desarrollo económico, cultural y tecnológico de Europa condujo al establecimiento de un nuevo paradigma científico hacia el siglo xvii, que abandonó el organicismo y el teleologismo de Aristóteles para seguir, con excepciones, el materialismo y el mecanicismo.

El teleologismo se caracterizaba, entre otras cosas, porque pretendía encontrar en las sustancias materiales una tendencia interna a comportarse de una manera determinada, conforme a un fin. Explicaba, por ejemplo, que los sólidos tratan de ir hacia abajo por su misma naturaleza.

El mecanicismo, en cambio, concibe un mundo en el que la materia está desprovista de iniciativa o espontaneidad, y se comporta a partir de una serie de fuerzas y tendencias que se hallan fuera de ella, en otras sustancias o principios.

Con el desarrollo de las ciencias modernas se pasó a concebir la naturaleza como una máquina perfecta. Johannes Kepler, en la imagen, decía que el Universo era como un reloj magnífico que dependía de una única causa.

En otras palabras, para el pensamiento aristotélico, que estuvo vigente durante todo el medievo, la vida se comportaba como una especie de gran organismo en el cada una de sus partes poseía una función que era desarrollada con espontaneidad. El mecanicismo, sin embargo, tomó como modelo explicativo la máquina, en la que los objetos que integran la vida se comportan como engranajes y dependen de otros objetos y principios.

El desarrollo de este modelo mecanicista del cosmos encontró en Johannes Kepler (1571-1630) su primera formulación rigurosa. Según el astrónomo alemán, el universo no se asemeja tanto a un organismo como a una gran maquinaria perfecta compuesta por engranajes elípticos que se mueven a partir de una sola causa elemental.

Así, no es que la maquinaria del cosmos misma esté dotada de vida o espontaneidad, es que detrás de ella hay que reconocer la existencia de un gran relojero que dice cómo debe funcionar la máquina.

Este paso de la concepción organicista medieval a la mecanicista logró imponerse durante buena parte de la Edad Moderna, y se halla presente en el pensamiento de filósofos como René Descartes o Thomas Hobbes.

Sin embargo, de manera paralela, empezó a desarrollarse una corriente espiritualista que consideraba que las sustancias estaban integradas por una energía cargada de espontaneidad, que terminó dando lugar a la monadología de Leibniz.

En cualquier caso, el renacimiento del modelo mecanicista suponía el retorno a los conceptos elementales de los primeros filósofos de la naturaleza como Demócrito, Lucrecio o Epicuro. Estos primeros atomistas hablaron de la realidad como un constructo integrado por dos elementos: los átomos y el vacío. El movimiento y el comportamiento de estos átomos eran completamente inerciales, y estaban regidos por una fuerza o causa primordial.

Pero lo realmente determinante de esta nueva revisión del modelo mecanicista residía en la forma de abordar el estudio de los fenómenos físicos.

La física de Aristóteles, y en consecuencia la de los autores del medievo, pretendía situar el comportamiento de los objetos materiales dentro de un contexto explicativo más amplio, que relacionaba lo físico con lo metafísico. Cuando se explicaba el cambio o el movimiento, se trataba de llegar a las causas fundamentales que explicaban el cómo y el porqué del mundo.

Con el incipiente modelo mecanicista, la nueva ciencia olvidó el porqué, la pregunta metafísica y fundamental por las causas primeras, y se centró en el análisis del comportamiento observable del cosmos.

Así, ya no se trataba de saber qué es la materia en tanto que tal, sino de saber cuánto mide, cuánto pesa y, sobre todo, de establecer una predicción en torno a cuál será su comportamiento. Por ello, el nuevo paradigma moderno entendía el saber como un instrumento de dominio, en el que calcular o comprender equivalía a manipular y a transformar.

En este sentido, Galileo Galilei (1564-1642) distinguió entre aquellas cualidades de los objetos que son cuantificables, y en consecuencia objetivas, y aquellas otras cualidades que no se pueden comprobar empíricamente y sólo son subjetivas. De esta forma, el objeto de la nueva ciencia pasó a ser lo empírico, nunca lo metafísico.

Las matemáticas, que antes se hacían corresponder con la esencia del mundo o incluso con su creación (como sucede en el Timeo de Platón), se convirtieron en la Edad Moderna en un modelo superior que permitía calcular el comportamiento del mundo, lo que a su vez rompía con la visión aristotélica del álgebra, que no tenía nada que ver con el mundo físico en tanto que tal.

Las nuevas categorías, como movimiento, velocidad, aceleración, fuerza y resistencia, e incluso las antiguas, como espacio y tiempo, pasaron a ser analizadas matemáticamente. El espacio físico se identificó con el espacio geométrico y el tiempo se convirtió en una cuarta dimensión que podía ser medida y representada con una línea recta, lo que permitía su coordinación con las otras tres dimensiones.

Otro de los elementos decisivos de la nueva ciencia fue el gusto por la experimentación y las hipótesis. La realidad no era estudiada tal como se presentaba, sin interferir en su comportamiento. Los científicos empezaron a crear hipótesis, a imaginar cuál sería el comportamiento de los cuerpos en unas condiciones artificiales, y comenzaron a generar esas situaciones valiéndose de nuevos instrumentos, como el telescopio.

Bajo todas estas innovaciones se encuentra un presupuesto fundamental, que es el que mejor define el espíritu de los nuevos tiempos: existe una correspondencia entre el plano racional y el plano físico, y es necesario ir más allá de lo meramente aparente.

La confianza en la razón es tal que se tiene más fe en lo que resulta de un experimento o de un cálculo que en aquello que parecen mostrar los sentidos o la experiencia ordinaria.

Nicolás Copérnico, por ejemplo, podía observar, como el resto de los mortales, la manera en la que el Sol giraba alrededor de la Tierra. No tenía más que alzar la vista para comprobar cómo el astro salía por el este para ponerse por el oeste. Sin embargo, esas observaciones cotidianas no cuadraban con sus modelos matemáticos y físicos. Según sus hipótesis científicas, lo observable no concordaba con lo razonable.

Así, sólo situando lo razonable por encima de lo observable se pudo cambiar el destino de las ciencias modernas, sustituyendo el modelo geocéntrico por el heliocéntrico.

La ciencia de la Edad Moderna confiaba tanto en la razón que los antiguos modelos explicativos de la naturaleza fueron rápidamente sustituidos por las nuevas teorías basadas en las matemáticas, que contradecían lo que el vulgo o la Iglesia comprendían.

Sin embargo, el nuevo modelo racional que regía los experimentos y las teorías científicas no tenía mucho que ver con el antiguo logos griego. Éste se dirigía a la comprensión de fenómenos no observables que apuntaban a una metafísica fundamental, poblada por conceptos e ideas como «causa primera», «motor inmóvil» o «sustancia», que conducían en último término a la comprensión unitaria de la realidad.

El mecanicismo moderno supuso un retorno a la física clásica de Demócrito (retratado en la imagen junto a Heráclito por Bramante), Epicuro y Lucrecio. Así, se recuperaron nociones como la de átomo.

La razón de la Edad Moderna, no obstante, quiso describir lo observable y lo experimentable en tanto que tal, sin ponerlo en relación con los grandes principios o la metafísica. Es así como surgieron nociones como la de «inercia» o «gravedad», que escapaban del orden metafísico para quedarse en lo meramente físico.

Tabla 3. Noción de causa en Aristóteles y Hume. Una de las diferencias más determinantes entre la ciencia clásica y la ciencia de la edad moderna se halla en la comprensión del principio de causalidad, que pasa de ser entendido como una realidad ontológica a convertirse en una noción meramente epistemológica.

Esta postura fundamental de la ciencia de la Edad Moderna se conoce como «fenomenismo», y halló en el pensamiento del filósofo empirista inglés David Hume a su máximo valedor.

Según Hume, la razón tiene que circunscribir su actividad al ámbito de lo sensible, y cuanto más se aleja una teoría de lo que son los datos inmediatos suministrados por el mundo, menos certera es. El principio de causalidad, que según Aristóteles era el objeto de la ciencia, es, para el empirista inglés, un principio irracional, indemostrable, que se basa antes en el hábito que en la lógica, por lo que no sirve para sustentar una ciencia o un saber.

Por último, todas estas innovaciones, que supusieron la distanciación entre la física y la metafísica, condujeron a la desmembración de la filosofía.

Aristóteles no sólo era un gran pensador, sino también un importantísimo científico; y durante el medievo, la ciencia y la metafísica eran prácticamente idénticas. No obstante, el nuevo paradigma científico moderno separaba la actividad de los físicos y los filósofos. Ya no bastaba con tomar una metafísica para derivar de ella una física. Con el paradigma moderno, los científicos se separan de la filosofía y se dedican a emplear sus propios métodos y su propia forma de racionalidad.

Es cierto que Descartes o Leibniz trataron de elaborar sus modelos científicos en torno a la realidad, pero, con algunas salvedades (el cálculo infinitesimal del segundo, por ejemplo), sus conclusiones tenían ya poco que ver con la precisión y el rigor desarrollado por los nuevos científicos.

La Edad Moderna, en definitiva, ponía punto y final a una tradición filosófica y científica que había nacido en Grecia hacia el siglo vii a.C., cuando el pensamiento de los primeros filósofos de la naturaleza era tan metafísico como científico. De tal modo que el propio Immanuel Kant reconocía que la labor de la filosofía era la de establecer los límites del conocimiento científico y reconocer el carácter no objetivo de la metafísica.

Tabla 4. Diferencias entre la ciencia antigua y la ciencia moderna. A pesar de que los científicos de la edad moderna tomaron algunas nociones, métodos e ideas procedentes de la filosofía de la naturaleza clásica griega, en realidad se produjo una renovación de las posturas más elementales.

La ciencia contemporánea

A partir de mediados del siglo xix, el distanciamiento entre la filosofía y las ciencias de la naturaleza y formales no sólo se acentúa, sino que además surgen otras disciplinas que tratan de enfrentarse a los supuestos más fundamentales de la metafísica.

Las ciencias humanas intentan afrontar los problemas relativos a la conciencia, la verdad, la sociedad o la cultura desde una perspectiva científica, que toma como modelo el análisis de los hechos directos y su relación con unas teorías generales.

Es el caso de la sociología o la psicología, que consideran que el enigma de la condición humana no debe comprenderse a partir de unas nociones abstractas, sino desde el estudio del comportamiento, la estructura del cerebro o los procesos inconscientes.

Por otro lado, el modelo experimental de las ciencias de la Edad Moderna, que empezó a independizarse en el siglo xvii, alcanzó tal grado de desarrollo que las nuevas propuestas teóricas eran ilegibles desde un punto de vista filosófico.

Ya no se hablaba de inercia, gravedad o materia, sino de ondas, cuantos y otros fenómenos que dependían de una realidad casi metafísica, pero opuesta a las viejas nociones filosóficas.

Así, Louis Pasteur reformó la medicina y desarrolló unos modelos físicos espectaculares e innovadores; nació la teoría ondulatoria de la luz (Fresnel, 1815) y se produjeron los descubrimientos de Faraday (1831-33); asimismo, nacieron los rayos X (Röntgen, 1895), la teoría cuántica (Planck, 1900), la teoría de la relatividad (Einstein, 1905) o el nuevo modelo del átomo (Rutherford, 1911, y Bohr, 1913).

De esta forma, la sociedad dejó de rendir culto a la vieja razón ilustrada, que hablaba de libertad o socialismo, y abrazó el nuevo dios de la ciencia. Una ciencia que, por otra parte, muy pocos entendían debido a su carácter completamente especializado.

Por otro lado, las nuevas teorías abandonaban el viejo modelo mecanicista, tan representable y cabal, en beneficio de un modelo relativista que asumía unos presupuestos poco razonables, casi surrealistas, pero que, sin embargo, desde un punto de vista experimental y matemático, eran perfectamente coherentes.

Tabla 5. La ciencia moderna sufrió una auténtica revolución a partir del siglo xix. La biología, la física o la medicina cambiaron radicalmente gracias a una serie de descubrimientos concretos, que negaban los modelos elementales de la ciencia clásica.

Fue así como nacieron la teoría de la relatividad, la teoría cuántica y el principio de indeterminación o incertidumbre de Werner Heisenberg, que resulta especialmente ilustrativo en lo que se refiere al nacimiento de este nuevo paradigma científico al afirmar que es casi imposible de determinar el comportamiento lineal de las partículas. Es decir, la ciencia contemporánea no sólo no trata conceptos tan metafísicos como el de sustancia, sino que además niega su existencia.

En lo que se refiere a la lógica y a la geometría, que sirvieron como modelos para la elaboración de la metafísica moderna de algunos autores, como Francis Bacon, éstas comenzaron a plantear la existencia de espacios no euclidianos, imposibles de representar para la intuición.

Los conceptos modernos de espacio y tiempo sufrieron un revés definitivo gracias a la obra de Albert Einstein (en la imagen), quien demostró que cualquier observación se hace desde unas coordenadas determinadas, circunstanciales, lo que relativiza las nociones físicas más elementales.

Albert Einstein (1879-1955), por su parte, afirmó que el espacio y el tiempo eran relativos, lo que cuestionaba incluso la pretendida universalidad de los principios apriorísticos que fundamentaban el pensamiento de Immanuel Kant y acababa, de raíz, con toda la física newtoniana, en la que se habían inspirado las filosofías más célebres de la Edad Moderna.

Las numerosas teorías que proponían modelos explicativos relativos, que tenían sentido dentro de unas condiciones experimentales muy concretas, no sólo no explicaban de forma cabal qué eran la materia, el espacio o el tiempo, sino que asumían su más absoluta precariedad y convivían con otras teorías que definían los mismos objetos de otra forma.

La física cuántica de Niels Bohr (1885-1962), por último, explicaba el comportamiento de los átomos basándose en unos modelos probabilísticos que asumían el comportamiento irregular de la materia, lo que implicaba que la naturaleza no se acondicionaba a los principios elementales de la lógica o la razón.

Esto suponía que la vieja pretensión de la Edad Moderna de equiparar el comportamiento de la realidad con el de la mente, de pretender que la lógica y la razón describan el comportamiento no sólo del entendimiento humano, sino también del mundo, había fracasado.

Según la teoría cuántica, los objetos que integran el mundo se comportan de una forma que no es del todo accesible para la mente humana, lo que supuso un grave contratiempo para los pensadores que aún creían que el lenguaje en el que estaba escrita la realidad era idéntico al que utilizaban la lógica o la mente humana.

Las consecuencias que se derivaban de esta nueva forma de comprender el mundo fueron tratadas primero por el Círculo de Viena, y sirvieron luego a los pensadores posmodernos para elaborar paradójicas y difíciles teorías que pedían un retroceso dentro del mundo del pensamiento, una especie de renuncia a los grandes sistemas metafísicos.

La clasificación de las ciencias contemporáneas

Si en la antigüedad o en la Edad Moderna era posible e incluso sencillo establecer una tipología de las ciencias, con el desarrollo de nuevas y complejas teorías durante el siglo xx la tentativa de una clasificación parece ahora imposible.

Las ciencias formales y las ciencias empíricas. Una de las pocas clasificaciones que aún pervive y tiene sentido es la que distingue entre las ciencias formales y las ciencias empíricas.

Esta distinción halla su origen en la labor de dos pensadores, Leibniz y Kant, quienes distinguieron, de forma respectiva, entre verdades de razón y verdades de hecho, y entre enunciados analíticos y enunciados sintéticos.

Las verdades de razón y los juicios analíticos describen relaciones puramente formales, como las que se dan entre los números o entre los elementos que conforman la lógica. Así, son enunciados que siempre son verdaderos en función de su estructura, no de su relación con la realidad. Las ciencias formales son aquellas que se dedican al estudio de este tipo de hechos y enunciados, y son unívocas. Las matemáticas, la geometría y la lógica son ciencias formales, y son sumamente útiles para las ciencias materiales porque ofrecen modelos coherentes para expresar una verdad o un sistema de verdades.

Las verdades de hecho y los juicios sintéticos son aquellas verdades y aquellos juicios que se refieren a las cosas materiales, no a la estructura de la mente o a la estructura de la realidad.

El enunciado «la locura es resultado de las condiciones sociales» es un enunciado sintético, que describe algo que sucede en el mundo, y puede ser verdad o mentira no por su estructura gramatical, sino por lo que sucede realmente en el mundo de los hechos. Las ciencias como la física, la biología o las ciencias humanas utilizan este tipo de enunciados, por lo que pertenecen a las ciencias empíricas.

Las ciencias naturales y las ciencias humanas. La distinción entre ciencias humanas y ciencias naturales no es, sin embargo, tan clara, ya que el siglo xx se encuentra lleno de tentativas que pretenden reducir la una a la otra.

En la actualidad existen tal cantidad de formas científicas que es difícil establecer una clasificación definitiva. En cualquier caso, se suele hablar de tres grandes grupos: las ciencias formales, las ciencias empíricas y las ciencias sociales.

Wilhelm Dilthey (1833-1911) señaló que la diferencia entre ambas tipologías científicas se encuentra en la manera en la que se enfrentan a los hechos. Las ciencias de la naturaleza intentan explicar el mundo, mientras que las ciencias humanas tratan de entenderlo. Es decir, las ciencias de la naturaleza buscan la reducción de los hechos a unas causas elementales que permitan explicar por qué sucede algo, mientras que las ciencias humanas consideran los casos y los hechos particulares dentro de un contexto para comprenderlos. Dicha comprensión implica además la asunción de que los hechos humanos poseen un sentido, un significado, mientras que aquellos hechos que son objeto del estudio de las ciencias naturales no significan, sino que pesan, miden y se relacionan con unas causas fundamentales.

Tabla 6. Auguste Comte propuso una comprensión positivista del saber, que niega la metafísica y sus abstracciones y la teología y sus ficciones. Sólo es válida la ciencia con su método, que considera lo real, lo particular, lo que se puede medir o experimentar.

Por ejemplo, se puede tratar de explicar el comportamiento de los átomos analizando su relación con unas causas determinantes objetivas; sin embargo, es imposible explicar el comportamiento de Napoleón haciendo referencia a unas causas aisladas y universales. Para comprender el comportamiento de las sociedades hay que contextualizar y circunscribir los hechos a unas fuentes, una interpretación y unos sentidos que jamás son exactos.

Los rudimentos de la ciencia. A pesar de que no sea posible establecer una tipología elemental de las ciencias contemporáneas, sí se puede definir, a grandes rasgos, cuáles son los caracteres comunes a todas las ciencias.

Desde un punto de vista amplio, se puede llamar ciencia a un modo de conocimiento que emplea un lenguaje propio y riguroso, que se puede establecer como un sistema de referencias basado en una metodología fundamental.

En el caso de las ciencias de la naturaleza, las verdades que se establecen dentro del sistema de referencias y significados deben ser contrastables con la realidad. En el caso de las ciencias formales, las verdades sistemáticas deben basarse en la coherencia.

Filosofía y ciencia

Como se puede observar, las relaciones entre la filosofía y la ciencia son de lo más dispares, y van desde la identidad que se produjo entre ambas disciplinas en los orígenes del pensamiento en Grecia hasta el rechazo y la confrontación que existen en la actualidad.

De este modo, cabe señalar dos posturas ante la relación entre filosofía y ciencia: se puede asumir que se trata de dos maneras distintas de entender la realidad y que, en consecuencia, son perfectamente compatibles, o se puede pretender que la ciencia debe acabar con la metafísica y apropiarse de la comprensión y la explicación del mundo, tal y como han sostenido algunos autores contemporáneos.

Hacia el siglo vii a.C. se entendía que las ciencias empíricas eran una rama de la filosofía, que constituían la ciencia primera, de tal modo que fueron los propios pensadores los que desarrollaron las primeras teorías científicas. La Edad Moderna, sin embargo, asistió a la independencia de las ciencias experimentales, que desarrollaron sus propios métodos y alcanzaron sus propias verdades.

La filosofía apunta una forma singular de sabiduría que no tiene por qué entrar en conflicto con los modos de conocimiento que se suelen atribuir a la ciencia. En la imagen, pintura del Parmigianino que evoca a Palas Atenea, diosa de la sabiduría.

Descartes propuso un modelo físico mecanicista que partía de las matemáticas, y Francis Bacon quiso explicar físicamente la realidad a partir de un modelo geométrico. Sus propuestas, no obstante, fueron rápidamente superadas por las teorías experimentales de los científicos de la época, que no querían explicar el porqué del mundo sino su funcionamiento, dando lugar a los conceptos científicos más elementales.

A mediados del siglo xix, el esplendor de las ciencias experimentales condujo al divorcio definitivo entre ciencia y filosofía. Auguste Comte (1798-1857) propuso que la metodología y el lenguaje científico sustituyesen al metafísico, que sólo era un estado primitivo del saber.

Según Comte, la metafísica, al igual que los mitos tradicionales, intentaba explicar la realidad basándose en realidades que no existían positivamente, que eran ficciones conceptuales, y para que la humanidad alcanzase un desarrollo óptimo era necesario que se volviese la mirada a las ciencias que sí partían de los hechos materiales, positivos.

En este contexto, el fenomenologista alemán Edmund Husserl pidió para la filosofía su propio ámbito de estudio. No había que confundir los fenómenos que estudian las ciencias positivas con las realidades de las que se hace cargo la filosofía.

Dicho de otro modo: una cosa es lo físico y otra lo mental. Se trata de dos planos heterogéneos que no pueden anularse entre sí, y la filosofía sigue tan vigente como en Grecia porque las ciencias positivas jamás podrán hacerse cargo de aquello que no se puede pesar o medir, como el amor, la fe o el concepto de Dios. En definitiva, la filosofía constituye un saber distinto al de las ciencias positivas.

La filosofía como sabiduría

Como señaló Aristóteles, hay que saber distinguir entre las ciencias particulares y la ciencia primera, que integra a todas las demás y se plantea la más absoluta generalidad, la esencia de lo que hay.

Según el filósofo de Estagira, existen tres ciencias teóricas, y cada una de ellas posee su propio ámbito de aplicación, sus objetos de estudio y sus metodologías.

Para Aristóteles existen tres formas fundamentales de saber, cada una de las cuales se relaciona con un determinado tipo de ser. A pesar de que el pensador de Estagira dedicó gran parte de su pensamiento a la física, siempre señaló a la teología como la forma más importante del saber.

Posteriormente, Kant sostuvo algo similar al afirmar que la filosofía no era una ciencia en el mismo sentido en el que puede serlo la física. El pensamiento puro no se dedica a determinar cómo es una cosa concreta, sino que pretende describir el funcionamiento mismo del saber, de tal modo que se mueve en el mundo de la posibilidad y la legalidad antes que en el ámbito de la positividad.

De esta forma, hay que comprender la filosofía no como una ciencia más, sino como el origen del propio saber, como la articulación general de todas las formas de conocimiento a partir de la libertad y de la propia naturaleza humana.

Análisis de textos

Aristóteles: –Física

Accidente se dice de lo que se encuentra en un ser y puede afirmarse con verdad, pero que no es, sin embargo, ni necesario ni ordinario. Supongamos que cavando un hoyo para poner un árbol, se encuentra un tesoro. Es accidental que el que cava un hoyo encuentre un tesoro; porque ni es lo uno consecuencia ni resultado necesario de lo otro, ni es ordinario tampoco que plantando un árbol se encuentre un tesoro. Supongamos también, que un músico sea blanco; como no es ni necesario, ni general, a esto llamamos accidente. Por tanto, si sucede una cosa, cualquiera que ella sea, a un ser, aun en ciertas circunstancias de lugar y de tiempo, pero sin que haya causa que determine su esencia, sea actualmente, sea en tal lugar, esta cosa será un accidente. El accidente no tiene pues ninguna causa determinada, tiene sólo una causa fortuita; y lo fortuito es lo indeterminado. Por accidente se arriba a Egina, cuando no se hizo ánimo de ir allí, sino que le ha llevado a uno la tempestad o los piratas. El accidente se produce, existe, pero no tiene la causa en sí mismo, y sólo existe en virtud de otra cosa. La tempestad ha sido causa de que hayáis arribado a donde no queríais, y este punto es Egina.

Texto 1. Los conceptos de esencia y accidente son fundamentales para la ciencia, ya que ésta, dice Aristóteles en su Física, se dedica al estudio de las esencias, al por qué las cosas son como son, y no al estudio de los accidentes, que es lo que se suele advertir a través de la experiencia ordinaria.

Platón: –Menón

[Las opiniones] desertan del alma humana y de tal manera no tienen gran predicamento hasta tanto alguien logre ligarlas con un razonamiento causal. [...] Cuando se ligan resultan ciencia y permanecen fijas. He aquí por qué la ciencia es más válida que la recta opinión y difiere de ella por su conexión.

Texto 2. Para Platón, la opinión se diferencia de la ciencia en que no sigue ninguna clase de conexión causal en sus argumentos. Así, no es capaz de llegar al conocimiento de las causas verdaderas y se queda en las apariencias, sin alcanzar jamás las esencias.

Aristóteles: –Analíticos segundos

La ciencia y su objeto difieren de la opinión y de su objeto en que la ciencia es universal y se forma mediante proposiciones necesarias, y lo que es necesario no puede ser de otra manera. Hay algunas cosas que existen y que son verdaderas, pero que cabe que se comporten también de otra manera: está claro que sobre éstas no hay ciencia.

Texto 3. Para Aristóteles, la ciencia debe versar sobre proposiciones verdaderas, necesarias y universales, lo que la diferencia de otras ciencias como la política y la ética, que pueden establecer teorías verdaderas pero con proposiciones que no son necesarias, que pueden ser de otra manera.

Aristóteles: –Metafísica

Se llama causa, ya la materia de que una cosa se hace: el bronce es la causa de la estatua, la plata de la copa, y, remontándonos más, lo son los géneros a que pertenecen la plata y el bronce; ya la forma y el modelo, así como sus géneros, es decir, la noción de la esencia: la causa de la octava es la relación de dos a uno, y, en general, el número y las partes que entran en la definición de la octava.

También se llama causa al primer principio del cambio o del reposo. El que da un consejo es una causa, y el padre es causa del hijo; y en general, aquello que hace es causa de lo hecho, y lo que imprime el cambio lo es de lo que experimenta el cambio. La causa es también el fin, y entiendo por esto aquello en vista de lo que se hace una cosa. La salud es causa del paseo. ¿Por qué se pasea? Para mantenerse uno sano, respondemos nosotros; y al hablar de esta manera, creemos haber dicho la causa. Por último, se llaman causas todos los intermedios entre el motor y el objeto. La maceración, por ejemplo, la purgación, los remedios, los instrumentos del médico, son causas de la salud; porque todos estos medios se emplean en vista del fin. Estas causas difieren, sin embargo, entre sí, en cuanto son las unas instrumentos y otras operaciones. Tales son, sobre poco más o menos, las diversas acepciones de la palabra causa.

Texto 4. Aristóteles, que define la ciencia a partir del estudio de las causas, señala la existencia de cuatro formas de causa: la material, la formal, la motriz y la final.

Baruch de Spinoza: –Ética demostrada según el orden geométrico

Así pues, trataré de la naturaleza y fuerza de los afectos, y de la potencia del alma sobre ellos, con el mismo método con que en las partes anteriores he tratado de Dios y del alma, y consideraré los actos y apetitos humanos como si fuese cuestión de líneas, superficies o cuerpos.

Texto 5. Baruch de Spinoza trató de derivar de la idea de Dios el orden no sólo de lo natural, sino también de lo moral.

Immanuel Kant: –Crítica de la razón pura

No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues, ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento la capacidad del entendimiento para comparar estas representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia bruta de las impresiones sensibles con vistas a un conocimiento de los objetos denominado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella.

Texto 6. Para Kant, la metafísica no es una ciencia, ya que su forma de operar no considera la experiencia como punto de partida.