Ciudad

Avenida 9 de Julio, arteria central de la ciudad de Buenos Aires.

Se define una ciudad como un núcleo habitacional de carácter urbano, con una alta concentración y densidad de pobladores, y que posee un control jerárquico sobre un territorio y sus poblaciones.

En una ciudad, las actividades económicas predominantes son de carácter industrial y de servicios, no agrícolas. Pese a estos rasgos generales, la definición del concepto ciudad ha sido objeto de constantes revisiones, pues la amplia variedad existente de conjuntos urbanos, la heterogeneidad de funciones y la diversidad de tamaños y tipologías hacen muy difícil encontrar una definición plenamente satisfactoria. Pese a lo que se entiende popularmente, una ciudad no es sólo un lugar donde se concentra una alta cantidad de población o edificios, sino que existen numerosos rasgos que definen la esencia de lo urbano, mucho más allá de los simples números.

A pesar de esto, todas las definiciones de ciudad utilizan en mayor o menor medida un criterio cuantitativo, y así, por ejemplo, la Conferencia Europea de Estadística de Praga estipula que todas las aglomeraciones humanas por encima de los 10.000 individuos deben ser consideradas una ciudad, así como las que tienen entre 2.000 y 10.000 habitantes, siempre y cuando no más del 25% de ellos trabaje en el sector primario. Este criterio cuantitativo, ciertamente muy criticado por los especialistas, arroja como resultado que la inmensa mayoría de la población es urbana (el 80% en los Estados Unidos y Gran Bretaña; el 70% en Alemania o el 67% en Francia, etc.).

Historia de la ciudad

Se considera que los primeros hábitats urbanos surgieron durante el neolítico, coincidiendo con procesos como la sedentarización, la domesticación de plantas y animales y el surgimiento de los primeros estados.

La decisión de estos grupos humanos de asentarse en un único lugar no puede entenderse sin el desarrollo de la agricultura, de la división social y de la especialización en el trabajo. La mejora de las técnicas agrícolas produjo excedentes alimentarios que, a su vez, permitieron que en el seno de las sociedades se produjera una división del trabajo, con especialistas dedicados a otras labores como la artesanía, la milicia, el sacerdocio, la administración, etc. Sólo cuando los medios de subsistencia fueron suficientes y estuvieron relativamente asegurados, los grupos humanos pudieron elegir asentarse en un lugar determinado y fundar una población estable que, con el paso del tiempo, pasó a crecer y convertirse en un núcleo urbano. En paralelo surgieron los sistemas de gobierno, de administración, el sacerdocio y la especialización laboral (artesanos, mercaderes, etc.).

Las primeras ciudades comenzaron a nacer hace unos 6.000 años en el entorno de algunos de los grandes ríos del planeta, regiones fértiles y de abundantes recursos. Este proceso comenzó en Mesopotamia, en torno a los ríos Tigris y Éufrates, con ciudades como Ur, Nínive, Khorsabad, Babilonia, etc. También las riberas del Indo vieron nacer estas primeras ciudades, con ejemplos como Harapa o Mohenho Daro. Y lo mismo ocurrirá, algo después, en torno al Nilo, con Menfis, Tebas o Amarna, así como en el ámbito helénico, con Micenas y Tirinto.

Los primeros planeamientos urbanos

Ciertamente, las ciudades que habían surgido hasta entonces ya tenían trazas de un primer planeamiento, aunque serán los griegos (y, más concretamente, Hippodamos) los primeros en inventar un patrón de ciudad basado en la geometría, modelo que aplicarán en sus nuevas colonias.

Las ciudades griegas tenían su centro en el ágora o plaza pública, lugar de relación ciudadana y sede de los principales organismos administrativos, comerciales y políticos. Además, no se concebía una ciudad sin sus espacios de culto o de ocio. El modelo geométrico seguía una planta ortogonal, con calles rectilíneas y plazas cuadriculadas. El patrón urbanístico de los griegos acabó por aplicarse en ciudades como Priene, Pérgamo, Rodas, Antioquía o Alejandría.

Roma heredó e hizo suyo el modelo griego, apostando por la ruptura del entramado mediante la inserción de espacios públicos o cívicos, como templos, termas, palacios, edificios para el ocio (teatros, circos, anfiteatros) y, como centro de la vida urbana, el foro. También Roma fue responsable de la creación de muchas nuevas ciudades, de carácter comercial o militar. Éstas se encuentran entre los ejemplos más interesantes, por cuanto su primera estructura responde a necesidades defensivas, siguiendo el modelo de los campamentos militares. Así, su planta se distribuye en función de dos ejes cruzados, el decumanus y el cardo, que ejercen como grandes avenidas y en cuyo punto de unión se levanta el foro. La planta, rectangular y reticular, estaba compuesta por amplias manzanas regulares de viviendas.

La ciudad medieval

La caída del mundo romano supuso el declinar del modo de vida urbano en favor del medio rural. Las ciudades fueron objeto de saqueos y asaltos por parte de los distintos pueblos invasores, y en ellas las poblaciones hacinadas sufrían por la falta de alimentos y las epidemias. Poco a poco las ciudades se despoblaron y los aristócratas huyeron a sus posesiones campestres, llevando consigo a sus sirvientes. El feudalismo comenzó así a definirse a partir del final del mundo romano y las antiguas ciudades romanas, amuralladas para su defensa, vieron surgir enrevesadas callejuelas y plazoletas. Además, la desaparición del mundo romano conllevó el declive del orden municipal, lo que produjo la destrucción de las infraestructuras y servicios.

En paralelo, en el medio rural la población fue poco a poco colonizando el territorio, fundando asentamientos con ayuda de los monasterios, que ofrecían seguridad. Algunas de estas pequeñas poblaciones comenzaron a partir del año 1000 a adquirir importancia como núcleos comerciales y nudos de transporte, dando lugar a la aparición de una incipiente burguesía urbana y, con ella, al surgimiento de la ciudad medieval.

Las ciudades medievales se configuraron por oposición al sistema feudal como un ámbito de libertad, pues sus pobladores no estaban sujetos al régimen señorial, como los campesinos. Al mismo tiempo, son también un lugar de intercambio y de innovación, ya que a ella llegaban las novedades traídas por los viajeros. Físicamente, la ciudad medieval cuenta con dos elementos fundamentales: la muralla con sus puertas, por las que el municipio percibe tributo al paso de viajeros y mercancías, y la plaza, sede de las instituciones y lugar donde se realiza la vida ciudadana. La planta de las ciudades medievales tiene forma radial, pues de la plaza surgen las calles principales.

Por su parte, las ciudades islámicas no heredaron el racionalismo de la antigüedad grecorromana. Amuralladas, las ciudades islámicas se organizan en torno a la medina, junto a la que se sitúa la kasbah o fortaleza, además de edificios como los baños públicos, la mezquita, la escuela coránica, los almacenes, etc. Junto a este núcleo central se dispersan los arrabales, barrios autónomos que siguen el mismo esquema urbano y cuyas murallas se cierran de noche. Las calles, estrechas y de trazado irregular, forman un plano intrincado de callejones y pasadizos, fundamentalmente por razones defensivas y como resguardo del calor.

El Renacimiento y la Ilustración

El Renacimiento recobró el interés por volver a los patrones racionales de la antigüedad grecorromana y, por este motivo, las ciudades empezaron a ser vistas como una proyección del orden ideal de la sociedad. El plano de las ciudades adopta nuevamente formas rectangulares y ortogonales, con amplios espacios para la vida pública y para la representación institucional. El ideal renacentista se plasma en muchas de las fundaciones realizadas por los españoles en América, con calles perpendiculares y una gran plaza en la que se desarrollan las principales ceremonias de la vida urbana. El modelo español en toda América se impuso sobre los modelos indígenas prehispánicos, que dejaron una muestra heterogénea de ciudades, como Teotihuacán, Cholula, Tikal, Chichén-Itzá, Machu Picchu, Cuzco o Tiahuanaco, entre otras muchas.

La Ilustración se interesó por dotar a las ciudades de espacios de esparcimiento y cultura, surgiendo grandes jardines, museos, palacios, avenidas y paseos arbolados. Las viejas ciudades medievales se embellecieron bajo el patrocinio de reyes y nobles, que siguen la influencia de la corte francesa.

La época contemporánea

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, el crecimiento de las ciudades europeas hizo que en muchas de ellas se acabara por derruir las murallas, dando lugar a nuevos barrios o ensanches que siguen una planificación cuidadosa y en los que pasa a residir la burguesía, que pretende así escapar del hacinamiento e incomodidad del centro de las ciudades.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la explosión demográfica a partir de los años sesenta y el éxodo del campo a la ciudad hizo que éstas crecieran hasta alcanzar en muchos casos la superpoblación.

En muchas ciudades las clases más pobres malviven en barrios de la periferia plagados de infraviviendas, sin apenas servicios. Son características, a este respecto, las favelas, en Brasil, o las "villas miseria", en la Argentina.

Tipos de ciudad

Habitualmente, se tienden a definir los tipos de ciudades en virtud de las distintas funciones que éstas desarrollan o desarrollaron en su fundación, lo que influyó en su trazado y morfología. Así, existen ciudades de tipo agrícola, religioso (Roma, Santiago de Compostela), militar (Brest, Gibraltar), administrativo (Madrid, Washington, Bonn), educacional (Cambridge, Uppsala, Salamanca), turístico (Punta del Este, Acapulco, Mónaco), industrial (Pittsburg, Le Mans), comercial, etc.

Otra forma de diferenciar a las ciudades es según su traza. Existen ciudades en forma ortogonal (Turín, Washington), de estrella (París), radioconcéntrica, es decir, en torno a un cruce de caminos (Viena, Moscú), o con doble o triple plano por motivos religiosos (Jerusalén, Estambul).